Revolución

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10. La carretera de Veracruz

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10. La carretera de Veracruz

 

 

 

 

 

Sonaron golpes en la puerta. Impacientes, rápidos. Los empleados del hotel no solían llamar de ese modo. Martín, que trabajaba en la mesa situada junto a la vidriera de la terraza, dejó la pluma estilográfica y alzó la cabeza, sorprendido. Los golpes se repitieron, así que se puso en pie. Estaba en mangas de camisa y sin afeitar. Al otro lado de los visillos entornados, el día se apagaba y las sombras crecientes limitaban la claridad al cielo todavía nacarado y amarillo.

Mientras se dirigía a la puerta, el joven advirtió el silencio. Eso era lo insólito. Durante toda la jornada habían sonado disparos y cañonazos en diversos lugares. Ahora, de pronto, reinaba una extraña calma que por su contraste distaba de ser tranquilizadora. Había ocurrido lo mismo en días anteriores: pausas engañosas, falsas esperanzas antes de que todo empezara de nuevo. Una ciudad en estado de sitio.

Diana Palmer estaba en la puerta: vestido gris de viaje, sombrerito negro, cabello recogido en la nuca. Tenía cercos oscuros de tensión y fatiga bajo los párpados. Sus facciones angulosas, duras, parecían más crispadas que de costumbre.

—Han detenido al presidente, y también a su hermano Gustavo. El general Huerta y el ejército se han pasado a los rebeldes.

Lo dijo mientras entraba en la habitación y Martín cerraba la puerta. Miró éste a la norteamericana, aturdido.

—¿Cómo es posible?

—No sé cómo, pero ha ocurrido. Tropas del 29.º batallón entraron en el palacio presidencial y han apresado a Madero y a varios ministros. En cuanto a Gustavo, el propio Huerta lo ha sacado de Gambrinus, donde estaban comiendo juntos, a punta de pistola… Se rumorea que lo han fusilado, o lo van a fusilar.

—¿Al presidente?

—Al hermano.

—Pero si el general Huerta era leal…

—Fingía serlo. Dicen que todo era una pantomima mientras preparaba el verdadero golpe. Que estaba de acuerdo desde el principio con los rebeldes de la Ciudadela, y que por eso no hizo nada serio por tomarla.

—¿Cómo sabe todo eso?

—No me haga preguntas idiotas. Incendiaron el único periódico verdaderamente fiel a Madero, La Nueva Era… Esto no tiene vuelta atrás.

—¿Y qué hace aquí?

—¿En su habitación?… He venido a prevenirlo. Por lo visto hay listas negras de gente a detener, y su nombre figura en ellas.

Cruzó la mujer el cuarto con desenvoltura, yendo hacia la ventana. Allí abrió la puerta vidriera y se asomó un poco a la terraza, contemplando la luz decreciente. Fuera seguía el silencio.

—No creo que corra peligro inmediato —dijo—. Va a caer mucha gente, me temo, antes de que se ocupen de usted. Pero tal como las gastan los militares, tarde o temprano llegará su turno.

Se había vuelto a mirar a Martín.

—También yo estoy en esas listas.

Cerró la vidriera y paseó la vista por la habitación, fijándose en cada detalle: los libros sobre la mesa, el baúl de viaje puesto en un rincón, la cama, los objetos sobre la mesilla de noche, su propia imagen en el espejo de la puerta del armario.

—Por lo que sé —añadió tras un momento—, Huerta no perdona mis últimos artículos, donde lo menciono con poca simpatía. Eso de rostro de indio cruel y poco fiable no le gustó nada… Y menos aún lo de sus mejores amigos se llaman Martell y Hennessy.

—Eso fue una imprudencia —apuntó Martín.

—No sea estúpido.

Se quedaron mirándose, callados. Al cabo ella encogió los hombros.

—Me voy de la ciudad. La estación de ferrocarril está bloqueada por los militares, pero tengo un automóvil con un chófer contratado para tres días. Y también un salvoconducto de mi embajada. Ese hijo de puta de Henry Lane Wilson no ha podido negármelo. Prefiere tenerme lejos, salvando su responsabilidad.

Movía Martín la cabeza, confuso.

—Sigo sin entender…

—Pues entienda esto: le doy quince minutos, si quiere acompañarme. El automóvil con mi equipaje espera junto a la Profesa.

—¿Acompañarla? ¿A dónde?

—Mi primera intención era dirigirme al norte, a la frontera; pero el paso más cercano es Piedras Negras, y hasta allí hay mil quinientos kilómetros. Así que probaré suerte en Veracruz.

—¿Un barco?

—Sí, cualquiera que me saque de México. Salgo para allá esta misma noche, antes de que todo ande de la chingada, como dicen aquí… ¿Viene conmigo?

Se sorprendió el joven.

—¿Por qué yo?

—También está en peligro. Además, me cae bien. Y una mujer acompañada viaja más segura que una sola.

Ahora fue él quien paseó la mirada por la habitación.

—Quince minutos, dice.

—Le quedan diez… Decida.

Hacía Martín rápidos cálculos. Pros y contras. Con una maleta, concluyó, podía bastar: alguna ropa, estuche de aseo, dinero. Quizás el revólver. El resto iba a dejárselo al diablo, pero tampoco era que le importase mucho.

