Revolución

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14. Los llanos de Celaya

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—¿De verdad no tiene miedo, mi mayor? —bromeó Martín.

Una sombra de sonrisa aleteó, breve, bajo el bigotazo gris.

—Algo tengo, pero hasta ahí nomás.

—Pues hace tiempo me dijo que nunca tenía.

—Hace tiempo era más joven.

Acariciaba Garza el cuello de su castaño, que cabeceó noble al sentir la mano.

—Nunca tuvimos la vida comprada, ingeniero —añadió, mostrando su chaquetilla bordada bajo las carrilleras que le cruzaban el pecho, y el ajustado pantalón de botonadura—. Por eso me vestí hoy de domingo… Pa morirme a lo charro.

Martín habría seguido hablando, pero no lo hizo. Sabía por experiencia que distraerse con palabras no resolvía nada, pues el temor a lo inminente iba a seguir allí: le temblaban las ingles y sentía vacíos incómodos en el corazón, que lo mismo latía lento, casi desfallecido, que se aceleraba de pronto. Siempre le ocurría antes de cada combate; como si, ajeno a la voluntad, el cuerpo recelase de una próxima mutilación por el hierro y el fuego. Después, diluido en la violencia de la acción, aquello desaparecía. Sin embargo, los momentos previos, la inactividad, la espera prolongada que tanto espacio cedía a la imaginación —se daba incluso en los muy acostumbrados a pelear—, podían ocasionar una tensión casi insoportable.

Sonó un clarín hacia la izquierda, por donde estaba el coronel Ochoa, y Genovevo Garza se volvió a mirar al corneta del escuadrón, cuyo caballo estaba pegado a su grupa: un muchacho de catorce años flaquito, aindiado, con sombrero ancho de palma, rifle en la silla y carrilleras cruzadas al pecho.

—Órale, Juanito.

Se llevó el chico el reluciente latón a los labios e hinchó los carrillos. Sonó la orden vibrante y metálica, cubriendo por unos segundos el tiroteo próximo y el retumbar de las explosiones. Vio Martín que algunos hombres se santiguaban y otros, como él, se limitaban a afirmarse en los estribos y ajustar el barbiquejo de los sombreros. Arrimó espuelas como todos, aflojando un poco las riendas del caballo, puesto al paso. Los vacíos del corazón se hicieron más espaciados, más largos.

Un poco por delante, el mayor Garza miraba a uno y otro lado, atento a la velocidad que iban alcanzando los demás escuadrones.

—¡Al trote! —ordenó al corneta.

Cuando Juanito hizo sonar el segundo clarinazo, la doble fila de jinetes aceleró el paso, trotando hacia las líneas enemigas. Tintineaban las armas y los herrajes. Desde la derecha y la izquierda, en diagonal, empezó a llegar fuego de ametralladoras, disperso y esporádico al principio, concentrado luego. Un momento después chirriaron granadas antes de estallar sobre sus cabezas en nubecillas de color azufre, y la metralla salpicó la tierra.

—¡Viva Villa! ¡Que viva Villa! —voceaban todos, audaces, dándose ánimos.

Pasaban las balas sonando igual que largos alambres sacudidos en el aire, se hundían en la neblina arremolinada por los caballos e impactaban en éstos y sus jinetes. Ziaaang, ziaaang, ziaaang, hacían, o resonaban al golpear con secos chasquidos. Algunas monturas hincaban la cabeza y caían coceando y otras corrían ya con las sillas vacías.

Inclinado sobre el pomo de la suya, abiertos los estribos, picando a espolonazos los ijares de Láguena, que corría con la cabeza tendida y la crin al viento, Martín no pensaba en nada. El fuego de las ametralladoras era horroroso, como si cientos de moscardones metálicos llenaran el aire con una nube espesa. Crispado en espera del balazo que lo desmontase, desnuda la mente de cuanto no fuese recorrer en el menor tiempo posible la distancia que lo separaba de las posiciones enemigas, el joven extrajo la carabina de la funda, se puso la rienda entre los dientes, empujó la palanca del arma y metió un cartucho en la recámara.

