Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 33 » Laura

Página 105 de 113

Laura

 

 

Su boca entra en contacto con la mía a una velocidad de vértigo. No es dulce ni suave. Es un beso hambriento, voraz, de esos que se guardan para la intimidad. Insaciable, cuela su lengua dentro de mí, hasta el fondo. Me devora, busca la mía, la succiona, me asola entera. Es un beso ávido, húmedo. Casi sucio. Tan maravilloso que me dejo hacer, perdida en las sensaciones, demasiado perpleja para actuar de otra manera que no sea consintiéndole todo. Puede consumirme, desgastarme, que me da igual. Solo soy un cuerpo a su merced, una boca cautivada por la suya.

Aprovecha para coger aire y muerde mis labios, los chupa, los lame. Parece no darse nunca por satisfecho y se introduce de nuevo en mí después de respirar de mi aliento. Me lleva más alto, me conquista al completo. Es más, como siga besándome así, creo que voy a levitar o… a correrme en la silla. Ma-dre-mí-a.

A mi alrededor, todo ha desaparecido, salvo él. Incluso escucho el silencio zumbando en mis oídos, aun sabiendo que eso es imposible. Estamos en la calle, por el amor de Dios.

¡En la calle! ¡Rodeados de gente! ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios mío, estamos en la calle, rodeados de gente! Es recordar eso y oír un carraspeo. No sé si es el primero y me encontraba en un estado superior para no oír otros o no, pero tampoco pienso en ello demasiado. Me echo hacia atrás, queriendo poner fin al beso, pero Chema hace más firme el agarre y me acerca incluso más a él. Pega casi con brutalidad nuestras bocas durante un instante antes de, ahora sí, dejar de besarme. Pero no me suelta. No, no lo hace. Sus dedos se clavan en mi carne mientras une nuestras frentes.

Ahora sí oigo, como a lo lejos, susurros, exclamaciones, los coches pasar, los pájaros piar… Pero no aparto la vista, fija en la de él, tan ardiente que me abrasa.

—Te quiero. —Se le escapa una sonrisa efímera y tímida—. Te quiero, Laura. A ti. Te quiero, joder.

Pestañeo. Muchas veces. ¿De verdad ha dicho lo que acabo de oír o es producto de mi imaginación, desbocada después del beso?

—¿Me oyes, Laura? Te quiero. A ti. Ni más ni menos que a ella. Ni siquiera igual. Solo diferente. De una forma única. Te quiero a ti. Te quiero. Jesús… Cómo te quiero.

Oh, mamá mía.

Ya no soy capaz ni de pestañear. Estoy… aturdida. Impedida. Congelada. Me siento como en un sueño en el que, por lo general, no puedes hacer nada de nada. Solo ver desarrollarse lo que sucede. Una testigo muda, eso soy. Aunque no sorda. Joder…

—Laura, cariño… —Chema libera una de mis mejillas para acariciarme el pelo, retirando con inmensa ternura los mechones de mi rostro—. Sé que no te merezco. Que he tardado demasiado en darme cuenta. Que… Que lo he hecho todo mal, joder. Pero perdóname, por favor. Dale la oportunidad a este estúpido de tenerte. De sentir de nuevo. Porque solo puedo hacerlo contigo, Laura. No sé cómo no lo vi… He estado tanto tiempo ciego… Prohibiéndome ver. Verte. Prohibiéndome…

Él mismo se interrumpe cerrando los ojos. Y, cuando los vuelve a abrir, en ellos hay miedo. Miedo y amor… Dios, tanto amor… Tanto como el que me está declarando. Aquí, delante de todo el mundo. Ay…

«¿No lo querías todo, Laura? ¡Toma ya!».

Pestañeo de nuevo, contenta de haber recuperado algo de movilidad. Pero, aunque entreabro la boca, de ella no sale ningún sonido. Dios, no puedo hablar, estoy…

«Joder, bonito momento para quedarte sin palabras, maja. Es que los escoges».

—Por Dios, Laura, dile algo al chaval, anda.

La voz de mi padre me hace dar un respingo, pero Chema no me libera y acaricia mis pómulos con sus pulgares en círculos pequeños e inquietos.

—Eso, por favor, Laura, que comienzo a sentirme poco más que un mueble —masculla Pedro, casi oculto a mi vista por el cuerpo de Chema, que sigue prácticamente tumbado sobre el poli.

Una risa nerviosa sube por mi esófago, pero no llega a salir. No lo hace porque Chema escoge ese momento para hablar otra vez.

—Déjame dártelo todo. Todo, Laura. Sin dudas, sin miedos. Todo, Laura. Soy tuyo, joder.

Y yo, tuya. Tuya, tuya. Pero de mi boca solo escapa un sonido parecido a un sollozo, aunque mis ojos están tan secos debido a la impresión que suena más a quejido que a otra cosa.

