Reseña ampliada

Reseña ampliada

Elena de Troya sin H
"Patria". Libro de Fernando Aramburu.

Fernando Aramburu aborda un tema crucial para la historia de España y, especialmente para la del pueblo vasco, en su libro titulado Patria: un término muy general y ambiguo que puede adoptar distintos significados y matices en función de a quien se le pregunte qué entiende por "patria".

En su novela, Aramburu relata la historia de dos mujeres y sus respectivas familias, ahora enfrentadas entre sí. Se vale de ellas para ilustrar desde la ficción, la realidad de lo que pudo suceder en el núcleo familiar de muchos vascos (y no vascos), cuyas vidas se vieron, en algunos casos, alteradas; y, en otros, rotas, a consecuencia de los odios y rencores de unos pocos, que muchos ayudaron a revestir de falso patriotismo.

Bittori y Miren son vecinas, amigas, esposas y madres que nunca han abandonado el pueblo vasco donde han nacido, donde han conocido a sus respectivos maridos, donde se han casado, dado a luz y educado a sus hijos. Sin embargo, el terrorismo de ETA irrumpe en la vida de ambas sesgando la relación de cercanía que hasta el momento las había mantenido tan sumamente unidas.

El Txato, sobrenombre con el que se conoce en el pueblo al marido de Bittori, es un hombre de negocios cuya empresa de camiones le ha permitido mantener una economía bastante estable; opulenta, a ojos de otros. Un buen día recibe cartas de ETA, que le reclama el pago de ciertas cuantías. La organización terrorista empieza a exigir a muchos empresarios vascos grandes sumas de dinero con las que financiarse económicamente. El Txato accede a realizar el pago mencionado en la primera carta pero ninguno más, porque teme que dicho dinero sea utilizado para sufragar atentados. En consecuencia, las cartas pasan a ser amenazas: primero, recibidas por correo; luego, en forma de pintadas en la pared de su propia casa, a la vista del viandante. Los rumores no tardan en llegar: el Txato es acusado de "chivato" y la diana con su nombre, que aparece pintada en aquella pared de enfrente, no augura nada bueno.

A partir de este momento, todos los que conocen al Txato se distancian de él y de su familia, por miedo, por temor (¿cobardía?), por preocupación (¿precaución?)... Entre ellos destaca Joxian, marido de Miren y amigo del Txato, con quien tantas tardes ha compartido partidas de cartas en la taberna y domingos de ruta ciclista.

Joxian se va alejando de él progresivamente, hasta que el único saludo que le confiere es un sutil levantamiento de cejas cuando se lo encuentra en la calle. Le sigue considerando su amigo, pero no quiere correr ciertos riesgos. Influenciado también por sus circunstancias familiares y su mujer, Joxian se distancia del Txato, del mismo modo en que su mujer lo hace con Bittori.

El día fatídico no se hace esperar. El Txato muere asesinado en la propia acera de su casa, en el tramo de apenas cuarenta y cinco pasos que separan su hogar del garaje donde aparca el coche. El día en que fallece está lloviendo y desde entonces, lloverá muchísimo antes de que ETA anuncie en un comunicado oficial que deja definitivamente lo que ellos llaman "la lucha armada" (por los siglos de los siglos. Amén). Tal noticia es la que le hace falta a Bittori.

Bittori acude cada mañana a la tumba de su marido. Han pasado años desde su muerte, pero es imposible que olvide al Txato. El mismo día en que su marido murió, Bittori supo que ella se había ido con él. Cada día va al cementerio, se sienta en la losa (cuando el tiempo lo permite, si no, basta con estar de pie) y ahí mantiene una conversación con su marido, poniendo como único testigo por delante a la lápida, que presencia, sin quererlo, el cariño con el que Bittori habla al Txato y también, la pena que deja entrever en sus reproches por no haberla hecho caso, por no haberse querido trasladar del pueblo cuando aún estaban a tiempo, por no haber querido crear una sucursal en otra parte. Ella le habría seguido sin dudarlo, pero el Txato tenía ya su estabilidad en la que pretendía ser la nacionalista Euskal Herria.

Costó levar anclas y todo lo más que se alcanzó fue que Bittori y el Txato se marcharan a hacer vida a San Sebastián. La casa del pueblo la conservaron y la empresa de camiones, también. El coche aparcado en el garaje el día de su muerte, también lo conservaron. Lo que no lograron conservar fue la vida del Txato.

Por eso, el día en que ETA anuncia el abandono de la lucha armada, Bittori sube al cementerio y le comunica a su marido la decisión de volver al pueblo. Se acabaron los atentados, pero el dolor de Bittori sigue siendo el mismo y sus ansias de confirmar (o refutar) sus temores acerca de quien pudo haber asesinado al Txato ya no encuentran barrera. Con el cese de la lucha armada, ahora sí, Bittori puede regresar a su pueblo, para abrir la puerta al pasado, aprovechando que ETA ha echado el cerrojo a las armas. Lo que encuentre en el pueblo tras tantos años ya es harina de otro costal, que ella está dispuesta a amasar, si es necesario.

