Punk 57

Punk 57


Capítulo 14

Página 15 de 23

14

Ryen

—¿Crees que alguien se dará cuenta de que compramos esta mierda en la pastelería? —Lyla pregunta, sosteniendo una pila de galletas envueltas.

Le quito la bolsa de plástico transparente atada con un lazo rojo y la vuelvo a dejar sobre la larga mesa de plástico.

—No es una mierda. Precisamente porque es de la pastelería.

El instituto terminó hace cuatro horas, pero el aparcamiento está lleno de coches mientras saludamos a la gente antes de que entren al estadio. El sol ya se ha puesto y el campo brilla, iluminando la zona mientras el último espectador atraviesa las puertas.

La entrenadora nos pidió que nos encargásemos del puesto de los dulces y, como requisito, tenemos que llevar el uniforme de animadoras. La recaudación de fondos es una de nuestras numerosas obligaciones, y dado que no participamos en la rutina para animar al público del partido de béisbol que está a punto de comenzar, nos toca ganar algo de dinero y animar a las animadoras novatas.

En teoría, deberíamos preparar nosotras los pasteles, con la ayuda de las madres de los jugadores, pero no lo planificamos con suficiente anticipación. Es primavera, el instituto está a punto de terminar y estoy abrumada, así que vaciamos la pastelería Lieber y nos dejaron saltarnos la última clase para empaquetar todo en bolsas con cintas de los colores del equipo.

—¡Ánimo, chicas! —Lyla aplaude—. Sonríe, te vendrá bien. Te lo prometo.

Me río para mis adentros. No las envidio en absoluto. La voluntad de esbozar una sonrisa que no siento es casi inexistente. Reemplazo los paquetes de galletas y brownies vacíos por otros llenos. Al levantar la mirada, veo a Masen cerca de su camioneta con un grupo de chicos. Me da un vuelco el estómago.

Me está lanzando una mirada divertida. Le hablé de la venta de pasteles durante la clase de Arte y acordamos reunirnos después para hacer lo que sea que haya planeado; que Dios me asista.

Después de colarse en mi habitación esta mañana y casi despertar a toda la casa porque necesitaba echar un polvo, el resto del día lo pasó relativamente tranquilo. Todo lo demás resultó muy fácil en comparación.

Me muero de ganas de quitarme el lazo negro enorme que llevo en la cabeza, pero nos obligan a usarlo porque forma parte del uniforme. Puedo sentir la risa que lleva conteniendo todo el rato. Él y sus amigos se acercan.

—Dios, parece como si el canal de Disney hubiese vomitado sobre esta mesa —bromea, examinando la variedad de bolsas de plástico con lunares y el mantel de flores.

Pongo las manos en las caderas.

—Bonito lazo. —Él sacude la barbilla, mirando la parte superior de mi cabeza—. Si tiro de él, ¿tiene una cuerda que te hace hablar y moverte?

Un bufido se convierte en una carcajada y le lanzo una mirada a Ten, que está detrás de Lyla. Está temblando por la risa. Ve mi mirada y trata de contenerse.

—Lo siento, ¿vale? Me hizo gracia.

Arqueo una ceja y vuelvo a mirar a Masen. Ladea la cabeza, encantado consigo mismo. Agarro el cuello de su sudadera con capucha negra y me acerco su rostro, para inclinarme hacia su oído.

—Me dejaste moratones en las tetas esta mañana —digo—, y si no eres amable, no te dejaré besarlas después.

Él toma aire.

—Cómprate unas galletas —ordeno, empujándolo.

Una sonrisa tira de su boca, pero levanto la barbilla y lo veo sacar la cartera. Le entrega a Lyla un billete de cien dólares y yo parpadeo, tratando de no parecer sorprendida. Parece que dinero no le falta. ¿De dónde habrá sacado tanto efectivo? Un sentimiento desconcertante se instala en mi estómago.

—¿Para cuántas me da con esto? —le pregunta a Lyla, pero me mira a mí.

Ella toma el billete y lo contempla un momento. Entonces toma un paquete de diez galletas y se lo entrega.

—Para estas.

Una risa se atasca en mi garganta. Esa pila de galletas cuesta cinco dólares, pero no me importa que ella lo esté presionando, porque se lo merece. Echa un vistazo al paquete, consciente de que lo está estafando, pero se queda callado y se lo lanza a un amigo que está detrás de él. Se vuelve a guardar la cartera en el bolsillo y me sostiene la mirada brevemente antes de alejarse, seguido por su pandilla.

—Qué majo. —Lyla agita el billete frente a mí—. ¿Qué le has dicho?

—No me acuerdo.

No temo que Lyla me juzgue, y parte de mí quiere que la gente lo vea tocarme, pero por alguna razón, todavía lo considero una aventura y no quiero intentar explicárselo a los demás. Aún estoy tratando de descifrarlo yo misma. Y a otra parte de mí le gusta andar a escondidas. Me encanta no tener que compartir la única cosa que me hace feliz con alguien más. Algo así como Misha.

