Por nosotros

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CAPITULO 34 » Chema

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Chema

 

 

Sé que Laura está sorprendida y un poco nerviosa cuando aparco el coche frente a la casa. Lo sé porque su cara es como un libro abierto y retuerce sus manos sobre el regazo, cuando no juguetea con su pelo. No sé la cantidad de veces que se ha deshecho y rehecho la coleta, para, al final, dejárselo suelto.

Sin embargo, me ha hecho tanto caso que no solo no ha abierto la boca en todo el camino, sino que ahora también permanece callada, esperando a que sea yo el que dirija nuestros pasos.

—¿Vamos? —la incito a salir del coche cuando yo ya estoy fuera, hablándole a través de mi puerta abierta—. ¿O quieres que te abra la puerta?

Ella se echa a reír un pelín frenética, pero me obedece y coge mi mano en cuanto llega a mi lado.

Disimulo un suspiro y me encamino a la casa, porque sé que ella está nerviosa, sí, pero yo lo estoy más. No sé si lo que voy a hacer es una locura, pero estoy casi seguro de que, en el mejor de los casos, ella va a pensar que estoy loco. Como una cabra. Pero también sé que, si alguien tiene que saber algunas cosas sobre mí, es ella. La mujer a la que quiero, la que va a estar a mi lado para siempre. Y eso es algo que no dudo. Ya no. De pronto, lo tengo todo tan claro que asusta. Como si un oráculo guiara cada acción, como si un ángel me lo susurrara al oído. Jesús. Ignoro el estremecimiento que recorre mi cuerpo y abro la puerta, pidiéndole con un gesto que pase ella primero.

Lo hace. Al principio, dubitativa, pero luego, como si una extraña energía la recorriese, comienza casi a bailar en círculos, fijándose en las puertas, en el suelo, en el color de las paredes y sonriendo apreciativa. Abre la del baño y mete la cabeza dentro.

—Precioso —susurra—. Y has usado el verde hoja seca. Ese color que te comenté que me encantaría en un baño.

—Sí. Ese o azul añil, si no recuerdo mal —comento, usando su mismo tono. Porque no había caído en ello hasta después de mi gran declaración, pero esta casa, joder, esta casa es otra. Una bien grande. Una que no se puede retirar tan fácilmente como las palabras. Una en la que trabajó mi subconsciente, siempre pensando en ella, al parecer.

Ella asiente con la cabeza, mirándome con fervor, pero continúa su recorrido. Supongo que le escasean las palabras, porque la emoción es más que evidente.

—Negro, rojo y blanco. Mis colores favoritos —murmura en medio de la cocina.

Esta vez no digo nada, únicamente sonrío. Tímido, sí. Porque todo esto me avergüenza un poco. Es demasiado peliculero, ¿no?

Ella me lanza una mirada intensa antes de salir de ahí y cruzar el pasillo.

—No. —La freno—. ¿Subimos primero?

Frunce el ceño, pero pronto se encoge de hombros y me sonríe, dirigiéndose a las escaleras. Observa los dormitorios, admira su tamaño, el de los armarios empotrados, las vistas desde las ventanas, pero ahí no hay mucho que añadir, así que, cogidos de la mano, terminamos en el segundo cuarto de baño. Blanco y azul. Azul añil. Tampoco hay mucho que decir, ¿verdad? El baño habla por sí solo. Y acabo de descubrir que, cuando Laura se siente sobrepasada de verdad, se queda sin palabras, porque, muda, lo mira con la boca abierta, y luego a mí. Y de nuevo al baño, y otra vez a mí, antes de echarse a mis brazos y pegar la cara en mi pecho, apretándome contra ella, estrujando en sus puños mi camisa.

—Dios… —gime.

—Venga. Bajemos. —Y sin esperar nada más, porque lo que recibo de ella es mejor que mil oraciones semánticamente perfectas, la acompaño escaleras abajo sin soltarle esa mano que se ha convertido en mi agarradera a la realidad. Esta de la que no quiero despertar jamás.

Entramos en el salón a la vez, gracias a la puerta doble que permanece abierta. Yo la miro a ella, mientras ella lo hace a su alrededor. Es un salón vacío, con el mismo suelo que ya ha elogiado y las paredes de un color gris muy pálido. Sus únicas cualidades son los grandes ventanales hasta el suelo que ya ha visto, la chimenea de piedra que ya se esperaba —y que la última vez que estuvo aquí estaba a medio hacer— y un piano. Sí, un piano. No es de cola, ni mucho menos un Pearl River, como el del sueño, sino el mío de pared, el que tenía en casa de mis padres, pero tendrá que valer.

Le pedí a Colás que me ayudase a trasladarlo al día siguiente de ver los planos. Uno de mis impulsos. Uno que ahora me alegro de haber tenido.

—Oh… ¿Lo has comprado?

—No. —Sonrío—. Lo tenía en mi cuarto, en casa de mis padres. Por eso quizá nunca lo hayas visto.

—Ah. Y te lo has traído —comenta, repartiendo la mirada entre el instrumento y yo, algo confusa.

—Sí —afirmo, tirando de ella hacia los ventanales, donde la coloco mirando hacia fuera—. Quieta, ¿vale? No te muevas.

Laura se echa a reír y me observa ahora con picardía.

—¿Es una de tus fantasías? ¿Follarme contra ellos y…?

—Oh, por Dios, como vuelvas a decir algo así, no voy a poder hacer lo que quiero —gruño, frustrado. Porque, a pesar de este momento único que quiero vivir con ella, la imagen que ha proyectado en mi cerebro me hace replantearme dejarme de tonterías y empotrarla contra los cristales mientras me entierro en ella.

Meneo la cabeza, disgustado conmigo mismo.

«Venga, haz lo que viniste a hacer aquí. Para lo otro tienes el resto de tu vida».

Pues sí. Y espero que sea bien larga, que buena falta me hará el tiempo para hacerle todo lo que imagino, joder.