Miren es consciente de que Bittori ha vuelto a la que era su casa en el pueblo. Ahora ya no se refiere a ella como Bittori, sino como esa. "Ellos" y "esos" son los pronombres con los que las familias empezaron a referirse la una a la otra antes de que asesinaran al Txato, cuando la brecha entre unos y otros estaba ya abierta.

Miren encuentra en el regreso de Bittori una provocación. Resurge en ella con más fuerza que nunca la ira, la rabia, el odio, el rencor y el rechazo ante la mujer que fue un día su amiga y de la que se distanció rápidamente: en cuanto empezaron las amenazas al Txato.

El carácter nada fácil de Miren contrasta fuertemente con la ingenuidad y pasividad de Joxian, quien aún hoy, tras su muerte, sigue considerando al Txato como el amigo al que cobardemente abandonó cuando más le necesitaba. Sin embargo, Joxian, eclipsado por el carácter fuerte de su mujer se mantiene alejado de Bittori, centrándose en su huerta y destinando todo su cariño a los vegetales y a su querida Arantxa. A diferencia de Miren, sus hortalizas e hija no rechazan sus muestras de afecto.

Arantxa conoce a Nerea y a Xabier, los hijos de Bittori. Son vecinos, sus madres fueron amigas y sus padres, también. Arantxa recuerda lo bien que el Txato se portaba con ella y sus hermanos. Le compró una pulsera igual que la de Nerea en una ocasión, enseñó a montar en bici a Gorka (el hermano pequeño de Arantxa) y le pagó un helado a Joxe Mari (el hermano mayor). Sin embargo, los años pasan y la situación ha cambiado. No sólo ha muerto el Txato, es que ella ha sufrido un ictus. Su marido no ha tardado en dejarla, aunque la relación ya venía mal de lejos. Con dos niños ya adolescentes, el marido con otra mujer y ella en una silla de ruedas, Arantxa celebra la vuelta de Bittori al pueblo, porque sí, porque ella es la única de la familia de Miren (y esto Bittori lo sabe) que permaneció ahí pese a las amenazas al Txato. Y cuando hubo de saludarlos en la calle, lo hizo. Y cuando hubo de reconocer que su hermano está en la cárcel, cumpliendo condena por ser terrorista y militante de ETA, lo reconoció.

Su hermano, Gorka, también condena la violencia con la que Joxe Mari (el mayor) participó en ciertas intervenciones de ETA. Joxian también se ha distanciado de su hijo encarcelado.

Miren (madre de Joxe Mari) es la única que no sólo acude a prisión periódicamente para ver a su hijo, sino que también simpatiza con la causa nacionalista vasca.

Cuando el Txato estaba vivo, era el momento de una Euskadi independiente. Los jóvenes querían la libertad del pueblo vasco bajo lo que ellos denominaban (y aún denominan) Euskal Herria: las tres provincias vascas por excelencia, más Navarra, más territorios fronterizos del sur de Francia.

Antes, y ahora también, Joxe Mari es uno de los que aboga por crear una Euskadi nacionalista. Él es uno de esos abertzales que se definen a sí mismos como patriotas independentistas. Si se habla, se habla en euskera. Si se lee, se lee el periódico Egin y no el españolista El Diario Vasco. Si se busca algo representativo de Euskal Herria, se busca el martillo y la serpiente, como símbolos de fuerza e inteligencia. Si hay un enemigo, ése es aquel que no habla euskera y que dificulta la libertad de Euskal Herria. Si se planta cara a la Ertzaintza, se planta cara, porque los abertzales, a quienes se deben, es a los de Herri Batasuna. Ah, y si se escribe una carta y uno quiere despedirse, lo hace con "muxus" donde otro pondría "besos".

Estas son las bases que conforman la ideología de Joxe Mari y de muchos otros jóvenes: chavales de pendiente en la oreja y complexión diversa que a gritos de "Gora ETA" salen a la calle con grandes pancartas que, de haberse quedado en pancartas, y no en variantes como las bombas, habrían ahorrado bastante dolor.

Joxe Mari fue de los que estuvieron en Francia, de los que dejaron atrás a su familia, de quienes llamaban maquetos a quienes eran nacidos en Euskal Herria pero no hablaban euskera. Compartía ideas con aquellos que atentaron contra la vida del Txato y esto es lo que le interesa saber a Bittori: si fue él quién mató a su marido, porque quien lo hizo, sabía cada movimiento del Txato. Buscando la respuesta a esta pregunta, Bittori vuelve para saber la identidad del asesino de su marido, aunque Joxe Mari esté a kilómetros de distancia, encerrado en prisión, con la única compañía de la verdad que sólo él conoce.

