Sin fallos

Sin fallos


Once

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—Acabo de hablar con ella de eso —dijo él—. El otro día. Dijo que nunca le interesó. Me dijo eso, palabra por palabra.

—¿Y la creíste?

—¿No se supone que la tenía que creer?

Froelich no dijo nada. Reacher sonrió, despacio.

—¿Qué? ¿Tú crees que que le interesa? —preguntó él.

—Sonríes igual que Joe —contestó ella—. Un poco tímido, un poco ladeado. Es la sonrisa más increíblemente bonita que jamás haya visto.

—No lo has superado del todo, ¿no? —preguntó él—. A riesgo de ser el último en saberlo. A riesgo de decir algo que es más que sabido.

Ella no contestó. Se bajó del coche y empezó a caminar. Él la siguió. En la calle hacía frío y había humedad. El aire de la noche era pesado. Podía oler el río, y combustible de avión que venía de algún lado. Llegaron a la casa. Ella sacó la llave y abrió la puerta. Entraron.

En el medio del suelo del vestíbulo había una hoja de papel.

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