Rigat

Rigat

Fernando Vizcaíno Casas • TiempoDeLectura11min
Este cuento forma parte del libro de cuentos “Niñas… ¡al salón!”, cuyos textos, ambientados en la España de posguerra, versan sobre la misma temática pero tratada con una mirada más humana que sórdida. Los cuentos sirvieron de base para la película “Niñas… ¡al salón!” (1977), de Vicente Escrivá.

El salón Rigat estaba en Barcelona, en la plaza de Cataluña, cerca de la esquina de Fontanella. Fue en tiempos –hace por lo menos treinta años– el no-va-más del país en esta clase de establecimientos, donde los hombres adinerados acuden a beber copas, a bailar con las chicas de la casa (naturalmente, putas) y fundamentalmente, a intentar llevárselas luego a la cama. Lo cual, como es obvio aclarar, no ofrece otro problema que el económico. En el Rigat de los años 40 se encontraban hermosas señoritas, de buena presencia e incluso con una decorosa conversación sobre temas de cultura general, que accedían al lecho con el cliente por cien pesetas. Claro que eran cien pesetas de las de entonces. Las más caras, las dos o tres superestrellas del local (la Monse, la Juanita, la Bombón) exigían además algún regalito complementario en especies y se mostraban del todo satisfechas si éste consistía en dos o tres pares de medias de cristal, que era como se llamaba entonces al recién inventado plexiglás.

 Las chicas de Rigat (como sucedía en Madrid con las del local similar, Pasapoga) alternaban exclusivamente en el establecimiento. Se trataba de una de las más férreas condiciones de su contrato verbal con la propiedad. Su elevada cotización era consecuencia esa exclusividad y si en alguna ocasión hubo alguna que, tentada por un beneficio extra, hizo la carrera por su cuenta a la hora del café, corrió el riesgo de ser dada de baja en el 'cast' del reputado (nunca mejor dicho) local. Y en realidad, sólo una inmensa codicia justificaba salirse de las normas laborales, cuando las chicas, entre tarde y noche, contando que en la jornada nocturna podían hacer algún doblete y que además se beneficiaban del descorche, levantaban al mes cinco o seis mil pesetas. Cifra importante en una época en la que el sueldo de un alférez era de 333,33 pesetas mensuales y el de un oficial segundo de Administración Local difícilmente alcanzaba las trescientas. Cuando un café costaba dos reales, una caña de cerveza 1,25 y se comía bastante bien en una tasca por dos duros.

 Rigat gozaba de una discreta semipenumbra, tenia unas mesitas muy acogedoras, con lamparita y un pequeño escenario donde actuaban las mejores atracciones musicales del momento. Todo muy elegante, muy grato y perfectamente apto para que las señoras decentes pudiesen acudir también a tomar una copa o a cenar acompañadas de sus maridos. Aunque los maridos, naturalmente, preferían ir solos. Las chicas de lacasa jamás se insinuaban de una manera ostensible a los clientes y eran éstos quienes tenían que acercarse a ellas si pretendían el ligue. También ésta es una norma tradicional en los establecimientos de esta categoría; lo del chicoleo y el timoteo y, en definitiva, el asalto descarado al varón en celo se queda para los cabarets de baja estofa.

 Había una clientela que pudiéramos llamar fija y otra de aluvión. Ésta, constituida principalmente por gentes de provincias, que iban a Barcelona para concluir sus negocios, especialmente difíciles en los primeros tiempos del local por la escasez de materias primas, era la más rentable. Se trataba de comerciantes ricos, que se veían en la necesidad de acudir a la mismísima fábrica para comprar piezas de tejidos o maquinaria o prendas confeccionadas, abonando en directo y, claro es, sin recibo alguno las diferencias entre el precio oficial o de escandallo y el real o de estraperlo, Cuando conseguían que se les entregase el pedido (que les aseguraba sus buenos miles de duros de beneficio inmediato) alcanzaban un estado de euforia estallante, que invariablemente les llevaba a celebrar el éxito comercial en Rigat.

 Las chicas los conocían bien. aunque fuesen nuevos en la casa. Su alegría exterior les delataba en seguida. Todo consistía entonces en atraerles a la mesa y sentarles en número siempre inferior al de las chicas. Este detalle resultaba singularmente importante, ya que permitía que, cuando salían a bailar, quedase por lo menos una de las putitas en la mesa, la cual, en el momento oportuno, cuando los felices caballeros se contoneaban con los ritmos de la samba, vaciaba en el cubo del hielo los restos del champán. Así, al regresar de la pista los anfitriones, tiernamente enlazados con sus parejas, tenían que encargar otra botella más. Y otra. Y otra. Los tíos ni se enteraban, en pleno acaramelamiento. Bueno; no se enteraban hasta que llegaba la hora de pagar la cuenta. Pero entonces, las chicas solían haber desaparecido, con los más increíbles pretextos, si es o se había tratado de seguir el festejo ya en el lecho.

