Por un mundo sin inocentes

Por un mundo sin inocentes

La Banquise (1986)

Publicado en el blog Il Lato Cattivo. Traducción: A.V.

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El comunismo es y sigue siendo la única superación posible de la sociedad capitalista; sin embargo, su forma y contenido no son invariables, sino históricos y discontinuos. Una era -la del movimiento obrero y el programa proletario- ha llegado a su fin, y no volverá. La herencia teórica de las luchas pasadas no dejará de revelar su obsolescencia. Se trata, por lo tanto, de que aquellos que siguen planteando el problema de la revolución, saquen todas las consecuencias de ello. Se trata de entender la relación que existe hoy en día entre las luchas diarias del proletariado, la revolución y el comunismo. Se trata, nada menos, que de reconocer finalmente que esta comprensión es una articulación interna (separada pero interna) de esta misma relación: sin lucha de clases no hay teoría; sin teoría no hay revolución. Nosotros, como muchos otros, hemos empezado. Tenemos algunas ideas, quizás no del todo peregrinas. Designamos el proceso revolucionario que vendrá como la adopción necesaria, por parte del proletariado, de medidas inmediatamente comunistas (abolición del intercambio, de la división del trabajo, del valor, de la propiedad, del estado, de las clases, etc.), sin transición, sin socialismo. La necesidad de estas "medidas" -la necesidad del comunismo como el medio mismo de la revolución- se manifiesta ya prefigurada en un cierto número de luchas proletarias actuales. Esto, y mucho más, queremos decir en este blog. (Introducción de Il Lato Cattivo)


En una sociedad de clases como la nuestra, la justicia es evidentemente una justicia de clase. Pero si nos limitáramos a repetir esta banalidad, terminaríamos distorsionándola, hasta el punto de convertirla en una verdad a medias, una verdad miope... en resumen, un error.

Es una limitación común ver en las clases sociales nada más que las clases mismas, en lugar de ver el movimiento que las ha producido y las reproduce; sin distinguir en el capitalismo nada excepto el propio capitalismo, sin ver lo que ha heredado de todo el arco de la historia humana. Más que denunciar el carácter "de clase" de la justicia o de cualquier otra realidad, debemos observar cómo el capitalismo adopta (en interés de la clase dominante) algunas soluciones que las sociedades de clase del pasado habían aplicado a la vida social, ayudando así a las clases dominantes de cada época a imponerse.

No se puede afirmar que las clases aparecieron única o principalmente porque un grupo humano determinado tuvo interés en que así sucediera. ¿Acaso es verosímil pensar que otros humanos permitieron a esa minoría actuar como el primer propietario imaginado por Rousseau, quien habría simplemente decretado "Esto es mío"?

Asimismo, no podemos darnos por satisfechos con el argumento de un necesario "desarrollo de las fuerzas productivas" que habría obligado a la humanidad, para aumentar la producción y la productividad, a aceptar la existencia de las clases y del Estado. No todas las sociedades han conocido esta primacía ineluctable del desarrollo económico; algunas, por el contrario, frenaron, en su interior, el progreso de la producción de riqueza y la polarización del poder. En resumen, como toda realidad social esencial, la justicia nos lleva de vuelta a la idea de que hace unos pocos milenios la humanidad se encontró en la senda de la explotación y la alienación. Sin esta premisa, el capitalismo no podría haber nacido, ni podría haber sido constituido la prolongación de esa senda. Por lo tanto, la crítica del capitalismo es también la crítica de las formas anteriores de alienación que incorpora en sí mismo.

La "justicia" es un invento social ya milenario que la crisis de los primeros grupos humanos hizo necesario. Es menos una forma de resolver conflictos que de hacer tolerables los conflictos que no pudieron ser evitados; y que en virtud de su intervención se agravan y multiplican -hasta el absurdo actual de la encarcelación penal, un remedio que, tal como admiten los propios humanistas burgueses ilustrados, es peor que la enfermedad. Al igual que la moral en el plano de las relaciones interindividuales, la justicia aplica a un conflicto o a una violencia una regla preestablecida y externa al hecho, para solemnizar el "trauma" y darle un nombre que permita exorcizarlo. Según esta lógica, debe haber un culpable -y no sólo un perpetrador- a fin de que la culpa penetre en el culpable y termine por identificarse con su ser más profundo. Este movimiento llega a buen puerto cuando la justicia moderna afirma que no juzga el acto, sino todo el ser del individuo que se revela a la luz del acto, en virtud del análisis de las motivaciones, las evaluaciones psiquiátricas y de la personalidad. Las sociedades arcaicas impartían justicia haciendo que sus miembros (los grupos asociados a ellos, nunca los meros individuos) renunciaran efectivamente al control directo sobre sus propias vidas, y por tanto a ejercer la violencia dentro del grupo. Esta evolución, por supuesto, es paralela al surgimiento de la división del trabajo y, más tarde, de la religión, la política y la economía.

