San Jacinto
Juan Mt-¡No!, tienes que soltar la cuerda primero -se escuchan muchas carcajadas- hazlo o me vas a tirar, por favor, no seas malo conmigo -más risas de ambos lados, finalmente la fuerza de ella cede y cae al agua. Entre las risas y la carne de gallina que se ha ganado por la repentina caída al agua fría, hay miradas de amor, ese amor loco y profundo que se siente la primera vez que te pasa por la cabeza que no debes vivir para nadie más, solo para tu confidente de aventuras y tristezas, tu amante y complementario ser.
Alejandro, aún riendo para sus adentros, se levanta del lecho del río con la mejor de sus sonrisas salameras, suelta la soga con la que ha hecho tirar a Carolina y va hacía ella. Mientras la alcanza da pequeños bailoteos que asemejan a un mono divertido; de tanto en tanto, salpica gotas de agua. Una vez que ha llegado a ella la abraza y después de un profundo beso vuelven a reír como un par de chiquillos.
Se habían conocido ocho meses atrás en el Instituto de Ciencias donde ambos estudian, se preguntaban todavía cómo es que nunca habían cruzado miradas o al menos una pequeña charla en los dos años anteriores que ya tenían matriculados dentro de la escuela. Como siempre y casi de forma usual, el medio para conocerse fue al cursar una asignatura juntos. Sin amigos en común, trazaron su propia amistad que evolucionó en una relación de noviazgo, una de esas relaciones en las que das hasta la corbata por estar con el otro.
Y por supuesto no pasó más de un mes, cuando después de sentarse a mirar un filme en el portátil, terminaron poniendo en práctica algunas escenas candentes que vieron en la película. Bueno, ninguno de los dos era nuevo en aquellos menesteres, pero al hacerlo el uno con el otro despertaba lo más bajos instintos, era como si fueran diseñados para hacerse explotar de vez en vez y únicamente por ellos nada más, una prueba de compatibilidad que hasta los mejores informáticos les daría envidia lograr.
Carolina procedía del sur del país, por lo que su estancia en la Ciudad mientras estudiara su grado en Ciencias le obligaba a alquilar una casa pequeña, la cuál era costeada por sus padres, profesores los dos. Una situación similar era la de Alejandro, aunque por el contrario, él venía de la zona nor-occidental del país, conocida como “la tierra caliente de la fruta”. Sus padres poseían una pequeña finca que producía principalmente limones junto con algunos otros frutos de temporada y honestamente, no les iba mal económicamente. En la Ciudad compartía un departamento amplio con dos de sus mejores amigos que llegaron junto con él para estudiar. Clemente estudiaba una ingeniería en electrónica y Saúl estudiaba para ser un ingeniero civil.
Por lo que, cuando necesitaban estar juntos, tenía que ser en la casa de Carolina, un bonito lugar y muy confortable. Tenía dos niveles, en el inferior estaba una pequeña sala de estar con un par de sillones algo mullidos y una alfombra que se consiguió en un bazar, algunos cuadros de fotografías a blanco y negro cubrían las paredes, se veían escenas de la vida cotidiana, personas en bicicleta y animales con un lago como fondo. También estaba la cocina comedor, equipada con lo esencial y suficientemente grande para albergarla a ella y dos o tres amigos para esas reuniones de fines de semana. Sobre el refrigerador tenía un recetario que le regaló su madre, en la portada decía: "úsalo bien, y por favor ya no quemes los huevos, te quiere mamá".
Entre la cocina y la sala se formaba un pasillo que terminaba a la derecha con las escaleras que conectaban al segundo nivel y de frente, con una puerta que conectaba al patio trasero; dónde colocó algunas plantas y situó las máquinas para lavar ropa, además una silla de playa para que en los días soleados y frescos pudiera echarse a leer un buen libro o algunos otras necesidades del ocio.