—Laura… —susurra Chema, disminuyendo la presión de sus manos, pero sin despegarlas del todo. Y el de él también ha sido un lamento, seguramente pensando que…

—¡No! —grito, ante el pánico a que me malinterprete. Pero con eso únicamente consigo que me suelte del todo, se retire unos centímetros y me mire con toda la tristeza del mundo. Y ahí está la razón para salir de mi aturdimiento, para reaccionar—. No, no, no. No me sueltes. No me sueltes nunca. Por favor —le ruego. Levanto mis brazos hacia él, me acerco y adopto la postura que él ha tenido todo este tiempo. Noto su barba crecida bajo mis dedos, su calidez. Respiro su olor y compongo una sonrisa cohibida, nada habitual en mí—. Quiéreme, Chema. Sí, por Dios, quiéreme. Porque yo ya no te puedo querer más de lo que lo hago, joder.

Me abalanzo sobre él. Mi boca, ansiosa, loca por la suya, es la que arremete esta vez. Y tampoco soy suave. Ni delicada. Pero, como a mí, a él no parece importarle, porque me rodea la espalda con sus manos y junta nuestros torsos, mientras el beso se vuelve casi tórrido para ir sosegándose después, quizá al darnos cuenta a la vez de dónde estamos, de que este no es el lugar indicado para dar rienda suelta a nuestras ganas. A nuestra necesidad, joder, que esto ya se trata de eso.

Cuando ya solo nos rozamos los labios, no queriendo separarnos todavía, la cabeza de Pedro se nos acerca mucho, justo a nuestra altura.

—A ver… Que a mí me gusta ver porno como a cualquiera, pero… que estáis encima de mí, joder.

Nos da la risa. Una nerviosa y abochornada, pero risa al fin y al cabo. Es Chema el primero en volver a su sitio, pero deja una mano unida a la mía sobre el regazo de nuestro amigo, que nos lo hace ver lanzándole una mirada de reojo a nuestros dedos entrelazados y resoplando. Al instante, se levanta y prácticamente me sienta en su silla, para luego ocupar la mía.

—Así mejor, ¿no?

Ni le contesto, porque, mientras me cambio de sitio, el alcance de lo sucedido entra por mis retinas, y nunca mejor dicho. Todos a nuestro alrededor nos miran. Todos. Y no hablo solo de los de nuestra mesa, que también lo hacen, algunos todavía sorprendidos y otros con una sonrisa afectuosa y cálida en sus labios. Me refiero al resto de gente. A las vecinas cotillas que se pasan la tarde en la carnicería como los niños en el patio del colegio. A las personas que paseaban por la calle, ahora paradas y observándonos alucinadas. A las mesas de nuestro alrededor. De hecho, Nieves está saltando sobre su asiento y haciéndome gestos en este mismo instante, que ignoro, claro. Sus acompañantes parecen sacados de un museo de cera y sentados a la mesa como relleno. Ojipláticos y estáticos, no apartan la mirada de nosotros. Vamos, yo creo que ni pestañean. Sobre todo Angelines, que debe de tener toda su energía concentrada en fulminarme con la vista, tan tiesa ella que parece que le hayan metido un palo del culo a la garganta. O al revés.

Ay, Dios, y yo estoy desvariando. Pero es que esto es… la hostia. Y me acojona. No por mí, que estoy acostumbrada a ser el centro de cotilleos y miradas curiosas o reprobatorias, sino por Chema. Porque esto puede superarlo. Porque quizá se plantee que…

Noto el apretón en la mano que sigue enlazada a la suya y, casi al mismo tiempo, lo siento inclinarse sobre mi cuello.

—Tranquila. Está todo bien. Ahora sí —susurra, leyéndome el pensamiento y disipando mis recelos.

Lo miro y sonrío, y no puedo evitar acercarme a sus labios y acariciarlos con los míos, todavía sonrientes.

—Te quiero. Te ha quedado claro, ¿no? —Sonríe él, aún contra ellos.

—Oh, Dios, sí —susurro.

—¡Ay, qué bonito, coño! —escucho a Nela.

—¡Sí! ¡Por fin! —suspira Lidia.

Me giro hacia ella, como todos, vamos. Pero la tía ni se inmuta, con los codos sobre la mesa y la barbilla apoyada en sus manos, mirándonos con infinita ternura.

—Tú… ¿Tú sabías algo sobre esto? —le pregunta mi padre.

—Tú no, ¿verdad? —se regocija ella, volviendo su vista hacia él. Entonces se encoge de hombros—. En realidad, solo lo sospechaba, pero… soy buena, ¿eh?

Mi padre la mira sorprendido unos segundos y luego se pone de pie muy rápido.

—Bueno… ¿Otra ronda, chicos? Yo voy a pedirme… algo fuerte. Lo necesito.

Y en cuanto se encamina al bar, yo me desprendo del agarre de Chema y corro tras él. Porque no me ha hecho ningún reproche; es más, fue el primero en intentar sacarme de mi estupor, pero, joder… El hombre que acaba de besarme y declarárseme delante de medio pueblo era el marido de Clara. Y Clara era su hija. Esa a la que perdió en lo mejor de su vida. Mi hermana. Dios.

Lo alcanzo ya en la puerta, mientras habla con Paco. Otro que seguro que no se ha perdido el espectáculo.

