Teoría King Kong
King-Kong Girl
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KING-KONG GIRL
La versión de King Kong realizada por Peter Jackson en 2005 comienza a principios del siglo pasado. Al mismo tiempo que se construye la América industrial, moderna, y se dice adiós a las antiguas formas de diversión, al teatro burlesco, a la compañía solidaria, uno se prepara para formas de entretenimiento y de control modernas: el cine y el porno.
Un director de teatro megalómano y mentiroso, un hombre de cine, hace subir a una mujer rubia a un barco. Ella es la única mujer a bordo. La isla que les interesa se llama Skull Island. No existe en los mapas, porque nadie que haya ido ha vuelto jamás. Pueblos primitivos, criaturas fetales, niñas con cabelleras negras y enmarañadas, viejas amenazantes, desdentadas, gritan bajo una lluvia diluviana.
Raptan a la rubia para ofrecérsela a King Kong. La atan; una vieja le pone un collar antes de dejarla a merced del simio gigante. Los humanos que la precedieron, ataviados con ese mismo collar, fueron devorados, como si fueran tapitas. Este King Kong no tiene ni polla, ni cojones, ni tetas. Ninguna escena nos permite atribuirle un género. No es ni un macho ni una hembra. Es simplemente peludo y negro. Herbívoro y contemplativo, se trata de una criatura con sentido del humor, y hace gala de una gran potencia. Entre Kong y la rubia, no hay ninguna escena de seducción erótica. La bella y la bestia se acostumbran el uno al otro y se protegen, son sensualmente tiernos el uno con el otro. Pero de un modo no sexual.
La isla está poblada de criaturas que no son ni masculinas ni femeninas: orugas monstruosas, con tentáculos viscosos y penetrantes, pero húmedos y rosados como pollas, que se abren para volverse vaginas dentadas que se comen las cabezas de los miembros de la tripulación… Otras hacen referencia a una iconografía más marcada en términos de género, pero dependen del dominio de la sexualidad polimorfo: arañas velludas y brontosaurios grises todos iguales, semejantes a una horda de torpes espermatozoides…
King Kong funciona aquí como una metáfora de una sexualidad anterior a la distinción entre los géneros tal y cómo se impuso políticamente hacia finales del siglo XIX. King Kong está más allá de la hembra y más allá del macho. Es la bisagra entre el hombre y el animal, entre el adulto y el animal, entre el bueno y el malo, lo primitivo y lo civilizado, el blanco y el negro. Híbrido, anterior a la obligación de lo binario. La isla de la película es la posibilidad de una forma de sexualidad polimorfa e hiperpotente. Eso es precisamente lo que el cine quiere capturar, exhibir, desnaturalizar y finalmente exterminar.
Cuando el hombre viene a buscarla, la mujer duda en seguirle. Él quiere salvarla, llevarla a la ciudad, a la heterosexualidad hipernormativa. La bella sabe que está segura junto a King Kong. Pero sabe también que será necesario abandonar su larga y segura palma de la mano para ir adonde están los hombres y poder arreglárselas a solas. Decide seguir al que la ha venido a buscar; sacarla de la seguridad para llevarla a la ciudad, donde ella se verá amenazada por todas partes. Escena a cámara lenta, primer plano sobre los ojos de la rubia: ella comprende que ha sido utilizada. Que ha servido para capturar al animal. A la animal. Que ha traicionado a su aliada, a su protectora. Con la que tenía afinidades. Su elección de la heterosexualidad y de la vida en la ciudad, es la elección de sacrificar lo que en ella había de hirsuto, de potente, lo que ríe en ella golpeándose el pecho. Lo que reina en la isla. Pero algo debía ofrecerse como sacrificio.
A continuación encadenan a King Kong, y lo exhiben en Nueva York. Es necesario que la fiera aterrorice a las masas, pero que las cadenas sean sólidas, que las masas puedan ser también de ese modo domesticadas, como en la pornografía. Queremos tocar de cerca lo bestial, temblar, pero no queremos daños colaterales. Habrá daños, porque la bestia escapa al dominio del que la muestra, como en el espectáculo. No es la recuperación del sexo o de la violencia lo que hoy causa problemas, sino lo contrario, la imposibilidad de recuperar las nociones de las que nos servimos en el espectáculo: la representación no puede domesticar ni a la violencia ni al sexo.
