Sin fallos
Cinco
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—Tenemos que hablar con el personal de limpieza —dijo Reacher.
—¿Ahora? —preguntó Froelich.
—Es un buen momento. Los interrogatorios tarde por la noche siempre funcionan mejor.
Se quedó con la vista en blanco:
—Vale. Os llevo con ellos.
—Será mejor que tú no estés allí —dijo Neagley.
—¿Por qué no?
—Somos militares. Probablemente queramos abofetearlos un poco.
Froelich la miró fijamente:
—No pueden hacer eso. Son miembros del departamento, igual que yo.
—Está bromeando —dijo Reacher—. Pero se van a sentir mejor hablando con nosotros si nadie del departamento está presente.
—Vale, esperaré fuera. Pero voy con vosotros.
Terminó sus llamadas telefónicas, colocó los papeles y los llevó otra vez hasta el ascensor y luego al garaje. Se subieron a la Suburban y Reacher cerró los ojos durante veinte minutos mientras ella conducía. Estaba cansado. Había estado trabajando duro seis días seguidos. Después el coche se detuvo y abrió los ojos en un barrio bastante feo lleno de sedanes de diez años y terrenos alambrados. El brillo naranja de las farolas resplandecía aquí y allá. Asfalto remendado y algunos yerbajos en la acera. Los graves de la radio de un coche sonaban a todo volumen unas manzanas más lejos.
—Es aquí —dijo Froelich—. En el 2301.
El 2301 era la puerta izquierda de una casa con dos entradas independientes. Era una estructura baja de tablones con las dos puertas en el centro y ventanas simétricas a izquierda y derecha. Un alambrado bajo rodeaba el jardín delantero. El césped estaba parcialmente muerto. No había arbustos, ni flores, ni plantas, pero estaba bastante limpio. No había basura. Los escalones que llevaban a la puerta estaban relucientes.
—Os espero aquí —dijo Froelich.
Reacher y Neagley bajaron del coche. El aire nocturno era frío y la radio se escuchó más fuerte en la distancia. Cruzaron el portón del alambrado. Fueron hasta la puerta principal por un caminito de hormigón agrietado. Reacher llamó al timbre y lo escuchó sonar dentro de la casa. Esperaron. Escucharon unos pasos sobre lo que sonaba a suelo sin revestir, y después algo metálico que alguien apartaba del camino. La puerta se abrió y vieron a un hombre de pie, con la mano en el picaporte. Era el del vídeo, sin duda. Lo habían observado hacia delante y hacia atrás durante horas. No era joven ni viejo. No era bajo ni alto. Era completamente normal. Tenía puesto un pantalón de algodón y una sudadera de los Redskins. Tenía la piel morena y los pómulos altos y lisos. Su cabello era negro y brillante, con un corte anticuado bastante reciente y cuidado en los bordes.
—¿Sí? —dijo.
—Tenemos que hablar de lo que pasó en la oficina —dijo Reacher.
El tipo no hizo ninguna pregunta. No les pidió sus credenciales. Tan solo miró la cara de Reacher y dio un paso hacia atrás sobre lo que antes había movido para abrir la puerta. Era un balancín para niños hecho de tubos metálicos de colores brillantes. Tenía un pequeño asiento en cada uno de los extremos, como los de los triciclos, y cabezas de caballo de plástico con manillares a los lados, debajo de las orejas.
—No lo puedo dejar fuera de noche —dijo el hombre—. Me lo robarían.
Neagley y Reacher pasaron por encima y entraron en un estrecho recibidor. Había más juguetes ordenadamente colocados en unos estantes. En la puerta de la nevera había dibujos de colegio de colores llamativos. Olía a comida. Tras el recibidor, en una sala de estar, había dos mujeres en silencio y asustadas. Llevaban vestidos de domingo, muy distintos de sus monos de trabajo.
—Necesitamos que nos digan sus nombres —dijo Neagley.
Su voz estaba entre una calidez amigable y las frías campanadas de un entierro. Reacher sonrió para sus adentros. Así lo hacía Neagley. Lo recordaba bien. Nadie discutía nunca con ella. Era uno de sus puntos fuertes.
—Julio —dijo el hombre.
—Anita —dijo la primera mujer.
Reacher asumió que era la esposa de Julio, por cómo lo miró antes de contestar.
—María —dijo la segunda mujer—. Soy la hermana de Anita.