—Papá…

Él se gira hacia mí y me observa con atención antes de insinuar una sonrisa. Pero mi nerviosismo no parece ni percibirla.

—Yo… Yo no sé ni qué decir —susurro tragando saliva.

—No tienes nada que decir, cariño. Solo ser feliz. —Da el paso que nos separa y levanta mi cara hacia él cogiéndome por la barbilla. Lo veo echar un vistazo rápido a Chema antes de volver a mirarme con ese rictus serio que lo caracteriza, pero con los ojos llenos de dulzura—. ¿Lo eres con él?

—Uff… Espero que, a partir de ahora, sí —respondo, quizá demasiado sincera.

Su carcajada me coge por sorpresa. Abro mucho los ojos mientras él se despacha a gusto y luego me apretuja contra su cuerpo. El abrazo se me hace demasiado corto, sobre todo porque ya no recuerdo la última vez que lo hizo así, con tanto sentimiento. Mi padre no es muy dado a demostraciones de afecto y quizá por eso, o porque me siento sobrepasada ante tantas emociones, los ojos se me llenan de lágrimas.

Él sonríe ante ellas, comedido pero franco.

—Cariño… No pasa nada. En la vida suceden todo tipo de cosas inesperadas. A veces malas y otras buenas. Y esto… Esto es bueno.

Asiento con la cabeza y sonrío como una tonta, parpadeando mucho para ahuyentar las engorrosas ganas de llorar.

—Además —continúa él cepillándose un lado del bigote—, Rubio es un buen yerno. Ya lo ha demostrado una vez, ¿no? Por mí puede seguir siéndolo toda la vida.

Me echo a reír y ahora soy yo quien lo abraza. Durante más tiempo.

—¿Entonces otra ronda para todos y para ti un chupito de Macallan?

—Sí, Paco, por favor —responde mi padre separándose de mí y haciéndome un gesto para que regrese con los demás.

El camarero me guiña un ojo antes de entrar a por las bebidas y yo vuelvo a la mesa ahogando un suspiro.

—Hola —dice Chema y me coge la mano en cuanto me siento a su lado.

—Hola —murmuro, entre tímida y divertida, jugueteando con nuestros dedos. Dios. Es todo tan maravillosamente nuevo. Intenso. Raro.

Todavía no me lo creo. Me encuentro como en una nube de la que temo caer. Tan abrumada que no sé muy bien cómo proceder ahora. Me muerdo el labio inferior y, tragando saliva, miro a mi alrededor. Nela, sonriente, me guiña un ojo, algo que imita su marido justo a continuación. Lidia parece en los mundos de Yupi, con una sonrisa inmensa cruzándole la cara y observándonos como si fuésemos poco menos que sus ídolos. Teresa y Julián, pues… Ellos siguen un tanto perplejos, contemplándonos con una mezcla de asombro y confusión que no sé cómo interpretar. Y Pedro… Para no variar, lo hace socarrón, sin cortarse un pelo, paseando su mirada entre Chema y yo, supongo que esperando algo, aunque no sé el qué.

Arqueo las cejas ante él en el preciso momento en que me doy cuenta de que a este le ha pasado lo mismo que a Lidia. Sospechaba. Recuerdo aquellas tontas conversaciones sobre dar celos, las más serias, las… No, él no sospechaba. Él lo sabía. Y mi cara debe de estar gritando la pregunta, que ni siquiera es tal, porque me guiña un ojo y asiente casi imperceptiblemente con la cabeza.

Ante eso y un tanto desbordada, suelto una risita nerviosa que no puedo evitar. Y eso parece ser el desencadenante para que todos me imiten, riéndose y comentando cada uno en su línea lo que acaba de suceder.

—Joder, si no lo veo, no lo creo —suelta Julián—. Yo ni siquiera me creí ni por un segundo los rumores. Debo de ser bien tonto, coño.

—Rumores los que va a haber ahora —comenta Teresa—. Y yo sí que hubo ocasiones en que… intuí algo. Pero, por Dios, luego lo descartaba y me reprendía por malpensada. ¡Esta me la pagáis!

—Con lo que te gusta a ti un buen chisme, ¿eh, Teresa? Y mira que ser la última en enterarte —se burla Nela, pegándole un codazo cariñoso.

—Y que lo digas. —Se ríe la otra.

—Míralo por el lado bueno, Tere —interviene el poli—. Al menos estabas en primera fila cuando se armó el Belén.

—En primera fila estabas tú, que por poco… —Ese es Colás, pícaro.

—Calla, no me lo recuerdes, que me frustro. Nunca he estado tan cerca de hacer realidad la fantasía del trío.

—Ya te gustaría… No sé si tanto a Rubio —se cachondea Julián.

Y así siguen, durante un buen rato, en el que Lidia, todavía riéndose de sus pullas, ha entrado a por mi padre, que se ha perdido dentro del bar.

—Pasa de ellos —susurra Chema en mi oído, mientras yo los observo con la sonrisa pegada en la cara—. Ven aquí, anda.