En la ciudad, King Kong arrasa con todo a su paso. Destruye rápidamente la civilización que veíamos en construcción al principio de la película. Esta fuerza que no hemos querido ni domesticar, ni respetar, ni tampoco dejarla donde estaba, es excesivamente grande para la ciudad que aplasta simplemente al caminar. Con una gran tranquilidad, la bestia busca a su rubia en una escena que no es erótica, sino que hace referencia a la infancia: te agarro de la mano y patinamos juntos, como en un vals. Y tú te ríes como un niño montado en un tiovivo encantado. Aquí no hay seducción erótica, sino una relación sensual evidente, lúdica, en la que la fuerza no cristaliza en dominación. King Kong o el caos anterior a los géneros.
Después los hombres en uniforme, la política, el Estado, intervienen para matar a la bestia. Subirse a lo más alto de los edificios, batirse con los aviones que son como mosquitos. Es su número lo que permite matar a la bestia. Y dejar a la rubia sola, lista para casarse con el héroe.
El director de cine, con los ojos desorbitados frente al cuerpo del animal fotografiado como un trofeo: «Los aviones no tienen la culpa. Es la bella la que ha matado a la bestia».
Palabra de director: mentira. La bella no ha elegido matar a la bestia. La bella se niega a participar en el espectáculo. Fue a buscarla en cuanto supo que se había escapado, se ha divertido sobre su mano mientras se deslizaban sobre el agua helada del parque, la ha seguido hasta la cumbre donde la han matado. Y después, la bella ha ido detrás de su chulo. La bella no ha podido impedir que los hombres trajeran a la bestia, ni que la mataran. Se deja proteger por el más deseante, el más fuerte, el más adaptado. Se ha distanciado de su potencia fundamental. Ese es nuestro mundo moderno.
Cuando llego a París en el 93 apenas llevo accesorios de la feminidad, solo aquellos que tienen una utilidad profesional. A partir del momento en que decido dejar de follar por dinero, me visto con un anorak, vaqueros, zapatos planos y casi sin maquillaje. El punk-rock es un ejercicio a través del cual se dinamitan los códigos establecidos, especialmente los de género. Aunque solo sea porque nos alejamos, físicamente, de los criterios de la belleza tradicional. Cuando me internan en un psiquiátrico, a los quince años, el psiquiatra me pregunta por qué me empeño en afearme hasta ese punto. Me alucina que tenga el morro de preguntarme eso, cuando yo, con mi cresta roja, mis labios pintados de negro, mis medias blancas de rejilla y mis botas militares me encuentro superchic. Insiste: ¿acaso tengo miedo de ser fea? Me dice que tengo los ojos bonitos. Yo ni siquiera entiendo de qué diablos me habla. ¿Acaso él se siente sexy con su traje de chaqueta de mierda y con cuatro pelos de sobra en el cráneo? Ser punkarra implica forzosamente reinventar la feminidad porque se trata de estar en la calle, mendigar, vomitar cerveza, esnifar cola hasta caerse al suelo, que te atrape la policía, bailar el pogo, beber por un tubo, aprender a tocar la guitarra, llevar la cabeza rapada, llegar todos los días a casa pedo, saltar como una loca en los conciertos, cantar en el coche a gritos himnos supermasculinos con las ventanillas bajadas, saber qué pasa en el fútbol, ir a las manifestaciones con pasamontañas y lista para darse de hostias… Y todo el mundo te deja en paz. Habría incluso bastantes tíos que piensan que es estupendo, capaces de ser buenos colegas y de no intentar darte lecciones. He aquí el concepto punk, no hacer lo que te dicen que hagas. Con la policía pasa lo mismo que con el psiquiatra: en la comisaría, un inspector sentimental me dice que soy más guapa de lo que creo, que por qué llevo la vida que llevo. Esa me la van a jugar a menudo. Aunque yo no me quejo de nada, ni a nadie. Sé guapa: ¿de qué me serviría eso si no me siento superdotada en el tema y mis estrategias para compensar funcionan mejor de lo que hubiera podido esperar? Yo era amable con los chicos y, en general, ellos también lo eran conmigo. En Lyon, me corto el pelo super-corto, la gente me llama «señor» en las panaderías o en los kioscos, y a mí me da totalmente igual. Los comentarios son escasos —«deja de fumar como un tío»—, la mayor parte de las veces, en la cultura underground, privilegiada y al margen, no me dan la vara. Se debe notar que yo estoy bien como estoy. El punk-rock es mi casa. Pero eso no dura mucho.
