Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 35 » Laura

Página 110 de 113

Laura

 

 

—Todo, Laura. Lo quiero todo, sí.

Frunzo el ceño, aunque estoy muy lejos de estar enfadada. Lo quiere todo, tal como yo le pedí en una ocasión. Lo quiere todo y lo comprendo. Lo quiere todo y, qué coño, yo también.

—Quizá estás llevando muy lejos lo de fastidiar a mi madre, ¿no? —me provoca él, insistiendo en salirse con la suya, sin saber que ya he tomado una decisión.

—Bueno… Ese es un buen aliciente para decirte que no, la verdad.

Él gime en mi cuello, después de apartarme el pelo y sujetármelo con una mano sobre el otro lado.

—¿Y qué aliciente puedo utilizar yo para que me digas que sí?

Me echo a reír y entierro mis pies en la arena, mientras aparto con las dos manos los mechones más cortos que me azotan la cara. Levanto la cara al sol, apoyo la cabeza en su hombro y me recuesto un poco más sobre su torso.

Él, sentado detrás de mí, libera mi cabello y sube sus manos en una caricia lenta desde mis rodillas a mis muslos, tentador.

—¿Sabes de alguno? —presiona, al tiempo que hinca los dientes en mi hombro.

Mis dedos se aferran a sus rodillas, colocadas a ambos lados de mi cuerpo.

—Estás jugando sucio —susurro.

—Ajá.

—Y estamos en un lugar lleno de gente.

—Mmmm. —Lo noto sonreír sobre mi mejilla y me da la risa.

—Las niñas nos están mirando. Y Marta se va a caer de la tabla de la vergüenza.

—Sabe nadar —explica, retomando sus caricias en sentido contrario, más lentas aún—. Y yo solo estoy tratando de convencer a su madre para que se case conmigo de una jodida vez y que le dé un hermanito.

—Pues lo que vas a conseguir es hacérmelo aquí mismo, como sigas así.

—¿Eso es una promesa?

—Joder, Chema…

—Esta noche. Tú, yo y la playa.

—Sí.

—¿Sí? Mira que te tomo la palabra.

—Sí.

—Pues genial. Aún son pequeñas para quedarse solas, ¿verdad?

Me echo a reír con ganas, porque sé que él es el primero en considerarlas así.

—Sí, aún lo son. Y en cuanto nazca el bebé, tendremos ese problemilla unos cuantos años más.

—Ya. Pero eso no sucederá mientras no me digas que sí, así que…

Suspiro y me río por dentro. A tercos no nos gana nadie. A los dos. Y eso lo hemos descubierto durante estos años juntos. Aunque creo que, en realidad, ya lo sabíamos de antes, cuando no toda la culpa de nuestras disputas la tenían la frustración de su deseo malentendido ni la de mi amor imposible.

Porque sí, somos dos cabezotas de cuidado. Y, poco a poco, nos hemos enseñado uno al otro a gestionarlo, aprendiendo a ceder, a dialogar, a respetar esa promesa que nos impusimos de nunca acostarnos cabreados.

Eso no significa que no discutamos, no, por Dios. Discutimos y mucho. A gritos. Yo sigo siendo de las que lanzan cosas cuando me ciega la ira y él, de los que no piensan mucho lo que dicen, soltando burradas a destajo por la boca. Pero también es verdad que nuestras reconciliaciones son maravillosas. Épicas. Llenas de mimos, de besos, de los mejores orgasmos. El muy loco incluso insonorizó nuestro dormitorio y, con eso, ya lo digo todo.

Cuando me doy cuenta, estoy riéndome a carcajadas al recordarlo.

—¿Y esas risas? ¿Tanta gracia te causa tenerme suplicándote matrimonio? —pregunta y busca mi cara, un poco alucinado.

Y yo me río más fuerte.

—Ay, no, tonto. Estaba pensando en cuando Julián y tú insonorizasteis nuestro cuarto. El pobre no daba crédito.

Chema también se echa a reír.

—Y que lo digas. Quién se iba a imaginar que era de los silenciosos. De haber sabido lo que iba a burlarse, le habría pedido a Colás que me ayudase.

—Otro silencioso —le confieso en tono confidencial. Y lo sé por Nela, así que segura estoy.