Se estremecía el suelo, retumbando bajo los cascos de los caballos. El suyo, enloquecido por el tiroteo, los golpes de espuela y la cabalgada, ya corría al galope antes de que la corneta hiciera sonar el toque de degüello.

 

 

 

La cuarta carga la habían dado con el sol muy arriba, pasado el mediodía, a través de un terreno cubierto de cadáveres de hombres y animales. Para entonces, del escuadrón quedaban sesenta y cuatro jinetes en condiciones de combatir. Y del millar que desde las nueve de la mañana había estado atacando al sur de la vía férrea y el camino real, sólo la tercera parte continuaba a caballo, extraviados los ojos, desgreñados, cubiertos de tierra, sudor y grasa. El resto eran muertos y heridos, desde el coronel Ochoa hasta Juanito, el joven corneta. Las últimas órdenes tuvo que darlas el mayor Garza a puras voces. Montaba un pinto que no era suyo, porque ya le habían matado dos.

—¡No se rajen, muchachos! —había gritado, caracoleando cuando los supervivientes se reagrupaban para atacar de nuevo—. ¡No hay peor castigo pa un valiente que morirse entre cobardes!

Y así, tras reponer munición —sólo treinta cartuchos por hombre— y disponerse para cabalgar otra vez a través de aquel llano infernal, los villistas habían cargado por cuarta vez al trote de sus animales exhaustos, incapaces ya de alcanzar el galope, hostigados siempre por las ametralladoras enemigas. Sin otro resultado que desangrarse frente a los canales de riego desde los que se les hacía un fuego terrible.

Ahora, al paso, apoyadas las manos en la silla, borracho de polvo y pólvora, tan sediento que habría matado por un sorbo de agua, Martín contemplaba aturdido los caballos cubiertos de espuma polvorienta y a los hombres de ojos hinchados, sucios, maltrechos, que a pie o encorvados sobre sus monturas, llevándolas algunos de la rienda, se retiraban como él del campo de batalla.

—Nos dieron con todo y en la madre —oyó decir a uno que hablaba solo mientras caminaba tambaleante, sin sombrero y con las cananas vacías, sujetándose un brazo oscilante, partido de un balazo.

En otros lugares aún continuaba el combate, advirtió Martín. Resonaban disparos y explosiones lejanas, ardían los campos incendiados más allá de los raíles del ferrocarril y su humo era una bruma amarillenta que, suspendida en el aire, velaba la luz vertical y difuminaba las cortas sombras.

De momento, el joven tenía suficiente. Por algún capricho del azar —sus crueles reglas no lo incluían en esa jornada—, estaba ileso: ni un rasguño pese a haber llegado en cuatro ocasiones hasta unos treinta metros de las posiciones enemigas. Entre la polvareda había visto las caras de los carrancistas, sus uniformes caquis, los fogonazos de los fusiles que le disparaban, antes de tirar de las riendas y volver grupas como los demás, impotente ante el muro de estampidos y plomazos. Y ahora, incapaz de pensar, cabeza baja y sombrero inclinado sobre los ojos, suelta la rienda, se retiraba despacio con el resto de los derrotados.

Casi con sobresalto, recordó a Genovevo Garza. Lo había visto por última vez durante la carga, pues cabalgaban cerca uno de otro, perdiéndolo en la polvareda final, cuando villistas y carrancistas se fusilaban casi a quemarropa en el borde mismo del canal de riego, entre rugir de disparos, relinchos de caballos y gritos de hombres que mataban y morían. Miró en torno buscándolo, y su corazón —lo que de él quedaba sensible en ese momento— se encogió de inquietud al no verlo. Incorporado en los estribos, observó con más atención entre los grupos que se congregaban bajo una línea de árboles que daba sombra a los heridos. Vio así al sargento Chingatumadre, que con ojos vidriosos, sentado ante las patas de su caballo, se apretaba un pañuelo ensangrentado en la mandíbula rota por un disparo. Se disponía a desmontar para socorrerlo cuando, al mirar atrás, vio a Garza.

