Reseña ampliada

Reseña ampliada

Elena de Troya sin H
"Vía Revolucionaria". Libro de Richard Yates.

Frank y April, conocidos en su urbanización como el matrimonio Wheeler (o simplemente los Wheeler) son una pareja treintañera, aparentemente típica; una más de las muchas a las que les ha tocado vivir los Estados Unidos de los años 50.

Como en cualquier otra familia de la época, entre sus miembros encontramos: una mujer, que actúa como esposa y ama de casa; un hombre, que se comporta como el prototípico marido americano, encargado de llevar el dinero a casa y mantener su hombría y autoridad por encima de la de su mujer; y una pareja de niños, que cierran el círculo de la perfección.

Los Wheeler residen en la urbanización Revolutionary Hill, un complejo de casas que se vendieron como hogares de nuevos ricos. Puede que las familias que aquí habitan sean de origen humilde, pero es innegable que en algún momento de su vida han dado un buen pistoletazo de salida, con el que han ganado el dinero necesario para adquirir estas residencias aparentemente lujosas y vistosas.

Rodeados de más casas similares a la suya, en tonos color pastel y con coches del color del helado, el matrimonio Wheeler busca disfrutar de su vida en un entorno de apariencia ideal y envidiable, completamente bucólico y que se presta a que los niños se eduquen en contacto con la naturaleza. Sobra decir que para conseguir todo esto han tenido que solicitar un préstamo.

Las largas carreteras de la Ruta 12 y Revolutionary Road, que es la que conduce hasta Revolutionary Hill (lugar de residencia de los Wheeler), son testigos del trasiego de coches que día a día se desplazan desde sus respectivos hogares al trabajo para, cuando ya es noche cerrada, regresar al punto de partida. Revolutionary Road es la carretera que cada día toman los Wheeler y los Campbell, una pareja también con dos niños que rápidamente traba amistad con los Wheeler.

Hasta aquí uno podría decir que todo entra dentro de lo normal. Sin embargo, la tranquilidad que inspira la ideal casa de los Wheeler no es más que un frágil espejismo. En su interior, Frank y April mantienen fuertes discusiones (cada vez más graves) que no hacen sino minar la relación entre ambos. Las características que al principio de conocerse les atrajeron del otro, se han convertido ahora en defectos que sólo sirven para sacarse de quicio mutuamente.

Con un ojo en el presente y otro puesto en el pasado, April y Frank contrastan las expectativas individuales, que cada uno de ellos tenía antes de conocer al otro, con las metas que se propusieron cuando empezaron a salir juntos.

Ambos están de acuerdo en que los objetivos propuestos, vistos a largo plazo, parecían viables. De hecho, podrían haberlo sido, pero April se quedó embarazada. Su primer embarazo (no deseado) hizo que April quisiera abortar; algo con lo que Frank no estaba conforme. Esta diferencia de opiniones degeneró en la primera de las muchas disputas que tendrían a partir de entonces. Finalmente, April asumió su rol como mujer embarazada y futura madre, mientras que Frank hizo otro tanto, como futuro padre. Sus respectivos nuevos roles exigieron ciertos "sacrificios": que April renunciara a su propósito de trabajar como actriz, tras haber estudiado en la Escuela de Arte Dramático, y que Frank, por su parte, dejara de lado los precarios trabajos de estibador portuario que desarrollaba entonces, para pasar a trabajar en la empresa de la que su padre formó parte años atrás.

Richard Yates, a través de los Wheeler, nos muestra la realidad de los Estados Unidos de mediados de siglo: un país marcado por la bomba atómica y las posteriores declaraciones pacifistas del químico Oppenheimer; una patria marcada por la "caza de brujas" y la lista negra de comunistas del senador McCarthy; una nación marcada por las Guerras de Corea y Vietnam, que condensan la violencia de la llamada Guerra Fría (eso de fría por no haber bombas de por medio, porque fría es toda guerra).

Expuestos a una realidad que en absoluto se parece a la que ellos imaginaban, con dos niños: uno encontrado, pero no buscado, y otro buscado y encontrado, los Wheeler se sumen en el hastío rutinario de la vida aparentemente perfecta que sólo se asocia a la familia unida.