—Joder… ¿Qué pasa? ¿Que aquí la única que grita como una loca follando eres tú?

—¡Oye! —protesto y le doy un manotazo—. ¿Tengo que recordarte que gruñes como un cerdo?

—A ti te gusto muy cerdo —me suelta el muy capullo. Y sí, tiene razón, así que me da la risa.

Pero en cuanto vuelvo la mirada al mar, abro los ojos como platos.

—¡Menuda leche! —digo al ver a Marta perder el equilibrio sobre la tabla y dar un buen giro antes de caer al agua de plancha.

Ambos hacemos el amago de incorporarnos, pero al instante observamos como sale del agua levantando una mano y gritando para hacernos saber que está bien.

—Un día de estos se matan. Y eso que aquí no hay olas grandes.

—Están aprendiendo, mamá leona —se burla él—. Y por eso están aquí. Cuando sepan, las llevaré a Tapia de…

—¡Ni loco vas a llevarlas allí!

Él estalla en carcajadas.

—¿Tú te oyes? ¿Dónde queda eso de que debemos soltarlas un poco, dejarlas equivocarse y enfrentarse a…?

—Eh, eso es distinto —replico, porque sé por dónde va—. Yo solo opino que Marta quizá tenga razón y no esté aprovechando bien sus posibilidades. Que la estemos coartando. Que…

—Sí, ya me sé el discurso ese, cariño. Nos lo repite casi a diario.

Bueno, sí, Marta está pesadita, pero… ¿y si tiene razón? Este año empieza la secundaria y le han ofrecido adelantarla de curso, o hacer dos en uno. La niña se aburre en clase, va demasiado avanzada. Nosotros, alimentando sus ansias de aprender, le pagamos clases extraescolares, le compramos los libros que nos pide y… Y si nuestra intención era que cursase cada uno de los ciclos como una niña normal pues… tal vez la tendríamos que haber frenado antes. Ahora lo quiere todo. Ahora quiere más. Y su padre y yo deberíamos comprenderla, porque, con respecto el uno al otro, sabemos qué significa eso.

—A este paso, se irá a la universidad con quince o con dieciséis. No quiero ni planteármelo —rumia Chema contra mi pelo.

—Bueno… Si se diera ese caso, piensa que podría ser peor. María y Nico nos ofrecieron su casa y viven muy cerca del campus. Y Marcos…

—Oh, ya salió don Perfecto a relucir —refunfuña él, mientras apoya su peso en sus manos, un poco hacia atrás.

—Venga —me río—, deja esa actitud de crío celoso, que ya no cuela. Si hasta te cae bien, reconócelo.

—Bueno… —masculla por lo bajo—. No es mal tipo. Aunque lo que sí reconozco es que me cae mucho mejor desde que se casó.

Suelto una carcajada y me giro para besarlo en los labios, divertida con su comentario y encantada al pensar en eso. En que Marcos también ha encontrado la felicidad. Porque, si alguien era digno de una bonita historia de amor, era él, joder. Él y ella, que tampoco lo tuvo muy fácil.

—Ah, y por cierto, hablando de ellos, vendrán el mes que viene un par de semanas. Tengo ganas de verlos.

—Sí, ya me lo habías dicho. ¿Se quedan en el apartamento de Miriam, como siempre?

—Ajá. —Sonrío con ternura y luego suspiro, obligándome a retomar el tema que hemos dejado a medias—. Pero a lo que íbamos… Sobre Marta…

—Creía que me entendías, Laura.

—Sí, cariño… Lo hago. Pero tú también tienes que entenderla a ella. Es como si a ti te dijesen que solo puedes hacer masa cuando sabes subir paredes. Es…

—No es lo mismo, por Dios. ¡Vaya comparación!

—Bueno, es una que puedes comprender.

—¿Ahora me estás llamando idiota? —pregunta, tenso, girándome la cara hacia él.

—No, ¿cómo crees…? Es solo que, joder, Chema, esto es frustrante. Comprendo tu punto de vista, pero también el de ella y…

—Uff… En fin, si te casas conmigo, me lo pienso, ¿vale?

Me sale una carcajada escandalizada, tremendamente escandalosa.

