Sin fallos
Dieciséis
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—Creo que fue el primero en llegar —dijo Reacher—. Al principio de todo, quizás, incluso antes de que el Servicio Secreto detectara el asunto. Creo que fue una especie de aviso que solo usted entendería. Así que creo que usted lo ha sabido todo el tiempo.
Creo que usted sabe quién lo está haciendo, y creo que sabe por qué.
—Murieron personas —dijo Armstrong—. Esa es una acusación muy fuerte.
—¿La niega?
Armstrong no dijo nada.
Reacher se inclinó hacia delante:
—Hay algunas palabras cruciales que nunca se dijeron —dijo—. La cuestión es que si yo estuviera ahí de pie sirviendo pavo, alguien empezara a disparar y de repente otra persona estuviera muriéndose desangrada encima de mí, antes o después me preguntaría: ¿quiénes demonios son? ¿Qué demonios quieren? ¿Por qué demonios hacen esto? Son preguntas bastante básicas. Yo las habría pronunciado alto y claro, créame. Pero usted no lo hizo. Lo vimos dos veces después. En el sótano de la Casa Blanca y más tarde en la oficina. Habló de muchas cosas. Preguntó: ¿los han cogido ya? Esa era su gran preocupación. Nunca preguntó quiénes podían ser o cuáles podían ser sus motivos. ¿Y por qué no lo preguntó? Solo hay una explicación posible. Ya lo sabía.
Armstrong no dijo nada.
—Creo que su esposa también lo sabe —dijo Reacher—. Expresó que estaba disgustada con usted por poner a gente en peligro. No creo que estuviera generalizando. Creo que ella sabe que usted lo sabe, y que ella cree que usted debería habérselo dicho a alguien.
Armstrong permaneció en silencio.
—Por lo que creo que ahora se siente un poco culpable —dijo Reacher—. Creo que ese es el motivo por el cual aceptó anunciar por televisión lo que yo le pedí y que también es el motivo por el cual quiere asistir al acto conmemorativo. Una especie de cargo de conciencia. Porque lo sabía, y no se lo dijo a nadie.
—Soy un político —dijo Armstrong—. Tenemos cientos de enemigos. No tenía sentido ponerse a especular.
—Tonterías —dijo Reacher—. Esto no es político. Esto es personal. Sus enemigos políticos no van más allá de algún productor de soja de Dakota del Norte al que usted hizo diez centavos más pobre a la semana por cambiar algún subsidio. O algún viejo senador pretencioso al que usted se negó a apoyar en el voto. El productor de soja podría hacer campaña en su contra en época de elecciones y el senador podría tomarse su tiempo y joderlo en algún asunto importante, pero ninguno de los dos haría lo que están haciendo estos tipos.
Armstrong no dijo nada.
—No soy tonto —dijo Reacher—. Soy un hombre enfadado que vio cómo moría desangrada una mujer a la que le tenía cariño.
—Yo tampoco soy tonto —dijo Armstrong.
—Yo creo que sí. ¿Algo le está volviendo del pasado y cree que puede ignorarlo y esperar lo mejor? ¿No se dio cuenta de que sucedería? Ustedes no tienen perspectiva. ¿Creía que ya era mundialmente famoso porque formaba parte del gobierno y del Senado? Bueno, no es así. La gente normal no ha escuchado hablar de usted hasta la campaña de este verano. ¿Pensaba que ya se conocían todos sus secretitos? Bueno, eso tampoco es así.
Armstrong no dijo nada.
—¿Quiénes son? —preguntó Reacher.
Armstrong se encogió de hombros:
—¿Qué es lo que usted cree?
Reacher hizo una pausa.