—Espéreme en el coche. Voy con usted.

Todavía lo miró Diana un instante, pensativa. Muy seria. Después asintió y fue hacia la puerta.

—Aguarde —la retuvo—. Tengo que pedirle algo.

—No está el paisaje para caprichos.

—Antes de salir de la ciudad necesito que paremos en el paseo de la Reforma.

Hizo la norteamericana un ademán impaciente.

—Temo que no comprenda usted la situación. El tiempo apremia.

—Nos pilla de camino, y sólo será un momento. Debo despedirme de alguien.

—¿Es absolutamente necesario?

—Sí.

—Cinco minutos, entonces —asintió ella de nuevo—. Ni uno más… Si se demora, me iré sin usted.

 

 

 

Cuando el automóvil se detuvo junto al café Colón, Martín cruzó la avenida desierta y anduvo bajo las espesas ramas de los robles hasta la casa de estilo neocolonial de los Laredo. Había dos vigilantes armados en la verja. Un sirviente le franqueó la entrada y se vio sombrero en mano en el ancho zaguán de piedra oscura. Nadie lo invitó a sentarse ni a ir más allá. Había preguntado por Yunuen, pero fue la tía quien vino a su encuentro. Pese a que siempre le mostró simpatía, no parecía feliz de verlo allí.

—He venido a despedirme —dijo él.

Por las facciones de doña Eulalia pasaron sentimientos diversos: sorpresa, primero, y satisfacción, después. Un gesto cortés de circunstancias se impuso al fin.

—¿Viaja, entonces?

Desentonaba aquel repentino usted. Hacía mucho que la tía de Yunuen tuteaba a Martín como a otros jóvenes de confianza, amigos de la casa.

Sonrió él, amargo, al advertirlo.

—No tengo más remedio… Dejo la ciudad.

—¿Regresa al norte?

—Por ahora no sé a dónde voy.

Siguió un silencio corto y embarazoso. Doña Eulalia se tocaba las pulseras, incómoda, deseando terminar la conversación.

—Creo que hace bien en irse. Por lo que cuentan, los sucesos políticos…

—Quisiera ver a su sobrina. Será sólo un momento.

Se enfrió más la mirada de la mujer. Estudiaba el cierre de una pulsera de oro cual si desconfiase de su solidez.

—Mi hermano está fuera de casa.

—Preséntele mis respetos cuando vuelva, por favor. De quien deseo despedirme es de Yunuen.

—No creo que sea necesario —le dedicó una sonrisa forzada—. Regresará usted pronto, imagino.

—Eso no lo sé.

—Le diré a mi sobrina que ha estado aquí. La pobrecilla anda muy nerviosa estos días, con tanta barbaridad y tanto sobresalto… Es muy joven e impresionable.

Alzó Martín una mano.

—Doña Eulalia…

—Dígame.

—No sé cuándo volveré a esta ciudad, y ni siquiera a México. Después del incidente con Jacinto Córdova, su hermano pidió que me mantuviera lejos de Yunuen, y así lo hice. Pero ahora me voy de verdad, y no sé para cuánto tiempo. Tampoco sé qué será de mí. Por eso no puedo irme sin cambiar con ella unas palabras. El futuro…

A Eulalia Laredo se le endureció la voz.

—Yunuen no forma parte de su futuro, Martín. Ni usted del suyo.

Sonrió él, paciente, pues ya esperaba eso.

—Prefiero que me lo diga ella.

—No creo que mi sobrina…

Sonó una puerta al abrirse a medias. Miró el joven y vio a Yunuen en la puerta entornada, tras la que asomaba sin franquear el umbral. Llevaba un vestido oscuro y ligero que resaltaba la claridad de su mirada mineral. Martín dio un paso hacia ella y notó que doña Eulalia lo retenía por un brazo.

—Me marcho, Yunuen —dijo él con viveza—. Me voy lejos y no tengo más remedio.

La tía continuaba reteniéndolo. Permanecía la joven inmóvil, contemplando a Martín sin despegar los labios. El azul cuarzo en sus ojos parecía sereno. Inalterable. No encontró allí emoción visible alguna.

—Si regreso, quiero que sepas…

Cerró Yunuen la puerta despacio, sin dejar de mirarlo mientras las palabras morían en los labios de Martín. Y desapareció así de su vista.

La tía le soltó el brazo.

—Deberías comprender nuestra situación —dijo.

Volvía a tutearlo y su tono era menos frío ahora. Pero ya daba igual. Sentía el joven un extraño vacío en el estómago. Movió la cabeza, afirmativo, sin hacer ningún comentario. Después dio media vuelta y salió de la casa.

 

 

 

Ante los faros, la carretera se veía sinuosa e incierta. La luz zigzagueante iluminaba la pista de gravilla y tierra, las curvas, los árboles y las rocas desprendidas con las últimas lluvias. El automóvil, un Peerless 25 en buen estado, avanzaba rápido, entre treinta y cuarenta kilómetros a la hora. El polvo, perceptible en la penumbra y el contraluz, penetraba bajo la capota molestando a Martín y Diana Palmer, que iban en los asientos de atrás. El chófer mexicano, un tipo locuaz llamado Silverio, manejaba con habilidad volante, freno y acelerador.