Había un sofá pequeño y dos sillones. Anita y María se apretaron un poco para que Julio se pudiera sentar con ellas. Reacher tomó eso como una invitación y se sentó en uno de los sillones. Neagley ocupó el otro. Eso los dejó a los dos en un ángulo simétrico, como si el sofá fuera una pantalla y ellos se sentaran a ver la tele.
—Creemos que ustedes dejaron la carta en la oficina —dijo Neagley.
No hubo respuesta. Ningún tipo de reacción. Ninguna expresión en ninguno de los tres rostros. Solo una especie de estoicismo inexpresivo y silencioso.
—¿Fue así? —preguntó Neagley.
No hubo respuesta.
—¿Los niños están en la cama? —preguntó Reacher.
—No están aquí —dijo Anita.
—¿Son tuyos o de María?
—Míos.
—¿Niños o niñas?
—Dos niñas.
—¿Dónde están?
Ella hizo una pausa.
—Con unos primos.
—¿Por qué?
—Porque nosotros trabajamos por la noche.
—Eso está a punto de cambiar —dijo Neagley—. No volverán a trabajar si no nos dicen algo.
No hubo respuesta.
—Se acabó el seguro de salud, se acabaron todas las prestaciones.
No hubo respuesta.
—Hasta podrían ir a la cárcel.
Silencio en la sala.
—Lo que nos tenga que pasar, pasará —dijo Julio.
—¿Alguien les pidió que la dejaran allí? ¿Alguien de la oficina?
No hubo ninguna respuesta.
—¿Alguien de fuera de la oficina?
—No hicimos nada con ninguna carta.
—¿Y qué fue lo que sí hicieron? —preguntó Reacher.
—Limpiamos. Para eso estábamos allí.
—Estuvieron allí dentro demasiado tiempo.
Julio miró a su esposa, como desconcertado.
—Vimos el vídeo —dijo Reacher.
—Sabemos que hay cámaras —dijo Julio.
—¿Siguen la misma rutina todas las noches?
—Tenemos que hacerlo.
—¿Pasan tanto tiempo allí dentro todas las noches?
Julio se encogió de hombros:
—Supongo que sí.
—¿Descansan allí dentro?
—No, limpiamos.
—¿Lo mismo todas las noches?
—Todo es lo mismo todas las noches. A no ser que alguien haya tirado el café o haya dejado mucha basura, algo así. Eso podría retrasarnos un poco.
—¿Había pasado algo así en la oficina de Stuyvesant esa noche?
—No —respondió Julio—. Stuyvesant es una persona limpia.
—Pasaron un buen rato allí dentro.
—No más de lo normal.
—¿Tienen una rutina exacta?
—Supongo que sí. Pasamos la aspiradora, limpiamos, sacamos la basura, ordenamos, vamos a la siguiente oficina.
Silencio en la sala. Solo los tenues bajos de la radio del coche a lo lejos, muy amortiguados por las paredes y las ventanas.
—Vale —dijo Neagley—. Escuchad, chicos. En el vídeo se ve cómo entráis en la oficina. Después hay una carta en el escritorio. Creemos que la dejasteis ahí porque alguien os lo pidió. Quizás os dijeron que era un juego o una broma. Quizás os dijeron que estaba bien hacerlo. Y está bien. No hay ningún problema. Pero necesitamos que nos digáis quién os lo pidió. Porque nosotros tratando de averiguarlo también somos parte del juego. Y ahora nos lo tenéis que decir, porque si no el juego se termina y no nos queda más remedio que deducir que la dejasteis ahí por iniciativa propia. Y eso no está bien. Eso está muy mal. Eso es amenazar al vicepresidente electo de los Estados Unidos. Y por eso pueden ir a la cárcel.
No hubo reacción. Otro largo silencio.
—¿Nos van a despedir? —preguntó María.
—¿No estáis escuchando? —dijo Neagley—. Iréis a la cárcel a no ser que nos digáis quién fue.
El rostro de María se quedó rígido como una piedra. Y el de Anita, y el de Julio. Rostros rígidos, miradas inexpresivas, semblantes estoicos y miserables llegados de mil años de experiencia campesina: tarde o temprano, la cosecha siempre falla.
—Vamos —dijo Reacher.
Se levantaron y atravesaron el recibidor. Pasaron por encima del balancín y salieron a la noche. Llegaron a la Suburban a tiempo para ver a Froelich colgando el teléfono. Tenía pánico en los ojos.
—¿Qué? —preguntó Reacher.
—Recibimos otra —respondió—. Hace diez minutos. Y es peor.