Revolución

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13. Un desayuno en Sanborns

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13. Un desayuno en Sanborns

 

 

 

 

 

Allí estaban, al fin, y la capital los recibía como si los hubiera esperado siempre, lo que no era cierto. Entre una multitud de curiosos que agitaba pañuelos y ofrecía ramos de flores, animados por bandas que tocaban dianas en cruces y plazas, los revolucionarios avanzaban despacio, a caballo, en filas compactas. La División del Norte se había ido concentrando en las afueras de la ciudad después de llegar en trenes cargados hasta el techo de hombres y animales. Y ahora, unidas con los zapatistas procedentes del sur, las tropas de la Convención de Aguascalientes recorrían juntas el paseo de la Reforma en dirección a la avenida Juárez y el Palacio Nacional.

Había fotógrafos y camarógrafos atentos a los protagonistas principales, que cabalgaban abriendo la marcha: Pancho Villa, insólitamente vestido con uniforme oscuro, gorra militar y mitazas de cuero hasta las rodillas; Emiliano Zapata, con ropa de charro y sombrero jarano. Tras ellos, en espesas filas, jinetes en toda clase de caballos y algunos con vendas en las heridas de los últimos combates, los del norte más soldados y los del sur más guerrilleros, iban millares de hombres con sombreros tejanos o de anchas alas, cueras de gamuza y camisas de sarga, paliacates de color al cuello, carrilleras cruzadas sobre el pecho, rostros impasibles y cobrizos de sol y viento, donde lo único reluciente eran las armas.

Viva Villa, gritaba entusiasmada la gente que los veía pasar. Viva Zapata. Viva la revolución. Muera Huerta y abajo Carranza.

En la sexta fila, estribo con estribo entre otros jinetes, iba Martín Garret. Muy diferente era el hombre que cabalgaba con la rienda floja, rifle en la silla y pistola al cinto, sombrío el rostro flaco y tostado bajo el ala del sombrero, del joven ingeniero que casi dos años atrás había huido de la ciudad durante la que ahora llamaban Decena Trágica. Un bigote ranchero cubría su labio superior y tenía las manos rudas, endurecidas por la vida de campaña; pero lo que sobre todo habían cambiado eran sus ojos: más hundidos en las cuencas, más opacos de brillo, más calmadamente alerta, con breves vistazos a un lado y otro, a cuanto ocurría alrededor. Capaces también de advertir, con desapasionada lucidez, que entre los que iban delante encabezando la marcha revolucionaria y triunfal no había ni un solo político. Cinco años atrás, los ocho generales que hoy entraban en la capital conquistada eran todavía un campesino, otro campesino, un bandido, un maquinista de tren, un tratante de caballos, un cuatrero, un maestro rural y un estudiante. Considerando todo eso, sonrió Martín: una mueca sarcástica. Los señores políticos, supuso, llegarían más tarde para hacerse cargo de todo. Sin duda andaban preparando, en el comité oficial de recepción del Palacio Nacional, sus discursos, sus demagogias y sus ambiciones.

Genovevo Garza cabalgaba junto a Martín, a su izquierda, mirándolo todo con ojos muy abiertos. Era la primera vez que el antiguo bandolero norteño veía la capital, y se mostraba impresionado. A todo dirigía largas miradas de asombro, boquiabierto como un niño ante la vitrina de una tienda de juguetes.

—Újole, compadre —repetía—. Qué grande es todo… ¿Y este chingo de gente cabe aquí dentro?

—Cabe ésta y más —sonreía Martín—. Ya verá en el Zócalo, mi mayor.

Viva Villa, seguía gritando el público agolpado bajo los robles que sombreaban la avenida. Viva Zapata y viva México. El café Colón se engalanaba con banderitas patrióticas, y en los tranvías y el monumento a Carlos IV había encaramada gente que saludaba a la columna revolucionaria.

—¿Y ese fulano del caballo quién es, ingeniero?

—Un rey español.

—¿Y cómo sigue ahí el pinche gachupín, que no se lo echaron abajo?

—También forma parte de la historia de México.

—Ah, pos no que no. Habrá que ocuparse de eso. No hacemos la revolución pa que nos amuelen reyes ni sotas. En cuanto se pueda, compadre, le metemos una de sus cargas de dinamita y nos lo quebramos con todo y caballo.

Reía Martín.

—De acuerdo, mi mayor, descuide. Yo me ocupo.

—Y encima mírele nomás la postura, que hasta de puto parece… Ni estar en la silla sabía, el jijo de tal.

Martín había dejado de prestar atención. Por la derecha de la avenida, más allá de los árboles, asomaba la casa de la familia Laredo: su inconfundible arquitectura, imitación de las antiguas haciendas españolas, al otro lado de la verja coloreada de bugambilias moradas y rojas. Había varias personas contemplando el desfile desde el balcón de la fachada, contiguo al salón principal que el joven había frecuentado en otro tiempo.

—Páseme sus prismáticos, mi mayor.

Hurgó el otro en las cantinas de su silla.

—Ahí le van, compadre.

—Gracias.

Eran unos binoculares alemanes que Garza le había quitado a un coronel federal antes de fusilarlo en la segunda toma de Torreón. Estaban algo abollados y raspado el esmalte, pero la visión era buena, diáfana. Martín se los llevó a los ojos, ajustó con un dedo la ruedecilla para enfocar las lentes, y el balcón y quienes lo ocupaban aparecieron nítidos en el doble círculo; el dueño de la casa, don Antonio, acompañado de su hermana Eulalia y tres personas más. Dos de ellas eran las hermanas Zugasti. La tercera, Yunuen Laredo.

