—Claro, ¿a qué viene eso ahora? —le respondió Beltrán.
—No toma ninguna medida de seguridad, va siempre por el mismo camino.
—No te fíes de esa gentuza —añadió Chakor.
—No sé…, no me cuadra —siguió el vasquito.
—Está confiado, Paco, lleva quince años de legal, sin que nadie le moleste, y ha bajado la guardia. No se figura que le hemos descubierto. ¿Es que te quieres echar atrás? ¿Te rajas? —añadió Beltrán.
—No, pero no me cuadra que ese tío sea de ETA. Un tío de ETA no vive con la familia, no hace siempre el mismo recorrido… Un tío de ETA toma precauciones.
—Coincide con la foto, ¿no?
—Bueno, sí.
—Pues entonces… ¿A ti qué coño te importa?
Paco vio al Pulpo salir de su casa con las manos en los bolsillos del anorak azul. Parecía distraído, ajeno, la cabeza ligeramente inclinada, como si pensara en sus cosas. Caminaba por la Rue Mentoconcelle arriba, sorteando a los primeros viandantes que se le cruzaban bostezando y ateridos de frío. Paco llevaba bajo el brazo Le Monde, que envolvía la Browning Parabellum que le había proporcionado Beltrán la tarde anterior. El coche que conducía Chakor rodaba despacio a su altura, un Peugeot con placas de París falsas.
La Rue Mentoconcelle era empinada y desembocaba en el mercado, donde ya estarían abiertos la mayor parte de los puestos. Aún no era de día y los faroles de la calle convertían la mañana en una sopa húmeda y claroscura, con ese frío que cala los huesos tan característico de Biarritz en invierno. El lugar donde tendría que abordarle se encontraba en el semáforo de la Avenue Maréchal Foch.
Mejor que estuviese el semáforo cerrado, pero si no, daría igual. Paco pensaba pegarse a su costado, mostrarle el arma y agarrarle del brazo derecho. Tendría que decirle en francés algo así como si te mueves, te mato, y empujarle hacia la puerta abierta del Peugeot. En el coche lo tendería en el suelo, bajo la manta, y lo registraría, mientras Chakor se lanzaría por el Boulevard Periferique hacia la frontera.
Beltrán les había dicho que esa gente de ETA iba siempre armada, pero Paco no lo creía. No se va a trabajar a un puesto de pescado con un hierro en el bolsillo, aunque de todas formas no estarían de más todas las precauciones. En caso de que ofreciese resistencia estaba autorizado a matarle. Sin embargo, no debían capturarle los gendarmes, la operación se hacía extraoficialmente.
—Si os detienen y se os ocurre poneros a cantar, no duraríais mucho tiempo en una cárcel francesa, tampoco vuestras familias. ¿Lo habéis entendido bien? —les dijo Beltrán.
Paco no estaba nervioso, nunca lo estaba en ese tipo de operaciones, aunque sabía que si el objetivo era un profesional, repelería la agresión y tendría que matarle allí mismo. Una persona normal se quedaría paralizada y aceptaría sus empujones sin rechistar, helada de miedo.
Dos días antes, Paco había comprado pescado en el puesto que tenía el Pulpo en el mercado, mezclado entre la gente, evitando mirarle a los ojos. Lo había seguido a su casa, al bar, incluso al cine con su mujer.
El Pulpo, bajo la manta, se movía a pesar de la presión de la bota izquierda de Paco en el cuello.
—No es, nos hemos equivocado, es un pringao, te lo digo yo.
—¡Cállate, calla de una puta vez, coño! —gritó Chakor.
—Te digo que es un pringao.
—Y a nosotros ¿qué? Piensa un poco, ¿qué nos importa? Nosotros hemos cumplido, ¿no? Pues eso.
—¡Les daré todo el dinero, no me hagan daño, por favor! —chilló el Pulpo.
Paco le dio un taconazo seco en la nunca y dejó de moverse.
—Eh, tío, ¿qué ha pasado, te lo has cargado?
—No…, y déjame en paz… Deja tú también de joderme. Chakor soltó una carcajada mientras conducía a ciento cincuenta por hora por la autopista.
El ministro le preguntó al hombre vestido de gris:
—¿Quieres un café? No es de máquina, nos lo suben del bar.
—No, gracias, tengo ardor de estómago… Beltrán ha llamado.
—¿Y?