Misha. ¿Por qué siento que lo estoy traicionando? Si fue él quien me abandonó.

Después del himno nacional y del primer lanzamiento, Lyla, Ten y yo cerramos el puesto, despedimos a las otras chicas y luego recogemos. Lo que nos ha sobrado se lo daremos al equipo cuando termine el partido. Ten entra en el campo, probablemente para buscar a J.D. y al resto de nuestros amigos. Me coloco la mochila sobre el hombro, agarro la botella de agua y me dirijo hacia el aparcamiento.

—¿Adónde vas? —pregunta Lyla, volviéndose con la caja de galletas en sus brazos.

Señalo mi mochila.

—A llevar esto al coche.

Me alejo, sin esperar una respuesta, y me dirijo directamente hacia mi Jeep; el Raptor negro de Masen está al otro lado del pasillo. Él está apoyado contra la puerta, contemplándome, y dos de sus amigos están delante de él, con la cabeza vuelta y mirándome.

Lanzo la mochila al asiento trasero, levanto la mano, me quito la banda elástica que sujetaba la mitad superior de mi cabello. Me peino con los dedos y dejo colgar mi melena por mi espalda. Me doy la vuelta, me apoyo en mi Jeep y pongo los codos sobre el capó, mirándolo directamente.

—No lo sé, tío —reflexiona Finn Damaris, sonriendo—. Parece que quiere algo. ¿Qué opinas?

—Sí. —El de la cresta, cuyo nombre no recuerdo, asiente y se muerde el labio inferior, dejando que sus ojos vaguen por mi cuerpo—. Sin duda quiere algo.

Masen me mira divertido.

—Está tan limpita —comenta Finn, volviéndose hacia su amigo—. Sin embargo, seguro que le gusta ensuciarse.

El de la cresta se ríe.

—Vaya que sí.

Pongo los ojos en blanco, esperando. Cómo les mola el jueguecito: la chica engreída contra uno de los suyos...

—Marchaos —ordena Masen—. Yo me encargo.

Me acerco, me apoyo suavemente en su pecho mientras sus amigos desaparecen, riendo.

—¿Y bien?, ¿adónde vamos?

Inhala profundamente y me da un beso rápido en la mejilla, yo me yergo.

—Venga. Sube.

 

 

Cruzo los brazos sobre el pecho para no moverme.

—Debería haberme cambiado de ropa.

Masen pasa por mi barrio y se adentra en el campo.

—¿Por qué?

—Porque si nos ven haciendo lo que vamos a hacer —explico—, no será difícil identificarme.

Sonríe para sí mismo y mira la carretera.

—No nos verá nadie.

Respiro hondo, alargo la mano y enciendo la radio, tratando de ahogar la preocupación en mi cabeza con los acordes de So Cold de Breaking Benjamin.

Intento ocultarlo, pero en realidad estoy nerviosa. Debería haberme negado. Dejé de escribir en las paredes del instituto para no arriesgarme y ahora vamos a hacer otra actividad ilegal. Me han aceptado en NYU, Cornell y Dartmouth. No quiero poner en peligro eso solo porque estoy enamorada de él y cualquier excusa es buena para estar a su lado.

En realidad, es difícil negarle algo mientras está dentro de mí. Le habría dicho que me tatuaría su nombre en el cuello si quisiera. Probablemente le encantaría. Lo miro, riéndome por dentro de la idea. Su cabello castaño, ralo y un poco levantado, está peinado hacia delante, y miro su boca, recordando la calidez del aro de metal suave rozando las docenas de lugares donde me besó.

De repente quiero saberlo todo. Cómo era de niño. Cuál es su música favorita. A dónde va cuando necesita paz y tranquilidad y a quién acude cuando le hace falta hablar. ¿A quién ama? ¿Quién está ahí para él? ¿Quién lo conoce mejor? ¿Alguien lo conoce mejor que yo? No puedo evitar que me entren celos. Ha vivido toda una vida antes de conocerme. Me muerdo la comisura de la boca, hay demasiadas cosas que sé que no debería decir, pero quiero.

—Me gustas —le digo, mirando hacia abajo, con voz tranquila.

Veo cómo vuelve la cabeza hacia mí, sin decir nada.

—Me dijiste cosas agradables el viernes por la noche —prosigo—, y quería que supieras, en caso de que no te hayas enterado, que me gustas un poco. —Levanto los ojos y lo veo mirándome; hay algo que no puedo leer en sus ojos—. Sé que puedo ser... yo. No me pongo cursi y no hablo mucho de lo que me pasa por la cabeza. Me resulta difícil. —Hago una pausa, sintiéndome un poco más resuelta. Quiero que lo sepa—. Pero me gustas.