—Duerman si pueden, no se inquieten —había dicho al emprender la marcha—. Soy de Tlaxcala y conozco el camino… Si no tenemos averías ni pinchazos, que no los permita Dios, mañana a la anochecida estaremos en Veracruz.

Habían salido entrada la noche, con asombrosa facilidad, dejando atrás dos puestos de control militar donde el salvoconducto de la norteamericana facilitó las cosas. Y ahora, el automóvil, con ochenta litros de gasolina de reserva en dos bidones trincados en la parte trasera junto a las maletas y la rueda de recambio, recorría los casi quinientos kilómetros de ruta que separaban México capital de Veracruz.

—Descansen, señores —insistía el chófer, voluntarioso—. Duerman lo que puedan, que yo me ocupo.

Seguir su consejo no era fácil. A la molestia del polvo se sumaban los bocinazos que Silverio hacía sonar en las curvas sin apenas visibilidad, que eran muchas, y las canciones mexicanas que tarareaba para mantenerse despierto:

 

Díjome una mariposa

que no fuera bandolero,

que no me casara chico

y viera el mundo primero.

 

Diana, soñolienta, había intentado acomodar la cabeza en el hombro de Martín, pero el traqueteo del automóvil la incomodaba. Probó el joven a quitarse la chaqueta y ponérsela de almohada, pero eso no mejoró las cosas.

—Déjelo —dijo ella al fin, irguiéndose.

Volvió Martín a ponerse la chaqueta, que agradeció porque, además del polvo, por la capota penetraba el frío nocturno.

—¿Por dónde andamos, Silverio? —preguntó Diana.

—Más cerca que lejos de Texmelucan, mi doña. A unos sesenta kilómetros de Puebla.

—Es peligrosa esta carretera.

—Ay, no nos quejemos, señora… Las hay peores.

A veces el automóvil pasaba junto a jacales aislados o pueblecitos que en la oscuridad parecían lugares fantasmales. No había presencia humana ni luz alguna, excepto la de los faros y la escasa luna que asomaba entre los desgarros de un cielo negro, con pocas estrellas.

Silverio seguía atento a la conducción. Con un oportuno frenazo esquivó un caballo parado en la carretera, aparecido de pronto entre las sombras. Los neumáticos levantaron gravilla que golpeó los guardabarros con repiqueteo de metralla.

—Híjole —dijo.

Pero no perdió el control del volante. Salvado el obstáculo aceleró otra vez, silbando unos compases de la canción de antes. Al cabo se dirigió a sus pasajeros.

—¿Sabían que por este camino fueron los españoles de Veracruz a Tenochtitlan?… Por aquí mero, oigan. Sin automóvil ni nada. A pie y a caballo, como ese que hemos estado a punto de quebrarnos, y nosotros con él.

 

Le dije a una mariposa

de las que hay en el Parián:

si no fueras cautelosa

jugaríamos un conquián

con tu baraja preciosa.

 

Canturreaba el chófer de nuevo, pendiente de la carretera, pero se interrumpió tras un momento.

—El señor es español, ¿no es cierto?

—Lo soy —respondió Martín.

—Ah, qué bueno. Porque yo, aquí donde me ve, soy malinchista. De Tlaxcala, como dije. De allí eran los indios que lucharon al lado de los españoles contra Moctezuma, que los tenía oprimidos… ¿Que no lo saben?

—Claro que sí —repuso el joven—. Los fieles aliados de Cortés.

—La mera verdad, sí señor. Fieles y requetefieles.

Reía el chófer, satisfecho. Y habló otra vez.

—Como tlaxcalteca, me gusta llevar a un español… Porque, con perdón de la señora por las palabras, entre ellos y nosotros, o sea, entre usted y yo, les dimos en la madre a todos esos cabrones.

 

 

 

Después de cinco horas de viaje, pasado el cruce de Puebla, Silverio detuvo el automóvil en una posada de carretera.

—Tengo sueño, mi doña, y eso no es bueno… También a ustedes les irá bien descansar un poquito.

Mientras el chófer rellenaba el depósito de gasolina y revisaba aceite y neumáticos para reemprender viaje al amanecer, Martín y Diana cenaron una sopa de tortilla y unos tamales fríos que les sirvió la soñolienta posadera. Sólo había una habitación para descansar: un cuartucho de paredes deslucidas, cuyo único mueble era una cama con un jergón de hojas de maíz y una manta maloliente y vieja.

—Podría ser peor —ironizó la norteamericana, resignada.

Dejaron las maletas en el suelo, retiraron la manta y se tumbaron vestidos uno junto al otro, a la luz escasa de una vela de sebo que ardía encajada en una botella. Pese al cansancio, a Martín el sueño le acudía con dificultad, pues eran muchos los acontecimientos y sensaciones que se atropellaban en su cabeza.

—¿No puede dormir?

—No.

A Diana, que a menudo respiraba fuerte, agitándose para cambiar de postura, parecía ocurrirle lo mismo. Acabaron conversando en voz baja, cerrados los ojos Martín, abiertos de vez en cuando para contemplar las vigas oscuras del techo, iluminadas apenas por el resplandor trémulo de la vela.

—¿Qué hará cuando lleguemos a Veracruz? —preguntó ella—. ¿Embarcará para España?

—No lo sé.

—Pues ya debería haberlo pensado, a estas alturas.

—No es fácil.

—Ya, claro… Supongo que no lo es.