—Todo resuelto, han pescado al Pulpo en Biarritz, camino de su pescadería. En estos momentos deben de estar pasando la frontera.
—¿Quién ha coordinado la operación?
—Beltrán. Tienes ahí el informe, sobre la mesa. Es la carpeta esa, la marrón.
—Gracias… ¿Estás seguro de no querer un cafelito? Sin café no soy nadie por las mañanas.
—Hay otro más.
—¿Son dos?
—El Pulpo y otro, un amigo. Beltrán ha considerado redondear la operación. Bermúdez, con tres especialistas para los interrogatorios, ya está allí. Tendremos un primer informe antes de comer.
—¿Se han enterado los franceses?
—De momento, no. Pero tendremos que decírselo tarde o temprano. ¿No te parece?
—No lo sé, ya veremos.
—Siempre cabe la posibilidad de plantearlo como una operación conjunta. De todas maneras los franceses se van a cabrear.
—¿Sabes? Esta mierda de café me está matando…, creo que yo también tengo ardor de estómago.
Chakor le preguntó a Beltrán:
—¿Qué hacemos después con ellos?
—Supongo que darles matarile —contestó Beltrán—, aunque eso no es asunto tuyo.
Chakor volvió a mirar a la mujer, la tía de la mesa de enfrente, que cruzaba y descruzaba las piernas hojeando una revista. Balanceaba un pie, quizás ajena a las miradas de Chakor, aunque con las mujeres nunca se sabe. Una chica guapa, joven, recién lavada. Con olor a limpia, supuso Paco, y añadió:
—Bueno, no siempre se da matarile. A veces basta con pillar información, ¿no?
—No hables más. Me estás jodiendo, Paco —le contestó Beltrán.
—¡Eh, dejad de discutir, tíos! ¿Habéis visto a la tía? Más buena que el pan. ¡Cómo está la gachí! —exclamó Chakor.
—Sólo he preguntado que después qué. ¿Es que no tengo derecho a preguntar?
—No, no tienes derecho a nada.
Bermúdez y los otros, o sea, los que habían venido de Madrid, como los llamaba Beltrán, estarían ahora liados con el Pulpo y el otro en el telediario. Mira que llamar telediario a eso, a interrogar. Debe de ser porque nada más que se oyen mentiras en un interrogatorio, pero no dejaba de tener gracia el nombre: el telediario.
El camarero apareció con los pedidos y le preguntó a Beltrán:
—¿El café con leche?
Beltrán señaló la mesa a su lado.
—Aquí.
—¿Y el coñac?
Paco, el vasquito, alargó la mano y cogió la copa de la bandeja.
—Pour moi.
—¿Qué whisky me has traído? —le preguntó Chakor, y miró al camarero con esos ojos suyos inyectados en sangre. Chakor, o como se llamase de verdad, estaba loco, un pirao—. Te dije whisky de malta, ¿no?
—¿Izcabirri?
—A mí me hablas en cristiano, hijo de puta, o te tragas la bandeja.
—Oui, il veux du whisky de malta, vite —le ordenó Paco, y el camarero dio media vuelta y se marchó caminando aprisa entre las mesas, hacia el mostrador.
Antes de llegar se volvió y los miró, asustado, aún con la bandeja a la altura del pecho.
—Tranquilo, Chakor, coño. ¿Qué te pasa a ti también?
—Estos tíos me tocan los cojones. Y menos mal, porque si me sigue hablando en vasco le pego un tiro aquí mismo.
—Vamos a quedarnos quietecitos todos, vamos a tranquilizarnos o me voy a cagar en la puta madre que nos parió. Vamos a quedarnos tranquilos todos, sin llamar la atención —manifestó Beltrán.
Chakor le dio un codazo a Paco y señaló a la mujer con un gesto de la cabeza.
—¿Qué harías tú con esa tía, vasquito?
Paco se encogió de hombros.
—Un poco de paciencia —añadió Beltrán—, yo también estoy hasta los cojones, pero tenemos que esperar.
Paco sabía esperar. Había esperado siempre, desde pequeño, desde que saltaba de la ventana y salía a la noche a escuchar los ruidos del campo y a pensar que debería matar al borracho de su padre, que le pegaba con la correa por cualquier cosa: porque no había encerrado a las vacas a tiempo, porque no les había puesto cubos de agua, porque nunca hacía bien nada y era un vago, un hijo de puta malcriado y mariconazo. Una noche había llegado hasta la puerta del dormitorio a escuchar los gruñidos del padre espatarrado en la cama. Era fácil coger el cuchillo de capar marranos y cortarle el cuello, dejarle sangrando en la cama.
