Tarde XII

Tarde XII

Canal Revista Alma Mater

Por Mario Almeida

Camilo aparece por el pasillo y propone celebrar. «Claro —responde Josué—, hoy es el cumpleaños de Lenin». Risas.

Más allá del histórico alumbramiento, en nuestro pequeño espacio ha ocurrido algo trascendental: los pacientes que hasta hoy quedaban en el centro de aislamiento resultaron negativos en su examen de PCR. 

Las últimas horas de esta tarde se han sumido en el vértigo. Daniela da fe de haber presenciado una cariñosa “conversación de solar”, cuando una interna de sonrisa amplia y una enfermera intercambiaron sendos contactos desde la distancia.

– ¡Te voy a llamar!

–¿Qué?

–¡Que te voy a dar mi teléfono!

–¡Ah, dale, coge también el mío!

Justo a la hora de comer iniciaron las salidas y era tal el sobresalto que, de los cuarenta y tantos, pocos tuvieron la voluntad de llevarse el plato en la mano. 

Lo supimos ya en el comedor y, por un instante, nos impactó el que la rutina diaria de organizar alimentos en determinado número de bandejas, de dosificarlo todo, hubiese, sin aviso previo, acabado al fin.

Daniela, que al parecer por estos días no hace más que correr, se desprendió hasta la “frontera” para pedir que no salieran aún. Minutos más tarde, a buen paso, apareció Josué con platos retractilados.

Una señora cubierta por completo de telas verdes gritaba el destino del vehículo presto a partir. Con los primeros movimientos tumultuarios, se escuchaban aplausos desde todas partes: palmadas fuertes, sinceras, porque no existía en ellas más obligación que la salida del cariño y la empatía que nace de esa gente que ha tenido la voluntad —la fuerza— de compartir desde el comienzo un trozo del calvario ajeno.

En la zona roja, maletas, ventiladores, jabas, pañuelos, personal de guardia, (ex)pacientes, gritos, cubos, el portón de par en par y, a pocos metros, gacelas con las puertas de corredera abiertas.

De la línea amarilla para acá, el doctor Daniel chocando sus manos hasta el dolor; Nelson, el enfermero, lanzando algún que otro alarido confianzudo; Fredy sonriendo bajo la mascarilla mal puesta; Alexis evitando cualquier manifestación de apuro que lo alejase de ver cómo todos se iban.

Irma, la podóloga, dijo de un grito «Cuídate, Juan», que pudo haber sido un «Cuídate, Amalia», un «Cuídate, Ernesto», un «Protégete» —quizás— genérico, universal… sublime. «Igual tú».

Más aplausos. Frases sueltas. Incipiente sensación de vacío. Alivio. Aplausos. Rostros por primera vez descubiertos, familiares hasta cierto punto, que estaban —sabíamos— a pocos pasos de perderse por ahí, sin vuelta atrás.

De regreso al comedor, mientras organizábamos y recogíamos las sobras, Daniela, Josué, Marcos y yo nos dimos un abrazo. El primero después de tantos días. Fue extraño, tal vez mortífero a mediano plazo, pero nos hacía falta y lo hicimos. Debe ser que los soldados, en la estupidez de la épica, suelen celebrar cada pequeña victoria como si se hubiesen ganado la guerra.

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