En el segundo nivel había dos habitaciones, y puesto que vivía sola, una la destinó a albergar un escritorio, una silla y un sillón usado. Sobre el escritorio había una lámpara de un bulbo pequeño. También aquí había fotografías sobre las paredes, pero estas eran sobre ella, su familia, sus amigos y su tierra. Los echaba de menos, si pero algún día volvería. Esta habitación estaba destinada definitivamente para estudiar sin distracciones.
La otra habitación era su recámara, al fondo su baño con ducha. Su recámara se ocupó de arreglarla de forma que le fuera fácil moverse dentro de ella de forma eficaz para ahorrar tiempo. En un costado de su cama estaba el placard y de frente una pequeña cajonera con espejo, siendo el sitio para ponerse linda todas las mañanas. Sobre la cajonera no acostumbraba tener más cosas que no fueran las que utilizara para maquillarse y peinarse; solo lo necesario, no consideraba muy bueno ser tan artificial. A cada lado de su cama un buró, uno de ellos con una lámpara de noche, y sobre el otro un reloj despertador que no encendía, para despertarse prefería el moderno método de programar su teléfono celular como alarma. Para los demás detalles de su casa y modo de vivir, se diría que todo reflejaba orden en su vida.
Casi terminaba el mes de mayo cuando para celebrar los ocho meses de relación que habían cumplido, Alejandro invitó a Carolina a pasar un fin de semana en la Sierra, como ya casi era verano hacía calor en ese lugar, aunque también las lluvias se hacían presentes. Había rentado una cabaña pequeña y acogedora cerca de la cima de una colina. Este lugar era famoso porque se podía apreciar durante las mañanas la salida del sol mientras al fondo entre cerros y peñas se acumulaba la neblina, dando la impresión de un lago algodonoso color blanco. A las faldas de la colina y entre las cabañas que fueron construidas por los campesinos ejidatarios, corría un río que por la posición del lugar no crecía demasiado con las lluvias y aún poseía aguas cristalinas.
Durante el día, se podía recorrer la zona con caballos rentados, animales mansos y bonitos. Como habían llegado el viernes por la noche, decidieron instalarse, ya por la mañana harían un recorrido en los animales.
El sábado por la mañana Alejandro tenía trazado el plan que seguirían para todo ese día, la ruta comenzaba al pie de la colina, justo detrás del campestre. Ese lugar lo había elegido porque al no estar muy lejos resultaba cómodo para observar las formaciones rocosas que se habían tallado con el paso de los milenios por acción del viento y de la lluvia. Le contó que entorno a ese lugar existían una y mil leyendas. Gigantes venidos desde el espacio sideral para vivir en la tierra, los que con el tiempo irían muriendo por haber terminado con los bosques y los animales de aquellas épocas ancestrales. Los pocos que quedaban vivos eran convertidos en piedra como castigo por dañar el santuario natural de esos antiquísimos bosques. Otras historias preferían narrar que ahí se habían localizado antiguamente otras civilizaciones, tan fabulosas que construían sus castillos y fortalezas con magia, y las formas de roca que ahí permanecían eran los remanentes de batallas y enemigos fundidos por el fuego de dragones. Cualquiera que fuera la historia que se quisiera contar o hilar de ese lugar hacía que no solo amaras lo que en ese momento pisaras, aquel suelo, si no que desearás no irte jamás.
Una vez que terminaron de recorrer los gigantes de piedra, subieron a los caballos y marcharon con rumbo al pueblo. San Jacinto de la Sierra tenía la peculiaridad de ser un lugar muy pequeño. Solo tenía un calle principal, en la que los sábados y domingos podías comprar fruta, hierba, carne y otras cosas necesarias para tu cocina. Con un kilómetro y medio de largo, tenías el suficiente recorrido como para ver miles de colores que solo los tianguis de pueblo pueden pintar. No era fácil avanzar entre la gente, al menos los caballos habían sido dejado atrás en un establo comunal, así que no se corría peligro de que se perdieran, de todas formas, cada quien sabía quien era el vecino que tenían enfrente.