Entró en el bar uno de los que habían bajado de Madrid. Uno medio calvo con gafas y cazadora Loewe de cien mil pesetas. Se dirigió a la mesa despacio, como un vaquero de película.
—¿Cómo ha ido el telediario? —le preguntó Beltrán, alzando la cabeza hacia el recién llegado.
—¿Puedes venir un momento?
Beltrán acompañó al de la cazadora hasta una esquina del bar, donde se pusieron a cuchichear. El de la cazadora se inclinaba sobre la oreja de Beltrán, que escuchaba sin ningún gesto. Beltrán debía de ser un oficial. Quizá capitán o comandante, por la edad. No suboficial. Los suboficiales actuaban de otra manera, eso lo sabía él bien, había llegado a sargento en la Legión, Asuntos Especiales, lo que quería decir bien poco. Beltrán tenía clase, aplomo, educación, y estaba acostumbrado a mandar, a que le obedecieran. ¿Del Ejército, de la Guardia Civil, de la Policía? Podía ser comisario. De todas maneras un tío acostumbrado a que le obedecieran. Beltrán les había dicho: los tíos que van a venir de Madrid están muy preparados, han estado en el extranjero. Son profesionales.
—¿Qué vas a hacer con la pasta, tío? —Chakor le dio otro codazo—. ¿Eh? Estás en las nubes, tío. Te pregunto que qué vas a hacer con la manteca.
No podía decirle: casarme con Ainhoa, poner el bar con mi hermano en Irún, tal como habían pensado. Con cinco kilos bastaba, Ainhoa en la cocina con su hermana pequeña para ayudar y mi hermano y yo en la barra. Yo pongo lo que falta, los permisos nos los dan, seguro, y los créditos chupados del Banco Bilbao-Vizcaya. Un bar fino, nada de una tasca.
—Pues gastármelo, qué voy a hacer.
—¿Has visto a la tía? Se está insinuando, me está enseñando los muslos, la puta. Y está buena, ¿eh?
—Está pasando algo raro —añadió Paco en voz baja—. Algo no funciona como debe ser.
—¿Qué pasa?
—No lo sé, pero algo no funciona.
Esta noche tenía que cenar con Ainhoa, le había prometido una cena en Arguiñano, en Zarautz, ya tenía reservada mesa, había que reservar con semanas de antelación. Para ti siempre hay mesa, le dijo el camarero, y le palmeó la espalda. Tendría que llamar a Ainhoa y decirle que ya tenía el dinero para el bar, para casarse.
Beltrán regresó a la mesa. Tenía el rostro con una expresión preocupada.
—¿Pasa algo, jefe?
—No…, ¿qué va a pasar?
—No sé…, se te ha puesto una jeta… ¿Es que ha salido mal el telediario?
—Deja de darme el coñazo, Chakor. Ahora tenemos que currar, han metido al Pulpo y al otro en el caserío y tenemos que darles matarile.
—¿Por qué no se lo han cargado ellos?
—Eso no es asunto de ellos, es vuestro trabajo. Ellos sólo interrogan.
—¿Esperamos a que me traigan el whiskicito de Malta, jefe?
Ninguno de los dos se movía. Estaban desnudos y tenían sangre en la cara, un agujero en las bocas donde se veían dientes rotos, los dedos hinchados y sin uñas, las marcas de la picana en los testículos abultados, enormes, que ocultaban los sexos contraídos. Beltrán los empujó con el pie y Chakor dijo:
—¿Aquí mismo? —Sacó la pistola.
—Idiota, nada de sangre, guarda eso. Utilizad una cuerda o las manos. —Y miró al vasquito, el que se hacía llamar Paco—. ¿A qué esperas, tú?
—¿Con las manos? —preguntó el vasquito.
—Con lo que te dé la gana, pero sin sangre. —Chakor aún mantenía la pistola en la mano—. Luego laváis esto, lo dejáis como la patena.
—Es mejor un par de tiros y santas pascuas.
La mirada fría, inmóvil de Beltrán:
—¿Lo repito otra vez, estúpido?
Uno de ellos, imposible saber si era el Pulpo, gimió, abrió los ojos y comenzó a moverse.