—Ya te vale —digo entre risas.

—Ya sabes, en el amor y en la guerra…

—Y esto es la guerra, ¿no? —bromeo.

—Guerra la que me das tú, sí. —Se ríe él ahora—. Joder, Laura, di que sí, anda… Quiero ponerte un anillo en el dedo, quiero tener un papel que respalde este amor, quiero…

—Eres un anticuado —protesto, aunque en el fondo esto me divierta. Y mi aceptación sea solo cuestión de minutos.

—Ayer, en la cama, no me decías eso. Me decías… ¿cómo era? Ah, sí…

—Ay, por Dios, para… —Me río—. Eres… Esas cosas no se recuerdan.

—Tampoco se olvidan, preciosa. En todo caso, se quieren repetir.

Meneo el trasero, traviesa, y encuentro una dureza sospechosa.

—Joder, pues sí que quieres, sí.

Él, contra mi cuello, se ríe entre dientes. Y luego me hace cosquillas. Y yo se las hago a él. Mi maravilloso chantajista. Mi vida. Hasta que lo consiga, no va a parar, si lo conoceré yo. Aunque ahora solo me hago de rogar por joder, así, un pelín. Tampoco voy a hacerme siempre la fácil, ¿no? Como cuando me negué a irme vivir con él al día siguiente de nuestra reconciliación… Bueno, no sé si puede llamársela así. Antes habíamos tenido algo, sí, pero ¿había sido una relación de verdad? Bah, da igual, que me lío. Pues eso, que le dije que no, y por la mañana salí muy digna de su casa, pensando que el asunto estaba más que zanjado. No, me equivoqué. E hice más que eso. Me derretí cuando, por la tarde, él se presentó en mi apartamento con un montón de bolsas, se puso de rodillas y me rogó que se las dejara llenar con mi ropa. Y eso todo con cuatro ojos preciosos, infantiles e ilusionados suplicándomelo también. Me mudé, evidentemente. Y a los tres meses, otra mudanza. Esta vez mucho más grande y más engorrosa, pero a nuestra casa nueva, lo que lo compensaba todo.

Minutos después, el juego se nos está yendo un poco de las manos y pasa de las cosquillas a los pellizcos entre risas, y de ahí a los besos juguetones. Aparto ese mechón rebelde y meto los dedos entre su pelo hasta llegar a su nuca, para luego acariciar también su barba. De un tiempo a esta parte lo lleva todo un poco más largo de lo normal, porque a mí… Joder, me encanta. Está tan atractivo… Uy, comestible. Me encuentro pensando como una boba en que así, tal cual, se parece muchísimo más a Noah, sobre todo en esa parte de la peli en la que volvió con la chica. Dios, de hecho se parece tanto que me lo imagino con Allie. O con Eva Mendes, ya puestos.

«Ay, Laura, por Dios, que te estás enrollando».

Ay, sí. A veces flipo conmigo misma y con las tonterías que se me ocurren, de verdad. De todas formas, se parece al actor, sí, pero Chema tiene los ojos mucho más bonitos. Así que se fastidien las dos, que me he quedado con la mejor versión.

«Laura, en serio… Déjalo».

Me echo a reír y él, así, entre cosquillas y besos, me imita. Lo que me hace apartarme y girar la cara, todavía con una enorme sonrisa en ella, es esa sensación rara de cuando sabes que alguien te observa, cuando notas como una presencia.

Me encuentro a una niña que, a un par de pasos, nos mira asombrada. Debe de tener sobre cinco o seis años, es rubita, con los ojos más grandes y azules que he visto en mi vida y cara de muñeca. Una auténtica ricura. Una que, a su vez, nos contempla casi con estupor. Con esos ojazos muy abiertos, la boca entrecerrada y las manitas jugueteando entre ellas delante de su vientre.

—Hola —la saludo, curiosa ante su manera de mirarnos. Y le echo un fugaz vistazo a Chema, que también observa a la niña con interés. Intercambiamos una mirada cómplice antes de que me vuelva de nuevo hacia ella, que no se ha movido del sitio, como si alguien la hubiese plantado ahí—. ¿Cómo te llamas?

—Diana —dice muy rápido. Casi… ¿asustada?