—¿Y usted?

—Lo mío es sencillo. Me puse en contacto con el cónsul de Estados Unidos allí. Hay un barco que va a Nueva Orleans, con escala en Corpus Christi, Texas… Sale pasado mañana, y tengo reservado pasaje.

Se quedó callada. Seguían tumbados uno junto al otro, sin tocarse. Sólo en algún momento se habían llegado a rozar sus hombros al moverse.

—Quizá también debería tomar usted ese barco, que de Nueva Orleans sigue viaje a La Habana —prosiguió ella—. O cualquier otro que vaya a España… No sé por cuánto tiempo Veracruz será un lugar seguro.

—Tal vez ya no lo sea —apuntó Martín con calma.

—Puede que no, desde luego… En el puerto hay barcos de guerra para proteger a los súbditos estadounidenses. Pero no sé si eso incluye a otras nacionalidades.

—Aún me queda tiempo para decidir a dónde iré.

—¿Qué alternativa tiene?

No respondió Martín en seguida. Pensaba, intentando aclarar sus propias ideas.

—Siento curiosidad —repuso al fin.

—¿Curiosidad?

—Sí… No me gusta irme sin más, dejándolo todo atrás. Sin resolver.

Diana escuchaba con atención, admirada.

—¿Y qué es lo que puede resolver aquí?

Se mantuvo Martín en silencio, mirando las vigas del techo.

—Hace frío —murmuró ella.

—Sí, mucho.

—No quiero echarme por encima esa manta asquerosa… Podríamos acercarnos más el uno al otro, ¿no cree?

—Tiene razón.

Se acercó Diana, arrimando el cuerpo. Le pasó él un brazo por los hombros y ella apoyó la nuca, acomodándose contra su pecho a modo de almohada. Sus miembros eran largos y duros, pero también flexibles, firmes, de contacto agradable. Era una mujer, al fin y al cabo, pensó Martín. Nunca hasta entonces había pensado en ella de ese modo, o no demasiado; pero descubrió que le gustaba abrazarla. Sentía, complacido, su olor tan cercano, mezcla de suciedad del viaje, aroma de sudor y carne fatigada.

—¿Está mejor así?

—Oh, claro.

Estuvieron un rato inmóviles, escuchándose la respiración. Después habló ella.

—El otro día dijo algo que me dejó intrigada… Geometría, cuando el terremoto. ¿Recuerda?… Algo así como que todo era cuestión de geometría.

—Realmente no es difícil —repuso Martín con sencillez—. Una vez que te asomas al tablero, resulta fácil intuir las reglas.

—¿Intuir?

—Eso es.

—¿Reglas? ¿Tablero?… ¿De qué habla?

—Del jugador oculto. Ángulos, rectas y curvas.

Dijo eso con frialdad casi técnica y encogió los hombros.

—Hormigas —concluyó— bajo la bota de un azar desprovisto de sentimientos.

Diana estaba asombrada. Pareció estremecerse.

—¿Es lo que tiene en la cabeza mientras huye a Veracruz para que no lo maten?

Sonrió Martín. Era su deuda con México. Tal vez su deuda con la vida; con otro lado de la vida al que empezaba a asomarse —o más bien lo hacía desde tiempo atrás, cuando lo de Ciudad Juárez— de un modo nunca imaginado hasta entonces. Se podía ser feliz, decidió de pronto con íntimo desconcierto, incluso en el peligro y el caos. Incluso pasando frío en una posada de mala muerte, junto a una mujer apenas conocida y con un revólver en el bolsillo.

Ella lo había notado al abrazarse a él.

—¿Lleva el arma? —susurró, sorprendida.

Tampoco respondió a eso. La norteamericana lo observaba ahora con más atención. Su rostro estaba muy cerca del suyo y su respiración le rozaba el mentón sin afeitar. Sintió deseos de estrechar más aquel cuerpo huesudo, duro, también flexible y atractivo. Diana pareció darse cuenta, advirtiendo la repentina tensión de él.

—Deberíamos —dijo apartándose ligeramente— dormir un poco.

Cerró Martín los ojos. Creo que no volveré a España, pensaba sereno. Si consigo embarcar en Veracruz, de algún modo, aún no sé cuándo ni por dónde, regresaré a México.

 

 

 

Volvieron al automóvil apenas amaneció, viajando bajo un cielo cada vez más gris entre cerros, quebradas y bosquecillos polvorientos, y al remontar las alturas pudieron ver el Cofre de Perote y el volcán Citlaltépetl, que se elevaban azules y plomizos a lo lejos. Poco después del mediodía la carretera empezó a embarrarse bajo una llovizna intermitente. Y a setenta kilómetros de Veracruz, junto a una casita de peones camineros, encontraron un control militar.

Al detenerse comprobaron que no eran soldados, sino rurales. Estaban malhumorados por hallarse a la intemperie, con el agua reluciendo en sus capotes de hule. Y no fueron amables. Mientras un par de ellos encañonaban a los viajeros y al chófer con carabinas, un receloso sargento se acercó a la trasera del coche y pidió los documentos. Su aliento olía a alcohol. Le entregaron las cédulas personales y el salvoconducto de la embajada estadounidense, y el rural lo revisó todo detenidamente.

—Español —concluyó, mirando a Martín.

—Así es —repuso éste.