 No hará falta aclarar que este bonito sistema de sacarle dinero a los tontos (cuyo número ya se dijo clásicamente que es infinito) constituye la fórmula comercial de porcentaje o comisión llamada descorche. Las putas se convierten en cuentapartícipes de a factura, percibiendo un determinado tanto por ciento sobre cada botella descorchada, o sea, abierta por su gestión persuasora cerca del cliente. El descorche, piedra angular del negocio de las chicas en los establecimientos de alterne, continúa en plena vigencia y no sólo en nuestro país, sino en todos los países del mundo, incluidos Rusia y sus satélites. Lo que acredita que el cretinismo del varón es tan universal como la voracidad dineraria de las mujeres llamadas (en esta ocasión muy justamente) malas.

 La primera época de Rigat –y de otros similares establecimientos–- no puede puede comprenderse si se aísla del extraño contorno moral (o más bien inmoral) del mundo del estraperlo a todos los niveles industriales. Algunos privilegiados disponían de una mercancía ausente del mercado. Para el detallista o para el fabricante que precisaba esa mercancía para atender las mínimas exigencias de su consumo, resultaba tan vital conseguirla que apelaba a todos los medios imaginables. Pagar los precios más disparatados ya se sabía que lo hacían todos. Entonces, los más desaprensivos, los más audaces recurrían a procedimientos-límite, Más de uno utilizaba de cebo a su propia esposa (si tenía encantos) para inclinar definitivamente la voluntad del proveedor endurecido.

 A Txente, que tenía en paro su fabriquita de Mondragón por falta de materias primas (aunque pagaba puntualmente la nómina y los gastos generales) se lo había explicado así su buen amigo Iñaki, que en cambio se estaba forrando a ganar dinero porque nunca le faltaban esos materiales. Txente estaba casado con una inglesa, Betty, que sorprendentemente era morenaza, aunque con ojos azules, lo cual le daba un especial lo cual le daba un especial encanto. Tenía ese tipo desmadejado, un tanto ingrávido, característico de las británicas y, naturalmente, un feroz egoísmo. Betty le había planteado muy seriamente a su marido la posibilidad del divorcio cuando aquel invierno supo que no podría marcharse a Londres para comprar los vestidos de primavera y que incluso podía ocurrir que tuviesen que prescindir de parte del servicio.

 Para Betty, aquello era un fraude de Txente, con quien se había casado siendo rico y cuya irremediable suspensión de pagos no podía consentir. Por eso se alegró tantísimo (ya que, después de todo, su marido le gustaba por su inagotable capacidad para el amor) cuando Txente, debidamente impulsado por media botella de chacolí, le planteó la posible solución de todos sus problemas económicos.

—Mira, 'darling': todo depende de ti. Tenemos que ir a Barcelona… ¿Recuerdas? Aquella bonita ciudad donde estuvimos de recién casados… Allí están Pigrau y Pratmajó, S.L., que hace tantos meses que no nos mandan el material que necesitamos para que necesitamos para que nuestra fábrica pueda funcionar…

—¿Y por qué no nos lo mandan?

—Porque no tienen apenas.

—¿Y si vamos a Barcelona nos lo venderán?

—Pues de eso se trata, 'darling'. Yo les he ofrecido el precio que piden, el precio de estraperlo, ¿comprendes? Pero no basta con eso. Ya me lo ha explicado Iñaki; es precisa la gestión personal. Contigo.

—¿Y por qué conmigo?

—Dice que Pigrau y Pratmajó son muy sensibles o así a la belleza femenina. Tú eres muy guapa, 'darling'. Y sabes coquetear…

—¡Oh, 'darling'! Eso es una indecencia. Tú quieres prostituirme.

—No, 'darling', no es eso exactamente. Muchas veces no es preciso pasar a mayores…

—¿Qué quiere decir pasar a mayores?

—Que bastará con la insinuación o así… Con prometer sin dar… Eso que las mujeres hacéis tan bien, leñe…

 Betty se ofendió gravemente y durante dos días apenas habló a su marido. Al tercero, llegó el Juzgado para hacer un embargo, consecuencia de la ejecución de una letra, y la honorable dama sufrió una aguda crisis nerviosa cuando se le llevaron un cuadro de la escuela de Gainsborough que presidía el comedor de la casa.