No, eso no tiene ningún sentido, pero por si acaso…

—¿Estás sola? ¿Te has perdido?

—No, no. Papá y mamá… están ahí. —Y, sin despegar los ojos de nosotros, señala hacia atrás y un pelín arriba, donde una pareja mucho mayor que nosotros, sentados sobre unas toallas a varios metros, también miran hacia aquí.

—Ah, qué bien… ¿De dónde eres? —continúo, por decir algo, porque lo cierto es que me está poniendo un poco nerviosa y no sé muy bien el motivo. Solo es una niña pequeña, haciendo cosas que su infantil curiosidad le dicta. En este caso, observarnos. Supongo que nuestras risas la han atraído.

—De… De aquí no.

Chema se ríe por lo bajo ante su respuesta. Y yo amplío mi sonrisa. Respuesta anticotillas, así la llamaría yo. Muy bien por ella.

—Bueno… Pues encantada, Diana —prosigo—. Yo soy Laura y él es Chema. Pero puedes llamarlo Rubio, ¿sabes?

La niña se pone pálida. Hasta sus labios pierden color.

—¿Qué…?

—¡Hola! ¡Hola, ¿cómo te llamas?! Eres muy guapa, ¿lo sabías? —Esa es Llara, que aparece delante de nosotros mientras arrastra tras de sí la pequeña tabla de surf que su padre se empeñó en comprarles a cada una, y portándose justo como es. Sincera, dicharachera, dulce…

Diana la mira con los ojos como platos y luego los pasea hasta Marta, que se acerca también y se detiene al lado de su hermana. Y, de nuevo, vuelve su vista a nosotros.

—Una cosa, ¿nos conocemos? —le pregunta entonces Llara, frotándose los brazos y estremeciéndose como si hubiese sentido un escalofrío.

—No, no.

La niña, no bien acaba de negar esa cuestión, echa a correr hacia sus padres. Y ahora sí que parecía asustada. O algo similar.

Entrecierro los ojos y arrugo la frente, desconcertada. ¿Qué coño…?

—Joder… ¿Tan mala pinta tenemos? —pregunta Chema, tan confuso como yo pero mucho más divertido.

—No, no es eso —responde Llara, que mira todavía hacia la pequeña—. Es… ¿No lo habéis notado?

—¿El qué? —cuestiono, porque me espero cualquier cosa. Porque Llara es… Llara. Demasiado perceptiva. Demasiado extraña, a veces.

—No lo sé explicar. Pero era… No sé. Como si ya nos conociéramos. Me parecía… familiar. Era como si…

—Por favor, Llara, no empieces —se queja su hermana—. Era una niña normal que se ha acojonado ante cuatro extraños mirándola.

—Esa boca, Marta. —Ay, me encanta decirle eso cuando utiliza un lenguaje no muy acertado. Solo para compensar las veces que ella me lo dice a mí.

—Mamá… —replica poniendo los ojos en blanco—. Lo que tengo que oír, eh.

Y, con las mismas, sube el metro que la separa de sus cosas, recoge la toalla y comienza a secarse, después de desprenderse del corto traje de neopreno que le obligué a usar. Sí, soy un poco mamá leona, sí.

Oigo a Chema reírse por lo bajo, pero lo ignoro. Será capullo… Así que me centro en Llara, que sigue en el mismo sitio, observando a la niña en la distancia.

—¿Estás bien, cariño?

Ella se encoge de hombros y me sonríe con timidez.

—Sí, mamá. Será lo que dice Marta. Tonterías mías.

—No, tú no sientes tonterías. Y lo sabes.

—Gracias por pensar así. Pero… no es nada. De verdad. —Y, tras una leve sonrisa, camina hacia su hermana, dejándome un regusto raro en la boca del estómago.

—No la alientes —susurra Chema en mi oído.

—No lo hago. Es solo que… Joder, cariño… De distinta manera, pero sí que has tenido unas hijas de lo más especiales, eh. ¿Seguro que quieres ir a por el tercero? Mira que puede salirnos raro del todo.

Él se troncha y me abraza muy fuerte, para luego tirar de mí y ponerme en pie.