En el 93 publico Fóllame. La primera crítica aparece en Polar. Una revista de tíos. Tres páginas. Para reasignarme. Lo que molesta al tío no es, según sus criterios, que el libro no sea bueno. En realidad, ni siquiera habla del libro. Lo que le interesa es que soy una chica que escribe sobre chicas como esas, como yo. Y sin hacerme preguntas —puesto que es un hombre y según él debe tener derecho, evidentemente, a decirme lo que puedo permitirme según su definición de decoro— me lo viene a explicar, ese desconocido, y a decírmelo públicamente: yo no debo hacer eso. Pasa totalmente del libro. Lo que cuenta es mi sexo. Pasa de quién soy, de dónde vengo, de lo que me conviene, de quién va a leerme, de la cultura punk-rock. Papy interviene, con las tijeras, para corregírmela, para cortarme mi polla mental, porque de las chicas como yo hay que ocuparse. Y de paso cita a Renoir: «las películas deberían estar hechas por chicas bonitas que muestran cosas bonitas». Eso al menos me dará una idea para un título[6]. En ese momento, me parece tan grotesco que me hace reír. Pero después cambio de tono, me doy cuenta de que me dan palos por todos lados y que eso es lo único que les interesa: que yo sea una chica, una chica, una chica. Tengo un coño pegado en la cara. No me había confrontado todavía con el mundo de los adultos y menos aún con el de los adultos normales, así que al principio me sorprendo de cuántos saben distinguir entre lo que debe hacer y no debe hacer una chica en la ciudad.
Cuando te vuelves una chica pública, te dan palos por todos lados, de una manera muy particular. Pero no hay que quejarse porque está mal visto. Hay que tener buen humor, tomárselo con distancia y tener un buen par de cojones para aguantarlo. Todas esas discusiones para saber si yo tenía o no derecho a decir lo que decía. Una mujer. Mi sexo. Mi cuerpo. En todos los artículos, más bien de forma amable, por cierto. No, no se describe a un autor como se describe a una mujer. Nadie cree necesario decir que Houellebecq es guapo. De ser una mujer, y si a un número igual de hombres les hubieran gustado sus libros, habrían escrito sobre él que era guapa. O fea. Pero habríamos sabido lo que piensan sobre el tema. Y habrían intentado, en nueve de cada diez artículos, cantarle las cuarenta y explicarle, en detalle, por qué este hombre era tan desgraciado sexualmente. Le habrían dicho que era culpa suya, que no hacía las cosas correctamente, que no podía quejarse de nada. Y de paso, se hubieran reído de él: ¿Pero has visto la cara que tienes? Habrían sido extraordinariamente violentos con él si, como mujer, hubiera dicho sobre el sexo y el amor con los hombres lo que él dice sobre el sexo y el amor con las mujeres. Con el mismo talento, no hubiera habido el mismo trato. No querer a las mujeres, cuando se es hombre, es una actitud. No querer a los hombres, cuando se es mujer, es una patología. ¿Una mujer no muy seductora que se quejara de que los hombres no fueran capaces de darle un orgasmo? Nos tocaría oír hablar de su cuerpo, y de su familia, de sus complejos, de sus problemas. No es casual que todas las marujas o casi todas, a partir de una cierta edad, intenten no hacerse notar demasiado. Que no nos cuenten que es una cuestión de carácter o de naturaleza, que a nosotras no nos gusta provocar y que lo nuestro es la casa y los niños. No hay más que darse cuenta de la que nos cae encima en cuanto hacemos algo. Ni siquiera al más loco de los tíos del hip-hop le tratan tan mal como a una mujer. Y sin embargo, ya sabemos lo que los blancos piensan de los negros. No hay nada peor que ser una mujer juzgada por los hombres. Valen todos los golpes, empezando por los más bajos. No somos ni siquiera extranjeras: nos ponen subtítulos todo el tiempo, como si no supiéramos lo que tenemos que decir. No lo sabemos tan bien como los machos dominantes, habituados como están desde hace siglos a escribir libros sobre la cuestión de nuestra feminidad y sobre sus implicaciones.