—Lindo jacalito —dijo Garza, viéndolo mirar.

—Sí.

Se asombraba de no sentir nada, aparte la curiosidad natural. Con un esfuerzo de voluntad quiso remover los sentimientos de otro tiempo a fin de confrontarlos con la imagen del balcón, pero se presentaban bajo una forma muy vaga, incluso distante. Sólo podía entreverlos, concluyó, a través de una bruma o un velo interpuesto por el tiempo, la vida, los sucesos ocurridos desde entonces. El otro Martín Garret rondaba su memoria como un fantasma que apenas suscitara en él cierta simpatía melancólica. La que podía experimentar hacia el niño o el muchacho que había sido alguna vez. Pero eso era todo.

La columna de hombres y caballos llegaba ahora frente a la casa: en el balcón, Yunuen cambiaba unas palabras con su tía Eulalia mientras miraba el denso desfile. Tal vez ella ni siquiera imagine que estoy aquí, pensó fríamente Martín. A veces las noticias vuelan, pero no tiene por qué saberlo. Vio que llevaba un vestido blanco de corpiño entallado, cerrado hasta el cuello, y un chal de color malva sobre los hombros. El pelo, muy negro y tirante, con raya en medio, desnudaba la pureza de su rostro indígena.

—¿Qué hay en ese balcón, ingeniero? —se interesó Garza, curioso de tanto verlo mirar.

—Nada… Sólo gente.

—Estarán hasta las trancas de plata pa pegarse esta vida. ¿Que no?

—Supongo que sí.

—Con los ricos también hay que acabar, compadre. O semos revolucionarios o no semos… Imagine la de mais y frijoles que podrían plantarse en los jardines de estas casas, pa quitarle el hambre a la gente.

Mantenía Martín las lentes enfocadas en Yunuen, que miraba ahora en su dirección. Era imposible que ella lo distinguiera de lejos, entre la numerosa tropa a caballo y la infantería que caminaba detrás. Que llegase a reconocerlo. Sin embargo, le pareció que la joven fijaba la mirada en él. De pronto, los ojos azul cuarzo parecieron penetrar los suyos. Así que, sobresaltado, como cogido en falta, bajó los prismáticos y se los devolvió a Garza.

—Todo llegará, mi mayor.

—Pos no digo que no, pero fíjese que ya tarda.

A uno y otro lado de la avenida, la multitud seguía dando vivas a Villa y a Zapata. Y a la revolución.

 

 

 

Al término de una jornada en la que la capital federal fue una gran fiesta, los dragones de Durango recibieron orden de vivaquear en la plaza de Santo Domingo, a fin de tenerlos cerca del Palacio Nacional. Se instalaron allí, alojados jefes y oficiales en casas de vecindad y tendiendo la tropa sus petates bajo los soportales. Ataron los caballos en largas reatas y les llevaron carromatos de forraje, y los fusiles y carabinas se colocaron en pabellón, con centinelas guardando las esquinas. Al anochecer llegaron desde la estación de ferrocarril de Tacuba algunas soldaderas en busca de sus hombres, y las fogatas encendidas en el centro de la plaza iluminaron gavillas de villistas que, sentados en torno, cenaban, dormitaban o cantaban un corrido que se estaba poniendo de moda entre las tropas insurgentes.

 

En lo alto de una abrupta serranía

acampado se encontraba un regimiento

y una moza que valiente los seguía

locamente enamorada del sargento…

 

Quienes en la ciudad habían temido fuego y saqueo quedaron aliviados. La policía local había desaparecido, lo mismo que la gente del otro jefe revolucionario, Venustiano Carranza, enfrentado ahora a Villa y Zapata y retirado a Veracruz; pero el orden lo aseguraban piquetes de insurgentes armados. Aunque más disciplinados los villistas que los zapatistas, la orden de respetar personas, casas y comercios, así como de evitar las cantinas, se cumplía a rajatabla. Eso no impedía que el sotol, el mezcal y el tequila circulasen de modo razonable. Desde el portal de Evangelistas al antiguo palacio de la Inquisición, voces aguardentosas y soñolientas coreaban, uno tras otro, los cantos de guerra revolucionarios.

 

Y se oía

que decía

aquel que tanto la quería…

 

Maclovia Ángeles era una de las soldaderas que habían conseguido presentarse en Santo Domingo. Llegó con otras mujeres al oscurecer, pistola al cinto y cargada como una bestia con bultos, alforjas y mecate, mirándolo todo con asombro. Traía tortillas de maíz frías, que completaron con carne de puerco y frijoles adquiridos en un mercadito cercano. Se disponía Genovevo Garza a buscar un sitio para pasar la noche con su mujer cuando Martín se palpó el bolsillo donde llevaba un grueso fajo de billetes nuevos —recién impresos en Chihuahua con la firma de Pancho Villa— y tuvo una inspiración.

—Vengan conmigo… Aquí cerca.

Cogió sombrero y rifle, se colgó al hombro el morral y echó a andar seguido por la pareja. La luz de los postes eléctricos los iluminó al pasar por las bocacalles de Donceles, Tacuba y Plateros.

—¿A dónde vamos, compadre? —preguntaba Garza.

—A donde hay que ir… Esté tranquilo, mi mayor.

Maclovia los seguía sin despegar los labios, cargada con su impedimenta. Y así llegaron al hotel Gillow.