—Nunca he estado de nada tan seguro, pelirroja —susurra agarrándome por la cintura—. Y pensé que a eso ya habías dicho que sí, así que ahora no te retractes.

—Y no voy a hacerlo. Aunque sabes que para mí… ellas… —giro la cara hacia Llara y Marta y sonrío— son mías, Chema. Ni pariéndolas las hubiese querido más.

—Lo sé, mi amor.

—Y… tampoco es que me haga demasiada ilusión el hecho de parir, si te digo la verdad.

Él mueve despacio la boca en una maliciosa sonrisa, pero termina partiéndose de risa. A carcajadas.

—Mi Laura valiente. ¿Dónde está?

—Vete a…

Me hace callar acunando con sus manos mi cara antes de besarme con infinito cariño. Aprieta su boca contra la mía durante mucho tiempo, en un beso nada sexual pero sí intenso, como todo lo que nosotros hacemos.

Intenso, como se ha puesto con el tema de la boda y del bebé.

Estas últimas Navidades, quizá por culpa de lo familiar de las fechas, me pidió matrimonio y un hijo, todo a la vez. Me quedé traspuesta, la verdad. Pensé que con dos eran más que suficientes, porque desde el principio las consideré tan mías como eran de él. Como de Clara. Eran hijas de los tres. Y lo de la boda, pues eso… Buf… Para mí no era esencial. Solo era un puñetero papel. Y darle el gusto a la bruja de mi suegra.

Yo ya era feliz, inmensamente feliz. El negocio nos va genial. Mejor de lo esperado. No solo nuestra clientela abarca también a los pueblos vecinos, sino que, gracias al boca a boca, incluso me ha salido algún trabajillo de lo mío en Luarca o Cudillero. Mi reputación llegó hasta Avilés, donde decoré la casa de unos empresarios, amigos de una de mis mejores clientas. Por otra parte, no habría podido tener una socia mejor. Lidia es un encanto, tanto dentro como fuera de la tienda. Y aporta esa sensatez y ese saber estar que, en ocasiones, a mí me falla.

Así que, cuando oí su propuesta, lo único que pensé fue en lo feliz que ya era. Con él, con las niñas, en mi trabajo. ¿Para qué complicarse?

Me negué. Y a mi manera. Con aspavientos y exclamaciones fuera de tono. Chema, aunque muy decepcionado, no insistió en ese momento, pero empezó una batalla sin cuartel. Día sí, día también, me describía cómo sería un hijo de los dos, sus características físicas, su carácter… Quería que saliera a mí en todo. Y si salía a él, tampoco le parecía nada mal. Tanto empeño puso a la causa que hasta me regaló un llavero de plata con dos patucos. Ese día casi lo mato. Como el día que se inventó que había cambiado mis pastillas anticonceptivas por aspirinas. De hecho, pese a que luego lo negó, fui a la farmacia a por otra caja, por si las moscas.

El caso es que, con mosqueos incluidos y todo, yo comencé a verme con un bebé en brazos. Un bebé muy tranquilo, regordete y con los ojos de su padre. Y el día que, delante del espejo, me puse un cojín bajo el jersey, supe que ya había tomado una decisión. Así que le dije que sí, claro. Que podíamos iniciar esa misma noche la búsqueda de ese deseado hijo.

Me dijo que no. Él. Él me dijo que no. Que sin boda, nada de bebé. Que lo quería todo. En esa ocasión casi lo asesino con el cuchillo con el que picaba patatas. ¿Y tenía o no razón? Seguro que cualquier juez me habría absuelto.

Y así estamos desde entonces, y de esto ya hace cuatro meses.

—Mira… No puede ser tan malo. Todas acaban repitiendo —dice en cuanto se despega de mis labios, coge mi barbilla y me hace mirar hacia arriba.