Así que, con toda la fuerza de voluntad del mundo, camino hacia el piano, dejándola allí, pues confío en que siga tan obediente como la última hora. Que no me engaño, eh, que Laura de obediente tiene lo que yo de asexual, y esto no durará mucho. Pero me conformo con que dure un poco más, solo un poco. El tiempo que me lleva sentarme en el taburete delante del piano, colocar mis manos sobre sus teclas y, después de comprobar que sigue donde la he dejado, con la vista puesta en el paisaje, comenzar a tocar. Un poco inseguro, porque hace bastante que no lo hago, pero poniéndole tanta emoción que lo compensa todo.

Los primeros acordes de You’re Beautiful llenan la estancia, parecen rebotar contra sus paredes y cargan el ambiente. Este se vuelve denso, casi palpable, pero no en el mal sentido, sino que resulta mágico. Como si el amor recorriese la estancia en forma de canción, paseando por el cuarto hasta llegar a ella. La misma que se da la vuelta muy despacio y me mira con los ojos como platos, la boca entreabierta y una mano en su pecho.

—Oh… —Más que oírlo, lo adivino en su expresión. Y le sonrío. Con toda la ternura del mundo.

Sigo tocando y, cuando estoy a punto de llamarla con un gesto de cabeza, comienza a caminar hacia mí, de nuevo despacio, como si temiese romper este momento sublime que ella también percibe. Sorprendiéndome al hacer lo que quiero que haga sin tener que pedírselo, se sienta sobre mi regazo, por lo que, al levantar un brazo para que se acomode, pierdo unas notas. Me importa un carajo, la verdad. Amplío mi sonrisa mientras recupero el ritmo, sin que me quede otra que mirar hacia las teclas, pero, cuando lo logro, mis ojos vuelan a su cara; me observa fascinada.

Y así, en silencio, juntos, envueltos en esta bruma que creamos entre los dos, llega el final de la canción.

El silencio parece turbarnos más, porque ambos nos miramos sin pronunciar palabra durante mucho tiempo, hasta que es ella la que me rodea el cuello con los brazos y esconde la cara en mi cuello.

—Es preciosa. Preciosa.

—Como tú —digo, depositando un beso en su pelo.

—Dios… Ya la he oído antes. Pero no sé… ¿Cuál es?

—You’re Beautiful. De James Blunt. ¿En serio te gusta? No es muy de tu estilo —bromeo.

—¿Por qué dices eso? También tengo mi venita romántica escondida, eh.

—No lo dudo. —Sonrío—. Pero, a ver, ¿a que la escuchaste por casualidad? No te veo buscando este tipo de música para…

—No te lo vas a creer… —susurra ella, interrumpiéndome.

Y yo me río por lo bajo, nervioso al pensar que ha llegado el momento de empezar a confesar.

—La que no te lo vas a creer eres tú, cuando te cuente por qué he hecho esto.

—Oh, sí, me lo creeré. A pies juntillas —dice, muy seria de repente, volviendo a dejarme ver su preciosa cara.

—¿Segura?

—Segurísima. Es más, no es necesario ni que hables. Esto… Esto que has recreado… Es ese sueño que tenías a menudo, ¿verdad?

Cierro los ojos, porque caigo en que he olvidado lo espabilada que es.

—Sí. ¿No vas a preguntarme por qué lo he hecho? ¿Por qué contigo cuando…? Cuando, un día, aquí, en tu cara, te dije que era Clara la que…

Coloca dos dedos sobre mi boca para hacerme callar.

—Mira, Chema. Antes de nada, una aclaración.

Arqueo las cejas, pero espero sus palabras con ansia.

—Cuando regresé al pueblo, tenía muy claras dos cosas. Que no iba a acercarme a ti y que siempre, siempre iba a ser sincera. Conmigo misma y contigo. Mira donde estoy —se ríe, incrédula—, sentada en tus piernas, por Dios. Porque confío en ti, en tu gesto, en tus palabras… Ahora quiero que lo hagas tú en mí, ¿vale? Diga lo que diga. Porque te juro, Chema, te lo juro por lo que tú quieras que lo haga, por las niñas, por ti, por Clara, que… no voy a mentirte. Nunca. Esa es una promesa que no voy a incumplir jamás.

La dejo hablar porque parece que necesita exponer ese argumento, pero podría haberla interrumpido en medio de su discurso.

—Claro que confío en ti, Laura. Confío en ti ahora y para siempre. Y creeré cualquier cosa que…

—Yo he tenido este mismo sueño desde… Ya ni me acuerdo. Creo que fue al poco tiempo de irme a Oviedo. Un hombre tocando un piano en un salón que no reconocía. Esta misma canción. Un hombre al que no le veía la cara. Un hombre que desaparecía junto con todo, en cuanto me sentaba en su regazo.

—Un hombre vestido de época —puntualizo. Alucinado. Idiotizado. Porque claro que la creo.

Ella abre mucho los ojos y luego los cierra, abrumada.

—Sí, un hombre vestido de época tocando un piano negro de cola. Un Pearl River, para ser más exactos —concreta ella con una sonrisa tímida, aclarando de un plumazo cualquier duda. Eso, de haberlas tenido, claro.

—Jesús… Laura. Ese piano… es también con el que sueño. El que algún día lograré comprar.

—Y ese hombre eres tú, Chema. Siempre has sido tú, pero no lo supe hasta hace un tiempo, por eso de no verte la cara.

—¿Me la llegaste a ver en algún momento?

—Sí. La primera vez fue el día que decidí regresar. Y desde entonces, siempre.

—Joder… —Me rasco la nuca y me meso el pelo—. Joder… Yo… Yo no te vi. Hasta… Hasta la mañana en que me presenté en tu piso con tus cosas, cuando me desperté descolocado después de no solo verte, sino sentirte y olerte, joder. Y todo en un puto sueño. En ese sueño. Fue más real que nunca y tú… Tú estabas ahí.

Ella cierra sus ojos de nuevo y deja salir un suspiro desde lo más hondo.

—Por eso… ¿Por eso lo de hoy? —pregunta. Y sé que ahora no se refiere a esta puesta en escena, sino a lo sucedido en el bar de Paco.

