Sin fallos
Uno
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Indagó otra vez en su memoria, porque no quería estar equivocado, aunque no creía estarlo. Pelo rubio corto, ojos hermosos mirándolo directamente, una especie de confianza tranquila en su compostura. Tenía cualidades que habría recordado. Estaba seguro. Pero no las recordaba. Por lo que nunca antes la había visto.
—Conociste a mi hermano —dijo él.
Ella parecía sorprendida y un poco satisfecha. Y temporalmente sin palabras.
—Me doy cuenta —dijo él—. Cuando la gente me mira así, piensa en cuánto nos parecemos, pero también en lo distintos que somos.
Ella no dijo nada.
—Es un placer conocerte —dijo él, y comenzó a alejarse.
—Espera —dijo ella en voz alta.
Él se dio la vuelta.
—¿Podemos hablar? —dijo ella—. Te he estado buscando.
Él asintió:
—Podemos hablar en el coche. Aquí fuera me estoy congelando.
Ella se quedó quieta durante un segundo, con los ojos clavados en la cara de Reacher. Después se movió de repente y abrió la puerta del copiloto.
—Por favor —dijo.
Él se subió y ella dio la vuelta por adelante del capó y subió por su lado. Encendió el motor para prender la calefacción, pero no fue a ninguna parte.
—Conocí muy bien a tu hermano —dijo ella—. Salíamos juntos, Joe y yo. En realidad era algo más que salir. Durante un tiempo fue bastante en serio. Antes de que muriera.
Reacher no dijo nada. Ella se sonrojó.
—Bueno, obviamente antes de que muriera —dijo—. Qué estupidez.
Se quedó callada.
—¿Cuándo? —preguntó Reacher.
—Estuvimos juntos dos años. Nos separamos un año antes de que sucediera.
Reacher asintió.
—Soy M. E. Froelich —dijo ella.
Dejó suspendida en el aire una pregunta no dicha: ¿habló de mí alguna vez? Reacher asintió de nuevo, tratando de que pareciera que el nombre significaba algo. Pero no era así. Nunca oí hablar de ti, pensó. Pero quizás me habría gustado.
—¿Eme? —dijo él—. ¿Cómo la letra M?
—M. E. —dijo ella—. Son mis iniciales.
—¿Y a qué nombres les corresponden?
—Eso no te lo voy a decir.
Él hizo una pausa:
—¿Cómo te llamaba Joe?
—Me llamaba Froelich —dijo ella.
Él asintió:
—Sí, seguro.
—Todavía lo extraño —dijo ella.
—Yo también, supongo —dijo Reacher—. ¿Entonces esto va de Joe o va de alguna otra cosa?
Se quedó quieta de nuevo, un momento más. Después se sacudió un poco, un mínimo temblor subliminal, y volvió al tema.
—De las dos cosas —dijo—. Bueno, sobre todo de otra cosa, en realidad.
—¿Me quieres contar qué es?
—Te quiero contratar para una cosa —dijo ella—. Por una especie de recomendación póstuma de Joe. Por lo que solía decir él acerca de ti. Hablaba de ti, de vez en cuando.
Reacher asintió:
—¿Contratarme para qué?
Froelich hizo otra pausa y le dedicó una media sonrisa:
—Esta frase la he ensayado —dijo—. Un par de veces.
—Déjame oírla, entonces.
—Quiero contratarte para que asesines al vicepresidente de los Estados Unidos.