Caminaron entre los puestos, respiraban el olor de las yerbas, una señora con un traje típico estaba de rodillas atizando un anafre en la que pondría a freír algunos pescados capturados en una laguna cercana al pueblo. Más allá, había un puesto donde vendían blusones y camisas de manta para todos los gustos. Tanta gente, tantas caras y todos con un gesto grácil que ya no encuentras en la ciudad.
Algo curioso llamó la atención de Alejandro entre la gente y los puestos de mercancía, un rostro, no alcanzó a mirar bien quien era, pero sabía que lo habían estado observando ese par de ojos verdes que pudo distinguir antes de que se perdieran de vista. Siguieron caminando y Alejandro olvidó ese pequeño puente de distracción.
Compraron fruta, comieron pollo asado al carbón con salsa serrana y tortillas hechas en comal de barro. Carolina decidió llevar también una bolsa tejida a mano, dónde también colocó algunos recuerdos que compró, artesanías del lugar. Regresaron por los caballos, salieron del pueblo rumbo al río e hicieron todo el recorrido por su borde hasta comenzar a ver el campestre. Pasaron de largo y llegaron a la zona de aguas cristalinas. Desmontaron y ataron los caballos a un encino.
Alejandro decidió llevar una cuerda para hacer un columpio en otro árbol cercano. Se tomaron un momento de las manos, a Carolina le gustaba hacer esto de vez en cuando, Alejandro tenía las manos fuertes, recias por el tiempo que ayudó a sus padres en la finca y un torso que a nuestra chica volvía loca. Tan loca que simplemente dijo – ¡al agua pato! - empujando a Alejandro al río, tomándolo desprevenido y con la corriente baja terminó en un chapuzón con gracia al tiempo que ella reía y no dejaba de hacerlo.
Él no cabía en la felicidad que le causaba la espontaneidad de la joven, tal vez por eso la quería tanto. - Está bien, ahora ayúdame a salir de aquí primor – Le dijo con un tono meloso y travieso, arrojándole la cuerda. Ella la sujetó con fuerza, pero no dejaba de reírse. Así es como terminó en el agua. Una vez que se habían decidido a salir del río, más por el tiritar que por hacer el columpio, Carolina le pidió que la esperara un momento, iría por su teléfono para capturar ese momento lleno de diversión. Un momento después, ¡click!, una foto lista, un nuevo recuerdo para la pared del estudio. Juntos, sonriendo; él abrazándola, ella dándole un beso en la mejilla; como fondo el río y como prueba de la aventura, sus cuerpos y ropas mojados.
La ventaja de estar en el costado de la colina era que podías ver las puestas de sol sin muchos árboles que pudieran interponerse. La quietud del agua y el día despejado permitieron que sobre el columpio y abrazados, vieran el final de un día. Despidieron los rayos dorados del atardecer y volvieron para entregar los animales y dirigirse hacía la cabaña. Del lado este venían nubes de lluvia, qué contrastante y enigmática les resultaba la Sierra.
La cabaña estaba equipada con lo esencial, contaba con su propia reserva de leña para la estufa y el calentador de agua. Algunos utensilios para cocinar, limpiar, e incluso herramientas para realizar reparaciones de emergencia. Había un pasillo exterior con suelo y barandilla de madera, con dos sillas mecedoras acolchonadas que miraban directamente hacía las peñas y los cerros del lado este. Tenía ventanas grandes en tres lados, las cuales daban una vista maravillosa desde la sala y el comedor. Junto a este último, directamente frente a la entrada estaba la sala de estar, que constaba de un sillón grande, hecho por carpinteros de San Jacinto y una alfombrilla de tela gruesa y en la esquina de la sala, estaba construida una chimenea pequeña, con su respectivo atizador y un abanico de ixtle.
En medio de la construcción, por el costado, sin paredes que la separaran del comedor, salvo por una barra con un arco de tabique, estaba la cocina. Al fondo estaba una habitación con muebles rústicos y una cama para dos personas que estaba orientada hacía el lado oeste, una pequeña ventana dejaba pasar la luz del atardecer en los demás días. Por la parte de afuera, atrás, se encontraba un cobertizo con madera y el calentador de agua. Los castillos de la construcción reforzados con tabiques rojos y lo demás con tablones gruesos de encino y pino. Terminando con un techo de teja fabricada en el pueblo vecino.