A unos pocos metros de nosotros, Nela, que no debe de haber llegado hace mucho, embadurna en crema protectora a Iván. El pequeño da saltitos, inquieto por irse al agua, lo que me hace sonreír. Sentado a su lado, Colás sostiene en brazos al pequeño Hugo, de apenas tres meses de edad. Con una mano plantada en el culo del bebé mientras con la otra le sujeta la nuca y lo apoya en su hombro, le da instrucciones al padrino del mismo, su hermano, para más señas, de cómo debe colocar la hamaca bajo la sombrilla. Julián refunfuña, lo oigo desde aquí, aunque Teresa, de pie y con las manos apoyadas en su inmensa barriga de ocho meses de embarazo, debe de encontrar muy graciosa la situación, porque se ríe a gusto. Sí, otra que ha tardado lo suyo en decidirse a aumentar la familia. Que se plantaba con Sofi, decía, la que ahora está tirada en una toalla boca abajo, con los cascos puestos y la mitad de sus piernas en el aire, moviéndolas al compás de la música. Pues no, según sus palabras textuales, su reloj biológico volvió a sonar con todas las alarmas al ver que se le pasaba el arroz.

A pesar de observar la escena con una sonrisa llena de ternura, solo por fastidiar, porque soy así de malvada, vuelvo la vista hacia Chema y me encojo de hombros.

—Ya sabes… El masoquismo está de moda.

Él se ríe por lo bajo, seguro que por no llorar, y, cogiéndome de una mano, comienza a andar hacia ellos.

—Serás bruja… —lo oigo mascullar cuando pasamos por delante de sus hijas, que hacen malabarismos para cambiarse tapándose con una toalla.

—Pero esta bruja te adora.

—Ya, ya.

—Mira, hasta estoy dispuesta a casarme contigo. Por pesado, eso sí, pero lo estoy —suelto, sin pensar. Porque hasta yo sé que podía haber esperado un momento más romántico para decírselo. En medio de un polvo, por ejemplo.

Chema frena en seco. Incluso derrapa un poco, lo que me hace reír. Se da media vuelta y me mira muy serio.

—¿De verdad?

—Sí, por no oírte, ya sabes.

Se acerca mucho y me empotra contra él.

—Venga, pelirroja, que puedes mostrar más entusiasmo. Inténtalo.

Ruedo los ojos y compongo un mohín travieso.

—Vale, me caso contigo, aunque lo de contentar a tu madre me jode bastante.

Chema hace verdaderos esfuerzos para disimular la risa, pero me aprieta todavía más contra él y ronronea.

—Vamos, que puedes hacerlo infinitamente mejor. Dime un sí bonito, Laura.

Oh, qué tierno.

—Sí, cariño, quiero casarme contigo. Porque te quiero. Y no creo que haya nadie que me aguante lo que tú.

Ahora sí se ríe. Con ganas.

—Es un placer hacerlo, cariño. Es un placer tan grande que… Joder…

Me levanta en vilo y no se reprime ni un poco a la hora de gritar como un loco.

—¡Ha dicho que sí! ¡Ha dicho que sí!

Me tapo la cara con las manos, más divertida que abochornada. Dios, este hombre le ha cogido el gusto a dar el espectáculo. Llegan hasta nosotros los abucheos de nuestros amigos, de todos. Y las niñas comienzan a reírse.

—¡Joder, por fin! —Y ese es Pedro, que llega a la playa casi arrastrando a su mujer de la mano y corriendo detrás de los mellizos, Telma y Luis, que, con tres años escasos, tienen más energía que si fuesen quintillizos. Y eso son palabras de su madre.

Aunque, con los nombrecitos que les han puesto, se lo han buscado. Y no, ni siquiera les gusta la película. De hecho, el día que nos confirmaron los nombres, poco antes de que nacieran, y yo les hice ver la coincidencia, fliparon un poco. Claro que después Pedro se murió de la risa, mientras la futura mamá, apesadumbrada, ya estaba pensando en cambiarlos. Él se negó en redondo. Que les había llevado meses decidirse, que eran nombres que les gustaban a los dos y que, si sus hijos iban a dar que hablar, era mejor que empezaran de bien pequeños.

El tema quedó resuelto con la sonrisa enamorada que le dedicó su mujer. Su mujer… Eso sí que fue una sorpresa en sí.

—¡No os olvidéis de poner langosta! ¡Aunque me conformo con bogavante, eh! —Y ahí está nuestro bruto particular, Julián.

—Y, por Dios, no se os ocurra casaros antes de que dé a luz. Y dadme unos meses para recuperarme. Ahora un poco más no os supone nada. —Su mujer, siempre tan mandona.