Es en esta época cuando descubro, con consternación, que cualquier huevón dotado de una pija se cree con derecho a hablar en nombre de todos los hombres, de la virilidad, de los pueblos guerreros, de los señores, de los dominantes y, en consecuencia, se cree con derecho a darme lecciones de feminidad. Da igual si el tío mide uno cincuenta, es más ancho que largo, y nunca, ni en nada, haya demostrado su masculinidad. Es un tío. Y yo… yo soy del otro sexo. No soy la única a la que le espanta que la pongan sistemáticamente en su lugar de hembra. Solo me comparan con otras mujeres. Marie Darrieussecq, Amélie Nothomb, Lorente Nobécourt, poco importa, con tal de que tengamos la misma edad. Y sobre todo, que seamos del mismo sexo. Como mujer, me toca tomarme una ración doble de condescendencia, vejaciones suplementarias y llamadas al orden. Mis amistades. Mis salidas. Mis gastos. Dónde vivo. Bajo vigilancia. De todo tipo. Una chica.
Después viene la película. La prohibición. La verdadera censura, evidentemente, no pasa por los textos legales. Es más bien un consejo que te dan. Y se aseguran de que te enteres bien. Hay que impedir que tres actrices porno y una exputa hagan una película sobre la violación. Incluso si se trata de un pequeño presupuesto, de una película de género, incluso si es una parodia. Es importante. Cualquiera diría que estamos amenazando la seguridad del Estado. No se puede hacer una película sobre una violación colectiva en la que las víctimas no lloriqueen en el hombro de los tíos que las vengarán. Eso no. Consenso unánime de la prensa: su famoso derecho a decir que no. Nos representan a mí y a las otras tres chicas de la película como si no quisiéramos otra cosa que ganar dinero. Evidentemente. No es necesario ver la película para saber lo que hay que pensar. Si las chicas hablan de sexo, es para robarles el dinero a los hombres honestos. Putas. Porque si no, seguro, habríamos hecho una película con praderas y perritos saltarines, una película con mujeres preocupadas por seducir a los hombres. O no hubiéramos ni siquiera hecho la película, no nos hubiéramos movido de nuestro sitio. Putas, forzosamente. El cuerpo de Karen, en primera página. Normal. Putas. Cualquiera tiene derecho a vender periódicos gracias a su vientre porque ella lo había querido enseñar. Putas. Y la ministra de cultura, una mujer, esa izquierda que se dice sutil, declara que una artista debería sentirse responsable de lo que muestra. No son los hombres los que deberían sentirse responsables cuando se ponen de acuerdo entre tres para violar a una chica. No son los hombres los que deberían sentirse responsables cuando se van de putas pero no votan las leyes necesarias para que ellas puedan trabajar tranquilamente. No es la sociedad la que debería sentirse responsable cuando vemos en todas las películas a las mujeres haciendo los papeles de las víctimas más atroces. Somos nosotras las que debemos sentirnos responsables. De lo que nos sucede, de negarnos a palmarla, de querer vivir para contarlo. De abrir la boca. Ya conocemos esta cantinela, la que dice que tienes que sentirte culpable de lo que te sucede. En la revista Elle, una imbécil cualquiera, al reseñar otro libro sobre la violación, sin ninguna relación con el mío, subraya la dignidad de su argumento, sintiéndose obligada a oponerlo a los «aullidos» que