Vez tras vez, April tiene que enfrentarse al aburrimiento de hacer las agotadoras faenas de casa, que no cambian por más que el lunes dé paso al martes y éste, al miércoles. Por su parte, Frank lucha contra el tedio de hacer el mismo trabajo día tras día, en el que cobra por dejar pasar el tiempo de largo sin hacer nada con él.

Mientras cada uno lidia con su monotonía, April y Frank se infligen cada vez más daño. Llegan a ser infieles al otro y los enfrentamientos que se suceden continuamente en sus discusiones acaban con April durmiendo en el sofá y Frank poniéndose hasta arriba de whiskey en la cama.

Ante este desolador paisaje familiar, April decide que la mejor solución para romper con la clase de vida que llevan es mudarse a París, donde ella trabajaría como mecanógrafa y taquígrafa (los empleos femeninos habituales de la época), y Frank podría tomarse un gap year, para descubrirse a sí mismo.

Cuando parece que la idea ya ha sido asimilada por ambos, April vuelve a quedarse embarazada. Este tercer embarazo, tampoco deseado, pone fin a sus planes de irse a Europa, continente que le iba a permitir mandar al traste los prejuicios del ideal familiar estadounidense que tanto amargan la vida a April y Frank.

Su intención de escapar en París a la imagen perfecta e idealizada de lo que es la buena vida norteamericana se va al garete. Por eso, April quiere abortar y esta vez está preparada para no ceder. Una vez más, su marido no es partidario. En un diálogo diario, durante los próximos meses al embarazo, ambos se proponen convencer al otro de su idea: "no abortar"; "sí abortar". Aunque no hay discusiones (sólo diálogos), utilizan sus habituales conversaciones diarias para lanzarse indirectas muy veladas. No es hasta que llega el cuarto o quinto mes de gestación, que Frank respira aliviado: ha logrado que April postergue la intención de abortar hasta este momento. Si April se inyectara ahora la jeringuilla con la que ya quiso finiquitar su primer embarazo, pondría en riesgo su vida y podría morir. De esta forma, Frank se sabe vencedor, porque sabe que su mujer no se mataría ni de lejos.

Sin embargo, con lo que no cuenta es con la aversión hacia él que April siente que crece a pasos agigantados dentro de ella.

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¡Spoilers!

Una discusión reciente y esta aversión, la conducen finalmente a tomar una decisión contra todo pronóstico: abortar. Lo medita, escribe una carta a Frank en la que le indica que no debe sentirse culpable por la decisión que ella ha tomado, se encierra en el baño y acaba con su estado de embarazada, poniendo punto final también a su vida.

Frank está en el trabajo cuando recibe la noticia. Tras la muerte de su mujer recurre a un psicoanalista, se lleva a sus hijos con él a casa de su hermano y su cuñada, y logra ascender en su empresa. Lo que no consigue es quitarse una idea horrible que le atormenta: su mujer no quiso quedarse embarazada de los hijos de su marido (y aún menos, tenerlos). ¿Fue pues realmente amor lo que sintieron el uno por el otro cuando se conocieron? ¿Y si fue más bien el dejarse llevar por los prejuicios de una sociedad americana en la que les asustaba no encajar?

La muerte de April sólo sirvió al final para que sus hijos se quedaran con la idea de que "mamá está en el cielo". Y bueno, también para que la señora Campbell contara a todo ser viviente las idas y venidas de la ambulancia el día de la muerte de April.

Lejos de gustarle tocar este tema se halla su marido: harto ya de que su mujer ande siempre repitiendo la misma cantinela. Sólo él sabe cuánto deseaba las caderas anchas de April y la satisfacción del encuentro íntimo que tuvo con ella aquel día en el coche, cuando sí, ella había discutido otra vez con Frank y decidió serle infiel de la única manera en que pudo en ese momento.

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[...] decía Cervantes: saber sentir es saber decir. Palabras de Luis Landero en su libro El huerto de Emerson.

Yo espero haber sabido decir lo que el libro me ha hecho sentir. Muchas gracias, como siempre, por haber leído esta reseña troyana. ¡Nos vemos en la próxima!

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