Si te animas a ver
Juan MtA menudo me gusta subir al techo de mi casa y contemplar el caserío. Es, al igual que muchos otros, un arcoíris por las tardes después de la lluvia y cuando vuelve el sol solo para decir adiós, y también es gris, sobretodo a medio día mientras llueve o mientras el sol te quema la cabeza. Contemplo embobado el caserío y calculo el número de personas que podrían habitarlo. Transformo en números cualquier cosa también, ya sabes, los tendederos colgados, los tanques para el gas, los árboles, las antenas de la televisión de satélite, los cables eléctricos de nuestro mágico tercer mundo, y de vez en cuando los ladridos de los perros, los gritos malsanos de los gatos, la música de las ventanas y hasta los gritos sexuales de los bienaventurados.
El Paco me escuchaba como si fuera una especie de maestro de maestros, más sabio que los griegos antiguos pero yo bien sabía que en realidad no lo era y más que nada solo me gustaba platicar con él porque él me veía así, además de que probablemente entendía a su manera lo que le decía. El Paco vivía en la casa de enfrente, era hijo de doña Maquita, señora de buenas pulgas que todas las mañanas desde que llegué a este barrio muito perigoso, me decía “¡buenos días joven!” con una sonrisa genuina. De esas que solo salen cuando eres bien ignorante de lo que pasa más allá de tus bellas fosas nasales. Con todo ello, era una persona muy buena para con los vecinos, justa como buena doña de colonia popular y jocosa al entrar a sus cuarenta. Me caía muy bien.
Por su parte, el Paco era una chamaquillo moquiento de esos que todavía traen canicas en la bolsa y tazos de plástico en la mochila. Para el Paco la mochila era esencial en su día a día porque podía meter los libros y libretas de la escuela sumados los lápices, los colores, el pegamento y toda la lista de útiles para el año completo; y también para cargar los mugrosos tazos, guardar el suéter para el frío, una botella de coca reusada para llevar agua, una resortera, una carga de piedras, un destornillador y una gorra con orejeras. Evidentemente, la mochila estaba llena de hoyos cerca de las cremalleras, remendada de un tirante y el otro a punto de romperse otra vez.
Nuestra amistad comenzó el día en que yo estaba llegando del trabajo. No eran más de las seis de la tarde y todavía había buena luz. Llegué montado en mi bicicleta como siempre y fue desde ahí que noté que ese chamaco me veía como un ente extraño entre las demás personas. Y es que llevaba casco, luces y reflejantes sobre la bici que con su color negro mate y suspensiones, bien parecía un artículo de combate. Lo gracioso es que para mí lo era. Bueno, cuando me estacioné para prepararme a entrar a casa coincidí con el momento en que el Paco estaba accionando su feliz resortera contra el Matusalén. Un gato viejo que acostumbraba caminar como gran señor por la calle. La cuestión fue que su proyectil no asestó en el animalejo sino que golpeó la pared de la vecina, rebotó feliz en un poste de luz y se dirigió decidido hacia mi. Cuando noté todo lo ocurrido en esa batalla del Paco contra el Matusalén fue porque mi casco hizo crac y la piedra cayó en la calle a unos metros de donde yo estaba. El Paco se metió corriendo a su casa, resortera en mano y nariz moqueada, ¡ah! y también agarrándose los pantalones porque se le caían sin cinturón. No se dio cuenta de que yo estaba ileso y que aproveché su graciosa huida para tomar como garantía de disculpa, su mochila. El Paco tan cuidadoso, la había dejado en la banqueta.
Todo en el barrio era tan cotidiano que parecía haberse construido bajo un conjunto de reglas dictadas por la televisión, el chismerío y las buenas costumbres heredadas del susurro de las cacatúas. Por eso, cuando escuché los primeros “¿y dónde chingados dejaste la mochila?” y los “¿cómo que le diste un piedrazo?” acompañados de los “ahora si te voy a partir tu madre”, supe que tenía que intervenir antes de que el Paco pasara a formar parte de los mártires del cuarto grado de la Niños Héroes. Cauteloso ante una bonachona enojada, platiqué el incidente y expuse mis condiciones de aceptación de disculpa. El Paco, todo cagotizado por su mamá, cuando estaba por decirme “perdón por el piedrazo” o eso imaginé que me iba a decir, soltó las de Magdalena y los mocos fluyeron siniestros y confundidos con sus lagrimillas. Yo sabía que no era para tanto, así que para que el Paco no tuviera daños reflejados en la adultez, le puse el casco sobre la cabeza, lo monté sobre la bici y me eché a andar con él sujetándolo para que no se cayera. Ni me di cuenta cuando se empezó a reír, todavía con los mocos y las pestañas pegadas de tanta lloradera, pero era obvio que estaba mejor que un rato antes. Cuando acabó nuestra peliculezca escena ya era de noche, las luces de la bici hacían su labor y el Paco me compartía de su agua. Doña Maquita nos veía desde su puerta con cara de “eso no me lo esperaba”. Para acabar con esto, esa tarde gané una resortera y un seguidor bárbaro barbárico.
Xalapa, Ver. a 3 de junio de 2019.