 

 

 

Todo seguía igual, comprobó al entrar, mientras el portero con uniforme de galones dorados se echaba atrás para dejarles paso libre. Brillaban cálidas las pantallas de luz reflejadas en los espejos del vestíbulo, y la escalera que subía a las habitaciones, alfombrada y elegante, tenía macetas de plantas y flores en los rellanos. Sin dudarlo, Martín se dirigió al mostrador de llegada. Recordaba al recepcionista: un mexicano enjuto vestido con chaqué e insignias doradas en las solapas, que al verlos aparecer se había quedado inmóvil, boquiabierto. Llegado hasta él, puso el joven el morral en el suelo y el rifle encima de la caoba reluciente del mostrador.

—Buenas noches, Félix.

Pestañeaba desconcertado el otro. Por fin abrió mucho los ojos.

—Dios mío… ¡Señor Garret!

—Yo también me alegro de verlo.

El recepcionista se debatía, sin disimulo, entre la sorpresa y el miedo. Aquella arma sobre el mostrador y los acompañantes de Martín —Garza llevaba su carabina colgada al hombro y Maclovia la pistola— no lo tranquilizaban lo más mínimo.

—No sabía que usted… —empezó a decir.

—Necesito dos habitaciones —lo interrumpió Martín, sacando el fajo de billetes—. Una para mí, y otra para el señor y la señora.

Titubeó el empleado. Después tragó saliva y volvió a titubear.

—Desafortunadamente estamos completos, señor Garret.

Martín ni siquiera se detuvo a considerarlo. Contó doscientos pesos y los puso en el mostrador.

—Desaloje a quien haga falta —señaló a sus acompañantes—. El mayor es alguien importante, un villista notable, y tiene prioridad. Y ella es su esposa.

Miraba el recepcionista a la pareja, espantado.

—No sé si será posible —balbució.

—Avise al director.

—¿Perdón?

—Que llame al director, le digo. ¿Es el mismo de mis tiempos?

—No, es otro… El señor Frimont.

Martín empezaba a divertirse. Varios clientes del hotel, hombres y mujeres bien vestidos, miraban escandalizados desde la entrada del bar y el arranque de la escalera. Apoyó desenvuelto un codo en el mostrador, junto al Winchester. Era aquélla una sensación de autoridad insólita, muy agradable, de la que no había disfrutado nunca. Le apetecía prolongarla.

—Avise al señor Frimont.

Apareció un sujeto atildado, pequeño y miope, con cara de hurón sobre el alto cuello duro y la corbata gris perla. El recepcionista lo puso al tanto: Martín viejo cliente, el mayor un villista notorio, su señora esposa. La revolución y todo eso. Tras escuchar con la cabeza baja, mirándose consternado los botines, hizo el director un intento de resistencia.

—Imagino —aventuró— que la autoridad competente está al tanto de esto.

—La autoridad somos nosotros —replicó Martín.

Se alzaba un poco el otro sobre la punta de los pies, vagamente audaz.

—Pero me pide que ponga en la calle a clientes alojados.

—Sí, cierto. Es lo que le pido.

—No se ofenda por mis palabras, señor…

—Garret —apuntó rápido el recepcionista.

—No se ofenda, señor Garret, pero parecerá un atropello.

Se encogió Martín de hombros. En el gran espejo de la pared alcanzaba a ver la escena desde otro lugar, como si estuviese fuera de ella: la espalda de su interlocutor, él mismo delante de Genovevo Garza y Maclovia, que asistían a todo con sus armas, bultos y aspecto rústico. Mudos, incómodos, visiblemente cohibidos por estar allí. Hizo un ademán que los incluía.

—Ellos llevan demasiado tiempo sufriendo atropellos. Ya es hora de que les toque a otros.

Aún se resistía el director, casi heroico.

—Escuche, señor. Deberíamos…

Detrás de él, en el espejo, Martín se detuvo en su propia imagen: la ropa de campaña polvorienta, el rostro flaco y atezado, el bigote que lo hacía parecer aún más mexicano. Los ojos fatigados y hundidos donde ya era incapaz de reconocerse. Ahora soy ese que me mira, pensó con resignación. Lo que ese desconocido vio, y también lo que hizo. Lo soy para bien y para mal.

—Que no, cojones —dijo.

La violenta palabra española restalló como un latigazo. Dio un paso hacia Frimont y éste retrocedió otro. Le acercó mucho el rostro hasta que vio su expresión descomponerse por el miedo. Se había puesto pálido. Cogió Martín los doscientos pesos del mostrador y se los metió al director en el bolsillo superior de la chaqueta.

—Desaloje esas habitaciones, o le juro por Dios que pego fuego a su hotel.

 

 

 

Había dormido como un ángel, si es que los ángeles dormían: un sopor largo y profundo, sin pesadillas ni imágenes que lo perturbaran. Al despertar tomó un baño caliente e hizo subir a un barbero del hotel, que le cortó el pelo y le rasuró mentón y mejillas con una buena navaja. Ocupaba su antigua habitación, con la pequeña terraza abierta al cruce de calles que separaba 5 de Mayo y Plateros; y desde allí, enfundado en un albornoz con el monograma del hotel sobre el pecho, vio alzarse el sol sobre las torres de la antigua catedral española.

Mientras lo atendía el peluquero, Martín había estado hojeando las revistas ilustradas que el anterior huésped había dejado en la habitación. Desconocía su identidad pero debía de ser norteamericano, pues todas estaban en inglés. Una de ellas, Collier’s Weekly, informaba de la guerra en Europa; y la crónica, fechada en Amiens e ilustrada por un dibujo bélico y un mapa, estaba firmada por Diana Palmer:

 

La artillería alemana es de una mortal precisión, pero la infantería aliada, en sus excelentes trincheras, sólo puede ser desalojada de ellas por las bayonetas enemigas, y para eso los atacantes deben aproximarse por un terreno agujereado de cráteres y cubierto de alambradas…

 

Una camarera acababa de traer la ropa de Martín, cepillada y limpia. Estaba éste terminando de vestirse, abotonándose el cuello de la camisa —hacía meses que no se ponía una corbata—, cuando llamaron a la puerta.