Se acercaba el mayor entre los últimos que venían retirándose. Cojeaba herido el animal, húmedo de sangre el pelaje del hombro a la caña izquierdos. Sorprendía que su jinete siguiera montado en vez de ir a pie llevándolo de la rienda, y Martín lo advirtió con estupor. Cabalgaba Garza sin sombrero, extrañamente inclinado sobre la silla, gacha la cabeza. Traía sueltas las riendas y un pie fuera del estribo.

—¡Mi mayor! —gritó Martín, saliéndole con su caballo al encuentro.

Alzó un poco el rostro el mexicano al oírse llamar y volvió a bajarlo. Cuando Martín llegó hasta él vio que la sangre le chorreaba abundante por el mismo lado que al caballo, empapándole la ropa bajo la chaquetilla y las cananas vacías de balas para derramarse por la cadera y el muslo hasta la silla de montar, la mitaza de cuero y la espuela.

A Martín se le cortó el aliento.

—¿Es que le dieron, mi mayor?

Levantó de nuevo el rostro Garza para mirarlo con lenta extrañeza, cual si le costara reconocerlo. La piel del rostro surcado de arrugas y la cicatriz vertical, cubiertas de polvo, se veían tan grises como el pelo y el bigote apelmazados y sucios. Al fin, tras un largo silencio, el mexicano descubrió apenas los dientes en un intento de sonrisa mientras articulaba débilmente cuatro palabras:

—Ya me torcieron, compadre.

 

 

 

Genovevo Garza murió veintidós horas después en un tren hospital, en la estación de ferrocarril de Salamanca. Su agonía y muerte pasaron inadvertidas para casi todos. Se extinguió despacio entre centenares de heridos, y en ningún momento recobró la consciencia para pronunciar otras palabras que las dichas a Martín en el campo de batalla. Fue Maclovia Ángeles, que lo vio morir, quien se lo contó al joven cuando, tras una penosa retirada con los restos del escuadrón —quince kilómetros con la caballería carrancista pegada a la grupa—, llegó éste al campamento de retaguardia donde se reagrupaban los villistas derrotados en Celaya.

—Se murió sin reconocerme —dijo la soldadera—. Nomás miraba con ojos muy abiertos, requetefijo, como si intentara acordarse. Pero ni se movió tantito ni dijo nada… Le tuve agarrada una mano hasta que se le fue quedando fría.

Tras decir eso Maclovia estuvo un rato callada, contemplando la matazón amontonada en las zanjas. A unos cadáveres les habían tapado la cara con paliacates o cobijas y otros estaban como los dejaban, de cualquier manera, rígidos los miembros y ennegrecidos por el sol, cuajados de sangre el pelo y la ropa bajo enjambres de moscas. Con los zopilotes planeando muy arriba en el cielo, a la espera de una oportunidad.

Maclovia puso en manos de Martín el reloj de plata. Había restos de sangre seca en la cadena. Tenía el cristal roto y estaba parado en la hora de la última carga del día anterior.

—Como los meros hombres se murió —dijo con una voz tan seca como sus ojos.

A pesar de las órdenes de quemar con petróleo todos los cadáveres, Martín y la soldadera envolvieron el cuerpo del mayor con un poncho militar, y antes de que anocheciera lo cargaron en el lomo de Láguena para llevarlo a un cerro cercano, donde le dieron tierra después de cavar una tumba bajo un alto pino piñonero, bien apisonada para que no pudieran escarbarla los coyotes.

No dijeron nada al terminar, ni pusieron cruz, señal ni nombre alguno. Regresaron caminando juntos, en silencio, con el caballo de la brida, entre la luz bermeja y última del día.

 

 

 

Por Salamanca corrían rumores de que Pancho Villa no se daba por vencido, y de que cuando llegaran refuerzos la División del Norte atacaría Celaya de nuevo. También circuló la orden de que al día siguiente todos los hombres en condiciones de combatir se reagrupasen en sus antiguas unidades o se presentaran, quienes las habían perdido, para ser asignados a otras nuevas.