—No, en realidad, no. De haber sido ese el motivo, lo habría hecho aquella mañana, ¿no? Y sin público, joder. —Ella suelta una risita casi horrorizada y yo continúo decidido a zanjar cualquier malentendido. Aunque no será hoy cuando aclaremos todo. Sé que no seré capaz de hablar por horas sin antes hacerle el amor. Y, si no, que se lo digan a mi erección, dura y suplicando desde que se sentó sobre mí—. El sueño me dejó más confuso, si cabe. Por eso aquel día la volví a cagar, y bien. Lo de hoy… Lo de hoy simplemente sucedió. Es verdad que llevo unos días muy raros, pero fue hoy cuando algo hizo clac en mi cabeza, Laura. Fue un cúmulo de cosas que otro día te explicaré si quieres, como una revelación. Sabía que te deseaba más allá de la razón. Que te tenía un inmenso cariño. Eso sí lo sabía, claro, tampoco soy tan obtuso. Pero me negaba a aceptar que… te quería. Al principio supongo que ni quería hacerlo y luego… Luego estaba amoldado a sentirme así, frustrado con todo lo que tenía que ver contigo, sin saber la causa. Muriendo por ti, pero viviendo una vida de mierda en la que parecía un puto zombi por ofuscado, por cobarde. Por no querer ver lo que tenía ante mí. Una verdad que tú me gritabas con tu sola presencia, joder. Esa verdad que incluso mis ojos y mis manos lo sabían, y terminaron la casa como creían que te gustaría.

—Vaya —dice ella un minuto entero después. Y lo sé porque he contado los segundos para no agobiarla, para otorgarle un tiempo que pienso que necesitaba—. Cuando quieres, eres de lo más vehemente, eh.

—Ya lo sabes —contesto, malicioso, contoneándome un poco debajo de ella para acomodar mi erección. O quizá para frotarme. Dios.

—¿Y por qué…? ¿Por qué has hecho esto, Chema? —cuestiona, volviendo a esa actitud formal que lo único que me pide es desmelenarla.

Sonrío, porque lo cierto es que ya hace rato que me esperaba esta pregunta.

—Esto es una manera de devolverte lo que es tuyo, Laura. Este sueño era por y para ti. Así que quería dedicarte la canción como tantas veces hice en sueños, sin saberlo. Y también quería crear nuestro primer recuerdo como pareja en esta casa, ¿qué mejor manera de hacerlo?

—Joder… Yo… Tú… Ay, mamá, has vuelto a dejarme sin palabras —dice ella, haciéndome sonreír y que la bese. Cuando abandono su boca, demasiado rápido por eso de no caer en la tentación, la abrazo muy fuerte, inspirando hondo sobre su cabello, saciándome de su olor. Algo que nunca haré del todo.

Aunque estoy cachondo perdido, no cambiaría este momento por nada. Me siento increíblemente bien. Tranquilo, pleno, feliz. En paz. Cada una de las piezas en su sitio, ordenadas, formando un todo. Estoy donde quiero estar y con quiero estar. El pasado está lejos, donde pertenece, ya no me persigue, no se mezcla con el presente ni lo enturbia. No va a ser nunca más esa pared que me impide alcanzar mi futuro. Es solo eso, pasado. Completamente necesario, con sus alegrías y sus penas, para haber encontrado el camino hacia este instante, sí, pero que ya puedo dejar atrás. Porque el presente está en mis brazos. Así como mi futuro. Porque si Clara fue la mujer de mi vida hasta ahora, Laura es la de mis sueños. De todos esos que me quedan por vivir.

—¿Sabes que haber encontrado la manera de callar a una mujer es algo que todo hombre desea? —me cachondeo cuando el silencio se hace demasiado largo. Y en Laura no es muy normal.

Me da un manotazo en el pecho y se separa lo justo para mirarme.

—Muy gracioso, listillo.

—Tu listillo. —Le guiño un ojo y le vuelvo a robar un beso—. ¿Qué pensaba esa cabecita tuya?

Ella se muerde la yema de su pulgar y me observa con el ceño fruncido.

—¿Qué? —insisto, más curioso que preocupado.

—Nada. Es solo que… ¿No te parece muy extraño? ¿Todo? ¿Qué significa esto que nos sucedió? Lo del sueño, lo de… —se interrumpe de golpe y menea la cabeza antes de proseguir—. ¿Por qué nos pasó? ¿Fue el destino jugando con nosotros, ese en el que ahora quiero creer? ¿Fue alguien ahí arriba, mandándonos pistas para que nos diéramos cuenta? ¿Qué fue, Chema? Porque irracional es un rato, ¿no? ¿Qué…?

—Mira, no pienso ponerme a analizarlo. Ya perdí mucho tiempo, sin ti, por analizar demasiado las cosas. Sobre todo los sentimientos. Así que se acabó. Me da igual si estamos juntos gracias al destino, a los extraterrestres o por arte de magia. Lo que importa es que ahora lo estamos, ¿no?

Se echa a reír con ganas. Y acaba escondiendo la cabeza otra vez en mi cuello, erizándome la piel con su aliento entrecortado gracias a las carcajadas.

—Oye, deja de reírte, eh.

—Me has matado con lo de los extraterrestres —admite, entre risas, despegándose lo mínimo para poder mirarme entre sus pestañas.

Y justo así está tan guapa, tan seductora, tan ella, que ni pienso. Bajo la tapa del piano de un golpe y la levanto en vilo, sentándola encima y moviendo sus piernas para encajarme en medio de ellas. Todo ello sin quitar mi vista de su cara, que, como la baje, no respondo.

Junto con la sorpresa que se ha llevado, cesan las risas, transformadas al instante en una mirada caliente de lo más provocadora.

—Joder, pues sí, estás vehemente. Muy vehemente —dice. O ronronea, más bien.

—¿Y tú? Confiesa. Has aprendido hoy esa palabra, ¿a que sí?

Sonríe y se muerde el labio inferior, bajando un poco la cabeza para mirarme directamente a los ojos.

