Puro humo

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Ta Vague Littérature » La peste se encuentra con Robinsón Crusoe

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La peste se encuentra conRobinsón Crusoe

Daniel Defoe, en su obra maestra Diario del año de la peste (pasto del plagio dos siglos después, por Albert Camus en La peste), tiene algo que decir acerca de los años de la plaga: «Un tiempo muy grave para ponerse enfermo». Luego, «las mentes de la gente estaban agitadas, … y una suerte de locura y de horror se extendió por los semblantes incluso del común de la gente». Muy pronto aparecen remedios corrientes y no tan corrientes contra la epidemia: «Licores soberanos contra la corrupción del aire», «pastillas antipestilentes», «bebidas incomparables contra la peste», un «remedio universal» y «la verdadera agua de la peste». El personaje de Defoe descubre que «la peste no venía de la mano de Dios sino que más bien era la posesión de un espíritu maligno, que tenía que ser mantenida a distancia con cruces, signos del zodíaco, papeles atados con muchos nudos, y ciertas palabras escritas en ellos, en particular la voz abracadabra, escrita en triángulo o en pirámide». Pero la ciencia sabe más que todo eso. Un tal doctor John Hancocke, para combatir la fiebre maligna, enumera en su Febrifugium Magnum ese gran febrífugo, la potente Nicotiana tabacum, y otro John Hayward («que por aquel entonces era subsacristán de la parroquia de St. Stephen: por subsacristán se conocía en aquella época al enterrador y al velador de cadáveres») puso en práctica una teoría médica: «No usaba otra protección que llevar ajo y ruda en la boca y fumar tabaco. Esto lo obtuve de su propia boca», dice Defoe, que una vez más comparte aventuras y tribulaciones con sus personajes.

Un personaje mejor conocido de Defoe, Robinsón Crusoe, añadió una nueva utilidad al tabaco: lo bebía, como si fuera láudano todavía verde. ¿Un veneno tan temprano? No, un preparado médico, mitad medicina, mitad narcótico. En la histórica fecha del 28 de junio de 1660, en ese mismo día o, mejor dicho, esa noche, el marino deshauciado de su nave (sin duda el almirante Nelson habría fruncido el ceño ante esta última observación) se sintió violentamente enfermo… «Como la preocupación de que me volviera la calentura me aterrorizaba, me vino a la mente que los brasileños no empleaban para sus enfermedades otro remedio que el tabaco; justamente tenía en el cofre un rollo ya curado, y otro que aún no estaba bien curado» —y supo que quien ya estaba curado era él.

«Fui conducido sin duda por el Cielo ya que en el cofre encontré una cura tanto para el alma como para el cuerpo.» Por favor, repitamos el instante: «Encontré una cura tanto para el alma como para el cuerpo». ¿Puedo tener la última palabra? «Cuerpo.» Y la anterior. «Y.» No, ésa no, la anterior. «Alma.» Suficiente. Gracias. «Abrí el cofre y hallé lo que estaba buscando, así como algunos libros que había salvado; tomé una de las Biblias de que ya he hablado y que no había abierto antes por falta de tiempo o por indolencia; la tomé y la puse junto al tabaco sobre la mesa.

»Yo no sabía aún cómo usaría aquel medicamento ni si me convenía entonces; pero resolví emplearlo de distintas maneras, convencido de que alguna de ellas tendría éxito. [Lo que se puede denominar el sistema de prueba y error o Crusoe cifrado al azar.] Primero tomé una hoja y la mastiqué, lo que me embotó los sentidos, ya que el tabaco era verde y fuerte, y no lo había usado mucho; luego lo puse a macerar en ron por espacio de una o dos horas y me propuse tomar una pequeña dosis de esa poción al acostarme y, finalmente, quemé sobre una cama [quema en la cama, ¿un retruécano?] de ascuas algunas hojas, y acerqué la nariz, aspirando el humo tanto tiempo como pude soportarlo sin marearme.

»Mientras duró esta operación, tomé la Biblia y empecé a leer; pero el tabaco había trastornado mi cabeza de tal modo que me fue imposible seguir leyendo, al menos en ese momento, sólo había abierto el libro al azar. [A la ventura es mejor.]

»Las palabras se adecuaban a mi caso, y me causaron cierta impresión al leerlas, pero no tanta como me causarían más tarde; ya que entonces no alcanzaba, si se puede decir así, a ver cómo podrían ayudarme…

»Era tarde ya y el tabaco me había ahumado de tal manera que me estaba quedando dormido. Dejé la lamparilla encendida por si necesitaba algo durante la noche. Antes de acostarme hice lo que no había hecho nunca: me arrodillé y rogué a Dios que cumpliera su promesa “de ayudarme cuando le invocase en mis aflicciones”. Después de esta súplica imperfecta bebí el ron, en el que dejé macerando el tabaco. Era tan fuerte y sabía tanto a tabaco que me costó acabarlo; enseguida me eché sobre mi hamaca. La poción que acababa de tomar me aturdió en un principio la cabeza de forma violenta, pero luego caí en un profundo sueño y no desperté hasta el día siguiente a las tres de la tarde; y aún me inclino a creer que dormí todo el día siguiente y la noche y hasta más tarde todavía, pues de otra forma no sabría explicar el olvido de un día en la cuenta que llevaba de la semana, como llegué a comprobar que había hecho, algunos años más tarde. Si yo había cometido un error dejando de hacer una raya, no ocurrió esto un día solamente: pero según mis cálculos se extravió, y nunca supe cómo.»

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