yo profiero. Como víctima, no soy lo suficientemente silenciosa. Merece la pena señalarlo en una revista femenina, es un consejo a las lectoras: la violación, de acuerdo, es algo triste, pero limiten los aullidos, señoras. No son lo suficientemente dignos. Que te den por el culo. En la revista París Match, el mismo método, para decirle a la hija de Montand, cuando habla de las caricias de su padre, que es mejor que se calle; otra imbécil subraya el estilo de Marilyn Monroe que ha sabido ser una buena víctima. Léase: dulce, sexy, con la boquita cerrada. Ella sabía tenerla cerrada, mientras pasaba de mano en mano a cuatro patas en las orgías más cutres. Consejo de mujeres, entre ellas. La llave maestra. Guarden sus heridas, señoras, porque podrían molestar al torturador. Hay que ser una víctima digna. Es decir, que se sepa callar. La palabra les ha sido siempre confiscada. Peligrosa, ya lo hemos entendido. ¿A quién podría quitarle el sueño?
¿Cuál es la ventaja que sacamos de nuestra situación que hace que merezca la pena que colaboremos tan activamente? ¿Por qué las madres animan a los niños a hacer ruido mientras enseñan a las niñas a callarse? ¿Por qué seguimos valorizando al hijo que se hace notar mientras que nos da vergüenza que una chica se salga del tiesto? ¿Por qué enseñamos a las niñas la docilidad, la coquetería y el disimulo, mientras que decimos a los niños que deben ser exigentes, que el mundo es suyo, que deben tomar decisiones y elegir? ¿Qué hay de bueno en el modo en el que las cosas suceden que haga que nos compense a las mujeres suavizar los golpes que damos?
Son aquellas de entre nosotras que ocupan las mejores posiciones las que han firmado una alianza con los más poderosos. Son las más capaces de callarse cuando se las engaña, de aguantar cuando se mofan de ellas, de adular el ego de los hombres. Las más capaces de adaptarse a la dominación masculina son evidentemente aquellas que ocupan los mejores puestos, ya que siguen siendo ellos los que aceptan o no a las mujeres en posiciones de poder. Las más coquetas, las más bellas, las que se muestran más amables con los hombres. Las mujeres que se expresan son aquellas que saben acomodarse a ellos. Preferiblemente, aquellas para quienes el feminismo es una causa secundaria, un lujo. Las que no se rompen la cabeza con la cuestión. Y más bien las mujeres más presentables, puesto que nuestra cualidad primordial sigue siendo ser agradables. Las mujeres de poder son las aliadas de los hombres, aquellas de entre nosotras que saben mejor doblar la rodilla y sonreír bajo la dominación. Las que hacen como si eso no doliera. A las otras, a las furiosas, las feas, las bocazas, se las asfixia, se las aleja, se las extermina. Persona non grata para la flor y nata.
A mí me gusta Josée Dayan. Ronroneo de placer cada vez que la veo en la tele. Porque excepto ella, todas las demás, las novelistas, las periodistas, las deportistas, las cantantes, las presidentas de empresas, las productoras, todas las señoras sienten la obligación de ponerse un escote, un par de pendientes, de pasar por la peluquería, de dar fe de su feminidad y garantía de docilidad.
Ya conocemos el síndrome del rehén que se identifica con su carcelero. Así es como acabamos vigilándonos las unas a las otras, juzgándonos a través de los ojos del que nos encierra con doble cerrojo.