Me acerca más a él, con un brazo sobre mis hombros, mientras con el pulgar dibuja líneas en la mano que sigue en la suya. Y que me ponen muy… Vamos, que me ponen. Lo miro y beso sus labios entreabiertos, sonriendo, a pesar de estar excitada y un pelín frenética.

—Quiero irme —gimotea apoyando su frente contra la mía—. Contigo. Lejos de estos.

—Mi padre ha pedido otra ronda —me encuentro diciendo. Sí, sigo aturdida del todo. No hay otra explicación para mi respuesta. Porque yo también quiero largarme de aquí con él. Besarlo hasta el cansancio. Perderme en su cuerpo. Hablar de todo eso de lo que en algún momento tendremos que hablar.

—Joder… —Chema frunce el ceño y agarra la silla entre mis piernas tirando hacia él. Me lleva tan cerca que no me queda otra que poner mis piernas sobre las suyas—. Me muero por…

Un carraspeo corta sus palabras y los dos nos separamos para ver a mi padre sentándose de nuevo mientras Paco sirve las bebidas. Pero aun sin el mínimo contacto, siento a Chema tensarse a mi lado.

—Abel… —dice, con la vista fija en él. Y sé exactamente qué piensa o qué siente. Lo mismo que yo hace un rato—. Yo…

Pero mi padre no le da margen a proseguir.

—No es necesario que digas nada, Rubio. Creo que por hoy… ya has dicho más que suficiente, ¿no? —comenta, un pelín guasón—. Ahora, por favor, que corra un poco el aire.

Mis amigos retoman sus risas, esas que aún no habían perdido del todo, mientras Chema y yo nos ponemos como gambas y después sonreímos como dos tontos.

—Supongo que hoy las niñas duermen en nuestra casa, ¿no? —suelta Lidia cuando todavía nos dura el bochorno, acentuándolo un poco más.

Solo que, además de estar colorado, Chema ahora también se parte de la risa.

—Pues se agradecería, sí —dice, dedicándome una mirada muy caliente y cambiándola al momento por una decidida, mientras se pone en pie y tira de mí—. De hecho, si no os importa…

Deja la frase en el aire, porque es del todo evidente, ¿no? Pues no. Nos olvidábamos de lo cabroncete que puede llegar a ser Pedro, por lo visto.

—Si no nos importa, ¿qué? —pregunta el muy capullo.

—Pedro, no seas malo —lo reprende Nela entre risas.

—Bueno… A mí también me interesa la respuesta —espeta Julián, malicioso.

—Que os den —responde Chema, pasándome un brazo por la cintura y apretándome contra él—. Nos vamos. Las niñas…

—¡Oh, las niñas! —exclama Teresa poniéndose en pie y consiguiendo con ello que se levanten casi todos—. Ya deberíamos ir a…

—Las traen mis padres —la tranquiliza Chema, pero con los ojos clavados en mi boca.

—Ah, vale —oigo que dice ella, porque los míos también están sobre la suya.

—Entonces, nos vamos, ¿verdad? —me pregunta él, rozando nuestros labios.

—Por favor… —Melosa, me muerdo el labio inferior—. Por favor…

Él sonríe, me da un pequeño beso y…

—¡¡Chema!! ¡¿Qué haces?! ¡¡Suelta a Laura ahora mismo!!

Cierro los ojos. Mierda, joder. Me había olvidado de que en todo cuento de hadas hay una bruja, coño.

Y, cómo no, él lo hace. Tan rápido que hasta me tambaleo. Supongo que por el susto, no quiero ni imaginarme que sea por otra cosa. Recupero la estabilidad ya con la mirada puesta en Adela, que nos mira pasmada, enfadada y… se persigna. Una, dos, tres veces… Vaya, ni que fuese el demonio. Yo, no ella, aunque de eso tengo mis dudas.

—Mamá.

—¡Sí, mamá! ¿Qué…? ¿Qué haces? ¿Es que te has vuelto loco? —pregunta, recorriendo con su mirada todo lo que alcanza.

—No, mamá. O sí, qué más da. —Y, contra todo pronóstico, Chema sonríe. Sonríe con toda la boca antes de dirigirse a su padre—. Papá, ¿sabes esa mujer de la que me hablabas esta tarde? Es Laura.

José María asiente con la cabeza y, sin apenas despegar los labios, compone una sonrisa orgullosa.

—Buena elección, hijo —dice y le guiña un ojo.

—¿Qué? ¿De qué habláis? —Adela mira a padre e hijo, confusa y cabreada. Como yo. Bueno, como yo no, que no estoy cabreada, pero sí lo otro. ¿Yo soy la mujer de la que ha hablado José María? No entiendo. ¿Por qué?

—Cosas de hombres —responde él la mar de contento.

—Cosas de… —Adela inhala mucho aire y continúa furibunda—. ¿Buena elección? ¿Es eso lo que acabas de decirle a tu hijo? Pero… ¿qué…?

—Papá, ¿estabas besando a la tía? —Marta se mete entre su abuela y Chema, interrumpiendo a la mujer, y observa a su padre con el ceño fruncido, desconcertada.

Llara corre a ponerse al lado de su hermana, y nos mira a los tres con los ojos como platos.