—No, hoy he aprendido que puedo ser feliz. Que tengo derecho a serlo. Que…

—Ah, ¿ya me necesitas? —le pregunto, un pelín burlón, intentando quitarle intensidad a esta conversación. O no follaremos en la vida, joder.

—Para ser feliz al completo, te necesité siempre, cariño —se sincera—. Para vivir, no. Y tampoco vivía tan mal, ¿eh?

Entrecierro los ojos, malicioso, ante el tono sobrado con el que ha terminado de hablar, pero ella me deja extasiado echándome los brazos al cuello y susurrando cerca de mi boca.

—Te quiero. Te quiero tanto que no sé ni cómo lo hacía. Vivir, digo. Creo que era la fuerza de la costumbre. El saber desde el primer día que nunca serías mío. Eras mi fantasía, ese amor platónico. Ese secreto que nunca debía ver la luz. Y cuando… Cuando comenzamos a acostarnos, te mentí, sí, porque no quería volver al vacío que era mi vida antes de tenerte. Y cuando me fui… Cuando me fui…

No es capaz de continuar, y yo no la apremio, sino que la abrazo contra mí, muy fuerte, susurrando sobre su pelo.

—Te quiero, cariño. Te quiero. Fui tan estúpido… Tan ciego. Te adoro, joder.

Un buen rato después se separa de mí, recompuesta. Sus ojos brillan, sí, pero ya no parecen a punto de llorar, y su sonrisa es auténtica. Una puta maravilla. Abarca mis mejillas con sus manos y besa mis labios muy despacio.

—Tenemos tanto de qué hablar… —susurra, dándome otro de esos besos que no me llegan a nada.

—Sí —digo a duras penas, con mi lengua actuando ya por libre y lamiendo sus comisuras.

—Tanto que confesar. Que aclarar —continúa, igual de bajito.

—Sí —repito como un tonto.

—¿Quieres hacerlo?

—Eh… ¿qué? —Demasiado excitado, creo haber oído mal.

—¿Si quieres hablar?

—Como tú quieras —respondo, forzándome a no gruñir al hacerlo.

Entonces se separa de mí, coloca ambas manos sobre la tapa, al lado de sus caderas, y deja un espacio entre nuestros cuerpos, no muy grande, pues estoy pegado al piano, pero que encuentro descomunal. ¿Qué cojones está pensando para alejarse de mí, joder?

—¿De verdad quieres hablar? —insiste después de morderse su labio inferior.

—Pues… sí —me obligo a decir. Aunque pregunto, esperanzado—. Tú también quieres, ¿no?

—Yo… A ver, sí.

Mierda. Joder. Quiere hablar. Si la entiendo, pero…

—Vale, pues…

—Pero no ahora.

—¿Qué?

—Por Dios, Chema. En esta postura ni siquiera puedo cerrar las piernas para aliviarme un poco. Y espero que este piano sea antihumedad, porque voy a dejártelo perdido. ¿Es que no vamos a follar nunca? —dice, muy rápido.

Mi carcajada, esa que se forma en el centro de mi estómago y que sale de mis labios de forma bastante ruidosa, acaba en su boca cuando me empuja contra ella. Nos besamos durante mucho tiempo, con mucha saliva, mucha lengua, muchas ganas. Labios que succionan, dientes que muerden, bocas que no se sacian.

—Dios… —gime ella cogiendo aire—. Debes de pensar que estoy desesperada por ti.

—Sí. —Sonrío sobre sus labios—. Pero…

—Pero es que lo estoy. Fóllame, Chema.

Joder…

Capturo su cara entre mis manos y vuelvo a besarla.

—Hoy voy a hacerte el amor, Laura —susurro, sintiéndolo de verdad. Aunque mi cuerpo, mis manos y mi boca actúen ya por su cuenta, como siempre que me entrego a esta lujuria desmesurada que ella me incita. Ansiosos, desbocados, absolutamente insaciables. Es que no es solo lujuria, es gula, avaricia, incluso algo de soberbia. Yo soy un puñetero pecador, sí, pero ella es el octavo pecado capital, joder.

Mis manos se aferran al bajo de su vestido y lo suben todavía más de lo que está gracias a la postura. Laura me ayuda, incorporándose un poco, hasta que termina enrollado en su cintura. Necesito tocarla. Sentirla. Toda ella. Así que acaricio su culo cubierto de encaje maravillándome con su perfección, antes de volver a sentarla, con mi saliva ya dejando cercos húmedos en la tela sobre sus pezones, que beso y mordisqueo impaciente. Laura, tanto como yo, mete sus dedos entre mi pelo, lo revuelve, besa mi frente y, cuando alcanza el lóbulo de mi oreja, al que dispensa el mismo trato que yo a sus pechos, suelto un gemido gutural. Porque quiero más, lo quiero todo y ya. ¿Cómo no lo vi, joder? Que con ella siempre quiero más.

Nuestras bocas se encuentran de nuevo, famélicas, y se dan un festín que, en realidad, no es suficiente. Solo es un anticipo de todo lo que queremos. Y sé que ella también lo piensa cuando mis manos desabrochan su camisa, apresuradas y ávidas; no tardan en sacármela y acariciar mi torso. Besa mis hombros, lame mis clavículas y mi cuello. Y cuando sus dientes abarcan mi nuez, jugueteando con su lengua, me resulta tan erótico que pierdo un poco el control. Yo mismo me desabrocho el pantalón que me está matando, a la vez que mi boca también abarca su cuello, conquistando cada centímetro de su piel.

—Te comería enterita —susurro contra ella, mientras subo todavía más su vestido.

—Hazlo —pide, jadeante, con sus manos bajando por mi cuerpo todo lo que puede, vibrando con el mismo deseo que a mí me consume.

Me deshago de la maldita prenda y la observo con adoración. Tan hermosa. Como una noche estrellada, con los colores al revés. Su piel blanca brilla ante mis ojos y destaca esas constelaciones que la hacen tan especial. La recorro con mis manos, sus muslos, sus costados, su vientre, su estómago, y le amaso después los pechos por encima del sujetador, vuelvo a besárselos, me peleo con el cierre del dichoso sujetador que se interpone entre los dos. Cuando por fin se lo quito, me siento tan desenfrenado que apoyo la cabeza en su vientre, para tratar de recuperar la cordura.