En la treintena, cuando dejé de beber, fui a diferentes psicoanalistas, sanadores, magos, ninguno de ellos tenía demasiado que ver con el otro. Excepto porque todos esos hombres, varias veces, me dijeron: «Sería necesario que se reconciliara con su feminidad». Yo siempre respondía lo mismo, espontáneamente: «Sí, no tengo hijos, pero…» y siempre me interrumpían para decirme que no era cuestión de maternidad. Se trataba de mi feminidad. ¿Pero qué quieren decir con eso? Nunca me han dado una respuesta clara. Mi feminidad…, no estoy en contra, si además me lo dicen varias veces, con mucha convicción y con una bondad evidente. Así que intenté comprender, sinceramente, qué es lo que me faltaba. Me parecía que lo había dicho todo, que no intentaba ser más esto que aquello, que me dejaba llevar sin reservas. La feminidad, de qué se trataba… Las circunstancias en las que yo visitaba a esos terapeutas eran privilegiadas, yo era más bien dulce y tranquila. No soy una bestia a tiempo completo. Soy más bien tímida, reservada, desde que dejé de beber no se puede decir que haga mucho ruido, en general. Es verdad que a veces se me cruzan los cables y estallo. Y de una forma no particularmente femenina, lo confirmo, pero por casualidad, de una manera bastante eficaz. Pero ellos no me hablaban ni de agitación ni de agresividad, sino de «feminidad». Sin entrar en detalles. Me comí la cabeza. ¿Se trataba de ser menos imponente, de dar más seguridad, de ser accesible, quizás? Bueno, eso, incluso intentándolo, va a ser difícil. Al final, ser la chica que ha hecho Fóllame es una broma. A veces, es fácil, me siento como Bruce Lee. Cuando él contaba en las entrevistas cómo los tíos venían a darle una palmadita en la espalda para provocar un duelo. Querían probar a todo el vecindario que eran tan fuertes que se habían peleado con Bruce Lee. En mi caso, son los casposos de polla pequeña del barrio los que se sienten obligados a desafiarme, para mostrar a sus amigos que han tenido el valor de ponerme en mi sitio. No voy a entrar en detalles, ni a describir qué es lo que ocurre cuando estos tíos en cuestión entienden que todas las chicas que a ellos les gustaría tirarse prefieren acostarse conmigo. Eso les pone superagresivos. ¿Qué puedo hacer si son tan sexys como un viejo R-5 oxidado? Seguramente se imaginan que si yo no existiera ellos la tendrían más grande. No merece la pena darle vueltas. De todos modos, ya se trate de mí o de cualquier otra, desde este punto de vista, es lo mismo: nunca es suficiente. Hagas lo que hagas, siempre resulta demasiado para un necio local que se siente obligado a intervenir e intentar devolverte al redil.
Cuanto más escasa es la virilidad de un tipo, más atento está a lo que hacen las mujeres. Y al contrario, cuanta más seguridad tiene un hombre mejor soporta la diversidad de actitudes de las mujeres y su masculinidad. Por eso nunca se nos llama al orden de una manera tan severa y estricta como en el territorio de las clases pudientes: allí donde la masculinidad no está garantizada para los hombres, se pide a las féminas que jueguen el juego de la hipersumisa.
Cuando, en la tele, consternados, pasan una y otra vez imágenes de «Happy slapping», un chico que le da una hostia a una chica que mide dos cabezas menos que él y pesa quince quilos menos, y se hace filmar por un amigo para después hacerse el chulito delante de otros tíos, nos las muestran para decirnos: «Estos musulmanes hijos de padres polígamos, no respetan a las mujeres, es insoportable». Pero eso es exactamente lo que vosotros hacéis en un tercio de la literatura blanca masculina. Contáis cómo os aprovecháis de vuestro estatuto de dominantes para abusar de chavalitas que elegís entre las más débiles, contáis cómo las engañáis, las jodéis, las humilláis, para que os admiren vuestros colegas. Un triunfo a buen precio. Sería mucho más gracioso si el chaval del móvil le fuera a romper la cara a un tío que fuera el doble de alto que él; sería mucho más gracioso si os diera por incordiar a los tíos más feroces del grupo, o a las mujeres más ariscas. Pero eso no es lo que os motiva. El triunfo barato, la fuerza de los débiles. Mirad lo que les hacen a las chicas en un tercio de la producción cinematográfica blanca contemporánea. Triunfo de cobardes. Y es que hace falta reconfortar a los hombres. De eso se trata.