Había ocultado el revólver bajo el asiento y procuraba mostrarse tranquilo, aparentando normalidad.

—¿A qué va a Veracruz? —inquirió el sargento.

—Asuntos de trabajo.

—¿Y la señora?

—Estoy citada con el cónsul estadounidense —respondió ella—. Y, como ve, tenemos un salvoconducto en regla.

El rostro moreno y bigotudo, salpicado de gotitas de lluvia, se había vuelto suspicaz.

Señaló a Martín.

—El señor no tiene salvoconducto de ninguna embajada.

—No es necesario —dijo ella—. Hasta ahora, todo lo que…

—Bajen del coche.

—¿Perdón?

—Que se apeen, les digo.

Obedecieron. El chófer permanecía inmóvil, las manos sobre el volante y sin abrir la boca, procurando pasar inadvertido: el malinchista se transformaba en simple mexicano. Los rurales condujeron a Martín y a Diana hasta la casita y los hicieron entrar, quedándose ellos fuera. Dentro no había más que una mesa desvencijada, cuatro sillas, un catre, cajas de munición, dos botellas de pulque y un farol de queroseno. Olía a cerrado, colillas rancias de tabaco y ropa húmeda sucia.

—Siéntense.

Obedecieron de nuevo. El sargento se había quitado el capote, sacudiéndose el agua, antes de ocupar una silla al otro lado de la mesa. Revisó otra vez los documentos, abrió una libreta, sacó punta a un lápiz con una navaja y tomó algunas notas. Tras un momento dejó el lápiz y se recostó en la silla, mirándolos. Sobre todo a la mujer.

—Ustedes no van más allá de Rinconada. Deben reintegrarse a la ciudad de México.

Se estremeció Martín.

—¿Volver atrás?

—Así es. No puedo autorizarlos a seguir adelante. Con la señora —la miró brevemente— aún tengo mis dudas, porque tiene un documento de viaje… Pero lo de usted lo veo de color hormiga.

—Eso es un disparate.

El sargento lo observó torvo, de mala manera.

—Yo soy la autoridad, señor —había poca amabilidad en el señor—. Y si les digo que se regresen, pues se regresan y no hay plática que valga… ¿Me entiende?

Sopesó el joven los pros y los contras. Conocía a los mexicanos, y ése no era el camino. Decidió recular.

—Disculpe… Soy español, como ve. Un gachupín, como nos llaman aquí —sonrió un poco, pero el gesto se perdió en el vacío—. No conozco las costumbres.

—Las costumbres son que ustedes se vuelvan por donde han venido.

Intentó Martín pensar a toda prisa. Llevaba dinero que tal vez solucionase el problema, pero que también podía volverse en su contra. Todo dependía de la codicia de aquel individuo; de que se conformara con una cantidad razonable o, aprovechando la coyuntura, quisiera hacerse con todo. A fin de cuentas, poco iba a comprometerlo, en tiempos como aquéllos, decir luego que el automóvil no se había detenido en el control y lo habían parado a tiros. O cargarlo a la cuenta de un ataque de bandoleros. Ninguno de sus hombres lo iba a desmentir.

Miraba el sargento a Diana, y su hosquedad pareció relajarse un poco. Señaló una de las botellas.

—¿Un pulquecito, señora?

—No, muchas gracias.

—Ándele, que quita el frío… ¿De verdad que no?

—De verdad.

Sólo el dinero solucionaría aquello, concluyó Martín. No quedaba otra que arriesgarse. Intentó calcular la cantidad exacta, ni poco ni demasiado, que resolvería el problema. Lo que debía poner sobre la mesa con las precauciones adecuadas: una compleja combinación táctica de audacia y mano izquierda que dejara satisfechos el orgullo y la codicia del fulano.

Estaba a punto de hablar cuando Diana se volvió hacia él.

—Déjame a solas con el señor sargento.

Se sorprendió Martín. Era, además, la primera vez que ella lo tuteaba.

—¿Qué?

—Que salgas a tranquilizar al chófer. Dile que iremos en seguida.

Se mostraba muy seria y serena. Miró el joven al sargento, que escuchaba inmóvil, inexpresivo como una máscara indígena.

—No creo que… —empezó a decir Martín.

Lo interrumpió ella, hierática. Fría.

—Sal, por favor. Espérame con Silverio.

Se levantó Martín muy despacio, desconcertado. El sargento seguía mirándolo, y no apartó de él los ojos hasta que abrió la puerta y salió con los rurales, bajo la lluvia que arreciaba.

 

 

 

Los últimos kilómetros hasta la costa los hicieron por la carretera embarrada, deteniéndose de vez en cuando para que Silverio limpiase las salpicaduras de lodo y agua en el cristal del parabrisas. El chófer había enmudecido; ya no cantaba ni despegaba los labios. Sentados uno junto al otro, dando hombro con hombro cuando el automóvil traqueteaba sobre los charcos y baches, Martín y Diana se mantenían en silencio, mirando por las ventanillas el paisaje que las nubes bajas velaban de bruma gris. Ninguno había hecho comentarios sobre el incidente con los rurales desde que la norteamericana salió de la casita y subió al automóvil mientras el sargento ordenaba a sus hombres levantar la barrera.