—No…, no me maten… —balbuceó.
El vasquito tomó puntería, se apartó un poco y le sacudió un patadón en el pecho. El hombre gimió y se retorció. Dio un paso atrás y volvió a golpearle una, dos, tres veces, esta vez en la cabeza. El hombre se quedó inmóvil. Luego se dio la vuelta y volvió a patear al otro hombre en la sien.
—Joder, vasquito —le dijo Chakor—, se nota que has sido futbolista, tío.
Chakor le dijo a Paco:
—No me jodas, vasquito, ¿has visto cómo se han movido? Todavía no se han muerto. Tus patadas no han servido de nada.
—Déjame en paz y no digas más tonterías… Están muertos, no tienen pulso.
Pero se movían, uno de ellos abría y cerraba la boca como si quisiera hablar y el otro, inexplicablemente, se había sentado en el suelo. Paco no podía saber cuál de ellos era el Pulpo, el que había cazado en Biarritz. Estaban desfigurados por el telediario y las patadas.
—Tío, tenemos que terminar el matarile antes de que vuelva Beltrán.
—¿Dónde ha ido?
—No sé…, a llamar a Madrid… Parece que algo ha salido mal, está cabreado.
—Te lo decía.
—Tú eres muy listo.
—No, tengo experiencia. Y te digo que algo no ha salido a derechas en esta operación.
—¡Y a mí qué me importa!
Chakor se puso en pie, se quitó el cordón del zapato y se dirigió hacia los dos hombres.
—¿Qué, no os queréis morir, tíos? A mí no me jodáis, eh.
Paco lo vio situarse detrás del que se había incorporado, luego le pasó el cordón por el cuello y comenzó a estrangularlo. Cuando terminó se fue a por el otro, que había seguido moviendo la pierna. No escuchó ningún ruido, sólo un leve estertor. La pierna dejó de moverse.
Entonces entró Beltrán con la cara desencajada y Paco se puso en pie con ganas de fumarse un cigarrillo fuera, en el campo. De modo que salió y contempló las nubes oscuras que se recortaban sobre el grupo de luces que tintineaban al pie del monte, a lo lejos, entre los bultos de la furgoneta y los dos coches aparcados más allá de la verja de hierro. Un perro ladró en alguna parte del valle a su espalda, evocando las noches en las que se escapaba de su casa, se tumbaba en la hierba y escuchaba las lechuzas y los ruidos de su padre en la cama y tenía ganas de irse a alguna parte, lejos. El olor a campo, a limpio le recordó otros olores de infancia.
Escuchó a Beltrán gritarle a Chakor:
—¿Qué haces, tío? ¡Sois todos una pandilla de maricones, nenazas, que sois unas nenazas!
Y la risa de Chakor que le sacaba de quicio.
Beltrán se parecía al comandante aquel de su batallón, el que decía: caballeros legionarios, os voy a romper las pelotas, siempre borracho perdido de grifa. El mismo estilo. Mierda de Beltrán. El cigarrillo trazó una línea rojiza al caer al suelo.
Beltrán salió a la puerta.
—¿Ocurre algo? —le preguntó Paco.
—No… ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada. —Se encogió de hombros y añadió—: ¿Qué hacemos con los cuerpos?
—Hay que llevarlos a Alicante —le contestó.
—¿Alicante? ¿Por qué Alicante?
—Porque a mí me sale de los cojones, ¿vale? Así que entra y ayúda a Chakor, hay que dejar limpia la casa, uno de ellos se ha cagado.
Paco sacó el teléfono móvil del bolsillo de la chaqueta.
—¿Qué haces?
—Voy a llamar a mi novia, había quedado esta noche a cenar con ella.
—Dame eso.
Beltrán se lo quitó de las manos y observó el móvil con atención, como si nunca hubiera visto un aparatito de ésos.
—¿Lo has utilizado?
—No… Sólo quiero llamar a mi novia, decirle que voy a llegar tarde.
—De modo que has decidido llamar a tu novia, ¿verdad?
—Eso es, me está esperando para cenar en un restaurante. —Iba a añadir el nombre del restaurante, pero se contuvo.
—¿Y tú eres un profesional? Voy a empapelaros a todos, vaya par de inútiles que me he buscado. Un idiota y un drogadicto.
Beltrán arrojó el móvil al suelo y lo destrozó de un pisotón.