Después de unos años de buena, leal y sincera investigación he acabado llegando a esta conclusión. La feminidad: puta hipocresía. El arte de ser servil. Podemos llamarlo seducción y hacer de ello un asunto de glamour. Pero en pocos casos se trata de un deporte de alto nivel. En general, se trata simplemente de acostumbrarse a comportarse como alguien inferior. Entrar en una habitación, mirar a ver si hay hombres, querer gustarles. No hablar demasiado alto. No expresarse en un tono demasiado categórico. No sentarse con las piernas abiertas. No expresarse en un tono autoritario. No hablar de dinero. No querer tomar el poder. No querer ocupar un puesto de autoridad. No buscar el prestigio. No reírse demasiado fuerte. No ser demasiado graciosa. Gustar a los hombres es un arte complicado, que exige que borremos todo aquello que tiene que ver con el dominio de la potencia. Entre tanto, los hombres, en todo caso los de mi edad, no tienen cuerpo. Ni edad, ni corpulencia. Cualquier huevón con la cara roja por el alcohol, calvo, con barriga y un look de mierda podrá permitirse hacer comentarlos sobre la apariencia física de las chicas, comentarios desagradables si es que no las encuentra suficientemente arregladas u observaciones asquerosas si es que le da rabia no podérselas tirar. Esas son las ventajas de su sexo. Los hombres quieren hacer pasar la excitación más patética como si fuera algo simpático y pulsional. Pero no hay muchos Bukowskis, la mayoría de las veces se trata simplemente de un paleto cualquiera. Sería como si yo, por tener una vagina, me creyera tan cañón como Greta Garbo. Estar acomplejada, he aquí algo femenino. Eclipsada. Escuchar bien lo que te dicen. No brillar por tu inteligencia. Tener la cultura justa como para poder entender lo que un guaperas tiene que contarte.
Charlar es femenino. Todo lo que no deja huella. Todo lo doméstico se vuelve a hacer cada día, no lleva nombre. Ni los grandes discursos, ni los grandes libros, ni las grandes cosas. Las cosas pequeñas. Las monadas. Femeninas. Pero beber: viril. Tener amigos: viril. Hacer el payaso: viril. Ganar mucha pasta: viril. Tener un coche enorme: viril. Andar como te dé la gana: viril. Querer follar con mucha gente: viril. Responder con brutalidad a algo que te amenaza: viril. No perder el tiempo en arreglarse por las mañanas: viril. Llevar ropa práctica: viril. Todas las cosas divertidas son viriles, todo lo que hace que ganes terreno es viril. Eso no ha cambiado tanto en cuarenta años. El único avance significativo es que ahora nosotras podemos mantenerles. Porque el trabajo alimenticio es demasiado exigente para los hombres, que son artistas, pensadores, personajes complejos y terriblemente fáciles. El salario mínimo es más bien una cosa de mujeres. Evidentemente, en contrapartida habrá que entender que ser unos mantenidos les puede transformar en tipos violentos o desagradables. Porque no es fácil, cuando se pertenece a la raza de los grandes cazadores, no ser el que trae la comida a casa. Los hombres, qué guay, nos pasamos la vida comprendiéndolos. Porque la extraordinaria desesperación también tiene sexo, el nuestro, nuestra práctica es el gemido quejica.
No digo que ser una mujer sea en sí mismo una obligación horrible. Las hay que lo hacen muy bien. Lo que resulta degradante es el hecho de que sea una obligación. Evidentemente, las grandes seductoras son, cuando se trata de divinidades locales, las reinas del mambo. Hacer patinaje artístico es también muy bonito. Y, sin embargo, no nos exigen a todas que seamos patinadoras. Montar a caballo también tiene su punto. Y, sin embargo, no te dan una silla y un caballo nada más nacer.