—¿Sí? ¿Eso es verdad? ¿Se estaban besando? —Se ríe, frenética, interrogando a Marta.

Yo, inquieta, me froto las manos, sin saber en esta ocasión cómo resolver sus dudas, porque creo que es Chema el que debe hacerlo. Y no me decepciona. Se acuclilla delante de ellas y les sonríe con ternura.

—Sí, princesas, la estaba besando. Yo… La tía… Bueno, nosotros… estamos juntos. Quiero decir que…

—¿Sois novios? —pregunta Marta, seria.

—¡Novios! ¿Sois novios? —repite Llara, saltando sobre sus pies.

—Sí, supongo. —Se ríe él un tanto nervioso antes de mirar hacia mí—. A ver, no… No sé. Laura, ¿somos…? ¿Quieres…? ¿Quieres ser… mi novia? —balbucea, con los ojos muy abiertos y una mueca cómica y adorable en su cara.

Yo asiento con la cabeza y me echo a reír.

—Pues sí, somos novios, entonces —les dice él a sus hijas, volviendo su atención a ellas—. ¿Os parece bien?

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sois novios! ¡Sois novios! ¡Papi y Mina son novios! —canturrea Llara, echándose en mis brazos.

—¿Marta? —pregunto yo, abrazando a mi ahijada y ansiosa por la respuesta de la mayor—. ¿A ti también te parece bien?

La expresión de Marta, tan formal, se transforma al instante. Los ojos se le humedecen, mientras una sonrisa enorme le parte la cara en dos.

—Yo… Es que estoy tan contenta… —dice muy bajito, creo que sin saber cómo afrontar tanta dicha. Y la comprendo, porque yo me siento igual.

Me siento volar, desbordante de felicidad, libre. Llena hasta lo exagerado. De amor, de alegría, de… paz. Me siento en paz, joder, y ya no recordaba esta sensación. Desde que me enamoré de Chema, siempre había algo dentro de mí empujando, haciendo daño. Un dolor sordo que, en ocasiones, pasaba desapercibido a fuerza de costumbre, pero que siempre estaba ahí. En forma de culpa, de pena, de frustración… Porque sí, cambiaba de estado, pero la base era la misma. Mi amor por Chema. Un pecado, un error. Pero un amor tan grande que ni los años, ni la distancia, ni el parentesco ni la ofensa han podido vencer.

Y ahora… Ahora puedo darle rienda suelta. Disfrutarlo. Oh, joder, me muero por disfrutarlo. Aunque sé que aún no es el momento. Y sí, ando un poco salida, ¿y qué?

Observo como Chema abraza a Marta y ella le echa sus manitas al cuello. Cuando se sueltan, viene hacia mí y se aferra a mi cintura, limpiándose las lágrimas, que sé que no quiere que nadie le vea, en mi vestido. Le acaricio la espalda y le concedo su espacio, paciente.

Veo a mi novio… Joder, ¡mi novio! Lo veo incorporarse y caminar junto a su madre, que lo sigue mirando como si acabase de descuartizar cachorritos. Cogiéndola de un brazo, la aleja un poco y comienzan a hablar, gesticulando mucho, sobre todo cuando se les une José María, que ahí Adela ya parece un pájaro en pleno vuelo.

Yo aparto la vista de ellos, para concederles algo de intimidad, pero me encuentro con que soy la única que lo hace. Toda esa gente anonadada después de aquel primer beso observa detenidamente la escena, sin querer perderse un nuevo capítulo de la telenovela en la que son protagonistas. Sonrío sin poder evitarlo y me muerdo el labio inferior para disimularlo. Joder… Seguro que han estado desde entonces así, sin sacarnos los ojos de encima, y yo sin enterarme.

—Si hoy os pitan los oídos, que no os extrañe, ¿vale? —dice Teresa a mi lado, muy bajito—. Reconoce que esto no pasa todos los días, tía.

—Sí, sí, lo reconozco, pero… Dios, podían cortarse un poco, ¿no? —Me río.

—¿Cómo lo hizo Chema? Joder, menudo morreo… Y, Dios, menuda declaración de amor. ¡Qué pena no haberlo grabado! Pero creo que estaba demasiado alucinada para siquiera pensar en ello.

Yo sonrío. Madre mía, creo que he sonreído hoy más que en los últimos meses. Pero entonces, y sin que sirva de precedente, tengo una necesidad imperiosa de sentirme comprendida.

Quiero saber su opinión sincera en lo referente a Clara. Y sí, estoy superada por las circunstancias, lo sé.

—Tere… —susurro—. Tú… ¿De verdad…?

Ella, al interpretar mi tono, me interrumpe con un ademán y se encarga de separar a las niñas de mí, persuadiendo a su marido para que vaya con las tres a por chuches. Y es cuando nos quedamos a solas, o todo lo a solas que podamos estar entre tanta gente, que se dirige a mí.

—¿Vas a hablarme de Clara, cierto? —pregunta, tan directa como siempre.