—Quihubo, ingeniero.

—Ah… Buenos días, mi mayor.

Genovevo Garza estaba parado en el umbral, sombrero en mano y revólver en su funda, con las espuelas colgadas en el cinturón. También él se había lavado la cara y aseado la indumentaria: el chaquetín y los estrechos pantalones charros abolsados en las rodillas se veían razonablemente limpios, y hasta se había peinado el cabello gris, ensortijado en la nuca, con una raya alta, casi en medio, que Martín no le había visto nunca.

—¿Qué tal Maclovia?

Asentía el guerrillero, satisfecho.

—Pos muy bien, oiga. Feliz por dormir en una cama como ésa, tan blanda y con sábanas suaves. Orita se acaba de vestir.

—¿Ya desayunaron?

Titubeó el mexicano. Se había puesto serio.

—Pos fíjese que todavía no… Pa eso nomás vengo a verlo, por si nos acompaña.

Lo dijo inseguro, con una timidez fácil de interpretar. El tosco norteño, hecho a la vida de campaña, no se decidía a entrar, ni solo ni en compañía de su soldadera, en el elegante comedor donde camareros de chaquetilla roja servían con vajilla de porcelana y cubiertos de plata.

Sonrió Martín. Se le había ocurrido una idea. Miró la hora en el reloj antes de metérselo en un bolsillo del chaleco.

—¿Ya estará lista Maclovia?

—Supongo.

—Pues busquémosla, que nos vamos.

—¿A dónde, compadre?

Se había ajustado Martín el cinturón con la Colt 45. Se puso encima la chaqueta y requirió el sombrero. La carabina, que estaba apoyada en una pared, la metió dentro del armario.

—A desayunar. Yo invito.

 

 

 

Bajaron a San Francisco y recorrieron la calle hasta casi el final. De camino se cruzaron con grupos de revolucionarios que, rifle al hombro, deambulaban mirando edificios y escaparates. Salían de las tiendas cargados con paquetes, se saludaban unos a otros, pasaban dando bocinazos en automóviles requisados o esperaban turno ante los trípodes de fotógrafos que los hacían posar con las armas en la mano y expresión fiera. Todo era pacífico, alegre y festivo. Una banda de música tocaba mañanitas ante la dulcería El Globo y había mujeres y niños en los balcones, contemplando el espectáculo.

Sanborns se hallaba unos pasos antes del Jockey Club, en la misma acera, con su elegante rótulo sobre la entrada y las vitrinas con pan dulce y otras golosinas, a través de las que podía verse el interior. Empujó Martín la puerta, apartó la pesada cortina de terciopelo, y vuelto hacia Genovevo y Maclovia los invitó a entrar.

—El mejor sitio de México —dijo, solemne.

Dentro había rumor de voces y olía agradable, a cacao y vainilla. Los asientos de las mesas y el mostrador estaban casi todos ocupados: gente con ropa de ciudad, señoras bien vestidas, hombres con cuellos duros, corbatas y buenos trajes. Meseras vestidas de azul oscuro con delantales blancos iban de un lado a otro portando charolas con cestitas de bollería y tazas que humeaban aromáticas. Era un ambiente distinguido y burgués.

Martín y sus acompañantes ocuparon un lugar libre cerca de la ventana y pidió el joven tres espléndidos desayunos con jugo de nopal y naranja, pan dulce, café y chocolate caliente, que les sirvieron en seguida. Quienes se hallaban en las mesas contiguas observaban de reojo, visiblemente incómodos, sus armas al cinto y sus burdas ropas de campaña, pero nadie se atrevió a decir nada.

—Tenía razón, compadre —comentó Garza—. Este chocolate está criminal de güeno.

Iba ganando confianza y devolvía hosco las miradas de que era objeto hasta que los curiosos apartaban la vista. Conservaba puesto su sombrero tejano, inclinado sobre el rostro norteño que la cicatriz y el mostacho aún endurecían más. A su lado, silenciosa, vestida con la acostumbrada falda larga y una blusa limpia abotonada hasta el cuello, sujetas las trenzas en rodetes con horquillas en las sienes, Maclovia se llevaba la taza a los labios. Se había lavado el pelo y olía a agua de colonia. De vez en cuando la miraba el mayor, solícito.

—¿Te gusta, mi chula?

Asentía distante la soldadera, con una línea de chocolate tibio sobre el labio superior.

—Mucho.

—Chingón.

Bebiendo su café, Martín los contemplaba complacido. La escena, el lugar, la presencia allí de sus dos amigos le producían un grato bienestar. Tal vez la palabra no fuera felicidad, aunque había algo de eso. Quiso analizarlo y de pronto comprendió: estaba orgulloso de ellos, contento de que estuvieran con él, o más bien de estar él en su compañía, facilitándoles la satisfacción de una noche en el hotel Gillow y un desayuno en Sanborns. A fin de cuentas eran especiales, distintos de quienes los observaban desde las mesas cercanas. Insurgentes que traían con naturalidad, a ese templo del confort y el buen gusto, el rostro inquietante, áspero, temible también, de la revolución y la guerra. Genovevo Garza y Maclovia Ángeles sabían de incertidumbres y peligros, habían estado bajo fuego, sufrido, peleado por una causa, por una ambición, por una idea. Eran seres humanos de una pieza, con luces y sombras, resueltos a matar y morir con sencillez, a pagar sin melindres el precio de la vida, el riesgo y la pelea. Quizá no lo habían elegido, y tal vez era resultado del azar; pero allí estaban, sin hurtarse al destino. Martín había sido testigo. Y era un privilegio que lo considerasen compañero y amigo. Algo bueno, concluyó, habré hecho a sus ojos para merecerlo.

