Puro humo

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Colette & Co.

Para Colette, toda una vida de depravación siempre comienza donde termina para Cocteau: en un garito de opio —incluso si hace tiempo que se cumplieron los cuarenta. «Uno de los invitados volvió a la vida», escribe ella en Lo puro y lo impuro, «se alzó de su sillón para ofrecerme una pipa de opio, un sorbo de cocaína o un cóctel. A cada negativa, alzaba su mano en un gesto de reprobación. Finalmente, me ofreció un paquete de cigarrillos y me dijo con su sonrisa inglesa: “En serio, ¿hay algo que pueda hacer por usted?”». Lo de la sonrisa inglesa es un truco por parte de madame Colette. Probablemente el servicial caballero le ofreció un paquete de Benson & Hedges y de allí sonsacó sonrisa y cigarrillo. Más tarde, mucho más tarde, recoge el guante blanco (Mme Colette, como Pushkin, tenía de negro) y pasa por la prueba de los cariños lésbicos— y, ¿qué se encuentra? «En casa de la más conocida de ellas —la más conocida y la menos comprendida—, buenos vinos y largos cigarros…, eran a la medida de la vida sensual y desenvuelta de un soltero». La lesbiana adepta a los puros poseía, como un coleccionista de mariposas, «uno o dos retratos de mujeres muy hermosas». Se la conocía, por cierto, como La Chevalière.

Colette tiene una reflexión sobre fumar y el sexo escondida aquí en alguna parte: «Me temo que no existe gran diferencia entre el vicio de obtener gratificación sexual y, por ejemplo, el vicio de fumar cigarrillos. Los fumadores, hombres y mujeres, inyectan en sus vidas pretextos y placidez cada vez que encienden un cigarrillo.» Como mensaje de despedida nos brinda este chispazo parisino: «El vicio de obtener gratificación sexual es menos tiránico que el del tabaco, pero crece en uno». Además, no está prohibido en los cines, ni en los teatros, ni en los vagones de tren.

Colette, una escritora que fumaba cigarrillos, tiene sus propias ideas acerca de cómo fumar o no fumar: «Una persona verdaderamente plácida nunca deja que su cigarrillo se extinga». Esto es cierto incluso para el fumador de cigarros, donde la placidez es mucho más importante que en los cigarrillos. La placidez es el estado ideal para un fumador de cigarros, ya sea éste caballero o prójimo proletario: un pleno plantel placentero, please.

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