—Sí. Es que…

—Ha sido un flash, ¿vale? Veros besarse y oír a Chema ha sido… raro. No te voy a mentir. Pero también ha sido precioso. Tan tan romántico… —Coge mis manos y me mira con ternura—. Mira, cariño, ella ya no está. Y estoy convencida de que, donde quiera que esté ahora, quiere veros así, tan felices y radiantes como os veo yo. —Sonríe maliciosa—. Bueno, yo y medio pueblo, eh.

—Tonta.

—Tonta, sí. Mira que haber creído que era una malpensada… Joder, qué calladito os lo teníais.

—Ya ves —digo, provocadora, y le guiño un ojo.

—Laura. —Me giro muy rápido ante la llamada de Adela, que se dirige a mí con andar militar. Su cara… Joder, su cara es la de un general mandando a la tropa disparar. Trago saliva y me espero cualquier cosa; solo cuando está tan cerca de mí que casi nos rozamos, abre la boca de nuevo.

—Mamá, cuidadito con lo que vas a decir, eh —la frena Chema, de pronto a mi espalda y rodeando mi cintura con sus brazos.

—No voy a morderla, tranquilo —espeta ella, con las manos convertidas en puños que estrujan su chaqueta bajo los pechos. Baja la mirada hacia las manos de su hijo y frunce el ceño antes de centrar su atención en mí—. Verás, Laura, en mi familia no toleramos los escándalos, así que no quiero ni uno, ¿me oyes? Ni… —mira por encima de mi hombro, carraspea y vuelve a la carga— otro. No aceptaré otro. Este de hoy tendrá que cundirte para el resto de tu vida, muchacha. Así que espero que estés segura de lo que quieres, porque será para siempre. Nada de divorcios, ni de…

Ahora la que carraspea soy yo. Lo que pasa es que acabo tosiendo, atragantada, mientras Chema resopla con ganas.

—Verás, Adela —le devuelvo sus palabras—, quiero a tu hijo, estoy completamente segura de ello, pero… sobre lo del divorcio, primero tendríamos que casarnos, ¿no crees?

—Y te casarás. Vaya si lo harás. Tampoco voy a consentir que viváis en pecado y ya estáis creciditos para…

—Ya, Adela. Deja a los chicos en paz, por Dios.

—Pero, José María, es que…

—Es que nada. Dime. ¿A que te duele un poco la cabeza, avisándote de una jaqueca inminente?

—Pues ahora que lo dices… un poco sí me duele. Normal, con esto que está sucediendo. Dios Santo, que…

—Pues a casa, cariño. Una cena ligera y a meterse en cama, venga —insiste él, cariñoso.

—Bueno… —parece dejarse convencer. Pero antes nos señala con un dedo y nos suelta un último comentario de los suyos—. Pero ya hablaremos. Largo y tendido. Que ya decía yo que esto iba a dar en algo. Ya decía yo que…

Las últimas frases las dice ya alejándose de nosotros, gracias a que su marido tira de ella, por lo que nos perdemos el resto de sus palabras. Menos mal.

—Joder con tu madre —suelta Teresa, flipada.

—Jesús. —Chema deja caer la frente sobre mi pelo y suspira—. Vámonos. Por favor.

—Pero las niñas… Están con Julián y… —comento, mirándolo por encima del hombro.

—Tu padre y Lidia se harán cargo de ellas. Vámonos, por Dios.

—Chema, tendremos que despedirnos por los menos, ¿no? —Y me odio al decirlo, de verdad. Pero, pensándolo bien, no quiero empezar una relación con su padre así, haciéndolas sentir mal de alguna forma, aunque esta sea bien pequeña o una tontería.

—Un consejo —mete baza Colás, al que ni había visto acercarse junto con Nela y Pedro—. Como esperéis a que regresen, van a querer irse con vosotros. Lo sabéis, ¿verdad?

—Ajá —corrobora su mujer—. Sobre todo hoy. Por la novedad y eso…

—Por joder, vamos —suelta Pedro, sonriendo con recochineo.

Chema resopla en mi nuca y a mí me entra la risa. Ay, Dios. ¿Será tan horrible largarse de aquí sin decírselo? Mañana prometo compensarlas… con lo que quieran.

—Anda, marchaos. Nosotros las entretendremos y…

—Como si vienen a casa con Sofi. Seguro que eso las contentará —asegura Teresa.

Los miro a todos con inmenso cariño. Aquí están, facilitando que nos vayamos a… Ay, joder. Que todos saben perfectamente lo que vamos a hacer en cuanto nos quedemos a solas. Yo no soy vergonzosa, eh, pero esta situación es tan nueva que siento las mejillas arder.

—Tu cara te está poniendo en evidencia, pelirroja —se cachondea Pedro.

Me la tapo con las manos y suelto una carcajada, a coro con todas las de mi alrededor.

—¿Qué? ¿Vosotros no os ibais? —pregunta Lidia de repente frente a mí.

Bajo las manos y me encojo de hombros, mientras Chema apoya el mentón sobre mi cabeza y responde un poco agobiado.

—Eso comentábamos. Queremos hacerlo, pero las niñas…

—Di las frases completas, por Dios, Rubio. Que me lo pones a huevo, tío.

—Joder, Pedro, estás que te sales —rumia Chema.