Se limpiaba Garza el chocolate del mostacho con el dorso de una mano.

—¿En qué piensa, compadre?

Sonrió Martín.

—En la amistad —repuso.

Inclinó el rostro el otro, mirando su taza vacía. Considerándolo.

—Es güeno tener amigos —dijo.

Miró a Maclovia como si se lo consultara, y la mujer entornó los párpados en mudo asentimiento.

Al otro lado de la ventana apareció un grupo de hombres armados. Tenían rasgos indios y vestían sombrero de palma de alta copa cónica y camisa y calzón blancos. Se quedaron afuera, curioseando; y al fin, tras comprobar el aspecto y las armas de Martín, el mayor y la soldadera, como si eso les diera confianza, se animaron a entrar. Dirigían inseguras ojeadas al local y a la concurrencia —al verlos, todo quedó en silencio— y al cabo se acomodaron en el largo mostrador.

—Gorrudos zapatistas —murmuró Garza con desdén norteño—. Tan buey el pinto como el colorado.

Volvió el rumor de conversaciones. Los recién llegados lo miraban todo con desconfianza suriana, conservaban las cartucheras cruzadas al pecho y ni siquiera se quitaron los ajados sombreros de falda ancha caída sobre el rostro. Apoyaban los fusiles en sillas y taburetes mientras las intimidadas meseras servían tazas con chocolate caliente que aquellos campesinos convertidos en guerrilleros se llevaban a los labios despacio, soplando para enfriarlo.

Menuda imagen hacemos entre unos y otros, pensó Martín divertido: el norte y el sur de la revolución, villistas y zapatistas armados desayunando en Sanborns. Lástima que no haya un fotógrafo para registrar esto.

El mayor Garza había sacado tabaco: una elegante lata de Cuban Split comprada en el hotel. Le quitó con parsimonia el precinto, rascó un fósforo en la suela de una bota y encendió un pequeño habano.

—Los amigos se los gana uno —dijo, continuando la conversación interrumpida.

Bebió Martín otro sorbo de café.

—Justo en eso pensaba yo antes… ¿Es nuestro caso, mi mayor?

Dejaba el mexicano salir humo por la boca y la nariz.

—Semos más que amigos, no tizne… Semos compadres.

—¿Por qué?

Garza se frotaba la nariz, entrecerrados los ojos por el humo del cigarro.

—Pos no sé. O sí lo sé —puso una mano sobre la de Maclovia—. Si tuviera un chamaquito con mi prieta, que no va a ser el caso, nomás le pediría que fuera padrino. Y a lo mejor usté hacía lo mesmo.

Rió Martín.

—No le quepa duda.

—Llevamos tiempo jalando parejos, ¿no? —dijo el mayor, y estuvo un momento pensando, en busca de otras razones—. Con tanto cabalgar y tanta dinamita, y tanto agarrón a puros balazos sin verlo rajarse… Son cosas que amarran como con reata, oiga. Que dan respeto —hizo un impreciso aro de humo y se volvió hacia Maclovia—. ¿Quesque no, mi chula?

—Es un buen hombre —dijo ella.

Pestañeó Martín, sorprendido. Nunca, hasta entonces, había escuchado un elogio de la soldadera. Ahora ella lo miraba a los ojos, muy fija y seria. Conservaba la delgada línea de chocolate en el labio superior; y eso, advirtió él, dulcificaba de modo asombroso lo común de sus rasgos, la nariz aplastada y la piel casi cobriza del rostro. De no haber estado presente el mayor Garza, tal vez se habría atrevido a levantar una mano para, con los dedos, retirar suavemente aquel resto de chocolate de su boca.

 

 

 

Dos días después, Martín se encontró por casualidad con Emilio Ulúa, el presidente de la Minera Norteña. Salía el joven de hacer unas gestiones en el Palacio Nacional —un asunto de suministros para la División del Norte— cuando lo vio venir de lejos. Cruzaba éste la explanada entre los árboles del centro y la catedral, y su aspecto era el de siempre: corpulento, bien rasurado, corbata de seda con alfiler de perla, flux oscuro y sombrero hongo. Balanceaba el bastón con paso decidido en compañía de un individuo con lentes, bien trajeado, que llevaba una cartera de piel bajo un brazo.

Tardó Ulúa en reconocer a su antiguo empleado. Se observaron a medida que se aproximaban, y fue la insistencia de la mirada de Martín la que hizo que el otro le prestase atención. Aun así, le costó identificarlo. Ya estaban casi uno frente al otro cuando el mexicano se detuvo de pronto, estupefacto.

—¡Garret! —exclamó.

Sonrió Martín. Tras la primera sorpresa, Ulúa tendía su mano. La estrechó sin reparos.

—Válgame Dios, Garret… Casi no lo reconozco. Tan flaco, tan moreno, con bigote y ese sombrero gringo…

Miraba indeciso la pesada pistola en la funda del cinturón y las dos barritas de latón en la chaqueta. Se volvió brusco hacia su acompañante, cual si de pronto recordara su presencia.