—Yo creo que usted tiene un problema de temperamento —dijo—. Igual que su padre. Creo que hace mucho tiempo, antes de que aprendiera a controlarlo, hizo sufrir a mucha gente, y que algunos lo han olvidado, pero otros no. Creo que es parte de la vida de una persona el que alguna vez alguien le haga algo malo. Que le haga daño, que dañe su autoestima o que la fastidie de alguna otra manera. Creo que esta persona en particular lo reprimió durante mucho tiempo hasta que un día encendió la televisión y vio su cara por primera vez en treinta años.
Armstrong se quedó quieto en la silla durante un largo rato.
—¿Cómo de avanzado está el FBI en esta investigación?
—Están perdidos. Están buscando gente que no existe. Nosotros estamos mucho más adelantados que ellos.
—¿Y cuáles son sus intenciones?
—Yo voy a ayudarlo —dijo Reacher—. No es que usted se lo merezca en absoluto. Será exclusivamente la consecuencia de que voy a salir en defensa de Nendick y de su esposa, de un señor de apellido Andretti, de dos personas de apellido Armstrong, de Crosetti y especialmente de Froelich, que era amiga de mi hermano.
Se hizo un silencio.
—¿Esto seguirá siendo confidencial? —preguntó Armstrong.
Reacher asintió:
—Así tendrá que ser. Exclusivamente por mi propio bien.
—Parece que está contemplando tomar medidas muy serias.
—El que juega con fuego se quema.
—Esa es la ley de la selva.
—¿Y usted dónde cree que vive?
Armstrong se quedó callado otro largo rato.
—Así que usted sabrá mi secreto y yo sabré el suyo —dijo.
Reacher asintió:
—Y viviremos felices para siempre.
Hubo otro largo silencio. Duró un minuto entero. Reacher vio cómo desaparecía Armstrong el político y cómo lo remplazaba Armstrong el hombre.
—Usted está equivocado en la mayoría de las cosas —dijo—. Pero no en todas.
Se agachó y abrió un cajón. Sacó un sobre acolchado y lo tiró sobre el escritorio. Patinó sobre la madera brillante y se detuvo a un par de centímetros del borde.
—Supongo que esto cuenta como el primer mensaje —dijo—. Llegó el día de las elecciones. Supongo que al Servicio Secreto le habrá desconcertado un poco, pero no percibieron nada realmente peligroso. Por lo que lo dejaron pasar.
El sobre era un artículo común de papelería comercial. Estaba dirigido a «Brook Armstrong, Senado de los Estados Unidos, Washington D. C.». La dirección estaba impresa en la conocida etiqueta autoadhesiva con la conocida tipografía de ordenador Times New Roman, tamaño catorce, en negrita. Lo habían enviado por correo desde algún lugar del estado de Utah, el 28 de octubre. Habían abierto unas cuantas veces la solapa y la habían vuelto a cerrar. Reacher la levantó y miró dentro del sobre. Lo sostuvo de manera que Neagley también pudiera ver.
En el sobre había tan solo un bate de béisbol en miniatura. Era de esas cosas que se venden como souvenir o que vienen de regalo. Era de madera blanda lisa pintada de color miel. Tenía dos centímetros y medio de diámetro en su parte más gruesa y habría tenido alrededor de cuarenta centímetros de largo si no fuera porque estaba partido cerca del extremo del mango. Lo habían roto a propósito. Lo habían serrado parcialmente y después lo habían partido en la parte más delgada. Habían rayado y raspado la parte rota para que pareciera accidental.
—No tengo un problema de temperamento —dijo Armstrong—. Pero tiene razón, mi padre sí. Vivíamos en un pequeño pueblo de Oregón, bastante solitario y aislado. Era básicamente un pueblo maderero. Un lugar con bastante mezcla. Los dueños de los aserraderos tenían casas grandes, los jefes de cuadrillas tenían casas más pequeñas, las cuadrillas vivían en chozas o en pensiones. Había un colegio. Mi madre era la dueña de la farmacia. Hacia un lado de la carretera estaba el resto del estado, hacia el otro había bosque virgen. Era como estar en la frontera. Era un poco un lugar sin ley, pero no estaba tan mal. De vez en cuando había prostitutas y se bebía mucho, pero en conjunto solo intentaba ser un pueblo americano.