Sé que no es mucho, pero para mí sí, y espero que él se dé cuenta. Admitir que me agrada me vuelve vulnerable, y no suelo mostrar mis cartas de esta forma. Ya no. En realidad, no solo me gusta. Es más que eso. Pienso en él. Lo extraño cuando no está. Me dolerá si se marcha tan repentinamente como apareció.

Se queda callado y el calor de la vergüenza cubre mi piel. Bien hecho, Ryen. Quizá lo que le gustaba de ti era que no fueses una ñoña y ahora te pones en plan enamoradiza.

—¿Cuándo llegamos? —pregunto con tono brusco para cambiar de tema.

Observo cómo se detiene lentamente a un lado de la carretera y aparca junto a una pared de árboles.

—Ya estamos aquí —responde.

Miro alrededor del seto, observándolo mejor, y luego contemplo el vecindario espacioso y tranquilo.

—Esta es la casa de Trey —señalo.

Él asiente y se quita el cinturón de seguridad.

—Tiene algo que me pertenece. Una reliquia familiar. —Señala la casa de Trey—. Y lo necesito recuperar.

—¿Que dices? ¿Por qué iba a tener Trey algo tuyo?

Él niega con la cabeza.

—Él no.

—¿Qué?

Me quita el teléfono de la mano y pulsa algunos botones en la pantalla mientras trato de averiguar qué diablos está pasando. Trey y toda su familia están en el partido de béisbol, así que no hay nadie en casa. ¿Vamos a colarnos?

—Masen, no voy a entrar ahí.

—No tienes que hacerlo. —me devuelve el teléfono—. Te he guardado mi número. Creo que ya era hora de que lo tuvieses de todos modos. Llámame si viene alguien o ves algo extraño.

¿Qué?

Lo miro, horrorizada, pero él simplemente se baja de la camioneta y corre hacia la casa.

¿Perdón?

Empujo la puerta, salto y la cierro de golpe detrás de mí antes de perseguirlo.

—¡No me lo puedo creer! —Susurro, alcanzándolo en medio del césped—. ¿No me dices nada, y ahora me involucras en un allanamiento de morada? Podría meterme en un buen lío, y no quiero parecer un hipócrita, por lo de Punk y tal, pero esto es demasiado.

Se detiene y aprieto el teléfono en la mano, como con ganas de tirárselo a la cabeza. ¿De qué va? Tiene amigos. ¿Por qué no se lo pide a ellos?

—¿Por qué me has pedido que venga? —suelto.

—Porque es importante.

Me mira, pero no creo que esté enfadado. Deja escapar un suspiro y su expresión se suaviza cuando se acerca a mí.

—Necesito lo que hay ahí dentro, y eres la única de quien me fío. No podría haber venido con otra persona.

—Vaya, gracias.

—Hablo en serio, Ryen. Confía en mí, ¿vale?

—Confío en las personas que no me ponen en peligro deliberadamente —respondo—. Pensé que iríamos a La Cala o nos subiríamos a una torre de agua o algo así. No que nos fuésemos a colar en casa de la directora.

—Te has colado en su instituto —señala.

Muevo los labios hacia arriba y cruzo los brazos sobre el pecho. «Cabrón.» Me mira durante un momento y luego baja los ojos. Toma mi mano y coloca sus llaves en mi palma.

—Tienes razón. Venga, llévate la camioneta y vete a casa. Nos vemos allí —cede—. Está a un kilómetro nada más. Iré andando.

«¿Qué? No...», pero se da la vuelta y camina hacia la casa de Trey, sin darme la oportunidad de protestar. No quiero meterme en problemas, pero tampoco que lo haga él.

En realidad, no tomaremos nada que no le pertenezca. Bueno. Dejo escapar un suspiro y corro tras él. «No pienses. Actúa.» Me pregunto cuántas reclusas dijeron lo mismo antes de cometer sus crímenes.

Lo veo dirigirse a la entrada principal y sacar algo de su bolsillo, pero me fijo en la puerta para perros que da al garaje y luego miro a mi alrededor. Cualquiera podría pasar en coche o un vecino podría ver a Masen tratando de forzar la cerradura.

—Es más seguro entrar por la puerta para perros —digo, segura de que los padres de Trey probablemente se hayan llevado a su husky al partido.

Niega con la cabeza, mirando el agujero rectangular.

—No quepo.

Por supuesto que no. Su perro es grande, pero no tanto. Dudo por un momento, pero luego suspiro y me dirijo hacia allí. Puedo tratar de convencerme de que conozco esta casa, ya que he estado dentro alguna vez, y por tanto seré capaz de encontrar lo que necesita mucho más rápido que él. Pero la verdad es que quiero saber qué está buscando y por qué. Hasta ahora ha sido como un fantasma y tengo curiosidad.