 Aquella noche sacó ella la conversación.

—¿Y esos monstruos de Barcelona pueden resolver tu problema?

—Sólo con que me vendan media tonelada de material, basta para que en tres meses paguemos todo lo pendiente y ganemos cerca de quinientas mil pesetas.

—¿Y nos devolverán el Gainsborough?

—Naturalmente. Y podrás irte a Londres, a tu modisto.

—Ahora recuerdo que Barcelona era una hermosa ciudad. Me gustaría volver por allí…

 Txente no sabía si estaba hablando con Pigrau o con Pratmajó; pero daba igual. En la modesta oficina (todos estos ricachones del estraperlo tenían unas oficinas muy modestas) sonaba el teléfono de continuo y una y otra vez, Pigrau (o Pratmajó) aseguraba que no podía atender los pedidos, por falta de materia prima. Txente estuvo muy hábil. Apenas habló de negocios; había comenzado diciendo que su viaje a Barcelona era por razones turísticas. Charlaron, pues, de lo difícil que estaba todo, de que los alemanes iban a ganar la guerra sin lugar a dudas y de que el Barça no acababa de conseguir un buen equipo, mientras el Atlético de Bilbao estaba fenomenal, con aquel Zarra que no paraba de meter goles. Finalmente, Txente invitó a Pratmajó (o a Pigrau) a cenar con él y con su señora.

—Es inglesa, ¿sabe usted? De Greenwich.

—¿Donde el meridiano? ¡Qué interesante, oiga!

—Y, claro, pues tiene una mentalidad más abierta que las españolas…

—Ya, ya… Si le parece, vendrá también mi socio.

—Pues claro que sí.

—Iremos con mujeres, ya se entiende.

—¡Faltaría más…!

 Cenaron en El abrevadero, que era una tasca en cuya fachada, efectivamente, abrevaban las bestias. Pero donde daban unos filetes colosales, como no los había en ningún restorán de lujo. Luego, Pigrau y Pratmajó (Txente seguía sin distinguirlos) les llevaron a Rigat. En Rigat, Pigrau o Pratmajó (¿cuál de los dos sería, caramba?) inició el asedio en forma de Betty, que desempeñó muy eficazmente su papel. Bien es verdad que Pratmajó (o Pigrau) era un hombre realmente interesante, de poco más de treinta años, con el pelo negro azabache y que vestía de forma irreprochable.

—Es que me visto en Londres –aclaró.

—Se nota en seguida –se ufanó la británica.

—Todo lo inglés me gusta –atacó él.

—¿Hasta la ocupación de Gibraltar? –eludió ella.

—Es fruta madura –parafraseó el fabricante.

—Habrá que esperar que caiga –se pitorreó Betty.

—Yo sé esperar cuando algo me interesa –pontificó Pigrau (o Pratmajó).

 De vuelta a la mesa, Pratmajó (o Pigrau) sugirió que debían tutearse todos y la propuesta fue aceptada de inmediato. Las mujeres de Pigrau y Pratmajó eran guapas, ostentosas, no demasiado finas (una había dicho jolín ante cierto comentario de Txente) y bailaban admirablemente. Mientras la orquesta dejaba oír "Al claro de luna", Pratmajó (o Pigrau) preguntó a Betty.

—¿Y tu marido no piensa aprovechar el viaje para comprarnos algo?

—No sé; nunca me habla del negocio, Pregúntale a él…

 Txente, en su línea astuta, comentó que no lo había previsto pero que, en fin, si se le ofrecía alguna mercancía quizá pudiese interesarle. Aclaró Pigrau (o Pratmajó) que los precios estaban por las nubes y que como ellos eran honestos, no cobraban más que los oficiales, si bien compensaban la diferencia vendiendo sensiblemente aumentadas en su valor real unas acuarelas de cierto joven pintor que tenía mucho porvenir. Como el arte estaba fuera de tasas, era una forma absolutamente moral (pensaban ellos) de concluir la operación sin perjudicarse. Txente manifestó su conformidad con el sistema y palideció cuando Pratmajó (o Pigrau) le dijo:

—Podríamos entregarte en el acto una tonelada…

—Venga ya –se traicionó con su velocidad de reflejos.

—Bueno, bueno… Hará falta que charlemos algo más… Que nos conozcamos… Mira, para nosotros el negocio es cosa de amigos… Sólo con los amigos se pueden hacer negocios… Con los amigos y con las amigas, ya se entiende…

 Y acarició la mano de Betty, que le dedicó una generosa sonrisa.

