Reseña ampliada
Elena de Troya sin H
El cielo es azul, la tierra blanca bien podría ser el verso de algún haiku japonés. Sin embargo, es el título que recibe la novela (escrita por Hiromi Kawakami) de la que hoy traigo reseña.
En general, me siento muy identificada con la literatura japonesa, con la forma en la que está escrita. La prosa es sencilla, breve, escueta, pero lo suficientemente delicada como para que el libro deje poso. Cuando acabo una novela japonesa, a menudo me embarga una profunda sensación de paz, que se suma a una intensa tranquilidad interior; ambas, muy acordes a los valores espirituales de la cultura japonesa.
Haruki Murakami, Mitsuyo Kakuta, y ahora Hiromi Kawakami, son los tres autores japoneses de los que he tenido el placer de leer alguna novela. "Tokio Blues", "Los años de peregrinación del chico sin color", "Ella en la otra orilla" y "El cielo es azul, la tierra blanca" son las cuatro novelas de literatura japonesa contemporánea que he leído hasta el momento (septiembre de 2022). Aunque ahora que caigo, también he leído a Morihei Ueshiba y su "Arte de la paz". El caso es que, de la obra de estos tres escritores que he mencionado en un principio, quizás la más sencilla sea El cielo es azul, la tierra blanca: una historia breve de un amor no convencional que necesita mucho espacio para florecer.
Tsukiko es una mujer adulta de 38 años. Aunque está cerca de la cuarentena, no ha conseguido encontrar a nadie con quien se sienta lo suficientemente cómoda como para tener una relación de pareja. Sin embargo, él entra en su vida. Su antiguo profesor de japonés en el instituto coincide con ella una tarde, en una taberna próxima a la estación principal, a medio camino de sus respectivas casas. A pesar de que viven en el mismo barrio, hasta el momento, ni Tsukiko ni el "maestro" (como ella se refiere a él) habían reparado en la existencia del otro.
La tarde en que ambos comparten la barra de la taberna y recaen en que tienen los mismos gustos culinarios es la primera de las muchas tardes que se sucederán como fruto de la casualidad. Las tapas a base de tofu, que ambos degustan en cualquiera de sus formas (frito o hervido), se combinan con el sake, la bebida alcohólica japonesa por excelencia. Estos detalles en los que son prácticamente iguales les sirven para romper el hielo.
El primero en dar el paso es el maestro. Aunque hace tiempo que los años de instituto pasaron, el maestro sí recuerda las notas mediocres de Tsukiko. En cambio, Tsukiko no recuerda ni siquiera el nombre de su antiguo profesor. El maestro era uno más de los muchos otros profesores a cuyas clases tenía que asistir obligatoriamente.
A este primer encuentro fortuito, le sucederán otros bajo la misma tónica. Ninguno de los dos hace por verse, pero coinciden y poco a poco, aunque ambos son seres solitarios, las conversaciones escuetas que mantienen sobre temas banales acrecientan la curiosidad por el otro. No obstante, en todo momento mantienen una distancia invisible, una especie de "pacto tácito" por el que cultivan una relación establecida sobre la distancia y la formalidad.
Las fórmulas de cortesía, como el "usted" y el "maestro" con los que Tsukiko se dirige al profesor, no dejan de darse en ningún momento. Incluso cuando empiezan a "intimar" más, esta distancia mutua y, a veces, excesiva, permanece vigente entre los dos. El muro invisible tras el que cada uno se guarda para sí mismo ciertas vivencias personales encuentra su justificación social en las tres décadas que les separan; aunque ambos saben que la verdadera razón estriba en sus respectivas inseguridades.
Aun así, la relación evoluciona y lo hace sutil y lentamente. Poco a poco rompen la rutina de sus encuentros esporádicos en la taberna con situaciones nuevas que les hace salir de su zona de confort. La ocasión más trascendental la viven el día en que viajan a una isla conocida por el maestro. En este viaje, Tsukiko se da cuenta de que la atracción que siente por el maestro es amor. Él, sin embargo, está ausente y parece no percatarse de las necesidades de Tsukiko. La isla ha reavivado el recuerdo de la mujer del maestro, quien aprovecha para visitar la tumba donde yace la que fue su esposa, una mujer extravagante que tras abandonar al maestro quince años atrás, se mudó con otro hombre a la isla.
El recuerdo de su mujer aún perdura en la mente del maestro, algo que incomoda a Tsukiko. Esto añadido a la formalidad con la que el maestro la trata es suficiente para convencerla de que debe alejarse del maestro.
Para conseguir que caiga en el olvido, Tsukiko reduce sus visitas a la taberna, hasta llegar a estar dos meses seguidos sin ir. También evita transitar por las calles principales de Tokio. Sólo cuando está más o menos segura de que el maestro ya no despertará emoción alguna en ella, regresa a la taberna, donde la informan del precario estado de salud del maestro.
Sin que le importe todo lo que ha luchado por despegarse emocionalmente del maestro, Tsukiko se planta en la casa de éste, para asegurarse de su bienestar. Tal y como se presenta, se marcha, sin la esperanza de que el maestro llegue nunca a demostrarle su amor, si es que siente algo por ella. No ha denotado la más mínima sorpresa al verla en persona tras semanas sin coincidir en la taberna. Desde luego, el maestro es algo obtuso y lento de reflejos.
Tsukiko desea sentirse querida por el maestro y aspira a que la relación que hasta el momento han mantenido se formalice oficialmente como una relación de pareja; una relación de "amor mutuo", en la que las caricias, el roce y el contacto físico estén permitidos sin que ello suponga un motivo de reparo, vergüenza u ocultamiento.
¿Es esto posible?
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[...] decía Cervantes: saber sentir es saber decir. Palabras de Luis Landero en su libro El huerto de Emerson.
Yo espero haber sabido decir lo que el libro me ha hecho sentir. Muchas gracias, como siempre, por haber leído esta reseña troyana. ¡Nos vemos en la próxima!