Se quedó callado un momento. Apoyó las manos sobre el escritorio y las miró.
—Yo tenía dieciocho años —dijo—. Había terminado la escuela secundaria y estaba listo para ir a la universidad, pasando mis últimas semanas en casa. Mi hermana estaba de viaje por ahí. Teníamos un buzón en la entrada. Lo había construido mi padre, con la forma de un aserradero en miniatura. Era bonito, estaba hecho con varitas de cedro. En Halloween del año anterior lo habían hecho pedazos, ya saben, la típica cosa de Halloween en la que los chicos duros salen a recorrer las carreteras en coche con un bate de béisbol y rompen buzones. Mi padre escuchó el momento en que lo hicieron y los persiguió, pero no llegó a verlos. Estábamos un poco molestos, porque era un buzón precioso y destruirlo nos pareció una insensatez. Pero mi padre lo construyó de nuevo, más fuerte aún, y de alguna manera se obsesionó con protegerlo. Algunas noches se escondía y lo vigilaba.
—Y los chicos volvieron —dijo Neagley.
Armstrong asintió:
—Más adelante ese mismo verano —dijo—. Dos chicos, en una furgoneta, con un bate. Eran bastante grandes. Yo no los conocía realmente, pero los había visto antes por ahí. Creo que eran hermanos. Chicos duros de verdad, ya saben, delincuentes, unos matones que no vivían en el pueblo, la clase de persona de la que procuras mantenerte alejado. Le dieron un golpe al buzón, mi padre se les echó encima y discutieron. Se burlaron de él, lo amenazaron, insultaron a mi madre. Dijeron tráela, con este bate le enseñaremos lo que es pasarlo bien mejor de lo que se lo puedes enseñar tú. Se pueden imaginar los gestos que acompañaron a esas palabras. Entonces hubo una pelea, y mi padre tuvo suerte. Fue una de esas veces, dos golpes afortunados y ganó. O quizás fue por su entrenamiento militar. El bate se partió a la mitad, quizás contra el buzón. Yo pensé que eso sería todo, pero entonces mi padre arrastró a los chicos hasta el jardín, buscó una cadena de las que se usaban para los troncos y unos candados y los encadenó a un árbol. Estaban de rodillas, frente a frente alrededor del tronco. Mi padre había perdido la cabeza. Estaba furioso. Los golpeaba con el bate partido. Yo intentaba detenerlo, pero era imposible. Después dijo que él les demostraría con el bate a ellos lo que era pasarlo bien, con el extremo roto, a no ser que le rogaran que no lo hiciera. Por lo que le rogaron. Le rogaron durante mucho tiempo y con la voz muy clara.
Se quedó callado de nuevo.
—Yo estuve ahí todo el rato —dijo—. Trataba de calmar a mi padre, eso es todo. Pero ellos me miraban como si estuviera participando. Tenían algo en la mirada, como si yo estuviese siendo testigo del peor momento de sus vidas. Como si yo estuviese viendo cómo los humillaban completamente, lo que, supongo, es lo peor que se le puede hacer a un abusador. Tenían los ojos llenos de odio. Contra mí. Como si estuviesen diciendo: has visto esto, ahora tienes que morir. Fue literalmente así.
—¿Qué sucedió? —preguntó Neagley.
—Mi padre los dejó allí. Dijo que los iba a dejar allí toda la noche y que comenzaría de nuevo a la mañana siguiente. Entramos, él se fue a la cama y yo me escabullí y salí de nuevo una hora más tarde. Iba a dejarlos marchar. Pero ya no estaban. De alguna manera se habían zafado de las cadenas. Se habían escapado. Nunca regresaron. Nunca los volví a ver. Me fui a la universidad, nunca volví a casa realmente, salvo de visita.
—Y su padre murió.