En una cadena de televisión informativa, pasan un documental sobre las chicas de los barrios de la periferia de las grandes ciudades. Para ser más exactos: sobre la pérdida inquietante de su feminidad. Vemos a tres niñas con buena cara jurando como un camionero. Una de ellas intenta atrapar a alguien que sube por el hueco de la escalera con la esperanza de propinarle una paliza. Barrio desangelado, juventud a la deriva y sin objetivos, chavales que saben que, probablemente, no tendrán más oportunidades que sus padres, es decir, nada de nada. Imágenes siempre un poco molestas para alguien de mi edad, de una Francia que se ha vuelto un país del cuarto mundo. Una pobreza extrema que roza el lujo más indecente. Y en medio de todo eso, lo que inquieta a los reporteros, lo dicen sin reírse, es que las chicas ya no llevan falda. Y que hablan mal. Eso les sorprende, son sinceros. Se imaginan, tranquilamente, que las niñas nacen en una suerte de rosas virtuales y que se convertirán después en criaturas dulces y pacíficas. Incluso cuando se ven arrojadas a un mundo hostil donde más vale saber cómo dar un buen cabezazo si quieres sobrevivir mínimamente. Las chicas deberían ocuparse de que las cosas fueran bonitas, regando las plantas y cantando dulcemente. Eso es lo único que parece preocupar a los que han venido a filmarlas. Esas mujeres no se parecen a las mujeres de los barrios de clase alta, ni a las niñas de las revistas, ni a las chicas de las universidades de prestigio. El periodista que ha escrito este comentario tiene la impresión de que ser una mujer como las mujeres que le rodean es algo natural. Que esta feminidad no tiene raza, ni clase, que no está construida políticamente, cree que si dejamos a las mujeres ser lo que son, naturalmente, de la manera más poéticamente admirable, se convertirán en mujeres como las que trabajan y cenan a su lado: en burguesas blancas como debe ser.
No es solamente mi naturaleza profunda, y lo que ella tenía de diferente, de brutal, de agresivo, de potente, lo que empecé a domesticar. También aprendí a renegar de mi clase social.
No fue una decisión consciente. Más bien fue una estrategia de supervivencia social. Limitar los movimientos físicamente, preferir los gestos suaves. Ralentizar la dicción. Privilegiar aquello que no da miedo. Volverme rubia. Arreglarme los dientes. Emparejarme con un hombre mayor que yo, más rico y más famoso. Querer tener un hijo. Hacer lo que hacen los demás. Después del escándalo de la película. Fundirme un poco en su decorado. Dar tiempo al tiempo. Dejar de beber. Tanto por preservar mi look como por evitar la desinhibición del alcohol. Y los comportamientos viriles que vienen con él: acostarse con cualquiera, intimar con el prójimo, hacer ruido, reírse demasiado. Volví a mi categoría, tal y como la entendía mi nuevo ambiente. Vestirse de rosa, y llevar pulseras brillantes. Hice cuanto pude para pasar desapercibida… Pero no fue neutro. Fue un debilitamiento consentido.
Por suerte, existe Courtney Love, en concreto, y el punk-rock en general. Una tendencia a amar el conflicto. Intento recuperar la salud mental bajo mi sombra de rubia. El monstruo que habita en mí no se rinde. Mi novio me planta, no tengo hijos.
El día de mi 35 cumpleaños es la muerte. Sin saber siquiera si todavía tenía algo que demostrarle al mundo, que soy una mujer como cualquier otra, con todas las veces que me han repetido «usted odia a los hombres», yo me había empeñado en demostrar lo contrario. Qué idea tan absurda. Intentar probar que soy una mujer amable. Que incluso tiene hijos. Como lo prescribe la prensa. Pero cada uno lleva la vida que debe llevar, y todo eso no funciona en mi caso. No soy dulce no soy amable no soy una pija. Tengo subidones de hormonas que me causan estallidos de agresividad. Si no viniera del punk-rock, me avergonzaría de lo que soy. Incapaz de adaptarme hasta ese punto. Pero vengo del punk-rock y estoy orgullosa de no lograrlo.
El primer deber de una mujer escritora es matar al ángel del hogar.
VIRGINIA WOOLF