Me agacho, empujo la puerta para perros y aguzo el oído para ver si escucho un ladrido, pero todo lo que se oye es el susurro de las hojas al el viento.

Mason se pone detrás de mí y asomo la cabeza, pero solo veo el interior del garaje a oscuras. Deslizo el brazo, me coloco de costado, maniobro con los hombros a través del estrecho hueco y pongo las manos en el suelo de cemento frío, arrastrando mi cuerpo a través del agujero.

Aspiro el aire húmedo y distingo el pequeño punto de luz verde junto a la puerta de la cocina, suponiendo que será el interruptor de la puerta. Avanzando con cautela en la oscuridad, extiendo las manos y avanzo hacia allí, tratando de evitar la mesa de billar, el sofá y otros muebles que sé que están por aquí.

—No enciendas ninguna luz —dice Masen.

—Ya.

Mi pie golpea el escalón y extiendo la mano para presionar el interruptor. El motor comienza a girar y la puerta del garaje a levantarse. Masen se desliza por debajo de la puerta, y vuelvo a accionar para cerrarla.

Giro la manija de la puerta de la cocina y la abro, inmediatamente veo la luz de la luna que entra por el ventanal. Masen entra detrás de mí, cierra la puerta e inhalo: huele a Trey. Es curioso cómo la gente huele a su casa. O viceversa. Aromas de muebles de cuero y madera, ambientador, jabón, las diferentes colonias y perfumes que usan tus padres y hermanos, la comida que cocina tu familia... todos se juntan para crear una fragancia única y solitaria.

Masen, en cambio, huele al cuero de su camioneta con un toque de jabón. Eso es todo.

—Vamos.

Me guía a través de la casa, mirando a su alrededor como si supiera adónde ir. Yo podría ayudarle si supiera lo que está buscando, pero al alcanzar la escaleras sube y yo lo sigo.

—¿Vas a la habitación de Trey? —pregunto.

—No te preocupes, la encontraré —dice entre dientes—. No necesito que me digas que sabes dónde está.

Me sonrío.

—No lo sé. Solo preguntaba.

Abre una puerta y miro en la oscuridad, veo paredes rosas y globos aerostáticos de juguete colgando del techo.

Debe de ser la habitación de Emma, la hermanita de Trey. La directora se casó con el padre de Trey cuando este tenía unos cuatro años. Aunque él la llama Gillian y no la trata como a una madre, ella prácticamente lo crio y varios años después dio a luz a una hija.

Miro a Masen y me pregunto por qué no cierra la puerta. Lo que necesita no puede estar aquí. Emma solo tiene seis años. Ella no le ha robado nada. Pero se queda ahí parado, dejando que sus ojos vaguen por la habitación. Su pecho se mueve con respiraciones superficiales.

—¿Masen? —le pregunto.

Pero él no responde.

Toco su brazo.

—¿Masen? —digo más fuerte—. ¿Qué estamos buscando? Quiero largarme de aquí.

Él parpadea, volviéndose, casi parece enfadado.

—Está bien, vamos.

Sale de la habitación y cierro la puerta de nuevo, captando un destello de movimiento. Las sombras de las hojas fuera de la ventana del pasillo bailan sobre la alfombra y mi corazón da un vuelco.

Nos acercamos a la puerta de al lado, Masen entra y se detiene un momento para mirar a su alrededor. Se dirige al armario, abre un cajón y saca una linterna del bolsillo. La acciona y comienza a inspeccionar el joyero.

—¿En serio? —ladro en un susurro, acercándome a él—. ¿La directora te robó tu collar de perlas favorito?

—Es una larga historia, cariño. —Él abre cajón tras cajón, escaneando rápidamente el contenido. ¿Qué busca? No lo sé.

—Y me encantaría conocerla —respondo—. Pero si robas algo, te mato.

—Aguanta. —Me arroja la linterna—. No pienso coger nada que no sea mío.

—¿Qué estamos buscando?

—Un reloj.

—¿Por qué los Burrowes tienen tu reloj? —pregunto confundida.

—Luego te lo explico —dice—. Ahora alúmbrame.

Aprieto los labios, cada vez más impaciente, pero sostengo la linterna y la apunto a los cajones que está examinando. Lo sigo cuando se acerca a la cómoda, sumerge las manos en suéteres y camisas, tanteando.

—Y bien, ¿quieres darte una ducha esta noche? —Me mira.

Arrugo la frente. ¿Está coqueteando? ¿En serio? Se ríe.

—No es que esté sucio, pero me encantaría borrar ese ceño fruncido y seguro que me encantas mojada.

Niego con la cabeza, tratando de no parecer divertida ante su maldita elección de momento para decir guarrerías. Aunque darme una ducha caliente con él, besándolo y tocándolo, suena realmente bien.

—Tú date prisa —susurro, poniéndome ansiosa.

