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Prostitución en Cuba: “¿Qué buscas, chicas o chicos?”
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Los clientes no parecen ser muy diferentes a esos que frecuentan los antros más conocidos en el mundo de la prostitución habanera (Foto: Ernesto Pérez Chang)
LA HABANA, Cuba.- “¿Qué buscas, chicas o chicos?”, así de directa es la pregunta con que Danay interpela a los turistas que se detienen a descansar a la sombra de un árbol o en un banco del Parque Central.
Para el joven habanero, proxeneta y al mismo tiempo prostituto, casi todo quien asoma por allí, más al caer la tarde, lo hace buscando alguna compañía ya para pasar el rato o la noche, ya para consumar esa fantasía sexual que imaginara cuando decidió ir de vacaciones a Cuba.
“Si pasan más de diez minutos, están en algo (…), hay muchos hoteles cerca, solo tienen que bajar y buscar (…), aquí encuentran cosas buenas, bonitas y baratas”, dice quien, a juzgar por la risa, no parece sorprenderle que el tramo de ciudad llamado a convertirse en el principal “circuito de lujo” para el turismo sea hoy la zona de prostitución menos exigente de La Habana, aunque por eso la más concurrida y, por tanto, el lugar que sirve de “polígono de entrenamiento” a primerizas y primerizos.
La estación de trenes que enlaza la capital con el empobrecido interior del país queda solo a unas cuadras y para muy pocos cubanos es un secreto que, a diario, hombres y mujeres jóvenes, apenas bajan de los vagones, enfilan hacia los bancos del parque, algunos hasta con sus equipajes encima, para no perder un segundo.
Según Danay, hoy tan solo en el Parque Central es posible que haya más de un centenar de personas, de ambos sexos, ejerciendo la prostitución de manera regular. Él, que tiene solo veintidós años, lleva ya unos cinco, quizás más, trabajando en esa “vía ardiente” que abarca desde la calle Monte, pasando el Parque de la Fraternidad, los alrededores del Capitolio, el cine Payret y que además atraviesa el Paseo del Prado hasta el Malecón, donde se conecta, intermitentemente, con otras zonas de “jineteo” en la Avenida del Puerto o en la Rampa, todo un conjunto de rutas donde el sexo por dinero pudiera ser el corazón de la economía.
“Es posible que sean más (…), ahora con la temporada alta (del turismo) para acá vienen una pila de chamacos, todo el que está en su provincia viene para La Habana a hacer dinero y después se vuelven a ir (…), la diferencia con el Vedado es que aquí (en el Parque Central) es (…) desde por la mañana hasta al otro día, siempre hay gente buscando, cubanos, turistas, este es el lugar. Allá (en el Vedado) es más bien por la noche, después de las seis, las siete (…), aquí se cobra menos pero puedes hacer más dinero porque es matar jugada y ya, cinco pesitos por aquí, diez pesitos por allá (…) en el Vedado es por las noches y ya los extranjeros le han cogido la vuelta, saben que por las mañanas buscan un chiquito en el Parque Central por 10 o 20 fulas (dólares) porque en el Vedado es más caro (…), aunque ya hay más competencia”, explica quien llegó a la capital para estudiar en la universidad y terminó decantándose por alquilar su cuerpo.
“Estudiaba pero igual, con miles de necesidades, sin un peso, esperando a cobrar el estipendio o a que mi mamá mandara algo, y un día salí por la noche y bajando por aquí me dice un yuma que cuánto yo cobraba (…), yo no andaba en eso, de verdad que no, pero me dio por decirle 30 pesos (dólares) y el tipo me dijo ´vamos´ (…), cuando yo vi ese dinero en mis manos me dije ´esto es lo mío´ y comencé a venir los fines de semana (…), después si un yuma (…) me decía que yo no, que (quería) una chica o un pasivo, un rubio, un negro o uno (con el pene) grande, yo se lo buscaba y me ganaba 5 fulas (…), yo iba para la facultad, le hablaba a los que conocía que también andaban en esto y, si les cuadraba, pues ya (…), aquí ahora conmigo (prostituyéndose) todavía hay dos jevas (mujeres) que estudiaron conmigo, y Ahmel que se casó en junio con una canadiense y se piró (emigró)”, relata Danay.