Armstrong asintió:
—Tenía problemas de tensión, lo cual era comprensible, supongo, dada la personalidad que tenía. De algún modo me olvidé de los dos chicos. Era solo un episodio que había ocurrido en el pasado. Pero no me olvidé realmente de ellos. Siempre he recordado su mirada. La puedo ver ahora mismo. Era un odio helado.
Eran como dos matones engreídos que no podían soportar que los vieran de una manera distinta a como querían ser vistos. Como si yo estuviese cometiendo un pecado mortal solo por verlos perder. Como si yo les estuviese haciendo algo. Como si fuese su enemigo. Me miraron fijamente. Dejé de tratar de entenderlo. No soy psicólogo. Pero nunca he olvidado esa mirada. Cuando llegó ese paquete no dudé ni un segundo de quién lo había enviado, aunque hayan pasado ya casi treinta años.
—¿Sabía cómo se llamaban? —preguntó Reacher.
Armstrong negó con la cabeza:
—No sabía mucho de ellos, salvo, supongo, que vivían en algún pueblo de los alrededores. ¿Qué es lo que va a hacer?
—Sé lo que me gustaría hacer.
—¿Y qué es lo que le gustaría hacer?
—Quiero romperle los dos brazos y no volver a verlo nunca más en mi vida. Porque si hubiese dicho algo el día de las elecciones, Froelich seguiría viva.
—¿Por qué demonios no dijo nada? —preguntó Neagley.
Armstrong negó con la cabeza. Tenía lágrimas en los ojos.
—Porque no tenía idea de que fuera algo serio —dijo él—. De verdad, se lo prometo, por mi hija. ¿No lo ven? Pensé que sería solamente algo para recordarme aquello o para incomodarme. Me pregunté si quizás seguirían pensando que yo había sido culpable en aquel momento, y si me estarían amenazando con avergonzarme o exponerme políticamente, algo así. Obviamente no me preocupaba porque yo no había sido culpable. Cualquiera lo entendería. Y no podía ver ninguna otra razón lógica para que me lo mandaran. Yo era treinta años mayor, y también ellos. Soy un adulto racional, asumí que ellos también. Por lo que pensé que quizás era solo una broma de mal gusto. No pensé que fuera nada peligroso. Se lo prometo absolutamente. Es decir, ¿por qué iba a pensar que sí? Por lo que me incomodó durante una hora, y después lo dejé estar. Quizás sí esperaba algún tipo de secuela desagradable, pero resolví que lidiaría con ello cuando sucediera. Pero no hubo ninguna secuela. No sucedió. No hasta donde yo sabía. Porque nadie me dijo nada. Hasta ahora. Hasta que usted me lo dijo. Y según Stuyvesant usted ni siquiera me lo debería estar diciendo. Y sufrieron y murieron personas. Dios, ¿por qué no me informó? Le podría haber contado todo si me hubiese preguntado.
Nadie dijo nada.
—Por lo que tiene usted razón y se equivoca —dijo Armstrong—. Sabía quién y por qué, pero no conocía todo el recorrido. No sabía nada de la parte intermedia. Conocía el principio y reconocí el final. Lo supe en cuanto comenzaron los disparos, créame. Es decir, simplemente lo supe. Fue una conmoción increíble, de la nada. Pensé algo así como: ¿esta es la secuela? Fue una locura. Fue más o menos como estar esperando que un día me tiraran un tomate podrido y en vez de eso recibir un misil nuclear. Pensé que el mundo se había vuelto loco. ¿Me quiere echar la culpa por no haber dicho nada? Está bien, écheme la culpa, pero ¿cómo podría haberlo sabido? ¿Cómo podría haber pronosticado una insensatez semejante?
Un momento de silencio.
—Por lo que este es mi secreto culpable —dijo Armstrong—. No algo malo que haya hecho hace treinta años. Sino que hace tres semanas no tuve capacidad de predecir las implicaciones que iba a tener el paquete.
Nadie dijo nada.