La noche había cerrado ya, y el campo villista se iluminó de fogatas; pero esta vez no hubo voces, ni guitarras, ni canciones. Nadie estaba de humor para entonar La Adelita: las verdaderas adelitas iban y venían llevando comida a sus hombres, cuando los encontraban, o dando consuelo a las que los habían perdido. Del tren hospital, que resoplaba en la vía como un monstruo nocturno, sonaban gritos de heridos a los que se amputaba.

Extendió Martín el sudadero de su caballo en el suelo, y a la luz de una hoguera estuvo limpiando su carabina y su pistola. Después se tumbó con la silla de montar a modo de almohada. La sombra de las nubes bajo la luna salpicaba el campamento de manchas negras que se movían despacio, con la brisa que traía olor a humo de mezquite, estiércol de caballerías, sudor, suciedad y ronquidos de los que dormían próximos. Martín no quería pensar en nada ni en nadie. Entre las nubes asomaban algunas estrellas, y estuvo un rato concentrado en identificarlas a partir de la Polar hasta que una sombra se interpuso. Era Maclovia, que traía unas tortillas con tamales fritos y café en una vieja lata de alubias.

—Pensé que tendrías hambre.

—Sí, gracias… ¿Tú no quieres una?

—Ya comí.

Se sentó a su lado mientras él daba cuenta de la cena. Comió con verdadera urgencia, sintiendo una necesidad súbita, salvaje, de llenar el estómago vacío. Luego se quedó mirando a la soldadera. Llevaba ésta el rebozo subido sobre la cabeza y seguía inmóvil en el contraluz de las fogatas. En su rostro sólo se veía relucir, negro azabache sobre negro de piedra mate, el reflejo mineral de los ojos.

—¿Qué harás ahora? —preguntó Martín.

Ella no respondió. La suya era una sombra silenciosa e inmóvil.

—Yo querría llorar —confesó él de pronto.

La soldadera tardó en responder.

—Él habría llorado por ti.

Entonces Martín se dejó ir. Permitió al fin que su congoja se liberase en forma de llanto, no sólo por Genovevo Garza, sino por todos a los que había visto morir, por sus propios sobresaltos e incertidumbres, por el miedo y el coraje que se habían alternado en su interior mientras peleaba por algo en lo que ni siquiera creía. O tal vez sí, pues para él la revolución era el sentido personal de un extraño deber: la lealtad hacia hombres y mujeres a los que admiraba, en cuyas palabras, silencios y actitudes había conocido cosas que no olvidaría nunca, útiles para observar el mundo, la existencia y el posible, o inevitable, final de todo.

Fue abandonarse a tales pensamientos lo que cubrió de lágrimas el rostro del joven. Las dejó correr libremente, deslizársele por las mejillas aún sucias del combate, caer hasta el bigote y el mentón sin afeitar y quedar suspendidas allí antes de perderse en las sombras. Y como si Maclovia lo hubiese visto, o adivinado en la penumbra, notó los dedos de la mujer tocar su cara y humedecerse con el llanto.

Apartó con brusquedad el rostro y se tendió de espaldas, avergonzado, cubriéndose otra vez con el sarape. Pero en vez de retirarse, la soldadera hizo algo inesperado. Se acurrucó junto a él y le introdujo una mano dentro del pantalón: una mano fría que se fue entibiando, muy quieta al principio, y luego empezó a moverse despacio, suavemente, hasta que la carne del joven se derramó en ella. Después, sin pronunciar una palabra, los dos permanecieron quietos, abrazados, hasta quedarse dormidos.

Cuando lo despertó la luz del sol, descubrió que la soldadera ya no estaba a su lado. La encontró más tarde, a media mañana, cargada con bultos y pistola al cinto, caminando detrás de un hombre con tres barritas de latón en el sombrero: un capitán de infantería a quien él no conocía.

Aquélla fue la última vez que Martín Garret vio a Maclovia Ángeles.

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