Pero ella no ayuda. Se contonea, se retuerce, restriega sus muslos contra mí, se pega todo lo que nuestra posición le permite.

Araña mi nuca con sus uñas, mordisquea todo lo que está a su alcance y acaba suplicando en mi oído.

—Tócame, por favor. Tócame.

Sé qué quiere, a qué se refiere, así que solo puedo jadear y colar una mano bajo sus bragas, mientras es ella misma la que lleva sus pechos hacia mi boca, juntándolos y ofreciéndomelos de una forma que… Dios. Tiene los pezones duros e inhiestos y está tan mojada… Joder.

Acaricio sus pliegues, de arriba abajo. Su clítoris, en círculos y con pequeños toques que la hacen jadear. Y cuando son mis labios los que torturan un pezón, mientras un pulgar lo hace con el otro, le meto dos dedos de golpe, por lo que gime muy fuerte e incluso pega un ligero salto sobre el piano, para dejarse caer después sobre ellos, apretándolos y encharcándolos.

—Te quiero dentro. A ti. Ya —demanda con la voz enronquecida.

Sonrío y vuelvo a su boca, que venero por unos segundos.

—Y yo —gruño en ella—. Pero todavía no.

Todavía no, porque estoy demasiado caliente. Estoy a punto de caramelo y aún no hemos comenzado, joder. Así que retiro mi mano de su sexo y me concentro en sus pechos. Acaricio, beso, masajeo. Tiro, chupo, muerdo. Hasta que la oigo suplicar. Solo que eso me pone mucho más. Bajo por su estómago dibujando un camino de humedad, de besos ardientes, introduzco la lengua en su ombligo, recorro la línea de su cintura, me empapo de su sabor.

—Chema… Por favor.

Levanto la mirada desde donde estoy y le dedico la sonrisa más lasciva de mi repertorio, la esbozo sobre su carne. Así la quiero, anhelante en mis brazos, abandonada al placer, deseando más. Justo como estoy yo. La empujo hacia atrás, muevo sus rodillas, la abro y, al separarme, la observo con tanto ardor que no sé cómo no la quemo.

—Manos aquí arriba —casi exijo, colocándolas sobre la parte alta del piano—. Así, cariño. Y ahora… Esto fuera.

Arrastro sus bragas por sus piernas, mientras corro un poco el taburete hacia atrás conmigo sentado en él. Y en cuanto tocan el suelo, me inclino hacia esa parte de ella que llora por mí. La única que solo quiero que lo haga a partir de ahora.

La primera pasada de mi lengua le arranca un jadeo que me hace tocarme, a ver si así aplaco un poco la necesidad de su calor. Me acaricio lánguidamente metiendo una mano bajo mis bóxer, mientras cada fragmento de mi boca se vuelca en su placer. Mi lengua rebaña, lame y luego se hunde en ella. Mis labios besan, chupan y saborean su elixir. Y cuando mis dientes rodean su clítoris mientras es la primera la que lo azota, ella me rodea con sus piernas, me constriñe, jadea, hace que emita un gemido que reverbera sobre su sensible piel.

—Oh, Dios —grita—. Yo… Yo…

—Dámelo. Venga, dámelo, cariño.

—Joder. Contigo, por favor, contigo.

—Ahora. Córrete, Laura.

Inserto un dedo en su interior mientras mi boca repite eso que tanto le ha gustado. Y otro más. Y noto que se corre cuando es un tercero el que la llena, al apretarlo, contrayéndose, mientras su cuerpo es víctima de pequeños espasmos que fluyen al ritmo de sus gemidos.

Verla así, sudada, enrojecida, satisfecha… es más de lo que puedo soportar. Estoy tan al límite que no puedo aguantar ni un segundo más sin entrar en ella y no volverme loco.

En un movimiento brusco aparto los pantalones y los calzoncillos, todo a la vez, sacando al mismo tiempo un condón de uno de los bolsillos. Me lo pongo deprisa, muy deprisa, abarcando después su cintura con un brazo y atrayéndola hacia mí. Ella, desmadejada y con una sonrisa traviesa en la boca, se deja hacer y rodea mi cuello con sus manos mientras me mira enardecida.

La hago descender sobre mi erección despacio, utilizando los últimos vestigios de control. Pero cuando siento su calor, la fricción, su jadeo entrecortado, joder… Soy humano, no un puto robot. Y la deseo de una manera tan bestial… Y llevo tanto tiempo sin esto… Dios.

Mis caderas salen a su encuentro por voluntad propia, acortan el camino, encajan en ella hasta el final. Hasta que sus muslos reposan sobre los míos y estamos tan unidos como podemos estar.

—Joder, Laura —mascullo entre dientes, encantado con la sensación y cabreado con mi impaciencia.

—Oh… Más.

Y ya está. Una única palabra y voy a por lo que necesito.

Empujo de nuevo, la alzo, la dejo caer con fuerza, me impulso de nuevo. Y otra vez. Y otra más. Jadeando por el gusto. Y por el esfuerzo, que la postura no es la más cómoda para que yo lleve las riendas.

Entonces ella, percibiéndolo, toma la iniciativa. Rodea mi cintura con sus piernas y se menea sobre mí. Atropellada, sin orden ni concierto, ida, ofreciéndome una imagen demencial. Sus pechos se mueven al compás, y yo no puedo hacer otra cosa que prestarles la atención que merecen mientras mis dedos se clavan en sus nalgas. Voy a dejarla marcada, pienso. Pero ese pensamiento desaparece al instante, entre todos sus jadeos. Cuando muerdo un pezón quizá con demasiada fuerza, me obligo a relajarme, cojo aire y lo beso con ternura, pero Laura no parece de mi misma opinión.

—Hazlo de nuevo —me pide, desbocada, mientras baja las piernas para acomodar una rodilla a cada lado de mí.