Busca en el resto de la habitación, dentro del armario y en los cajones que hay junto a la cama, mientras yo sostengo la linterna, esperando a que se rinda para que podamos salir de aquí. De pronto, se detiene brevemente, parado a los pies de la cama, pensando. Y luego, antes de que tenga la oportunidad de empujarlo hacia fuera, se da media vuelta, sale de la habitación y cruza el pasillo.

La habitación de Trey. Por fin. Esperaba que fuese el primer sitio que registrase. Me parece mucho más lógico que quien le robara algo a Masen fuese él, no sus padres.

Echo un vistazo al dormitorio de la directora para asegurarme de que todo esté en su sitio (los armarios y los cajones están cerrados) y cierro la puerta del dormitorio, cruzo el pasillo y lo sigo hasta la habitación de Trey.

Me atrevo a echar un vistazo a mi alrededor. Debería sentirme culpable por estar merodeando por la habitación del chico con el que voy a ir al baile de graduación, pero dejo que mi mirada se pose en su cama de matrimonio, cubierta por un edredón azul marino con sábanas grises, y siento un escalofrío subir por mis brazos. De ninguna manera dormiría ahí con él. Veo a Masen abrir el cajón junto a la cama, coge una caja de condones y me la pasa por encima del hombro.

—¿Qué opinas? —bromea—. ¿Se está abasteciendo para el baile de graduación?

«Me la suda.»

—Si tanto te preocupa lo que suceda en el baile de graduación —señalo, acercándome detrás de él y susurrándole al oído—, tal vez deberías hacer algo al respecto.

Siento que su cuerpo tiembla con una risa tranquila mientras arroja la caja al cajón.

—Pídemelo —susurro, pasando mi labio por su lóbulo—. Te diré que sí.

Se inclina hacia mi boca, mirándome.

—Tal vez mañana.

Me aparto, disgustada.

—Idiota.

Se ríe detrás de mí. La luz destellea alrededor de la habitación mientras Masen se dirige a la cómoda y abre el cajón izquierdo para rebuscar entre los calcetines. De pronto, noto algo en la oscuridad y frunzo los ojos, me acerco y meto la mano.

—Este cajón debería ser más profundo —digo, mis dedos golpean una tabla.

Vi que solo había hundido la muñeca en el cajón cuando debería haber desaparecido la mitad de su antebrazo. Ambos palpamos a nuestro alrededor y Masen entrecierra los ojos, encuentra algo y tira de ello.

Levanta el trozo de madera, la ropa cae hacia atrás y aparece un compartimento secreto. Masen saca lo que parece una pila de cartas. Les da la vuelta y las mira, pero luego deja caer la mano de nuevo en el cajón, guardando los sobres en el compartimento.

—¿Qué es? —Meto la mano y trato de quitarle el fajo.

—No es nada. —Intenta volver a colocar el tablero—. No es lo que estoy buscando.

Pero me abro paso a la fuerza y le arranco los papeles de la mano. Lanzándole una mueca de broma, le doy la vuelta a las cartas y las miro. Mi pecho se hunde. «Ay, Dios mío.»

No son cartas. Son fotografías. De diez por quince, por lo que parece, y las miro, una tras otra, con el estómago revuelto.

Lindsey Beck, una chica que se graduó el año pasado.

Fara Corelli, una compañera de curso.

Abigail Dunst, otra de nuestro curso.

Sylvie Lanquist, un año menor.

Georgia York. La hermana de J.D. Él probablemente no tenga ni idea.

Todas desnudas y en una variedad de poses diferentes. Algunas son selfis, otras están tomadas por otra persona, y en una de ellas, Trey tiene a una chica a horcajadas sobre él. Su rostro muestra una sonrisa sórdida.

Asqueada, enrollo los dedos alrededor de las fotografías.

Brandy Matthews está a cuatro patas y la cámara capta el costado de su cara cuando Trey, supongo, se arrodilla detrás de ella y toma la foto.

Mi corazón se acelera y siento que se me va a salir del pecho. Paso a la siguiente y veo a Sylvie, con la boca abierta y...

Dejo caer las manos y desvío la mirada. «Qué asco.»

Dios mío, pero ¿qué le pasa? ¿Cómo es capaz de sacarles fotos a tantas chicas en pleno acto sexual? ¿Sabían que se lo hacía a todas? Y Sylvie es tan maja... ¿Cuánto tiempo se la cameló para conseguir lo que quería?

—Lo siento, cariño.

Bufo y tiro las fotos en el tocador.

—¿Crees que no sabía cómo era?

—Y aun así, vas a ir al baile de graduación con él.

Le lanzo una mirada, agravada porque sigue sacando el tema. «Pues no.» No voy a ir al baile de graduación con Trey. Si trata a las chicas a las que se liga así, ¿cómo me tratará a mí, que no hago más que resistirme a sus encantos? Pero no se lo pienso admitir a Masen, porque se regodeará. Veo otra foto en su mano y avanzo un centímetro.