Es a partir del surgimiento de la justicia como culpabilidad-exorcismo-marginación que se desencadenó el mecanismo que llevaría al encarcelamiento, considerado como el medio más seguro de aislar a los excluidos. Pero la prisión sólo materializa una separación que ya venía funcionando durante algún tiempo.

Todas las sociedades de clase han hecho el más amplio uso de la justicia, e incluso las dictaduras más aclamadas (nazismo, estalinismo, etc.), independientemente del papel desempeñado por el capricho de los dirigentes, nunca han funcionado sobre la base de la pura arbitrariedad, ni han renunciado al proceso judicial. Junto a una policía con poderes exorbitantes, la justicia ha seguido desempeñando su papel: el de evocar la existencia de una norma. Cuanto más frágil es un régimen (recordemos una dictadura militar como la de Videla, en Argentina), más lejos llega en la improvisación y la violación sistemática de la ley ("desapariciones", etc.). La pura arbitrariedad termina por socavar el orden social (la economía escapa a cualquier intervención, el dictador ve cómo se reduce su base social, etc.). Y cuando el líder no manda más que un ejército de verdugos, sus días están contados. Por el contrario, el "estado de derecho", que traza con precisión los límites de la zona no justa en la que se ejerce la arbitrariedad policial, es la forma consumada del orden social.

No sólo se castiga al ladrón para asegurar el orden necesario para salvaguardar la propiedad privada. También se castigan los asesinatos en los que sólo han tomado parte individuos proletarios y que de ninguna manera afectan a la burguesía. Se puede incluso reconocer una sociedad en crisis y un Estado poco unificado, por el hecho de que la policía y la justicia renuncian a intervenir en ciertos barrios subproletarios incontrolables y dejan que sus habitantes se droguen, extorsionen o se maten entre ellos, como sucede en ciertos guetos negros americanos.

Una sociedad capitalista "sana" también interviene cuando se trata de evitar que sus elementos marginales se masacren. Por supuesto, también acá intervienen los intereses de la sociedad de clases (y los intereses "egoístas" de la clase dominante), pero hay más. El mundo capitalista actual necesita exorcizar el asesinato: aunque de forma diferente a la sociedad griega del siglo IV a.C., siente esta necesidad, que debe ser explicada.

La sociedad de clases implica una separación entre individuos aislados, una alienación de cada individuo de los demás, una incapacidad para resolver desgarros y choques, incluyendo aquellos que sólo tienen una relación muy indirecta con la base clasista de la sociedad. El pequeño grupo en el que se desarrolla la vida cotidiana (relaciones amistosas, familiares, laborales, de vecindad) no es apto para afrontar los conflictos y favorecer su solución, para soportar la violencia y el drama, para convivir con las fuertes contradicciones que caracterizan las relaciones humanas. Y esto es tanto más cierto cuanto más "progresa" la alienación social (por lo tanto, se aplica en mayor medida para los ciudadanos franceses contemporáneos que para los de la antigua Atenas). La razón de ello es que la tendencia "natural" es recurrir a mecanismos que se sitúan por encima de estos entornos de vida, para resolver y suprimir las contradicciones. De la capacidad que los revolucionarios tengan de no ceder a esta tendencia, depende la seriedad de su crítica de la justicia, y su crítica del mundo capitalista en general.

Sobra decir, pues, que estamos en contra de la prisión tanto para los "culpables" como para los "inocentes", ya que esta distinción, histórica y no natural, resume en sí misma el fenómeno de la justicia, que una sociedad humana ya no necesitará.

(Extractos de Pour un monde sans innocents, "La Banquise", no. 4, 1986)