—¿Esto? —pregunto, acelerado, y llevo mis dientes a su turgente botón, mientras cuelo un pulgar en su boca.

—Sí. Oh, sí —gime ella, antes de comenzar a succionarlo.

Sí, oh, sí. Por el amor de Dios.

Y para rematarme, comienza a moverse de una forma brutal. Me cabalga con intensidad. Hasta el fondo y casi sacándola. Formidable. Matadora. Demasiado perfecta.

—Laura… —jadeo cuando noto los primeros indicios del orgasmo—. Para, por Dios…

—No. Dámelo, Chema. Dámelo ahora tú a mí —dice sobre mi oreja, con el lóbulo entre sus dientes.

—Dios…

Me corro. Inevitable y colosalmente. Creo que nunca ha sido tan largo ni tan bueno. Ni las réplicas han sido tan exageradas. Jadeo como un loco. Gruño. Gimo. Sobre todo cuando noto su mano entre los dos, acariciándose mientras sigue moviéndose y la siento apretujarme, deshacerse de nuevo en mis brazos.

—Ay… —suspira débilmente en mi cuello—. Ay, mamá…

Y yo también suspiro, sonriendo. De pura felicidad.

La abrazo con fuerza, beso sus hombros y luego me quedo ahí, muy quieto, todavía en su interior, para recuperar el aliento, acompasándolo a los latidos que siento aún alrededor de mi carne.

—¿Todo bien? —pregunto un tiempo después, en el que ella tampoco se ha movido ni un milímetro. La incorporo con suavidad y la siento sobre mis muslos, pero un poco más atrás, para deshacerme del condón, que anudo y tiro al suelo.

—Ajá. —Traviesa, me observa con los ojos entornados.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

Ella menea la cabeza, divertida pero pensativa.

—A ver… dilo —le pido.

Entonces arquea las cejas y mira hacia el lugar donde ha caído el preservativo.

—Tenías condones —suelta, sorprendida.

—Sí, es que no sabía si…

—No, no van por ahí los tiros. Falta hacían, sí. Me refiero a que… tenías condones —repite alzando las cejas casi hasta la raíz del pelo.

Me da la risa, no lo puedo evitar. Sé con exactitud qué está pensando.

—¿Y qué? ¿No has oído antes a Julián algo sobre el voto de castidad? —la vacilo—. ¿No lo crees?

—No sé… Lo tenías muy a mano, ¿no? —cuestiona, desconfiada.

Y me río todavía más.

—¿Y si te digo que el bueno de Pedro me los ha dado esta misma tarde? O más bien me los ha metido en el bolsillo, así, con un comentario malicioso al oído —explico, entrecerrando los ojos al recordar el momento.

Laura abre mucho los suyos y suelta una carcajada.

—Ay, Dios… El bueno de Pedro… Vale, eso sí me lo creo del todo.

Tiro de ella para acercarla más y le doy un beso en la punta de la nariz.

—¿Así que en eso pensabas, eh, celosilla?

—Bueno… A ver, celosa sí soy, que lo sepas —dice con soltura—. Pero, en realidad, solo me ha extrañado que estuvieras tan preparado y lo he pensado justo al verlo ahora. Yo… antes… era otra cosa.

—¿Ah, sí? ¿Y qué?

Se muerde la yema del pulgar y me mira con la cabeza gacha, un tanto provocadora.

—Pues… Pues que yo no le veo ninguna diferencia a esto de hacer el amor. Perdona que te lo diga, cariño, pero hemos follado.

Me echo a reír. A lo loco. Con carcajadas profundas y vigorizantes. La adoro. Me encanta. Me fascina cada una de sus facetas. Hasta su mala hostia. Porque, a ver, algo de razón tiene, ¿no? Para mí fue distinto, extraordinariamente diferente. No había culpa, ni el menor atisbo de estar cometiendo un error. Hoy todo era química, deseo, amor… Ganas. De ella, no solo de su cuerpo. Pero, en fin, soy un hombre que se pierde a su lado. Y sí, ha sido un polvo brutal. Casi animal. Un pelín duro y… apoteósico.

—Ay, joder… —mascullo, calmando mis risas y apoyando la cabeza en su pecho—. Contigo…

—No te preocupes, eh, que a mí no me importa —me interrumpe—. Porque ¿sabes? Aunque fuese follando, yo sí te he hecho el amor siempre. Cada una de las veces.

Al oírla, la miro. La sonrisa se me pierde en la boca, poco a poco, abrumado y maravillado por sus palabras, comprendiéndolas porque van en sintonía con mi último pensamiento.

—Laura… —susurro—. Ni te imaginas lo que me haces. Ni te lo imaginas.

 

***

 

—Ponla otra vez.

Sonrío y le doy por tercera vez al play, después de girarme en la cama para coger el móvil de encima de la mesilla, donde vuelvo a dejarlo.

Segundos después, cuando la voz de James Blunt se cuela en el cuarto, aparto un rizo que le ha caído sobre un ojo y acaricio su mejilla.

—Le has cogido el gusto, ¿eh?

—Es preciosa —dice ella, sonriendo—. Y tan nuestra, ¿verdad? Está bien oírla despierta, para variar.

Me río y me apretujo contra ella, que, acostada de lado en la cama, me recibe enroscando sus brazos en mi cuello. Le hago cosquillas con la nariz en la suya, en sus mejillas, en sus labios, hasta que le sonsaco una risita y un tirón de pelos, con el que aparta nuestras caras.

—Eh, que duele.

—Quejica —se burla—. Además, se supone que mañana tenemos que estar doloridos, ¿no?

Y ahora nos reímos juntos. Divertidos y cómodos.

—Oh, son las cuatro de la mañana —dice ahora, mientras me coge la muñeca para mirar mi reloj. Hace un mohín de esos encantadores—. Tendríamos que dormir, pero no quiero… Estoy tan… bien —suspira.