—¡Felicidades, chicos! —Colás y Nela, a dúo.

Me río. Chema se ríe. Y riéndonos, nos comemos a besos. Nuestras lenguas se buscan con la locura de la primera vez, mientras nuestro sabor se ha vuelto más exquisito, porque ahora sabe a casa, a hogar, a respeto, a discusiones siempre resueltas, a noches acurrucados, a confesiones que nadie se creería, a amor, con mayúsculas, en negrita y, si me pongo chula, también en cursiva, coño.

—Oh, no… ¿Vosotros sabéis cuantos gérmenes se contagian haciendo eso? Millones de bacterias… Pero muchos millones y en pocos segundos. Ay, ¿es que no escucháis?

«Sí, Marta, cariño, es imposible no escucharte, pero me importa un pimiento».

Y a Chema, ídem de lienzo, porque lo profundiza todavía más, gira conmigo una vuelta completa y después me deposita en el suelo y se ríe en mi boca cuando la listilla esa sigue despotricando.

—Si no lo hacéis por eso, hacedlo por vergüenza, por favor. Esto no es normal, de verdad. Ninguno de los padres de mis amigas se comporta así.

—Ay, Marta, déjalos —dice su hermana—. Es tan bonito verlos… Míralos, están enamorados.

—Y calientes como ascuas. Buscaos un hotel, coño. —El poli todavía no ha aprendido a cortarse, ni con niños delante.

Chema succiona mi labio inferior y me guiña un ojo.

Yo sonrío con toda la boca y vuelvo a por la suya. Que les den a todos.

—Ay, cariño, no digas eso. ¿No ves que están celebrándolo entusiasmados? —le dice su mujer.

—Sí, demasiado entusiasmados, diría yo —se burla Pedro—. Aunque… ¿quieres tú también celebrarlo, preciosa?

—Ni se te ocurra. Aleja esas manos y esa boca, que eres un peligro. —Ríe ella.

—Cuando subáis, procura venir detrás de Laura, y bien pegadito —se guasea Julián.

Suelto una carcajada que se traga Chema. Y continuamos riéndonos así, todavía rozándonos con nuestros labios.

—Y subid ya, que tengo hambre —nos informa Teresa.

—Tú últimamente siempre tienes hambre, cuñada. Y oye, Rubio, también puedes dejarnos atisbar el material, a mí no me molesta —chincha Nela.

—Cariño, por favor… —la reprende nuestro prudente y discreto Colás.

—Oh, no seas aguafiestas.

—¿Qué material quiere ver? —se interesa Llara.

—No preguntes —le contesta su hermana.

Yo me río más alto, abrazo a mi futuro marido y entierro mi cara en su pecho para calmar mis carcajadas. Él besa mi pelo, todavía entre risas, y lo huele con ganas, como hace siempre. Entonces cierro los ojos y sonrío, tantísimo que hasta me duele la boca.

Joder, esto es la felicidad, qué coño.

Esto es lo que quiero el resto de mi vida.

Con él, siempre con él. A su verita.

Giro la cara un pelín y aprieto más los parpados.

«Clara, cariño, estés donde estés, te quiero. Ojalá nos pudieras ver ahora. Tan felices. Sé que estarías sonriendo y contenta por nosotros. Te lo estoy cuidando, ¿ves? Y él a mí».

Suspiro y abro los ojos, embargada por una plenitud tal que es como si la sintiera a mi lado. Hablándome. Diciéndome que todo va a ir bien. Que este es solo el principio de todo lo que nos merecemos.

Pero únicamente es una ilusión, lo sé. Hace mucho que ella se fue.

A la que sí veo es a esa niña, Diana, acuclillada en la arena y mirándonos de nuevo. Aunque ahora no parece asustada, sino todo lo contrario. Nos observa sonriendo, con una expresión casi beatífica en su cara. Joder, parece un ángel, con el sol iluminándola desde atrás y su pelo rubio ensortijándose alrededor de su rostro. Luego, un pelín avergonzada, aparta la mirada y sigue llenando su cubo, muy cerca de un castillo a medio hacer.

Y yo me apretujo más contra Chema. Sintiéndome, entre sus brazos, completa.

Ir a la siguiente página

Report Page