Jineteo y prostitución, dos oficios que son uno
Aunque para algunos jinetear y prostituirse son dos asuntos muy diferentes, lo cierto es que las fronteras entre una actividad y otra son en extremo confusas, al punto que, en el habla popular de los cubanos, ambos términos son equivalentes. No obstante, para quienes, aún ejerciéndola, la palabra ´prostitución´ resulta ofensiva más que imprecisa, el llamado “jineterismo” englobaría algo más que los servicios sexuales cual “valor agregado”, como sucede con Reynaldo, un bicitaxista que solo en ocasiones acepta compartir en la intimidad con un cliente.
“Prostituto es el que solo hace eso (acostarse con alguien por dinero), para nada soy un jinetero como tal”, nos aclara Reynaldo.
“Puede ser que un cliente me diga que quiere algo más y yo acepte pero eso no es todos los días, depende de quién sea, a lo mejor de ahí surge algo más serio (…), uno está para llevarlos a comer, darles una vuelta por la ciudad pero también se sabe que todo el mundo en Cuba quiere fastear (viajar), tener fulas y tú sabes”, dice el joven.
Por su parte, Andrés llegó a La Habana desde Las Tunas para trabajar como policía. Después de observar las ventajas de “acosar al turista”, tal como son definidas por la ley cubana las acciones del jinetero o jinetera, entonces decidió cambiarse de perseguidor a perseguido.
“Una cosa es engatusar a alguien para que suelte el dinero, trabajarlo suave, poquito a poco, sin maldad, y otra es pararte ahí para matar jugada de una hora, dos horas por diez pesos, eso sí es prostitución”, explica Andrés para poder definir lo que él considera un ejercicio tan profesional y útil como cualquiera.
“A mí las paladares (restaurantes privados) me pagan una comisión por llevarles yumas, igual que hay casas de renta que si yo les llevo un yuma me dan diez fulas por cada día que alquilen (…), de eso es lo que yo vivo, yo no vivo de acostarme con nadie (…), que yo lo haga es porque me conviene pero porque me dan 50, 100 fulas pero por 10 ni 20 porque eso es lo que gano yo en un par de horas (…), tengo que caminar como un caballo y servir de payaso, pero bueno, también cuando era policía tenía que hacerlo y a veces con esto vacío (dice señalando el estómago) (…), había días en que las mismas putas me decían, mira, pipo, coge 5 pesos y cómprate un pan o me traían un refresco, y yo era el policía, el que tenía que meterlas presas pero ¿por qué?, si me daba cuenta de que todo el mundo por aquí dependía de eso (…). Acabas con la prostitución y acabas con todo”, afirma Andrés, que además asegura haber reparado la casa familiar en Las Tunas con el dinero que ha ganado en “la lucha”, así como haber comprado un cuarto en la capital, donde vive con su esposa.
Miles de jóvenes cubanos acuden a la prostitución como una ocupación alternativa y esporádica que les ayuda a compensar o unos bajos salarios, cuya media nacional está por debajo del dólar diario, o las exigencias de un sistema educativo cuyos presupuestos de “gratuidad” cada día se tornan más costosos para una economía familiar de subsistencia, y totalmente dependiente del mercado negro.
En tal contexto, con los años se ha ido creando un sistema de relaciones de dependencia entre la prostitución y muchos negocios privados o estatales dirigidos a los servicios para el turismo.
Las redadas policiales de “limpieza” en las llamadas “zonas rojas”, casi siempre coincidentes con algún suceso cultural o político que atrae la atención de la prensa extranjera, han arrojado saldos negativos en las ganancias de los negocios cercanos, lo cual ha obligado, oficial y extraoficialmente, a no hacerlas ni tan frecuentes ni tan profundas, de acuerdo con la opinión que hemos recogido entre quienes están vinculados o al tanto de lo que, en términos de intercambio de beneficios, es comparable con un “ecosistema”.