—Ah, disculpe. Le presento al señor Jáuregui, un asociado mío… Él es Martín Garret, que hace tiempo trabajó para la Norteña. Un joven notable, que tuvo que dejar la ciudad durante la Decena Trágica… Ahora, como ve, es, eh… Teniente, me parece… ¿No?

Lo contemplaba Martín sin decir nada, saboreando la nueva cordialidad del empresario. Señaló éste con su bastón el Palacio Nacional, ante el que había dos ametralladoras emplazadas y un pelotón de tropas de la Convención, la mitad villistas y la otra mitad zapatistas. Sin llegar a mezclarse nunca del todo, norte y sur, los aliados coyunturales se llevaban bien. Ahora el enemigo común era el también jefe revolucionario Venustiano Carranza, refugiado en Veracruz con sus tropas leales.

—Precisamente vamos a una reunión de trabajo. Ya sabe, seguimos de aquí para allá, intentando mantener a flote los negocios. Y la verdad es que no resulta fácil. Tanta inestabilidad es desastrosa para la compañía —le dirigió una ojeada de repentina esperanza—. Quizás usted…

Movió Martín la cabeza.

—Ya no tengo nada que ver con eso.

—Entonces eran ciertos los rumores.

—Depende de qué rumores sean.

—Oí decir que había abrazado… —titubeaba Ulúa, indeciso, mirándole la insignia—. Bueno, ya me entiende. La carrera militar.

Sonrió otra vez Martín.

—Llamarlo carrera es excesivo. Es la casualidad, las circunstancias, lo que me llevó de aquí para allá.

—¿Ha combatido, entonces? —se interesó el tal Jáuregui.

—Un poquito.

—Con la División del Norte, supongo.

—Sí.

—Antes había estado con Madero en Ciudad Juárez —intervino Ulúa, pavoneándose como si él hubiera tenido algo que ver—. Eso han sido muchas batallas, desde luego —se dirigió benévolo a Martín—. Menuda vida de aventuras lleva, ¿no?… Quién lo hubiera dicho, Garret. Crea que casi lo envidio.

—No me diga —fingía el joven sorprenderse—. Qué amable es, don Emilio. Al envidiarme.

La ironía resbaló en la solemnidad del rostro inalterado del empresario. Inmune a todo, mirando en torno cual si desconfiara de oídos próximos, Ulúa se acercó un poco más mientras bajaba la voz.

—Llegaron rumores de que usted trata a Pancho Villa y a otros jefes revolucionarios —parecía escoger con cuidado las palabras—. ¿Cómo es Villa en realidad?… Según el momento y la vitola de cada cual, los periódicos lo ponen como un bandido sanguinario o como un héroe del pueblo.

—El Centauro del Norte, lo llaman los norteamericanos —dijo Jáuregui.

—Es un hombre rudo, sin formación —aclaró Martín—, pero con extraordinario instinto militar.

—Dicen que desprecia la política y a los políticos, igual que Zapata.

—Es verdad.

Intervino Ulúa.

—Pues ahora esos dos, Villa y Zapata, podrían repartirse México si quisieran. Lo tienen todo a sus pies.

—Es posible, pero no quieren.

—¿Eso cree?… Tenga en cuenta que la silla presidencial es una tentación, y más cuando te fotografían sentado en ella.

Se refería a la imagen publicada por los diarios: Villa en la vieja silla de Porfirio Díaz y Zapata a su lado, dos días atrás, rodeados de partidarios y curiosos en el Palacio Nacional. Todo un símbolo. El pueblo al asalto del mohoso y desvencijado poder.

—Según para quién —dijo Martín.

Después se tocó el ala del sombrero, dispuesto a seguir camino; pero lo retuvo Ulúa, interesado.

—¿Qué hará en el futuro? —paseaba la vista por la explanada, donde transeúntes, carruajes y tranvías circulaban con normalidad—. Aquí todo terminó, por ahora.

—No creo que haya terminado nada —replicó Martín—. Carranza no se resigna a verse privado del mando de la revolución, e intentará imponerse a los otros jefes. Sigue queriendo ser dirigente indiscutido del nuevo México.

Se ensombreció el empresario.

—¿Habrá más sobresaltos, supone usted?

—México es un perpetuo sobresalto.

Ulúa mudó la expresión: de pronto sonreía con calidez. Martín no recordaba haberlo visto nunca tan amable.

—Aún no me ha dicho qué piensa hacer… ¿Tiene previsto ocupar un cargo público? ¿Regresará a España en algún momento?… El marqués de Santo Amaro se interesó un par de veces por su paradero, y lamenté no poder darle noticias.

—Todavía no he decidido nada.

—Tiene razón, qué diablos —hizo amago de palmear un hombro a Martín, pero se detuvo a tiempo—. Es ocasión para disfrutar del éxito, ¿verdad?… De la victoria.

—Quizás.

Otra vez se dirigió Ulúa a su acompañante.

—El señor Garret es un competente ingeniero de minas —miró de nuevo a Martín—. ¿No tiene previsto volver a ejercer su profesión?… Si se decide, recuerde que las puertas de la Norteña siguen abiertas para usted, como siempre.

Esbozó Martín una mueca irónica.

—Sí, claro —dijo lentamente—. Como siempre.

Ulúa volvió a apuntar con el bastón hacia el Palacio Nacional.

—¿De verdad no hay nada que pueda hacer para facilitarnos las cosas? —se tocó un bolsillo de la chaqueta con ademán discreto, pero significativo—. Tenga la seguridad de que…

Lo interrumpió la mirada que el joven le dirigía.