—¿Qué es eso?

Se tapa los ojos y niega con la cabeza. Tomo la foto y la sostengo frente a mí.

Lyla está desnuda y empapada, su cabello chorreante pegado a sus mejillas y a su cuello, y posa contra lo que parece una mampara de ducha, con los brazos sobre la cabeza y los pechos expuestos. Sus ojos tontean con la cámara, o con quien esté detrás de ella.

Trey. Si él no es quien sacó la foto, al menos es quien la posee. No pretendo engañarme, sé que follaron. Y recientemente. Lyla lleva la pulsera de bronce que se compró hace tres sábados.

Él me da igual, y a ella la odio, entonces, ¿por qué siento que mis ojos arden y mi garganta retiene un grito? No estoy celosa de que le diese lo que yo no le daba, y tampoco de que se liaran, pero ¿por qué lo han hecho a mis espaldas? Siento una mano cálida tocar mi cara.

—También sabías cómo es ella —dice Masen—. Esto no te sorprende.

Niego con la cabeza, parpadeando a través de las espesas lágrimas que no puedo evitar que broten.

—No —apenas susurro, mirando la foto.

No, no me sorprende. Aun así, me siento como una mierda. Creía que estaba ganando. Pensé que estaba arriba, pero a mis espaldas, las personas que consideraba que podría manejar me estaban manejando a mí. Creen que soy estúpida. Me encuentran fácil de humillar.

Justo como antes.

Sabía que Trey no me estaba esperando, así que no me importa. Pero pensé que había captado a Lyla. Creí que me respetaba. Cuánto se debe de haber divertido creyendo que me estaba robando algo que yo quería. Derramo lagrimas gruesas y siento un peso sobre los hombros. No es Trey. No es Lyla. Soy yo. No sé quién soy.

—Creé este personaje —digo, con la voz quebrada y un dolor instalándose detrás de mis ojos— porque era joven y pensé que había algo más. Cambié amigos que consideré inferiores por otros que realmente lo son.

Parpadeo largo y tendido, mis pestañas mojadas caen sobre mi mejilla.

—Hasta Misha me abandonó.

Masen toma mi rostro con suavidad.

—Seguro que Misha tiene una explicación—dice con tristeza—. Porque no estás mal.

—Sí que lo estoy. —Un sollozo sacude mi pecho y lloro más fuerte—. No tengo amigos, Masen.

Es verdad. Calé a la gente del instituto. Obtuve lo que me merecía. Tomé decisiones superficiales, actué superficialmente y no obtuve nada duradero. No sé si Ten se quedará conmigo, y ya no tengo a Misha. No sé lo que hice, pero cuando descubres que todos te odian, no es su culpa, sino la tuya.

—Tienes un amigo —me asegura Masen con tono firme y seguro—. Esos putos perdedores son un peso muerto. ¿Me oyes? —Pasa sus pulgares por mis mejillas para secarme las lágrimas—. Eres preciosa e inteligente, y tienes un fuego en tu interior al que me he vuelto adicto.

El calor llena mi pecho, y levanto mis ojos hacia los suyos. Se inclina, frente a frente.

—Eres un dolor de cabeza increíble, pero, Dios, estoy enamorado de t... —Se interrumpe y mi respiración se queda atrapada en mi garganta—. De eso —termina—. De tu intensidad. No me sacio. Pienso en ti todo el tiempo.

Sollozo, respiro profundamente y me enjugo las lágrimas. Mi corazón dio un vuelco. Casi parecía que iba a decir otra cosa.

—Vámonos ya, ¿vale?

Me aparto, vuelvo a colocar el tablero en el cajón y lo cierro. Sé que no ha encontrado lo que necesita, pero tengo que salir de aquí. Necesito darme una ducha después de haber visto esas fotos, o hacer algo con Masen y olvidarme de que he estado aquí. Salgo de la habitación y giro a la izquierda para bajar la escalera, pero Masen me agarra del brazo y me detiene.

—¿Qué vas a hacer con esas fotos?

—Quemarlas —respondo—. Probablemente las borró para que sus padres no las encontraran en su teléfono, así que no tendrá copias. No me extrañaría que se las quisiera enseñar a sus amigos.

Pero Masen niega con la cabeza y me las arrebata de la mano, se da la vuelta y abre la puerta del dormitorio de los padres de Trey.

—¿Qué estás haciendo? —susurro.

Entonces lanza las fotos por toda la habitación, estas caen al suelo e incluso sobre la cama.

—Ay, Dios. —Ahogo una risa y me tapo la boca.

—Dejemos que se ocupen sus padres —dice Masen, tomando mi mano y cerrando la puerta detrás de nosotros.

Me río en voz baja, pero me río. No puedo parar. Los Burrowes sabrán que alguien entró en su casa, pero a juzgar por las fotos, probablemente asuman que es una chica descontenta con Trey.