Sucede, además, que en tal realidad se inscriben complejos esquemas de corrupción, algunos tan oscuros como el que fue destapado entre finales de 2015 e inicios de 2016 y que involucraba desde los operadores de las cámaras de vigilancia instaladas por la Policía Nacional en las inmediaciones del Parque Central y el Paseo del Prado hasta los policías que hacían la ronda en dichos sectores, encargados estos de cobrar sobornos y asegurar inmunidad a las prostitutas y prostitutos habituales, así como espantar y reprimir a los novatos de la “competencia”.
Una fuente de la propia Policía Nacional que ofreció detalles del asunto bajo condición de anonimato, asegura que los policías pagaban comisiones a los de las cámaras para que guardaran silencio, así como recibían ellos mismos sumas de dinero de los dueños de negocios para que no les molestaran a las chicas y chicos que servían de anzuelo para los turistas, sobre todo en los portales del Hotel Inglaterra y en casas de renta, bares y restaurantes en las cercanía del Parque Central.
Estaría pendiente estudiar y definir en toda su magnitud, el auge y la importancia directa o indirecta que ha desempeñado el ejercicio de la prostitución para una economía subterránea pero que, paradójicamente, pudiera sostener en gran medida esa otra “economía nacional” de la que forman parte, más allá que pretendamos o no ignorar los motores ocultos que la impulsan, pequeños o grandes, manifiestos o invisibles, escrupulosos u obscenos.
(El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).
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«Te pueden pagar cinco dólares por trabajar de 9:00 de la noche a 3:00 de la madrugada, pero una vive de la propina. Y las muchachas traen clientes, por lo general, con dinero».
Claudia dice «muchachas» y no jinetera o puta o prostituta. A ellas les da igual cómo las llamen; pocas definiciones les encajan tan bien. Malabaristas del deseo, pieza de encadenamiento entre la macro y la microeconomía cubana, entre los números ascendentes del Ministerio de Turismo y los bares privados.
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«Dale una buena propina a la chica», sugieren, y dicen «chica» y no muchacha o camarera o bartender. A Claudia le da igual cómo la llamen; todo es attrezzo en esa puesta en escena que vive noche a noche. Tramoyista de cocteles, personaje incidental que recita sus líneas para que las de ron no falten en la garganta del cliente.
«Por supuesto que no puedes poner en qué bar trabajo, pero en cada uno de los seis por los que he pasado la historia es la misma».
C laudia, graduada de técnico medio en Gastronomía, huyó de los ahuecados sueldos estatales en cuanto pudo y terminó hace tres años en los promisorios prados del cuentapropismo.
Desde los 90 el Gobierno admitió las primeras formas de pequeña propiedad privada en Cuba, pero no hubo una imantación como la de 2013, cuando fueron ampliadas las categorías de las licencias a 211. Ninguna explicitaba la creación de bares. Igual, La Habana se llenó de neones.
A finales de 2016 en la ciudad había más de 500 paladares o restaurantes privados. Muchos de ellos simplemente habilitaban una sección para las noches donde hubiera una barra. Como luciérnagas, la gente se acantonaba entorno a la música a veces grabada, a veces en vivo.
Incluso webs y aplicaciones móviles como «A la mesa» promocionaban conocidos negocios registrados bajo la licencia de restaurantes en la categoría de «bares». Para el Estado cubano no existían, para el resto del universo sí, y para Claudia eran la oportunidad de hacer más dinero.
Hace poco el youtuber español Carter Vlogs dice haber constatado ese nexo justo en el habanero Fantaxy, perteneciente a Sandro Castro, nieto de Fidel Castro. Al videobloger le ofrecieron mujeres «como si no valieran nada».
«Las tengo de todos los colores, canela, blanca, negra», proponían en aquel bar con mesas reservadas, donde solo la entrada ascendía a 10CUC. El salario medio en Cuba no llega a los 30.
