Puro humo
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Edgarpo
Poe, que se bebió casi todo lo bebible (excepto el agua) desde vino y whisky hasta morfina (probablemente quería decir láudano), y que era un experto en jerez (cf. «El tonel de amontillado»), no fumó mucho, pero sí sus personajes en los cuentos de Misterio y raciocinio. Hay incluso un estanquero francés en Los crimenes de la rue Morgue. (Por cierto, no hay una calle con ese nombre en París, pero sí existe un establecimiento de tabaco en la esquina regentado por un tal Pierre Moreau, quien lo llama su bureau de tabac.) Una de las víctimas del asesino de la rue Morgue, Madam l’Espanaye, visitó este tabac frecuentemente y compró no sólo «pequeñas cantidades de tabaco» sino también algo de rapé. Es obvio que la señora liaba sus propios cigarrillos y fumó y olió rapé a su aire «por casi cuatro años». Esto es exactamente la época en que le compraba a monsieur Moreau, quien declaró «haber tenido la costumbre de vender a la vieja señora aquello que requiriera» antes de que sufriera su inesperado y brutal passage au tabac.
Es Marie Bonaparte, en su Interpretación psicoanalítica, quien afirma que Edgar Allan Poe inventó la figura del detective fumador: «Incluso la famosa pipa de Sherlock Holmes la fumaba Dupin» en «La carta robada». Dupin es el chevalier C. Auguste Dupin y no solamente creó el método deductivo tal como se aplica a la detección de crímenes sino que inventó una nueva forma de fumar. Esto es lo que el cronista de sus aventuras tiene que decir acerca de la fumabilidad de Dupin:
En París, justo después de anochecer, en una velada tormentosa del otoño de 18… gozaba yo de la doble voluptuosidad de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de mi amigo… Durante una hora, al menos, habíamos permanecido en un profundo silencio; cada uno de nosotros, para cualquier espectador, habría parecido intensa y exclusivamente atento a las volutas de humo que expresaban la atmósfera de la habitación… La puerta de nuestro apartamento se abrió dando paso a nuestro conocido M. G…, prefecto de la policía parisina.
Manes de Holmes: no sólo de su vida con Watson sino el antecedente del inspector Lestrade. Pero esperen: hay más aún para el ojo que lee:
Habíamos estado sentados en la oscuridad, y Dupin se levantó entonces para encender una lámpara, pero se volvió a sentar, sin hacerlo, al oír decir a G. que había venido a consultarnos, o mejor aún: para pedir su opinión a mi amigo sobre un asunto que le había ocasionado grandes disgustos.
«Si es un caso que requiere reflexión», observó Dupin, desistiendo de encender la mecha [me encanta esa frase: «Desistió de encender la mecha»: es un dictamen de fumador]. «Lo examinaremos mejor en la oscuridad.» «Ésa es otra de sus extrañas ideas», dijo el prefecto.
«Muy cierto», dijo Dupin, mientras ofrecía a su visitante una pipa y corría hacia él un cómodo sillón.
Todo Holmes está aquí, salvo el sillón americano con ruedas. Todo Conan Doyle está también aquí: su fortuna, su fama, incluso su título de caballero. Pero todo lo que Poe logró fueron penuria, alcohol, drogas y locura. A algunos les gusta decir «¡Pobre Poe!, Poor Poe!». Yo prefiero aclamarlo como en un toast funébre: «Pour Poe!».