Salimos de la casa de la misma manera que entramos, y nos apresuramos a subir a su camioneta, mirando a nuestro alrededor para asegurarnos de que no haya nadie alrededor. La calle está oscura y tranquila, y Masen enciende el motor.

—Lamento que no hayas obtenido lo que querías.

Me lanza una sonrisa débil.

—Tengo lo que quiero.

Los aleteos golpean mi estómago, y levanto la mano, pasando los dedos por la parte superior de la suya, que está apoyada en el salpicadero. Después de un par de minutos, se detiene frente a mi casa y deja el motor en marcha. Me incorporo y me inclino hacia él, no me apetece darle las buenas noches.

De hecho, no quiero que se vaya nunca.

—Tenemos una casa en el árbol en el patio. —Lo miro coqueta—. ¿Tienes tiempo?

Sonríe.

—Me encantaría, pero tengo cosas que hacer —me susurra al oído.

Siento una decepción, pero le lanzo una expresión neutra, como siempre.

—No obstante, ¿me podrías hacer un favor? —pregunta, besando mi mejilla lenta y suavemente—. Asegúrate de que la llave esté debajo de la maceta. Y no te toques. Déjalo para la mañana, cuando pueda mirar.

Mi cuerpo se calienta de emoción y sonrío. Si no estuviera tan oscuro, me vería sonrojarme.

—No tardes —ruego—. Quizá me impaciente.

Me besa y me quedo un momento pegada a él antes de alejarme. Al salir de la camioneta, le lanzo una mirada y luego entro en casa.

En cuanto se cierra la puerta, lo escucho alejarse.

Qué fácil es perderse con él. Hace unos minutos estaba llorando y ahora nada de eso parece importar. Quiero tener amigos, por supuesto. Me encantaría saber que Ten se quedará a mi lado y anhelo que Misha vuelva, pero... Masen simplemente hace que todo parezca más pequeño. Como si tuviera una nueva perspectiva. Se está convirtiendo en parte de mi corazón y me siento bien cuando él está cerca. Casi como si ninguno de mis miedos importara mientras él esté allí.

Me prometió que mañana me lo contaría todo, pero una parte de mí no está segura de querer saber más. Por supuesto, cuanto más lo conozca, más me sentiré como si fuera real y formaré parte de su vida en lugar de que él sea solo parte de la mía, pero esto me gusta. Mucho.

Subo los escalones y recorro el pasillo, entro en mi habitación. Enciendo la lámpara, me quito los zapatos y me desplomo sobre la cama, con la cabeza colgando del extremo y mirando al revés todos los garabatos de tiza que he hecho en la pared.

Mis ojos se sienten pesados, pero no estoy cansada.

Las palabras de Misha y las mías se mezclan, chocan entre sí y ni siquiera puedo recordar de quién son cada una. Sus pensamientos y sus letras, mis sueños y mis reflexiones, su ira y mi confusión sobre todo en mi vida... Misha está en todas partes, y lo extraño. Durante mucho tiempo, fue mi salvador.

Pero Masen también me hace sentir coraje.

No lo necesito para llenar el vacío que dejó Misha, pero me gusta cómo me presiona y espera más de mí. Es un recordatorio de lo que quiero sentir todos los días, ya sea con él o sola. Me ha enseñado que ser yo misma es demasiado bonito como para sacrificarlo por la aprobación de los demás. La forma como me visto, los chicos con los que hablo, los juegos que juego..., es todo plástico, y cuando estoy con él, soy de oro.

Mis ojos se posan en la lista de palabras que tracé durante las últimas dos semanas.

 

Solo

Vacío

Fraude

Vergüenza

Temor

 

Y debajo, agrego la frase que me dijo en la parte trasera de la camioneta en el autocine.

 

Cierra los ojos, no hay nada que ver aquí.

 

Me encanta esa frase. Como si todo lo que necesitamos saber fuese invisible. Todo está en nuestro interior.

Parpadeo ante la lista, leyéndola una y otra vez.

 

Solo, vacío, fraude, vergüenza, temor,

Cierra los ojos, no hay nada que ver aquí.

 

Mmm. Las leo de nuevo en mi cabeza y una vez más en voz alta.

Tiene ritmo. Como una canción.

 

Solo, vacío, fraude, vergüenza, temor,

Cierra los ojos, no hay nada que ver aquí.

 

Me doy la vuelta y vuelvo a estudiar las palabras. Es un poco extraño lo bien que encajan. Él me fue dando las palabras por separado, y nunca indicó que hubiese una conexión entre ellas, pero sé que hay algún tipo de significado oculto. La primera palabra fue en La Cala, y no para mí, en realidad. Tenía la sensación de que las palabras procedían de algún lugar específico.