Ella tenía las manos cruzadas sobre la falda y miraba afuera con obstinación. Sintió Martín la necesidad de alterar aquel silencio. Experimentaba un incómodo malestar: una especie de rencor vago, irracional.

—Tienes el vestido mal abotonado —dijo al fin, en voz baja.

Era cierto. Un botón de la parte superior no estaba en el ojal correspondiente. Tras un momento inmóvil como si no lo hubiese oído, sin dejar de mirar por la ventanilla, Diana se tocó el pecho, soltó el botón y volvió a ajustarlo.

—Tal vez habrías podido seguir sin mí —comentó el joven.

Tardó ella en responder. Lo hizo por fin, fría, sin inflexiones. Un tono opaco.

—Supongo que sí. Que habría podido.

—Creo que…

—No tiene ninguna importancia lo que tú creas.

Era aún de día cuando entraron en Veracruz. Seguía lloviendo y la ciudad tenía un aspecto desolado y triste.

 

 

 

Más que un hotel, el Paraíso era un oxímoron. Casi una pensión de mala muerte con pasillos estrechos y sucios, excusados colectivos y una absoluta falta de higiene. Pero aquello era mejor que nada. Los hoteles Diligencias, Imperial y México estaban llenos; no había otro lugar con habitaciones disponibles, pues la ciudad estaba repleta de refugiados y encontrar alojamiento resultaba casi imposible. Considerándose afortunados, Martín y Diana habían conseguido una habitación con balcón al exterior, situada ante el puerto: un cuarto pequeño amueblado con una jofaina, una cómoda desvencijada y una sola cama con un mosquitero lleno de agujeros. El recepcionista del hotel, un tipo sucio y sin afeitar que se rascaba legañas tras una mesa cubierta de moscas aplastadas, se había mostrado indiferente al inscribirlos en el registro como señor y señora Garret.

—Puedo arreglármelas con un colchón en el suelo —dijo Martín al llegar arriba.

—No seas tonto… La cama es grande y cabemos los dos.

Se asomaron al balcón, sin deshacer todavía el equipaje, y durante un rato contemplaron callados la bahía como si eso atenuase, o aplazara, la intimidad de la situación. La luz decreciente oscurecía las nubes y el mar color de plomo, dando contornos fantasmales al antiguo fuerte español de la bocana y a las siluetas de los barcos fondeados cerca, cuyas luces brillaban amortiguadas entre veladuras de llovizna gris.

Fue la norteamericana quien rompió al fin el silencio.

—Es tarde para ir al consulado… Busquemos algo que cenar. Estoy hambrienta.

—¿No hay toque de queda?

—Aquí, no —tras recogerse el cabello con horquillas, Diana había sacado un chal de la maleta y se lo colocaba sobre la cabeza y los hombros—. Veracruz es un puerto internacional… Vamos.

Encontraron una fonda cerca del palacio municipal. Cenaron jaiba rellena y guiso de pescado y pudieron acompañarlo con una botella de vino. Apenas conversaron mientras comían, ni tampoco cuando caminaron después bajo los soportales de la calle Lerdo, resguardándose del chispeo de agua que barnizaba el empedrado reflejando las escasas luces eléctricas. Iban el uno junto al otro, absorto cada cual en sus pensamientos: dos silencios prolongados y casi incómodos. De pronto, Diana suspiró y se detuvo.

—Necesito algo más fuerte que ese vino que hemos bebido.

Miraba hacia un local de buen aspecto, incluso elegante, situado al otro lado de la calle. Petit Paris, anunciaba el rótulo en el dintel. Dos grandes faroles dorados iluminaban la entrada.

—En las cantinas no permiten entrar a mujeres —objetó Martín.

—En ésa sí, la conozco. Ya estuve antes… Vamos.

Entró decidida, precediendo al joven, y pareció que accediesen a otro mundo: gente animada, rumor de conversaciones en varios idiomas, humo de cigarros, música de pianola. En una mesa cercana había oficiales de marina norteamericanos de uniforme. El local no era una simple cantina, sino café y despacho de bebidas moderno, más francés que mexicano: espejos art déco y pinturas de paisajes europeos en las paredes, un bonito mostrador de zinc, mesas de mármol, sillas de rejilla y camareros con largos delantales blancos. Los globos de luz eléctrica creaban un ambiente cálido, acogedor.

—Olvidemos México por un rato —dijo Diana, complacida.

Ocuparon una mesa. Hacía calor. Desenvuelta, ella pidió dos mitjulip y sonrió ante el desconcierto de Martín.

—¿No los conoces?

—No —confesó éste.

—Pues son especialidad de la casa… Si no te convence, también me tomaré el tuyo.

Llegaron las bebidas. Estudió Martín el contenido de su copa, que parecía medio líquido y medio sólido, ocupado por unas hierbas semejantes al perejil. Su aspecto le recordaba el té moruno. Preguntó si aquello se bebía, se comía o se chupaba, suscitando la risa de Diana.

—Es menta, vino de Jerez y azúcar quemado. Pruébalo.

Obedeció Martín. El cocktail, o lo que fuera, estaba muy bueno. Pidieron otros dos al camarero y se miraron sonrientes, satisfechos. Las últimas veinticuatro horas, la carretera de la capital federal a Veracruz, los inciertos días anteriores, parecían ahora lejanos. En la pianola sonaba J’ai tant pleuré.