 Eran cerca de las cuatro de la mañana y andaban todos un poquillo borrachos. Pigrau (o Pratmajó) propuso entonces:

–¿Por qué no jugamos a la lotería del amor?

—¿Qué es eso? –preguntó con toda inocencia el Txente.

—Un juego 'very gentleman', que diría tu mujer, Se meten en una bolsa las llaves de los automóviles, las mujeres van sacándolas y hacen el amor con el dueño de aquel que les ha correspondido…

 Hubo un silencio glacial. Pigrau (o Pratmajó) hizo una aclaración oportuna:

—Naturalmente, puede suceder que el afortunado sea el propio marido…

Y dijo la mujer de Pratmajó (o de Pigrau):

—Eso es mala suerte…

Txente balbuceó:

—Nosotros hemos venido en tren…

—Bueno, no importa; se mete en el bolso una llave cualquiera.

Betty intervino enérgicamente; sin duda, estaba pensando en su modisto londinense:

—Puede ser divertido, ¿no te parece, 'darling'?

—Mujer, yo…

 Pusieron tres llaves en el bolso de Betty y ella fue la primera en probar fortuna. Curiosamente, le tocó la del atractivo fabricante que le había asediado toda la noche (sería Pigrau, sería Pratmajó). A Txente le cayó la mujer del otro. Con lo que cada oveja tenía que retozar con distinta pareja. Todavía bebieron otra botella de Codorniu y ya en plena borrachera (sobre todo, Txente) subieron en el coche de Pigrau (o de Pratmajó).

—Vamos al chalé de la Diagonal. ¿no os parece?

 Todo aquello resultaba nuevo, insólito para Txente. El automóvil entró en un jardín y se detuvo junto a una puerta; se descorrió una cortina y así pasaron todos directamente al ascensor. Un elegante camarero les dirigió a las habitaciones; la de Txente estaba decorada al estilo japonés, con biombos de falsa laca y vistas del Fuji-Yama en una de las paredes. Pero las pare des, mayormente, estaban cubiertas por espejos y también había un espejo en el techo, justamente encima de la amplia cama. La mujer de Pigrau (o de Pratmajó) empezó a manipular en las luces.

—¿Cuál prefieres? –preguntó.

—¿Que cuál prefiero?

—Claro, tonto. Mira: roja, verde, azul, blanca… A mí me gusta la roja más que ninguna. Es muy excitante, ¿no te parece?

—Bueno…

 Aquella señora actuaba con una pasmosa naturalidad, como si estuviese muy habituada al lugar. Llamó por teléfono pidiendo una botella de champán –¡otra!–, fue al cuarto de baño, reapareció en combinación transparente y con encajes. Llevaba un liguero blanco precioso y Txente, entre las nubes del alcohol, comenzó a sentir ciertos cosquilleos. Pero pensó de pronto en Betty y su erotismo se vino abajo. Llamaron a la puerta; abrió ella, recogiendo la botella dentro de su cubo. Sirvió dos copas y ofreció una a Txente.

—Brindemos por nuestro amor, querido…

A él se le derramó toda por encima de la camisa (sólo se había quitado la chaqueta).

—Estás nervioso…

—Mujer, no es para menos. Allá, en Vizcaya, no estamos acostumbrados a estas cosas.

—¿No estáis a acostumbrados a hacer el amor?

—Con las mujeres de los amigos, la verdad, no.

Ella soltó una carcajada inmensa, atronadora.

—Pero ¿es que te has creído que yo soy la mujer de Paco?

—¿Cómo dices…?

—Eres un bendito, querido. Mi amiga y yo trabajamos en Rigat y Paco y su socio nos sacan mucho por las noches; este número estamos cansadas de hacerlo.

—¿Entonces…?

—Sus mujeres son dos callos tremendos, oye. Y a esta hora estarán durmiendo tan campantes, como es su obligación.

La chica, de pronto, cayó en la cuenta.

—No irás a decirme que esa inglesa es, de verdad, tu mujer…

Txente, lleno de vergüenza, improvisó:

—No, no, claro que no. La he encontrado en el hotel…

—Me habías dado un susto. Anda. ven, cariño…

 La fábrica de Mondragón volvió a una febril actividad. Se levantaron los embargos, Betty marchó a Londres y regresó con un vestuario precioso. Nunca más se habló del viaje a Barcelona. Pero lo que a Txente seguía remordiéndole era no saber si el culpable de su pasajero deshonor había sido Pigrau o Pratmajó.


Report Page