Una vez que estuvieron a buen recaudo en la casa, fueron a la despensa para ver lo que ese día los encargados les habían dejado para merendar. La cena consistió en trocitos de queso, pan casero tostado con mantequilla, salchichas serranas, ensalada campesina y hongos bola blancos al vapor con yerbas de olor. Estaban terminando de cenar cuando la lluvia azotó con fuerza sobre la colina, desde su posición podían ver las cortinas de agua que cerraban el horizonte, de muchas formas esto resultaba ser absolutamente regocijante. Se ayudaron para lavar los trastos, y encontraron en la despensa algunas botellas de vino de blue-berry.
El vino era fabricado en otro pueblo cercano, famoso por sus ferias frutales. Sirvieron un par de copas, cargaron con una de las botellas a la sala. Encendieron, con algunas dificultades, la chimenea y se acurrucaron a beber, charlar, reír y aprovechar la noche.
Después de que Carolina alcanzó el último orgasmo, lo besó y se quedaron dormidos. Eran casi las 6 am cuando Alejandro se incorporó de la cama. La observó un momento y salió de la habitación sin hacer ruido para beber un poco de agua. Cuando regresó, se metió entre las cobijas pero no pudo volver a dormir, el solo contemplarla ahí viajando entre una y mil fantasías de Morfeo le daba un aspecto angelical.
Su piel morena y su cabello desparramado sobre ella la convertían en su musa. Aunque había algo que no sabía como describir. Decidió levantarse de nuevo, se vistió y fue a la cocina, esta vez se sirvió un poco de vino y se encaminó hacía la sala, meditando, vio su reflejo en el cristal de la puerta y comenzó a platicar con él.
- Su aspecto te vuelve loco, ¿no es así? - le dijo en voz baja al Alejandro de cristal. - Es que no estoy enamorado de ella por como se ve en las mañanas al despertar, tú sabes, a veces no se puede explicar por qué estás con alguien; únicamente consideras, ahí parado a solas en la sala de estar, mientras ves los primeros rayos del amanecer, que tu vida no es nada si ella no está en medio de tus recuerdos. Supongo que esas cosas pasan por tu mente cuando se embriaga de los primeros rayos de sol que saltan por las lejanas montañas, todavía azules – su reflejo le contestó. No es que se volviera loco, pero necesitaba decirse eso a si mismo. Saber que sabía que la amaba era lo que importaba. Terminó el vino y preparó el desayuno.
Esa mañana había mucho alboroto en el pueblo. La gente estaba escandalizada por que la lluvia de la tarde anterior arreció tanto que en las zonas bajas de los cerros hubo deslaves de tierra, al parecer había heridos. A diferencia del día anterior, esta vez la gente no tenía un semblante amable. Se les notaba preocupados y profundamente dolidos por este tipo de desgracias que ocurrían sin previo aviso.
Entre las personas que estaban ayudando en el albergue improvisado que el jefe de ejidatarios había mandado a montar estaba Ángeles, una mujer de mucho carácter que imponía autoridad, a sus 25 años poseía una belleza tal que la había llevado a tener el título de Reina de los Ejidos de San Jacinto durante cinco años seguidos antes de irse a estudiar a la Ciudad. A pesar de ser conocida por todas las personas del pueblo, llevaba una vida sin alborotos. Se había graduado en arqueología y únicamente se le veía cuando visitaba a sus padres durante el verano.
Esa ocasión llegó al pueblo porque necesitaba trabajar al pie de la colina donde estaban las formaciones rocosas, tenía la seguridad de que en ese lugar anteriormente había existido un asentamiento de personas que se dedicaban a trabajar la obsidiana y el jade. La mañana después de las lluvias torrenciales había decidido hacer el recorrido para levantar datos sobre lo que buscaba, pero el incidente le impidió ir pueblo arriba y se quedó para ayudar a los damnificados, decidiendo ir más tarde.