—¿Ya decidiste qué hacer? —quiso saber ella—. Me refiero a mañana.

—Todavía lo estoy pensando.

Bebió Diana un sorbo y puso la copa en la mesa. Miró en torno y bajó la voz.

—Huerta es un animal. Estoy convencida de que estos días de sangre sólo son un aperitivo.

Se quedó inmóvil, mirando su bolso con desagrado.

—Esta noche me apetece muchísimo un cigarro —sacó del bolso la boquilla—. Y tú no fumas, claro.

Miró Martín alrededor.

—¿Crees que es correcto hacerlo aquí?

—¿Porque soy mujer?… Ay, por Dios. Además, estamos en Veracruz.

Hizo él ademán de llamar a un camarero; pero Diana se puso en pie, decidida, y sin vacilar se dirigió a la mesa de los marinos norteamericanos. Martín no pudo oír lo que decían, pero vio que ella conversaba desenvuelta y reían ellos, amables, invitándola a unírseles. Negó con la cabeza y señaló a Martín mientras decía algo que los hizo reír de nuevo. Uno le ofreció un cigarrillo oscuro y estrecho, y Diana lo colocó en la boquilla y se inclinó a encenderlo mientras otro de los oficiales le daba fuego.

—Simpáticos muchachos —dijo ella al regresar y sentarse—. Son del crucero Tacoma, que está fondeado en la rada.

Miraba a Martín con una mezcla de curiosidad y recelo. Al fin movió los hombros en ademán ambiguo.

—No suelo dar consejos, ¿sabes?… No es mi trabajo. Sólo soy una viajera que mira y luego cuenta lo que ve.

Asintió el joven.

—¿Pero?

—Hay que saber cuándo abandonar algo —repuso Diana—. Me refiero a personas o lugares.

Apartó la boquilla mientras se llevaba la copa a los labios.

—Eres joven —bebió otro sorbo—. Tienes un futuro.

—No estoy seguro. Al menos, de esa palabra.

—No comprendo… ¿Qué te ata a México? —lo estudiaba con atención—. ¿A esta tierra criminal y disparatada?

—Aquí he descubierto cosas.

—¿Sobre qué?

—Sobre la gente y sobre mí mismo.

—Válgame Dios.

—Hay muchas maneras de hacerse adulto. Quizá yo no lo era.

—También hay muchas maneras de hacerse infantil. Es una especialidad masculina, me parece.

Se detuvo un momento, chupó la boquilla y dejó salir el humo mientras torcía la boca en una mueca burlona y severa.

—México no es un juego, Martín. Aquí se muere.

Habían terminado la bebida. Pidieron otras dos copas y permanecieron callados escuchando la música. Sonaba ahora Le temps des cerises.

—¿Hablas francés? —preguntó ella.

—Muy poco.

La oyó canturrear en voz baja, casi pensativa, meciendo el cuerpo al compás de la música:

 

Mais il est bien court

le temps des cerises…

 

Calló al llegar el camarero bandeja en alto; y, con las dos copas en la mesa, habló de nuevo.

—Los hombres sois seres extraños. Vuestra capacidad de jugar resulta asombrosa… Es como si durante toda la vida, aunque envejezcáis, nunca acabaseis de renunciar a ella.

Parecía reflexionar sobre sus propias palabras, o tal vez sólo seguía atenta a la música. Después probó la bebida e hizo un ademán satisfecho.

—Está muy bueno. ¿De verdad te gusta?

Bebió Martín. Era el tercer mitjulip, y se sentía bien. Una suave euforia lúcida.

—Brutalmente infantiles, sí —insistió Diana de pronto—. Es la definición correcta.

—¿Es así como nos ves?

—Tengo mis motivos… Sois torpes, inmaduros y crueles. Con vuestros absurdos códigos de grupo y vuestras perversas lealtades.

—¿No ocurre lo mismo con las mujeres?

—En absoluto —rió seca, fría—. Nosotras estamos apegadas a lo real. Somos más prácticas. ¿No has visto nunca a dos niños pequeños, niño y niña?… Él suele ser un trocito estúpido de carne que se divierte con cualquier cosa. Ella es unos ojos que miran, que calculan. Antes de tener uso de razón, ya sabe que entra en un territorio hostil. Por eso lo hace cauta, evaluándolo todo. Con una lucidez instintiva de la que su hermanito varón carece.

Lo miraba apoyando un codo en la mesa, la boquilla con el cigarro humeando en alto, entre dos dedos. Parecía acechar en Martín los efectos de cuanto decía.

—Los hombres sois peligrosos por vuestra brutalidad —añadió, despectiva—. Las mujeres lo somos por nuestros silencios… ¿Comprendes lo que digo?

Vaciló el joven.

—Creo que sí.

—No te limites a creer, ten la certeza… Siglos de sumisión afilan cierta clase de armas.

Miró Diana alrededor. La gente que ocupaba las mesas contiguas. El camarero que cambiaba los cilindros de la pianola.

—No vas a marcharte, entonces —concluyó.

—Oh, sí, no te preocupes. No soy tan estúpido. Si puedo, subiré mañana a ese barco que va a Nueva Orleans, o a cualquier otro.

—Pero volverás.

—No lo sé. Quizá vaya a la frontera: El Paso. Dicen que la gente de Villa se anda reuniendo por allí, y que a Huerta se la tienen jurada.