Los sitios en que ha trabajado Claudia imponen precios astronómicos a los productos que venden. Cuando entra algún grupo de cubanos, desde el bartender hasta los gigantes mudos de seguridad los evalúan por lo que llevan puesto. ¿La ropa es cara? Entran. ¿La pinta es barata? Entonces pronuncian sonrientes una línea que espanta: «Buenas noches, las únicas mesas disponibles vienen acompañadas de una botella de 100CUC». Los invasores se disipan molestos o con excusas. Muchas veces el bar está vacío.
«Pero no vale la pena atender a esa gente, porque consumen poco y no dejan ni un peso para el personal», dice Claudia chasqueando dedos.
A priori, se acentúan en la Isla socialista las distancias entre quienes tienen más que otros.
«Por eso es tan importante que vengan las muchachas, porque traen yumas. A ellas las dejamos que se sienten en la barra con un mismo trago toda la madrugada para que tiren el anzuelo».
«Tienen que coger algo porque si se van sin nada muchos días entonces ya no las dejamos entrar más. Los de seguridad saben quién es cada quién y a qué va al bar». Claudia se lleva un cigarro a la boca con cara de nada me importa. Es su día libre y ha salido a fiestar. «Si tú me ayudas, yo te ayudo».
En septiembre de 2016 el Gobierno de La Habana decidió suspender temporalmente la entrega de licencias para abrir paladares por cuenta propia. La vicepresidenta en funciones del Consejo de la Administración Provincial (CAP), Isabel Hamze, reconoció ante la prensa oficial en aquella oportunidad la existencia de prostitución y proxenetismo en algunas paladares.
La funcionaria invitó a los propietarios a que no permitiesen «que proxenetas ‘se anclen’ a un restaurante y la gente diga que va a una instalación como esa porque allí se vendan chicas». La invitación, claramente, no llegó a algunos oídos.
Para Claudia, eso nunca va a acabar: tanto el personal del servicio como la prostituta tienen un pacto tácito que beneficia a ambas partes. Y el ligero olor del dinero lo rubrica si alguna parte vacila.
El vínculo bares-prostitución durante la Cuba revolucionaria no parece llegar al de la Cuba prerrevolucionaria, aunque tuvo un hito en los 90. El periodista Amir Valle recuerda que escribiendo su reportaje Habana-Babilonia: la cara oculta de las jineteras fue a establecimientos clandestinos donde exhibían mujeres. En la segunda década del siglo XXI, al inicio de la reciente fiebre de los bares, Puertas al Cielo, entre los más populares, acabó intervenido por la Policía. En una barra metálica jóvenes lanzaban sus ropas al aire hasta quedar desnudas.
Claudia juega con la cajetilla de Hollywood mentolado sobre la barra de la Fábrica de Arte Cubano, un popular centro nocturno privado que, incluso, visitara Michelle Obama en 2015.
«En eso no entramos —comienza—. Cuando algún cliente se mete algo, la seguridad lo saca, y cuando es en los VIP, los salones privados, algunas muchachas salen discretamente a decirnos. Ellas saben que eso es malo, que ahí la Policía sí te echa el ojo».
El consumo y/o el expendio de psicoactivos en el interior de los restaurantes es vox populi. El Gobierno capitalino reconoció la presencia de «traficantes que buscan el lugar potencial donde está el consumidor». No obstante, para los bares, escándalos como ese no han dado al traste con la suspensión, sino con lo contrario.
En una reciente sesión de la Asamblea Nacional, Marino Murillo, el rostro más visible de las actuales reformas económicas, anunció una disposición que incluye la nueva licencia para operar bares, «hasta hoy camuflada bajo las licencias de actividades gastronómicas», dijo.
Con reguetón de fondo y una luz tenue se acerca a Claudia una joven. Tras las presentaciones, sin demasiada escala, le pide el fino nylon que envuelve la caja mentolada. Lo necesita urgente para triturar, con el canto de su iPhone, un puñado de pastillas y esnifarlas.
Tomado de Diario de Cuba/Yoe Suárez
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