—¿Yo? —Se ríe con ganas el poli—. ¿Seguro que soy yo el que está…?

—Oh, Dios, cállate ya. —Nela le planta una mano en el pecho con fuerza—. Los estás avergonzando.

—¿En serio? —Pedro nos mira incrédulo un instante y luego se troncha otra vez—. Después de la que habéis montado, ahora… ¿tenéis vergüenza?

—Venga, Pedrito, sé bueno —interviene Lidia con una sonrisa traviesa—. Y vosotros, por las niñas no os preocupéis, que…

—Al final, ¿qué? ¿Cenamos juntos u os vais? —Y ahí está el que faltaba, mi padre.

—A ver… —Chema ahoga otro suspiro y se desplaza a mi lado, tomándome de la mano.

—¡Papi, papi, mira cuántas chuches nos ha comprado Julián!

—Oh, joder —masculla por lo bajo al oír a Llara, y se frota la cara con saña, desesperado.

—Bueno, pensáoslo, yo voy a pagar. —Y mi padre se marcha en dirección al bar.

Yo sigo mirando a Chema. Comprendo su frustración, pero estoy algo sorprendida ante ese arrebato y, cuando comienzo a oír alguna que otra carcajada en torno a mí, acabo riéndome como ellos. Y más. Me da un ataque de risa en toda regla. Me doblo sobre el estómago porque incluso me duele y las lágrimas se escurren por mis mejillas sin control. Dios… No puedo parar. Mi sistema está echando fuera la tensión acumulada desde hace unas horas. Se manifiesta de la única manera en que la felicidad puede hacerlo. Con risas. Exageradas. Que rayan la locura, pero risas.

—Ay, mamá… Ay, Dios… —suelto entre carcajadas, empezando a preocuparme porque soy incapaz de detenerme.

—Oye, que te va a dar algo —me advierte Nela, mirándome un poco pasmada, aunque no puede evitar que se le escape la risa en pequeños ronquidos al tratar de frenarla.

—Laura, por Dios… —Chema me mira divertido, pero con los brazos cruzados para intentar adoptar una postura severa—. Para, mujer.

—Es que… Es que…

—¿Qué le pasa a la tía? ¿Por qué se ríe así? —pregunta Marta.

—No sé, cielo —le dice Lidia—. Bueno, vosotras os venís a dormir a nuestra casa, ¿verdad? Podemos ver una peli y…

—Es que… —Llara vacila, mirándonos. Y yo, con el ataque bastante controlado y agotada, me apoyo contra Chema, que pasa un brazo sobre mis hombros.

—O podéis venir a la nuestra. Con Sofi —se apresura Teresa a intervenir.

—No sé… —La pequeña no lo tiene claro. No.

—Sí, porfa. Porfa, porfa. Venid —les suplica Sofía, tirando de ellas.

—Vale. ¿Os importa? —nos pregunta Llara a nosotros.

—No, no, no. Id, id —responde Chema, tan rápido que, de no dolerme tanto desde la garganta hasta la cintura, me troncharía de nuevo.

Marta compone una sonrisa demasiado adulta para su cara y pone los brazos en jarras.

—Queréis estar solos, ¿verdad?

—Pues… Sí, cariño —se sincera su padre—. La tía y yo tenemos mucho de lo que hablar y…

—Hablar, sí, hablar —susurra Julián y contiene una carcajada.

—Meses, meses y meses de los que hablar —se burla Pedro—. Uff, mucho que compensar. Van a acabar doloridos.

Le cae un manotazo que no sé muy bien de dónde sale, pues estoy más atenta a la niña y a su padre. Solo oigo el golpe seco y a Pedro de nuevo.

—Uy, eso ha dolido, joder.

—Que te calles, tío —ordena Colás.

Ay, mi Colás. Lo adoro.

—¿Teresa? ¿Ya nos vamos ahora? —se interesa Marta. Y cuando Tere asiente con la cabeza, se despide de nosotros besándonos las mejillas, igual que hace su hermana al verla—. Hasta mañana. Y no habléis mucho, que si mañana os duele la lengua no podréis ni comer. ¿Os acordáis de cuando tuve las aftas? Fue horrible, eran muy muy molestas.

Nos reímos, claro. Es inevitable. Y aún estamos haciéndolo cuando Chema, sin molestarse en decirle ni un mísero adiós a nadie, tira de mí y cruza la carretera casi a la carrera. Hasta nosotros llegan las carcajadas de nuestro grupo, que ignoramos, así como las miradas de los vecinos con los que nos vamos encontrando. Estamos demasiado ocupados lanzándonos vistazos el uno al otro, apurados, casi cohibidos, pero tan intensos que, de ser más largos, nos hubiesen reducido a cenizas.

Ya en el portal del edificio, al caer en la cuenta de que vamos a subir al piso, me tenso. No sé si comenzar aquí lo nuestro es buena idea, si…

Chema no me da opción a comerme la cabeza, porque me lleva casi en volandas hacia la primera pared que encuentra en el vestíbulo y me aprisiona entre ella y su cuerpo. Me besa, me toca muy rápido y sin delicadezas, a todo lo que llega sin soltar mi boca, como si quisiese cerciorarse de que no me falta nada. Aunque estoy excitada hasta decir basta, su actitud me hace gracia, por lo que me río en su boca.