Eran casi las dos de la tarde cuando Alejandro y Carolina habían terminado de caminar por las cabañas, aunque parecidas, todas tenían algo único, ya fuera la forma de la chimenea, el pasillo exterior o el techo. Alejandro le preguntó - ¿Te gustaría dar un recorrido más profundo en las formaciones rocosas? Apuesto que no miramos ni la mitad. - Le dijo con tono alegre. - Sí estás seguro de que no se nos hará tarde para regresar a la Ciudad, te apoyo y te juego una... carrera – dicho eso salió disparada rumbo a los establos. Llegaron parejos entre jadeos y risas, sacaron un par de animales y se fueron a galope al pie de la colina.
Se internaron entre las grandes rocas, pasaron más allá de una barda natural y encontraron más formas, algunas de unos diez metros, otras tan pequeñas como una silla. Siguieron adelante, hasta que Alejandro divisó entre algunas rocas una cueva. Bajaron de los equinos y subieron una pequeña pendiente, los ataron a un pino y apartando las ramas de los arbustos que crecían cerca de la cueva, entraron.
El lugar era amplio, estaba iluminado por grietas de luz del techo que era el suelo para el que pasaba por arriba de esa ladera, formado por roca, pareciera que en algún momento hacía miles de años fue un conducto por el que pasó lava. Quizá era un tubo marino como los que se forman en Hawaii, pero de enormes dimensiones. En el presente lo único que quedaba de eso era una gran estancia en penumbras.
Caminaron más adentro tomados de la mano, hasta que se toparon con lo que parecía un altar con un banco de piedra. Subieron por unas rocas que hacían las veces de escalinatas. Cuando llegaron al altar y miraron en dirección de donde venían se dieron cuenta que estaban en lo que parecía ser una sala de rituales. Junto al banco de piedra había lo que parecían ser restos humanos y un arillo un poco deforme con piedras verdes e incrustaciones de obsidiana. Alejandro la tomó, cuando lo hizo sintió una emoción desbordante y le dijo a Carolina - ¿Sabes lo que esto significa?, encontramos restos de una cultura antigua, creo que podríamos reportarlo nosotros mismos en el Instituto y con las autoridades del Museo de Historia -.
Carolina distinguió algo en la expresión que había en sus ojos, algo que hasta ese entonces nunca había estado, al menos no la conocía. Ella le respondió - Pienso que deberíamos dejar todo como está. Al final esto pertenece a los ejidatarios. No creo que sea correcto. Alguien más debe saber su existencia y si no quieren reportarlo será por alguna razón local. Platiquemos con el encargado del campestre y marchémonos a la Ciudad o se nos hará tarde corazón -. Alejandro un tanto desilusionado por no encontrar apoyo en Carolina, desistió. Dejó lo que parecía una corona en el sitio que la encontró y salieron. No se percataron de que eran observados. Su conversación había sido escuchada y algo más: Alejandro había llamado la atención de ese espía.
Cerca de las tres de la tarde Ángeles había comenzado el recorrido por las formaciones rocosas de San Jacinto, un tanto pensativa y animada de lo que iba a encontrar apretó el paso hasta que un par de caballos llamaron su atención. Después de las lluvias de la noche anterior no estaba de más avisar a los turistas que no era seguro estar cerca de lugares que pudieran desgajarse, y ahí comenzaba una ladera. Sus ideas cambiaron cuando al acercarse a los animales vio que las huellas de dos personas se dirigían camino arriba hacia un hueco en la ladera. Con la intriga de saber de qué se trataba, decidió seguir esos pasos. Cuando entró, escuchó las voces de personas que estaban adelante de ella. Calculó que a unos cincuenta metros, el eco llevaba perfectamente la conversación hacía sus oídos. Cuando distinguió a las personas que estaban hablando en el fondo de la cueva, su mirada se clavó en el varón. Debía tener unos 22 años, la chica más o menos la misma edad, pero él, él era a quien había visto ligeramente el día de ayer por la mañana en la plaza, estaba segura. Se colocó tras unas rocas salientes y esperó a que se fueran.
