Puro humo
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La pipa olvidada
En una calle de Londres (les daré su nombre en un minuto, a petición del personal) había dos oficinas de telégrafo, una para el cable Londres-París (vía Douvres y Calais) y otra para el cable Londres-Bruselas (vía Ostende). Estas dos oficinas [la cursiva es del autor] estaban situadas una frente a la otra y sus empleados no podían llevarse mejor. A menudo se visitaban los unos a los otros, intercambiando agudezas y retruécanos y argumentando acerca del esteticismo o del profesionalismo de su tarea, de acuerdo con los eventos del día o con su capricho español. Una vez, un empleado de la sección belga olvidó su pipa en el escritorio de su colega en la acera de enfrente.
Muy educado le pidió a un joven asistente que le recuperase su «fumífero utensilio». El asistente, un joven testarudo y rudo, se negó. Atestiguó que él solamente estaba allí para servir a su oficina y no para rescatar pipas olvidadas.
Indiferente, el empleado no volvió a insistir. Se llegó hasta su palanca de contacto para pedir a Douvres, en código Morse, que lo pusieran en contacto telegraphiquement con Calais. Una vez hecho esto, pidió a Calais que lo comunicaran con París, a París que lo hicieran con Bruselas y, más tarde, a Bruselas que lo conectaran con Ostende y a Ostende que le pusieran en contacto con Londres.
Era el colega con quien acababa de charlar que estaba al otro lado del hilo telegráfico.
«Me he olvidado la pipa en tu escritorio. ¿Podrías devolvérmela con uno de tus chicos? El único asistente de que dispongo se niega a hacerlo.»
Treinta segundos más tarde la pipa, solicitada por toda Europa, era devuelta a su dueño.