Sonrío. Sí. Yo tampoco quiero dormir. Creo que ni siquiera lo necesito. Estamos tan tan bien…

Y me gusta que esté así. Contenta y cómoda. Sobre todo porque, cuando volvimos al piso y la traje hasta mi dormitorio, su tensión era más que evidente. De hecho, balbuceó algo sobre irnos al otro cuarto, inquieta, insegura. Pero yo me negué. Por dos motivos. Primero, porque quería hacerle ver que habían cambiado muchas cosas desde que se había ido; que mi cuarto ahora era solo mío, sin fotos de Clara por todas partes y sin su ropa en mi armario. Pero también porque me negaba a dormir apretujado en una cama pequeña cuando disponíamos de esta, más grande. Una habitación es eso, una habitación. Y los muebles, simples cosas. Lo importante, lo verdaderamente importante, éramos nosotros. Lo nuestro. Y así se lo expliqué en un principio.

Ella entró algo recelosa y abrió los ojos como platos al ver, o no ver, lo que temía encontrarse.

—Oh… ¿Cuándo…?

—Eso tampoco te lo vas a creer. O sí. —Me reí, un pelín nervioso—. Las fotos de la pared las retiré el mismo día de tu vuelta, aunque aún ni siquiera lo sabía. Y la de la mesilla, poco después de nuestro primer encuentro en la tienda. Me sentía un hipócrita viéndola ahí todas las noches, porque, a veces, el recuerdo de tu cara era mayor y se superponía a la suya. Y sí, estaba muy confuso, pero me había prometido intentar mentirme lo menos posible.

Ahí se tiró a mis brazos, tan aturdida como dichosa.

Y volvimos a hacer el amor. Dos veces. La segunda vez tan lento que resultó catalizador para los dos. Nos demostramos que sí, que también sabemos hacer el amor suave, con palabras bonitas y una cadencia que rayaba en la tortura. Como si quisiéramos amarnos con los órganos y no solo con el cuerpo. Como si deseáramos grabarnos la piel del otro. Como si pudiéramos alcanzar el orgasmo a través de los sentimientos.

Me acerco a darle un beso y la noto ausente, reflexiva, con la vista perdida a su alrededor.

—Ehh, ¿qué sucede?

—Nada —dice, demasiado rápido—. Estaba… pensando.

—Vale. ¿Y en qué? —insisto, porque es de locos, lo sé, pero necesito saberlo todo de ella. Cada detalle. Cada cosa que le pase por la mente. Supongo que esto se me pasará, que todo es muy reciente. Y que el miedo, aunque escondido entre la bruma de toda esta felicidad que me llena, está aún por ahí.

Ella compone una sonrisa un tanto triste y coloca un codo sobre la cama, apoyando la cabeza en su mano e incorporándose un poco.

—¿Puedo hablarte sobre algo? ¿Pedirte….? Es que… Es sobre Clara.

Cierro los ojos un instante y trago saliva. Pero me recompongo en milésimas de segundo y la miro con inmensa ternura.

—Puedes decirme lo que sea, Laura. Pedirme lo que quieras. Yo… Entiendo que es muy difícil para ti…

—No, escucha, no. Ya sé que aquella mañana dije cosas horribles. Sobre que nos compararas y… bueno… eso. Pero…

—Eso nunca va a pasar. No se puede comparar el agua y el aire, cariño, y sin ninguna de las dos cosas se puede vivir. Aunque… esa comparación no es muy válida porque…

Me interrumpe besándome, juntando nuestros labios con fuerza pero sin ir más allá. Se separa con un suspiro y asiente con la cabeza, dándome a entender que sabe lo que quería decir. Yo sonrío y cierro los ojos cuando ella retira de mi frente un mechón de pelo. Al abrirlos, los suyos están muy brillantes, pero su sonrisa es de verdad, preciosa.

—Lo sé —susurra—. Y no temo que lo hagas. Ya no. Creo que los dos hemos aprendido de nuestros errores, ¿verdad? Yo nunca voy a dejar de ser yo para mantenerte a mi lado y tú… Tú hoy has dejado bastante claro que me quieres, ¿eh? —bromea, me imagino que en un intento de quitarle intensidad al asunto.

Yo asiento con la cabeza juntando un segundo nuestras frentes, para luego mirarla con todo el amor del mundo.

—Lo que quería pedirte —continúa ella haciendo una pequeña pausa en la que se muerde el labio inferior— es que no la apartemos de nuestras vidas. A Clara. Que la dejemos seguir en ellas, que la nombremos con naturalidad, que la tengamos un poco en cuenta en cada decisión que tomemos sobre las niñas, que hablemos de ella sonriendo, recordando la maravillosa persona que fue. No quiero convertirla en un fantasma entre nosotros, en algo que nos hace daño. Quiero creer que ella ha sido nuestro nexo, que, gracias a ella o a pesar de ella, has acabado por amarme. Oh, Dios… Eso ha sonado fatal, joder. Quiero decir que…

—No, no, cariño. Yo te entiendo. Te entiendo. No sabes cuánto. —Y esta vez, el nudo en la garganta es hasta bienvenido. Porque es emoción en estado puro, pero de la buena. De la que duele, pero reconforta. De la que te hace sentir vivo y agradecido. De la que te hace ver que la persona que te la causa forma ya tanta parte de ti como una de tus extremidades. O de tus órganos vitales.

—¿Eso es un sí? —Sonríe ella, nerviosa—. Yo… Ella era tu mujer, Chema. Pero también era mi hermana. Los dos la queríamos tanto, ¿verdad? No quiero hacer como si hubiese sido alguien prescindible en nuestras vidas.

La abrazo. La abrazo cobijándola en mi pecho mientras hundo la cara entre sus rizos.

—La quisimos, sí —murmuro—. Mucho. Tanto como te quiero a ti. Joder, Laura, eres tan… increíble. Clara estaba tan orgullosa de ti. Y esto… Esto es solo una demostración más de por qué lo estaba.

—Era tan buena… Demasiado, quizá. Si se hubiese imaginado por un momento… —dice contra mi piel desnuda, sin levantar la cabeza.

—Shh… No te hagas eso. Ya pasó. Todo pasó, Laura. Ahora solo toca seguir adelante.

—Sí, pero… —Y ahí sí que busca mis ojos, apoyando su barbilla en mi pecho—. Yo… Yo creo que, al final, sí lo supo.