—No me malinterprete —reculó Ulúa, alarmado—. No era mi intención.

Martín seguía contemplándolo muy serio, aunque por dentro sentía el impulso de reír a carcajadas. Se acercó un poco más, confidencial.

—Mire, don Emilio —bajó la voz—. Voy a explicárselo en el lenguaje que llevo utilizando desde hace año y medio.

Lo miraba confuso el mexicano.

—Claro, sin duda. Dígame.

—Voy a pedirle un favor.

Se animó el otro al escuchar aquello.

—Pues claro, por supuesto… Me tiene usted a sus órdenes.

—Váyase a chingar a su madre.

 

 

 

Llamaron a la puerta, y al abrir encontró Martín a un botones con una carta. Despidió al muchacho con una propina, cerró y rasgó el sobre, que contenía una cuartilla doblada en dos con un escueto mensaje: tres líneas y una firma. Se quedó muy quieto durante un rato, leyendo y releyendo. Al fin fue hasta la jofaina, dispuso jabón y navaja, se afeitó a conciencia y se lavó la cara y el pelo. El día anterior había comprado ropa en La Internacional, una tienda elegante de la calle Tacuba; así que se vistió con camisa, cuello blando limpio, corbata y traje color castaño, en cuyo chaleco introdujo el viejo reloj de plata, sujetando el extremo de la leontina al botón superior. La ciudad estaba relativamente en calma, pero convenía tomar precauciones. Como no era momento de cargar con la pesada Colt 45, se ciñó al cinturón, bajo la chaqueta, una discreta funda de cuero con el viejo Orbea tras asegurarse de que había cinco balas en el tambor. Después, con el sombrero flexible en una mano, permaneció inmóvil ante el espejo del armario, queriendo reconocerse en el hombre flaco y tostado por el sol, con una cicatriz en el pómulo derecho, que lo observaba suspicaz desde el azogue. Por primera vez vestía correctamente desde que huyó de la ciudad cuando el golpe del general Huerta, y eso lo hacía sentirse extraño. Incluso incómodo.

Era una bonita tarde mexicana bajo un cielo inabarcable y azul, con nubes dispersas que se alzaban sobre los volcanes como columnas de algodón. Salió Martín del hotel, se puso el sombrero, comprobó la hora y anduvo sin prisa por 5 de Mayo. Era fácil advertir que el ambiente festivo de los primeros días se había desvanecido: varios comercios tenían echado el cierre y en el bullicio de las calles se percibía una nueva tensión. Algunos lugares estaban tomados por piquetes armados que los transeúntes procuraban evitar. En una ciudad donde la gendarmería urbana había desaparecido, empezaba a ser difícil distinguir los grupos para mantener el orden de los que actuaban por su cuenta. Estos últimos cada vez eran más, y ni siquiera los jefes daban ejemplo: borracheras, abusos y robos iban en aumento. Caída la máscara de la revolución disciplinada y amable, crecía la violencia contra antiguos partidarios del general Huerta e incluso de Venustiano Carranza. Desde hacía dos noches sonaban disparos en algunos barrios y descargas en los cementerios.

En el cruce de la calle Filomeno Mata, Martín fue detenido en un control. Había tres hombres de aspecto burgués apoyados contra un muro mientras unos revolucionarios les apuntaban con sus armas y otros registraban sus bolsillos —a uno acababan de quitarle el reloj—. Con malos modos, a Martín le dieron orden de situarse junto a los otros. Lo hizo, blandiendo la carabina ante sus ojos, un zapatista de carrilleras cruzadas al pecho, cubierto con sombrero de amplia falda caída que daba sombra a un rostro aindiado, oscuro, de ojos rencorosos.

—¿Pa dónde mero vales?

Señaló Martín la Alameda.

—Hacia allá voy.

—Pa esos rumbos no hay quien gane. De aquí no pasa naiden.

—Soy de la Convención —repuso Martín.

Lo dijo mientras con una mano sacaba el documento que lo acreditaba y con la otra se apartaba la chaqueta a fin de mostrar el revólver que traía en la cintura, pues era preferible que lo enseñara él a que se lo encontraran al cachearlo.

—División del Norte —añadió.

Estudiaba el zapatista el documento de cartulina sellado con el águila mexicana, y por la forma de hacerlo comprendió Martín que no sabía leer.

—¿Y cuál es la gracia de su mercé?

—Martín Garret… Ahí lo pone.

Se acercó otro gorrudo a curiosear: bajo y reseco, ralo bigote y cuatro pelos en la barba del rostro cetrino. En el sombrero jarano llevaba sujetas con imperdibles una Virgen de Guadalupe y unas medallitas de santos. Miraban los dos el documento y miraban recelosos al joven vestido con ropa de ciudad.

—Soy teniente —dijo Martín—. Pertenezco al estado mayor de Pancho Villa.

—Ah, pos —repuso al fin el de la carabina—. ¿Y qué hace vestido así, tan de chilindrín?

Sonrió Martín, aunque lo justo. Ante un mexicano armado, sonreír era un arte. Hacerlo de más o de menos, a riesgo de levantar suspicacias, era como jugar a las siete y media. Si te quedabas corto, malo; si te pasabas, peor.

—Política, amigo… Obligan a uno a vestir así por la política. Estamos discutiendo sobre los repartos de tierra.

Se animaron los rostros de cobre. El de la carabina le devolvió el documento.

—Pos píquenle, ¿o no?… Que yas tiempo pa darse priesa.

—En eso andamos, como pide el general Zapata.