Más cerca que Joxe Mari está Xabier, que es médico. La relación con su hermana, bueno, está distanciada. Digamos que cada uno vive y exterioriza a su manera el dolor de la muerte de su padre. Mientras que Xabier se ha volcado en su madre desde el mismo momento de la muerte del Txato, haciendo frente al pesimismo que caracteriza a la Bittori actual, Nerea se mantiene igual de inaccesible que siempre. De hecho, cuando sucedió el funeral de su padre, no asistió al entierro. Lamentó su muerte, pero huyó del dolor que ello le suponía refugiándose en sus estudios de derecho, sacándose la carrera así y asá, fiesta para arriba, fiesta para abajo, en Zaragoza, bien alejada del pueblo. Ella al principio no quería estar en Zaragoza, ya tenía su grupo de amigas (incluida Arantxa) en el pueblo, pero en las cartas de su padre había amenazas dirigidas a ella y, con tal de protegerla, el Txato decidió que lo mejor era que prosiguiera con su carrera en la universidad de Zaragoza.

En su estado civil también difieren. Xabier está soltero. La botella de coñac es la compañía de sus tardes en el hospital. Es su billete al pasado, a la muerte de su padre, al sufrimiento de su madre y a la distancia que ha tomado con esa hermana suya que tantas veces se ha separado de Guillermo, el hombre con el que mantiene una relación abierta. Eso sí, más abierta para él que para ella.

Gorka, el "alter ego" de Xabier en la familia de Miren, recuerda al mirar al pasado a su hermano Joxe Mari, proclamando la independencia de Euskal Herria. Día tras día procuraba escapar de la voluntad de Joxe Mari, quien intentaba por todos los medios que su hermano pequeño se uniera a la causa. Gorka (claro) se tenía que dejar ver en aquella taberna en la que los independentistas se reunían para establecer estrategias (y también para dar buena cuenta de sendos tragos). En cuanto podía, se refugiaba en su casa, en su habitación, leyendo novelas en castellano, novelas en euskera, novelas y novelas que le ayudaran, si no a llegar a la universidad (no había dinero en casa para ello), al menos, a instruirse. Llegó a hablar un euskera tan correcto, que le valió incluso la admiración de su hermano y del resto de abertzales, porque si Gorka había de tener algún punto común con Joxe Mari y los colegas de Joxe Mari, éste era que cada uno intentaba preservar la cultura vasca, claro que de muy diferente manera, una diferencia abismal y clave: la diferencia entre poner una bomba en la calle o escribir una novela en lengua vasca.

Así pues, Arantxa es la única que sirve como enlace de unión entre todos y, especialmente, entre las dos mujeres: entre Miren y Bittori. De hecho, es ella quien retoma el contacto con Bittori. Celeste (su cuidadora) la ayuda en ello. Ambas mujeres se ven: Bittori, sentada en el banco; Arantxa, en su silla de ruedas. Y de ahí, a pasear por la plaza. Y que si alguien las ve dando una vuelta alrededor de la iglesia del cura independentista, que las vea. Ellas no tienen nada que esconder.

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¡Spoilers!

Miren se entera. Poca gracia le hace que su hija, Arantxa, se vea con la mujer del Txato, aunque esté ya muerto. Aun así, poco orgullo hay que perder: el mismo Joxe Mari ha tomado la decisión de dejar ETA, quiere ver otra vez la luz del sol del otro lado de la celda.

Tal ha sido su acuciante necesidad de dejar atrás su situación actual como preso, que ha pedido perdón a Bittori, cediendo así ante la presencia intercesora de Arantxa.

Por escrito, Joxe Mari ha asegurado ya a Bittori que él no mató al Txato. Para sí mismo se ha guardado el hecho de que en una ocasión se lo propusieron. No pudo hacerlo. Aquella tarde de lluvia en la que ambos se encontraron frente a frente, cuando iba a hacerlo, al tener delante al Txato y sus orejas de soplillo, él (Joxe Mari) con la pistola escondida, y el Txato con nada que no fuera él mismo, le faltó valor (menos mal) para quitarle la vida a quien le había comprado un polo de helado de niño.

Tras esta revelación, Bittori puede descansar: sigue viva todavía y puede caminar por su propio pie, aunque ya tiene una edad y le falta fuelle. Tiene cáncer. Sus hijos lo saben.

Bittori se niega a la quimio, a cualquier tratamiento. Decide pues dar unas últimas órdenes a Nerea (su hija): que la entierren encima de su marido, que en la tumba hay hueco para ella.

El libro se cierra con la que es mi escena favorita: un reencuentro entre una Miren y una Bittori que parecen haber hallado cada una su paz, a su manera.

Hasta aquí el rencor de unos y otros y con él, la reseña.

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[...] decía Cervantes: saber sentir es saber decir. Palabras de Luis Landero en su libro El huerto de Emerson.

Yo espero haber sabido decir lo que el libro me ha hecho sentir. Muchas gracias, como siempre, por haber leído esta reseña troyana. ¡Nos vemos en la próxima!

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