—No empieces, eh… —gime él—. No ahora que hemos logrado llegar aquí. Que, joder, pensé que no lo conseguiríamos en la vida.

—Dios… Y tanto —reconozco, ocultando una carcajada con un resoplido. Y con una caída de ojos que espero que me haya quedado sexy, soy yo la que tira de él hacia el ascensor, que, sin haberlo llamado, abre la puerta en ese momento.

Los González, esa pareja a la que no parezco caerles muy bien, nos miran con la boca abierta. O más bien miran nuestras manos unidas, sin decidirse a salir para que nosotros podamos entrar de una vez.

La risa nerviosa que se le escapa a Chema me da el valor para levantarlas en el aire y enseñárselas bien, ahí, con sus diez dedos entrelazados.

—Pues va a ser que sí me quiere… —les digo con un encogimiento de hombros, logrando que abran mucho sus bocas y que, por fin, desalojen el cubículo con repentina prisa.

—Jesús… estás loca. —Se ríe Chema mientras me empuja contra el fondo del ascensor y pulsa nuestra planta.

—No más que tú —digo, resuelta—. ¿Tengo que recordarte lo que hiciste delante de…?

—No, mejor no. —Se mesa el cabello y luego deja caer esa mano contra la pared, al lado de mi cabeza, acercándose mucho—. Acabo de darles motivos a los vecinos para hablar de mí, generación tras generación, mientras el pueblo sea pueblo. De poner en manos de mis amigos munición para vacilarme en lo que me resta de vida. Pero mereció la pena, Laura. Tú mereces la pena, cariño. Lo nuestro…

—Merece la pena —decimos los dos a coro, sonriendo como idiotas y besándonos a continuación. Dios… ¡Qué bonito!

Salimos del ascensor con nuestras lenguas manteniendo una batalla húmeda y ansiosa y, todavía besándonos, consigue él abrir la puerta de casa. Otra pared nos recibe acogedora, en la que hacemos del beso algo más que un beso. Nos follamos con la boca, joder.

Por eso, cuando mis manos vuelan a su camisa y desabrocho dos de sus botones, no entiendo que él me detenga, resoplando y apartándose de mí.

—¿Qué…? ¿Qué pasa?

—Espera, espera —me pide, pasándose la mano por la cara y llevándola hasta su nuca. Se toma unos segundos en los que regula su respiración y en los que yo lo observo sin comprender nada. ¿Qué coño pasa ahora?

«No. Hoy no va a haber tema, ya verás».

—Chema —lo llamo en apenas un susurro.

Él me mira, me dedica una sonrisa torcida y coloca ambas manos contra la pared, encarcelándome. Pero si una de las paredes va a ser su cuerpo, yo quiero estar presa toda la vida.

—Laura, cariño… Hoy… Quiero hacerlo bien, ¿vale? Quiero…

—Ah… ¿Es que antes lo hacíamos mal? —pregunto, y me siento al instante muy boba.

Él se ríe por lo bajo mientras besa mi cuello y consigue que se me erice todo el vello con la combinación, pero demasiado pronto vuelvo a perder su contacto, no así sus ojos, que me contemplan con adoración.

—Cada una de las ocasiones fue una pasada. Inolvidable. Perfecta, cariño. No es eso. Nada que ver. Es solo que hoy…

Y entonces lo entiendo. O creo hacerlo. Frunzo el ceño y pongo los brazos en jarras, muy resuelta yo.

—Vamos a ver… Pijotadas las mínimas, eh. A mí también me gustó cada una de las veces que lo hicimos, así que no se te ocurra cambiar nada. Yo soy la misma, tú también y…

Y se parte. Es que se troncha, el muy idiota.

—Ay, Dios —dice, calmando sus risas y uniendo nuestras frentes—. No es eso. No es solo eso —rectifica—. Porque sí, hoy quiero hacerlo especial, pero… No, no podría cambiar nada aunque quisiera. Contigo me sale así. Me ciegas. Me desesperas. Me vuelves loco, joder.

—Genial, porque eso es justo lo que tú provocas en mí. Así que estamos en paz.

Él sonríe. Ay, no, joder, con esa sonrisa canalla que me humedece al instante. Más de lo que ya lo estaba. A este paso voy a tener que escurrir las puñeteras bragas. Y cuando estoy por decirle eso mismo o una burrada peor, que me conozco, se aleja de mí, abre un cajón del mueble que hay allí mismo en la entrada y saca un llavero.

—¿Qué…?

—Ahora lo verás. —Y esa es su única explicación antes de volver a arrastrarme fuera del piso con prisas, bajando incluso las escaleras a pie, y corriendo de verdad una vez en la calle hasta alcanzar el coche.

—Chema… ¿Adónde…?

—Shh… Por favor. Necesito hacer esto, ¿vale? Por favor.

Me callo. Y espero, eso sí, impaciente. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

Ir a la siguiente página

Report Page