Ya iban lejos en los caballos cuando registró el lugar. Parecía estable, aunque el hecho de estar bajo toneladas de roca y tierra le hacían sentir claustrofobia. Efectivamente, parecía haber encontrado lo que estaba buscando y también un extra. Salió y se fue al pueblo. Necesitaba hacer maletas, un reporte nuevo estaba por revolucionar la historia de la zona desde hacía muchos años.
El regreso para Alejandro y Carolina fue extrañamente en silencio. Algo parecía haber roto la miel de la noche anterior. Eso era lo que él no alcanzaba a comprender durante la madrugada. Estaba empezando a encontrar el por qué. Trató de olvidarlo y se mostró más amable con ella. Le jugó una carrera al establo y volvieron a la cabaña para empacar las cosas.
El reloj de la central de camiones marcaba las 8 pm cuando Carolina y Alejandro abordaron el bus que los devolvería a la Ciudad. Eligieron unos asientos cerca del frente. Era un vehículo cómodo, aunque eso nos los libró de chocar con los demás pasajeros que subían al camión. Alguien golpeó el brazo de Alejandro al pasar, no tuvo importancia. Eso es de esperarse cuando viajas en el transporte populachero.
Una hora después de iniciado el viaje, mientras el camión bajaba por las hermosas cumbres rebosantes de árboles y cafetales, todos dormían en el interior, al menos casi todos. Alejandro sintió necesidad de ir al servicio. Se levantó con cuidado para no despertar a Carolina y avanzó en silencio por el pasillo. De pronto, desde unos de los últimos pasillos una mano salió y lo detuvo. Un tanto con fuerza, un tanto con delicadeza. Solo había algunas luces led encendidas, así que reinaba la penumbra, aún así notó algo familiar en quien lo había detenido. Esos ojos, pardos a la penumbra, pero claros al final de cuentas, esas cejas bien delineadas, una boca de labios finos, el cabello lacio hasta los hombros y depositado sobre una camisa vaquera que desabotonada los últimos tres botones dejaba imaginar un par de senos claros y redondos. Un pantalón de mezclilla ajustado a la cintura, caderas que destilaban lujuria. Así era Ángeles, así era ese ser familiar que él sabía que había estado observándolo en la plaza el día anterior.
Ella no dijo nada. En silencio lo condujo dentro del baño, la luz automática se encendió e iluminó sus ojos verdes. Así como los ojos café oscuro de Alejandro, su rostro con una barba bien delineada y rasurada lo suficiente. Iba a decir algo, ella puso un dedo sobre sus labios y dijo - Te he observado y sé que no eres de estos lugares. También te he escuchado y sé qué es lo que anhelas. Te vi dentro de la caverna. Escuché todo lo que conversaste con – hizo una pausa - ¿tu novia? También sé que no piensan lo mismo. Yo puedo darte la oportunidad que necesitas para destacar, pero no puedo hacerlo sola. Si estas dispuesto llámame – depositó una tarjeta en el bolsillo de la camisa de Alejandro, abrió la puerta del baño y agregó – Soy arqueóloga. Mi nombre está en la tarjeta, pero puedes saber desde hoy que me puedes decir Angie – dicho eso, cerró la puerta del baño y dejó a Alejandro a solas.
Cuando terminó lo que necesitaba hacer, salió del baño y evitó mirar hacia el asiento del que había venido la mano y caminó con cuidado hasta colocarse junto a Carolina. Tenía una extraña sensación dentro de sí, ¿qué era lo que había pasado allá atrás hacía un instante?, ¿de qué hablaba exactamente esa chica?, -es hermosa- pensó. Eliminó algunos de esos pensamientos y se acurrucó junto a Carolina e intentó dormir. No lo consiguió.
Puebla, Pue. a 29 de diciembre de 2014