—¿Debería decírselo a Stuyvesant ahora? —preguntó Armstrong.
—Es su decisión —respondió Reacher.
Hubo una larga pausa. Armstrong el hombre desapareció y Armstrong el político volvió para remplazarlo.
—No se lo quiero decir —dijo Armstrong—. Es malo para él y es malo para mí. Sufrieron y murieron personas. Será visto como un serio error de cálculo de ambas partes. Él debería haber preguntado, yo debería haberlo dicho.
Reacher asintió:
—Por tanto, déjenoslo a nosotros. Usted sabrá nuestro secreto y nosotros sabremos el suyo.
—Y todos viviremos felices para siempre.
—Bueno, todos viviremos —dijo Reacher.
—¿Descripciones? —preguntó Neagley.
—Eran unos chicos —dijo Armstrong—. Quizás de mi edad. Solo me acuerdo de su mirada.
—¿Cómo se llama el pueblo?
—Underwood, en Oregón —contestó Armstrong—. Donde todavía vive mi madre. Adonde me voy dentro de una hora.
—¿Y estos chicos eran de la zona?
Armstrong miró a Reacher:
—Y usted ha dicho que irían a su casa a esperar.
—Sí —dijo Reacher—. Eso he dicho.
—Y yo estoy yendo hacia allí.
—No se preocupe —dijo Reacher—. Esa teoría está muy desactualizada. Asumo que esperaban que usted se acordara de ellos, y asumo que no anticiparon la falta de comunicación entre usted y el Servicio Secreto. Y seguro no querían que usted pudiera llevarles hasta su puerta. Por lo que su puerta ya no es la misma. Ya no viven en Oregón. De eso podemos estar seguros.
—¿Y cómo los van a encontrar?
Reacher negó con la cabeza:
—No los podemos encontrar. No ahora. No a tiempo. Ellos nos tendrán que encontrar a nosotros. En Wyoming. En el acto conmemorativo.
—Yo también voy a ir. Con una protección mínima.
—Pues espero que todo haya terminado antes de que usted llegue.
—¿Debería decírselo a Stuyvesant? —preguntó Armstrong de nuevo.
—Es su decisión —repitió Reacher.
—No puedo cancelar mi participación. No estaría bien.
—No —dijo Reacher—. Supongo que no estaría bien.
—No se lo puedo decir a Stuyvesant ahora.
—No —dijo Reacher—. Supongo que no puede.
Armstrong no dijo nada. Reacher se levantó para marcharse, y Neagley hizo lo mismo.
—Una última cosa —dijo Reacher—. Creemos que estos tipos ahora son policías.
Armstrong se quedó quieto en la silla. Empezó a mover la cabeza, pero después se detuvo y bajó la vista hacia el escritorio. Se le nubló el rostro, como si estuviese escuchando un leve eco de hacía treinta años.
—Algo durante la paliza —dijo—. Solo lo oí a medias, y estoy seguro de que entonces no lo tuve en cuenta. Pero creo que en un momento dijeron que su padre era policía. Dijeron que podía meternos en un buen lío.
Reacher no dijo nada.
Los agentes de protección los acompañaron hasta afuera. Recorrieron la carpa de lona y bajaron de la acera a la calle. Giraron hacia el este, subieron a la acera otra vez y se prepararon para el paseo hasta el metro. Eran las últimas horas de la mañana y el aire estaba despejado y frío. El barrio estaba vacío. No había nadie fuera caminando. Neagley abrió el sobre que le había dado Stuyvesant. Dentro tenía un cheque por cinco mil dólares. En el renglón de concepto decía consulta profesional. En el sobre de Reacher había dos cheques. Uno era por los mismos cinco mil de honorarios y el otro era por los gastos de la auditoría, hasta el último centavo.
—Deberíamos ir de compras —dijo Neagley—. No podemos ir a cazar a Wyoming vestidos así.
—No quiero que vengas conmigo —dijo Reacher.