Sin fallos
Quince
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—Gracias —dijo Armstrong—. Por ser tan amables. Y gracias por el magnífico trabajo del día de hoy. De mi parte y de la de mi esposa. Desde lo más profundo de nuestro corazón. No soy una persona supersticiosa, pero de alguna manera siento que estoy en deuda con ustedes. En el sentido de que no me sentiré libre de obligaciones hasta que no haya hecho algo por ustedes. Por lo que no duden en pedírmelo. Lo que sea, formal o informal, individual o colectivo. Soy su amigo de por vida.
Nadie dijo nada.
—Cuéntenme algo de Crosetti —dijo Armstrong—. ¿Tenía familia?
El francotirador asintió:
—Esposa e hijo —dijo—. El chico tiene ocho años, creo.
Armstrong miró hacia otro lado:
—Lo siento mucho —dijo.
Silencio en la sala.
—¿Hay algo que pueda hacer por ellos? —preguntó Armstrong.
—Estarán en buenas manos —dijo Stuyvesant.
—Froelich tenía a sus padres en Wyoming —dijo Armstrong—. Eso es todo. No estaba casada. No tenía hermanos ni hermanas. He hablado con sus padres hoy, más temprano. Después de que ustedes vinieran a la Casa Blanca. Sentí que debía expresarles mis condolencias de manera personal. Y sentí que tenía que informarles de mi anuncio antes de salir por la televisión. Sentí que no podía tergiversar la situación sin su permiso solo para plantar un señuelo. Pero les gustó la idea de un acto conmemorativo el domingo. Tanto que de hecho lo van a llevar a cabo. Habrá acto, después de todo.
Nadie dijo nada. Armstrong eligió un punto en la pared y lo miró muy fijamente.
—Quiero asistir —dijo—. De hecho, voy a asistir.
—No puedo permitirlo —dijo Stuyvesant.
Armstrong no dijo nada.
—Es decir, mi consejo es que no vaya —se corrigió.
—La mataron por mi culpa. Quiero asistir al acto. Es lo mínimo que puedo hacer. De hecho, quiero decir unas palabras en él. Supongo que debería hablar de nuevo con sus padres.
—Estoy seguro de que para ellos sería un honor, pero hay cuestiones de seguridad.
—Respeto su opinión, por supuesto —dijo Armstrong—. Pero no es negociable. Iré por mi cuenta si es necesario. Podría preferir ir por mi cuenta.
—Eso no es posible —dijo Stuyvesant.
Armstrong asintió:
—Entonces busque a tres agentes que quieran estar allí conmigo. Y solo tres. No podemos transformarlo en un circo. Llegaremos y nos iremos rápido, sin ser anunciados.
—Lo ha anunciado en la televisión nacional.
—No es negociable —repitió Armstrong—. No querrán que todo se transforme en un circo. No sería justo. Así que no habrá ni representantes de la prensa ni canales de televisión. Solo nosotros.
Stuyvesant no dijo nada.
—Voy a estar presente en la ceremonia —dijo Armstrong—. La mataron por mi culpa.
—Ella sabía cuáles eran los riesgos —dijo Stuyvesant—. Todos sabemos cuáles son los riesgos. Estamos aquí porque queremos estar aquí.
Armstrong asintió:
—He hablado con el director del FBI. Me dijo que los sospechosos se escaparon.
—Es tan solo cuestión de tiempo —dijo Stuyvesant.
—Mi hija está en la Antártida —dijo Armstrong—. Es casi pleno verano allá. Hace veinte grados bajo cero. En una semana o dos quizás suba a dieciocho bajo cero. Acabamos de hablar por teléfono satelital. Dice que la sensación es increíblemente cálida. Hemos tenido la misma conversación durante los últimos dos años. Yo solía tomarlo como una especie de metáfora. En el sentido de que todo es relativo, nada es tan malo, uno se puede acostumbrar a cualquier cosa. Pero ahora ya no sé. No creo que supere nunca lo de hoy. Estoy vivo porque otra persona está muerta.
Silencio en la sala.
—Ella sabía lo que estaba haciendo —dijo Stuyvesant—. Somos todos voluntarios.
—Era estupenda, ¿no?
—Dígame cuándo quiere conocer a la persona que la va a remplazar.
—Ahora no —dijo Armstrong—. Mañana, quizás. Y pregunte por lo del domingo. Tres voluntarios. Amigos de ella a los que de todos modos les gustaría estar presentes en el acto.
Stuyvesant se quedó callado. Después se encogió de hombros.
—Vale —dijo.
Armstrong asintió:
—Se lo agradezco. Y gracias por lo de hoy. A todos. De mi parte y de la de mi esposa. En realidad es eso lo que vine a decir.
Su guardia personal comprendió la señal y lo trasladaron hacia la puerta. La invisible burbuja de seguridad se alejó con él, sondeando hacia delante, comprobando hacia los lados y hacia atrás. Tres minutos después se comunicaron por radio desde su coche. Estaba asegurado y en movimiento en dirección noroeste hacia Georgetown.
—Mierda —dijo Stuyvesant—. Ahora, además, el domingo va a ser una maldita pesadilla.
Nadie miró a Reacher, salvo Neagley. Salieron solos y encontraron a Swain en la recepción. Tenía el abrigo puesto.
—Me voy a casa —dijo.
—En una hora —dijo Reacher—. Primero nos vas a enseñar los expedientes.