Reseña ampliada

Reseña ampliada

Elena de Troya sin H
"Los ingratos". Libro de Pedro Simón.

Los ingratos es una novela escrita por el periodista español Pedro Simón. En ella el autor nos sitúa en la España de los años 70 de la mano de una familia de ocho miembros, compuesta por un matrimonio, tres hijos, un perro y dos canarios.

A través de cada uno de sus integrantes y especialmente mediante la mirada infantil e inocente de David, Simón nos sitúa en esta España pasada que ha determinado nuestro presente. Un país, el Nuestro, en el que las mudanzas se realizan en el Simca 1200 familiar; las motos son de la marca Torrot; los niños juegan en las eras y exploran pozos sin brocales; el documental de las tardes es El hombre y la Tierra; el de las noches lo preside la calabaza Ruperta; las muñecas recortables y los Madelman con traje de buzo son los juguetes de acción; los "mosqueteros" luchan con palos; se coleccionan vitolas de puros estampadas con animales y se fuman Ducados y Rex; la televisión evoluciona hacia el color; si escuchas música, lo haces a partir de cintas de cassette TDK o vinilos de cara A y B; ya puedes votar democráticamente; y si tu bebé no cesa de llorar o no se acoge al chupete, siempre puedes humedecérselo en Kina San Clemente (pero un poco, no mucho, porque la Kina no deja de ser vino).

Con estas palabras, David nos pone en la antesala de una familia en la que su padre marcha a Madrid cada semana para volver sólo los sábados y domingos; para regresar al pueblo donde David reside con sus dos hermanas mayores y su madre, una mujer que se esfuerza en mantener la casa libre de goteras, vestir a sus tres hijos, ocuparse del perro y los dos canarios, mantener con vida el huerto, preguntarle a sus hijos la lección del día y trabajar como maestra en la escuela del pueblo.

Las hermanas se tienen la una a la otra, aparte de contar con sus respectivas amigas, pero David, aunque corre aventuras con sus amigos, sabe que su "mejor amigo" le durará lo que tarden en trasladar a su madre una vez más. Es lo malo de vivir con alguien que oposita para profesora y que ha terminado por convertirse en una mujer desdoblada en dos: la exhausta mamá y ama de casa hacendosa, y la amable Señorita Mercedes, como la llaman sus alumnos (y también David) en la escuela.

Con las miras puestas en Madrid, habiéndose conocido en una aldea de Salamanca y habiéndose casado jóvenes, los padres de David buscan un futuro prometedor para sus tres hijos. Aspiran a algo más que a las comodidades o incomodidades (según quien opine) del mundo rural y del pueblo en que nacieron. Tratan de sustituir el escenario del ganado y la agricultura, por el de los concesionarios Chrysler y las ciudades. Buscan reemplazar los ultramarinos del pueblo, en los que David viaja a ultramar con la ayuda de su imaginación, por los ultramarinos de la capital madrileña.

La ciudad se les presenta como un abanico de grandes oportunidades. En ellas, hasta los ultramarinos son mejores que los del pueblo, en los que los productos de ultramar no son tan de ultramar.

En el paisaje social de David destaca una figura, la de la Emérita, una mujer con la que logrará establecer un vínculo de afecto dulce y sincero.

La Emérita llega para quedarse en una casa en la que a la matriarca le hace falta un par de manos más, pero especialmente alguien que desempeñe la labor de madre, tarea para la que ella no tiene tiempo. Aunque sorda, de un metro ochenta, sin dos falanges en una de sus manos y sin la formación académica de la madre de David, la Emérita logra hacerse querer por un niño que al principio se avergüenza de que lo vean al lado de ella.

David encuentra en "Eme" a una mujer a la que le puede contar todo, incluso las preocupaciones que tiene sobre sus partes íntimas. A cambio de la cariñosa atención que esta mujer le profesa, David la instruye con lecciones de lectura y escritura. Para estas clases particulares utiliza los mismos dictados que su madre extrae de la Larousse para el colegio.

Esta relación tan maravillosa evoluciona de menos a más, conforme el tiempo va pasando, hasta que llega el ansiado día en que a la madre de David le asignan el puesto tan deseado en Madrid. La familia no tarda en mudarse, dejando atrás, en el pueblo, a una mujer que, si bien enterró primero a su marido y más tarde a su hijo de nueve meses, no dudó en tratar a David como hubiera tratado a su "Currete": su añorado niño, al que aplastó una noche de frío, mientras dormía con él, para darle el calor que el niño necesitaba.

Si algo conoce la Emérita es el valor de la pérdida, el sufrimiento que acentúa la ausencia y la angustia que queda en el recuerdo de haber sido una mujer sorda, incapaz de oír los llantos de su bebé (si los hubo) aquella noche fatídica, digna de ser olvidada.

Por otro lado, si algo ignora David, es el valor del agradecimiento hacia quien se comportó como una madre. Él fue alejándose más y más y más, responsabilizando de ello a una distancia meramente geográfica que terminó por confluir en una distancia también emocional. Los kilómetros que le separaban de la Emérita no sólo se levantaron entre el pueblo y Madrid, entre su infancia y su etapa adulta, sino también entre aquel niño que ya dejó de ser niño y la Emérita, que siempre siguió siendo la Emérita hasta el fin de sus días. Un personaje más que entrañable, para el que David siempre sería el hijo que la casualidad le quitó.

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[...] decía Cervantes: saber sentir es saber decir. Palabras de Luis Landero en su libro El huerto de Emerson.

Yo espero haber sabido decir lo que el libro me ha hecho sentir. Muchas gracias, como siempre, por haber leído esta reseña troyana. ¡Nos vemos en la próxima!

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