Salto de mi cama, arrastro la silla de escritorio y me siento. Enciendo el portátil y escribo las palabras en el buscador, le doy al intro y espero.

Las imágenes y los videos de YouTube se cargan inmediatamente en la pantalla, y me siento, escaneando los resultados para ver si es de una canción. Uno de los videos de YouTube se titula Pearls y hago clic en él.

El video está pixelado y oscuro, pero se distingue un escenario y unas luces, y escucho a una multitud gritando y vitoreando. Entonces miro más de cerca a los chicos del grupo, sin parpadear, y mi corazón se acelera. Una banda con su batería y guitarras y...

¿Masen?

Respiro más fuerte y rápido. «¿Qué?»

Todos están posicionados, uno detrás de su batería, otros dos flanqueando a Masen con guitarras y él con una mano en el bolsillo y sin instrumento. Me arde la sangre y me duele el pecho. ¿Qué diablos es esto?

La canción comienza, dura y fuerte, el baterista golpea un ritmo constante y la multitud salta mientras Masen mueve la cabeza. Miro debajo del video y veo el nombre del grupo. Cipher Core. ¿Está en un grupo de música?

La búsqueda del tesoro. «Ay, Dios mío.» Pensé que era un tipo cualquiera, pero no. Era uno de los organizadores. Me tiembla la mano cuando muevo el cursor y hago clic en la sección «Mostrar más». Aparece la letra, y veo a Masen cerrar los ojos y sostener el micrófono en su soporte mientras su voz suave y profunda comienza a cantar las palabras que estoy leyendo.

Una imagen vale más que mil palabras,

pero mis mil palabras hacen más mella.

Lo que no nos mata nos hace más fuertes.

Y una mierda. Soy el cazador y la presa.

Trata a los demás como quieres que te traten a ti,

pero ¿y si esta noche quiero que me quemen?

Nos dijiste que es mejor prevenir que curar

y mi hermanita escuchó, pero fui yo quien aprendí.

Vientos, vientos, vientos es lo que sembraste.

¡No te asustes ahora si recoges tempestades!

Necesitar, medicar, erradicar, resucitar.

Trágate tus perlas, para mí ya era demasiado tarde.

Hazlo mejor, sé más, demasiados, te has pasado.

Estoy a punto de ahogarme, no puedo forzarlo.

Ensarta las cuentas y envuélvelos alrededor de mi cuello,

me estrangularé con tus perlas de sabiduría y moriré destrozado.

La letra me suena. La repito en mi mente. Vientos, vientos, vientos es lo que sembraste... Misha y yo compusimos esa canción. Lo recuerdo, y algo terrible y duro me recorre mientras dejo de respirar y leo la breve biografía en la parte inferior.

 

Cipher Core es una banda de rock estadounidense con sede en Thunder Bay.

 

No... Trago la bilis ácida que me sube por la garganta.

 

Miembros:

Dane Lewis: guitarra y coros

Lotus Maynard: bajo

Malcolm Weinburg: batería

Misha Lare: cantante, guitarra

 

—Ay, Dios. —Me derrumbo al suelo, sollozando y negando con la cabeza—. Ay, Dios mío —lloro.

Me paso los dedos por el pelo, sosteniendo mi cabeza, mi pecho cada vez se vuelve más pesado. Tomo respiraciones cortas y superficiales. No puedo respirar.

Masen es Misha.

—¡¿Qué cojones?! —grito.

Todo este tiempo lo he echado de menos, me he preocupado por él, me he preguntado dónde diablos está y por qué no me escribe, ¡y lo tenía justo delante de mis narices! Grito, golpeando mis manos contra el suelo y entrelazando mis dedos sobre la alfombra.

No me lo puedo creer. Él no me haría esto. Él no me dejaría en ridículo ni jugaría conmigo de esta manera.

Me levanto, me limpio la nariz con el dorso de la mano y lo miro en la pantalla. Termina la nota final, larga y lánguida, y desde la distancia, entre la multitud, lo veo inclinar la cabeza como si todavía estuviera metido en la canción. La gente vitorea, suenan los últimos acordes de la guitarra y escucho a un par de chicas gritar su nombre.

Misha.

Todo tiembla y la habitación da vueltas mientras mi mente se acelera.

Masen. El chico misterioso y silencioso del que nadie sabe nada y que salió de la nada. El tipo que sabía que me encantaba Crepúsculo, dónde vivo y qué tenía que sacar de mi mochila cuando tuve el ataque de asma. Dios mío, ¿cómo no me di cuenta? Cierro los ojos, lágrimas de rabia corren por mi rostro.

Misha, mi mejor amigo que me folló con una mentira.

«Tienes un amigo», me dijo antes.

—No —me susurro a mí misma, la rabia aumenta mientras cierro de golpe mi portátil y salgo de la habitación para buscar las llaves del coche de mi hermana.

No tengo amigos.

Ir a la siguiente página

Report Page