—Te has vuelto loco. ¿Qué tienes que ver con eso?… Además, Villa odia a los españoles.

—A mí no me odia.

Asintió ella cual si hubiese esperado una respuesta semejante. La bebida y el tabaco parecían animar el brillo de sus ojos color canela. Suavizaban la dureza de sus rasgos.

—Hace tiempo me dijiste que tu padre era minero.

—Lo fue —asintió Martín—. Bajó a la mina con doce años.

—¿Vive todavía?

—Murió no hace mucho. Silicosis. Una enfermedad profesional, de los pulmones. También mi abuelo padeció de eso.

—Supongo que te costó mucho llegar a donde has llegado.

—No fue fácil.

—¿Y vas a tirarlo todo por la borda?… ¿A cambio de qué?

No respondió a eso porque realmente ignoraba la respuesta. Miraba silencioso la copa, apoyado en la mesa. Diana había terminado de fumar. Limpió la boquilla, la guardó en el bolso y puso una mano cerca de las suyas: firme, huesuda, de dedos largos, sin anillos. Uñas cortas y romas.

—No me digas que también eso es geometría —dijo.

—Podría serlo —Martín sonrió a medias, distante—. En cualquier caso, no me gusta que me echen de los sitios.

La norteamericana retiró la mano con brusquedad.

—Dios mío, es cierto… Eres un chiquillo. Sólo quieres seguir jugando.

 

 

 

Regresaron callados al hotel, escuchando el ruido de sus pasos bajo los viejos soportales. Había dejado de lloviznar y por un desgarro del cielo negro asomaba el resplandor de la luna con unas pocas estrellas. Al final de la calle llegó hasta ellos la brisa marina, que traía a la ciudad los olores peculiares del puerto y la bahía. Martín se sentía soñoliento, sereno, sin inquietud sobre lo que le reservaba el futuro. Era la suya una agradable fatiga. Una extraña paz con la noche, con el mundo y tal vez consigo mismo. Quizás el alcohol ingerido ayudaba a ello.

—Mais il est bien court le temps des cerises —dijo Diana en algún momento.

Fueron las únicas palabras pronunciadas cuando caminaban rozándose a veces los hombros, absortos en sí mismos. Y de ese modo, en silencio, llegaron al hotel, cogieron la llave que les entregó el vigilante nocturno y subieron despacio deslizando las manos por la barandilla, ella delante de él, hasta la habitación del último piso. Allí, tras asearse un poco en la jofaina, Martín redujo al mínimo la llama del quinqué de petróleo, apenas una línea rojiza dentro del tubo de vidrio, y en la penumbra del cuarto se volvió de espaldas para quitarse la camisa y los zapatos mientras, al otro lado de la cama, Diana se despojaba de lo superfluo para dormir.

—Buenas noches.

Ella tardó un poco en responder. Lo hizo al fin en voz baja y seca.

—Sí, claro… Buenas noches.

Apagó Martín del todo la luz y corrieron el inútil mosquitero para tumbarse en el colchón de lana, haciendo rechinar el somier mientras procuraban mantenerse lo más lejos posible uno del otro. Se cubrieron con la misma colcha.

—Si ronco, dame un codazo —dijo el joven.

—No digas tonterías.

—Pues yo pienso dártelo a ti.

Rieron los dos un instante y se quedaron callados, muy quietos. Durante un largo rato, sin moverse y con los ojos abiertos en la oscuridad, Martín estuvo escuchando la respiración suave y acompasada de su compañera. Demasiado regular o forzada, pensó, comprendiendo que tampoco la norteamericana dormía.

—Es corto el tiempo de las cerezas —murmuró él.

Tardó Diana en hablar. Tanto, que Martín llegó a pensar que estaba dormida de veras.

—Creía que no entendías el francés.

—Hasta ahí sí llego.

Callaron de nuevo. Otra vez siseaba el sonido tranquilo, demasiado regular, de la respiración de ella. Aunque no llegaban a tocarse, Martín sentía su proximidad, incluso el calor del cuerpo inmóvil de la mujer. Pensó en sus piernas delgadas, sus manos largas y firmes, el rostro anguloso, la fría calma de los iris color canela, y sintió una punzada de deseo masculino fuerte, seco y duro. El recuerdo del control de rurales en la carretera de Veracruz lo asaltó de pronto, sórdido; pero en vez de atenuar la sensación no hizo sino acentuarla. Había algo extrañamente físico, algo turbio y equívoco en todo aquello. En el recuerdo y en el presente.

Es corto el tiempo de las cerezas, pensó de nuevo. Después movió un brazo a un lado, bajo la colcha, hasta tocar la ropa interior femenina y, debajo, la carne tibia de la mujer, que permanecía quieta boca arriba. Apoyó con cauta suavidad la mano en su cadera, cerca del vientre, sin encontrar oposición ni tampoco provocar reacción alguna, y mantuvo la mano allí. Ni uno ni otro se movían, silenciosos y cómplices, esperando que todo ocurriese como era inevitable que ocurriera.

Al cabo de un rato, Martín despegó los labios.

—Creo que…

—Sí —dijo ella.

Abrió los brazos con naturalidad y él se acercó más, penetrando allí donde reinaba el olvido y no existían ni la tragedia, ni la noche, ni la muerte.

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