—De plano lo dijo orita —mostraba el otro una dentadura amarilla, estropeada—. Que viva y reviva Emiliano.

—Y Villa —apuntó Martín un poquito audaz, adornando la faena.

—Pos claro, mi jefe —se hacía a un lado el zapatista, solemne, señalando el paso libre con el cañón de la carabina—. Arriba Zapata y Villa, y malhaya el que se raje.

Siguió camino sin más percances. Al final de la avenida, las obras del Teatro Nacional seguían paralizadas desde el comienzo de la revolución, con los mármoles entre andamios y el tímpano de la fachada oculto por vigas de hierro y madera. Más allá se extendía la Alameda, con las copas de los árboles que daban sombra a fuentes y bancos de hierro fundido al estilo Eiffel. Y bajo la columnata semicircular del monumento a Juárez, con chal blanco, sombrero de paja italiana y sombrilla, vestida de un azul tan claro como el cuarzo líquido de sus ojos, esperaba Yunuen Laredo.

 

 

 

—Cómo has cambiado. Apenas te reconozco.

Sonrió Martín. Una brisa cálida traía aroma de árboles, flores y tierra. Paseaban por uno de los caminos engravillados que iban del hemiciclo a las plazoletas del parque.

—No sé si eso debo tomarlo para bien o para mal.

Yunuen no dejaba de mirarlo. Sonrió a su vez, con gesto distraído.

—Para bien, sin duda.

Se volvió Martín a dirigir un rápido vistazo a doña Eulalia Laredo, que los seguía de lejos. Un individuo alto y fuerte, con sombrero hongo y aspecto de guardaespaldas, iba unos pasos detrás de la tía, cerrando el extraño cortejo.

—Más flaco y tostado por el sol —dijo Yunuen—. Y tus ojos…

—¿Qué pasa con mis ojos?

—Parecen de otro.

Anduvo unos pasos sin apartar de él los suyos, asegurándose de lo que había dicho. Después asintió para sí, muy seria.

—Menos inocentes, tal vez —añadió, perpleja—. O más fatigados. No son los del Martín que conocí.

Caminaron sobre las doradas cuñas de sol que clareaban el suelo, sin decir nada. En la arboleda se oía el trino de los pájaros.

—Me sorprendió saber que seguías en México. Alguien dijo que te había reconocido entre los jinetes que acompañaban a Pancho Villa, la mañana que los revolucionarios entraron en la ciudad…

Calló un momento, indecisa.

—Cuando entrasteis en la ciudad, quiero decir —rectificó.

—¿Quién me reconoció?

—Fue Moritz. ¿Te acuerdas de él?

—Por supuesto.

—Es empleado del gobierno y te vio ante el Palacio Nacional. No podía creer que fueras tú.

—Debió acercarse a saludarme.

—No se atrevió.

Anduvo Yunuen unos pasos antes de hablar de nuevo. Bajo la larga falda, sus pequeños y elegantes botines hacían crujir la gravilla. Con un leve movimiento de la mano, casi frívolamente, giró la sombrilla sobre su hombro cubierto por el chal de seda bordada.

—Él y Max están bien.

—¿Y las Zugasti? —se interesó Martín—. ¿Siguen haciendo tertulia en tu casa?

—Menos que antes. Hay cosas que han cambiado.

Se le había ensombrecido el rostro. La observó con curiosidad, pero ella no dijo nada más. Entonces hizo él la pregunta inevitable.

—¿Qué es de Jacinto Córdova?

—Ahora es teniente coronel.

—Vaya —se admiró—. Asciende rápido.

—Combatió mucho en el sur contra la gente de Zapata. Está en Veracruz, con su general Obregón y las tropas federales que se pasaron a Venustiano Carranza.

—¿Os habéis visto a menudo?

Esta vez la pausa fue tan larga que Martín llegó a pensar que la joven no había oído la pregunta. Estaba a punto de mencionar cualquier otra cosa, temiendo haber sido inoportuno, cuando ella habló por fin. Fríamente.

—Estamos prometidos.

—Ah.

Se había detenido y él la imitó. Su mirada clareaba más con la luz que incidía entre las ramas de los árboles.

—Creo que es honrado decírtelo. No quisiera…

—¿Que me haga ilusiones?

Entreabrió ella los labios para replicar, mas no dijo nada. Por los de Martín se deslizó una mueca triste.

—No te preocupes por mis ilusiones —dijo—. Terminaron el día que te vi en tu casa, tras la puerta entornada, cubierta con el rebozo y sin decir una palabra.

Se removió la joven con ademán de protesta, o de defensa.

—Era un momento terrible —apartó la sombrilla del hombro y la miró como si dudara entre cerrarla o no—. Una situación difícil.

—Sobre todo para mí.

Ella escuchaba inexpresiva, ajena a la ironía.

—Pero conseguiste escapar, ¿no?

—Alguien me ayudó.

—¿Quién?

—Da igual quién.

—¿Y cómo es que no te fuiste a España?

—Me gusta México.

—Por Dios… ¿A quién puede gustarle este disparate?

—A mí.

Lo miró con sorprendida intensidad. O tal vez era ternura. En cualquier caso, su desconcierto parecía sincero.

—Siempre fuiste un muchacho extraño.

Caminaron de nuevo hasta detenerse junto a uno de los bancos. Yunuen tomó asiento y cerró la sombrilla.

—Habrás tenido amores —dijo.

Martín continuaba de pie.

—¿Para qué querías verme?

Apartó la sombrilla, invitándolo a sentarse a su lado. De pronto parecía más práctica y más fría.

—En los últimos tiempos, mi papá ha tenido problemas.

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