—¿Al final? —Frunzo el ceño, confuso, pero recuerdos, imágenes al azar que se entrometen en mi mente, me hacen proseguir—. Se despidió de ti, ¿verdad?

Laura asiente con la cabeza, baja la mirada y luego se levanta muy rápido y sale del cuarto. Aunque me deja un tanto desconcertado, vuelve antes de que mi imaginación me juegue una mala pasada, acostándose en la misma posición en la que estaba antes de irse y entregándome algo. Una foto. Una foto de ella y yo, que observo con atención. Y en la que leo unas líneas que me erizan el vello.

—Apareció en mi mochila unos días después de que nos acostáramos por primera vez. Yo había pasado la noche en casa de mi padre, en el cuarto de Clara. Como una forma de castigarme y de… pedirle perdón. Y no, yo no cogí esa foto y la metí allí sin darme cuenta. Oí su voz, Chema. Juro que la oí. Me pidió que fuese feliz. Se fue la luz durante un momento y… hacía mucho frío en el cuarto. Y…

Se interrumpe al borde de las lágrimas, saturada ante los recuerdos. Y yo creo cada una de sus palabras. Porque es Laura y no me mentiría en algo así. Y porque no puedo ser hipócrita y no reconocer que también lo hizo de mí. Aquella experiencia en el cementerio quise olvidarla, la infravaloré queriendo pensar que era mi conciencia haciendo de las suyas, la relegué a la categoría de un momento incómodo y casi ridículo, cuando, Dios, había sido tan trascendental.

Un poco agobiado por caer ahora en ello, no encuentro el valor para confesárselo a Laura. Mañana, mañana se lo diré. Tengo que hacerlo. Pero hoy no. Hoy ya ha sido demasiado… Y comienzo a sentirme un poco superado por los acontecimientos.

—¿Me crees? —pregunta ella, supongo que ante mi silencio.

—Sí, sí. Desde luego que sí. Yo… Tenemos todavía mucho de lo que hablar, cariño. Pero claro que te creo, no lo dudes. Hablaba con Llara, ¿recuerdas? ¿Por qué no iba a despedirse de ti?

Ella sonríe con un deje de tristeza, aunque sus ojos refulgen de una manera especial. Limpia. Radiante.

—Gracias, Chema. Esto para mí es…

—No, no me las des. Gracias a ti, mi vida. Por contármelo. Y, sobre todo, por esperarme.

—Creo que… no tenía otro remedio, ¿sabes? Eras como una garrapata prendida a mi corazón.

—Joder, qué poético. —Me río. Y esto es una cosa más de las que adoro en ella, esta facilidad para hablar de algo profundo y acabar diciendo alguna tontería del estilo. Es como si no supiera estar triste mucho tiempo. Derrocha ganas de vivir, joder.

—Ya sabes, mi vena romántica… —Ríe también ella—. Pero eres una garrapata guapa, eh. Atractiva y… follable.

—Serás… —Nos giro hasta que termino colocado encima de ella, haciéndome sitio entre sus piernas.

—Joder, Chema, tú es oír la palabrita y te vienes arriba, eh. ¿Otra vez? —Finge molestarse poniendo los ojos en blanco, pero su sonrisa es adictiva—. ¿De verdad estás para tanto trote? ¿No hay una edad en la que ya se pierde fuelle?

—Bueno, Clara decía que era insac…

Me callo cuando me escucho. Porque sí que me he venido arriba del todo, por lo visto. Una cosa es hablar de ella con naturalidad y otra… esto. Joder. Se me ha ido del todo la olla. Tan sorprendido por haber dicho algo así como arrepentido, abro la boca para disculparme, pero, claro, Laura es Laura, y me deja pasmado echándose a reír.

—A ver… Una cosa es que la tengamos presente, machote, pero no te pases, oye —comenta, entre risas un pelín histéricas, como si le divirtiera y le horrorizara la cuestión al mismo tiempo.

—Tienes razón. Perdona. Perdona, por favor. Se me ha ido la pinza.

—Normal, si cuando uno tiene la sangre acumulada en otro lado, pasa lo que…

Dejo caer la frente sobre su pecho con un resoplido y ella prosigue con una risita.

—No pasa nada, tonto. Olvídalo —dice y mete sus dedos entre mi pelo. Y para rematar, contonea su pelvis contra mí—. ¿Así que insaciable, eh?

Y ahora soy yo el que se descojona, de la misma manera que antes lo ha hecho ella. Apabullado pero encantado de la vida.

—Me vuelves loco, pelirroja.

—Lo sé. Si se te nota.

—Bueno… En realidad, estoy loco por ti, que no es lo mismo.

—¿Ah, no?

—No, es infinitamente mejor —susurro, ya con mi boca sobre su cuello. Y sin venir a cuento, prosigo sin pensar—. Mañana traeremos todas tus cosas, no voy a dejarte escapar. Quiero…

—Eh, eh… Para. No.

—¿No? —Levanto la cabeza como un resorte y la miro incrédulo—. ¿Cómo que no?

—No, cariño. Hagámoslo bien. No nos precipitemos.

—¿Qué coño…? ¿Precipitarnos? Todo lo contrario, he estado perdiendo un tiempo precioso con mis paranoias. No…

—Chema, no te cabrees, vale, pero es mejor…

—¿Es por mi madre? ¿Por lo que te dijo?

—¿Por tu madre? ¿Estás de coña? No. Es por todo. Por las niñas, por…

—Las niñas saltarán de alegría.

Se muerde el labio inferior sin rebatirme eso, sabiendo que tengo razón.

—Es… Me da pena por Miriam, cariño. Se ha gastado una pasta en…

—Si le dejas así el piso, tal como está, se dará por bien pagada. Lo alquilará en un santiamén. Ahora o en verano. Los turistas se lo rifarán —explico, sin querer destapar en un día todos los secretos y seguro de que estoy totalmente en lo cierto.

—Lo pensamos, ¿vale?

Entrecierro los ojos y sonrío, malicioso.

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