Por nosotros

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CAPITULO 25 » Laura

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Laura

 

 

Estiro mis leotardos de camuflaje y me levanto para acabar de subírmelos hasta la cintura. Luego me pongo la cortísima falda negra y rescato de debajo de la cama mis Martens nuevas. Unas negras que María me regaló en mi último cumpleaños y que, en aquel momento, ni siquiera valoré como se merecen. Y son una pasada. Primero, porque son mis botas favoritas y, después, porque buena falta me hacían, que las mías granates ya estaban pidiendo un cambio a gritos.

Estoy atándome los cordones de la segunda cuando me llega un mensaje al móvil.

«En diez minutos estoy ahí».

Sonrío al leerlo y miro el reloj. Marcos, siempre tan puntual. Habíamos quedado a las cuatro y media, y son justo y veinte. Así que apresuro mi tarea y me levanto de la cama casi de un salto. Una última ojeada al espejo, en la que aprovecho para atusarme el pelo y difuminar un poco la raya oscura sobre mis párpados, y corro hacia el salón.

—¡Vaya! ¿Te vas de caza, Laura? —pregunta Nico, socarrón, mirándome de arriba abajo.

Me echo a reír y paso las manos por mi cuerpo, sintiéndome cómoda y sexy al mismo tiempo. Y es una sensación increíble esto de sentirme de nuevo así. Hubo días en los que pensé que nunca lo conseguiría, pero, sin embargo, aquí estoy. Luciendo un turbante a modo de diadema y a juego con mis medias; un jersey verde militar ajustado pero de lana bien gruesa, que hace todavía un frío del copón; y esa falda de licra que me encanta y que tenía abandonada en mis últimos tiempos. Incluso me sorprendió encontrármela en la pequeña maleta que aquella horrorosa tarde hice con prisas, sin casi fijarme en lo que metía dentro.

—Bueno… Podría decirse que sí —respondo con pillería—. Voy a la caza de mi futuro.

María sonríe con dulzura y asiente con la cabeza. Ella sabe a la perfección a qué me refiero. Ambos lo saben.

—Pues a ello, preciosa —me anima él—. Y déjate asesorar un poco por mi amigo, que ese, de negocios, algo sabe.

—Puedes contar con ello. —Sonrío, sincera—. Voy a abusar un poco más de él.

—Bah… Está encantado. —Nico le quita importancia elevando una mano en el aire y mira a su novia, que, cómo no, le da la vuelta a unas cartas arrodillada frente a la mesa baja del salón—. ¿Y tú, qué? ¿Tienes para mucho rato? ¿Qué se supone que estás tratando de averiguar ahora?

Frunzo el ceño cuando me lanza una mirada que lo dice todo antes de volver a prestar atención a su chico. Oh, no, por favor. Que esa lectura no sea para mí. Aunque mucho me temo que no voy a tener tanta suerte.

—Bueno… Un poco de todo —le explica ella a Nico en una mentira que los dos pillamos al vuelo.

—Por el amor de Dios, María… —protesto—. Te he pedido hasta el cansancio que dejes de hacer eso. Ya bastante tengo con mi presente, el futuro déjalo estar donde debe.

—Vale, si yo tu opinión la respeto y no te cuento nada, pero en ningún momento me dijiste que yo no pudiera saberlo.

—Ya… Pero eso es jugar sucio. Si sé que lo sabes, no puedo evitar querer saberlo. ¿Es que no lo entiendes? Y no quiero saber nada de nada. ¡Nada!

—¿Por qué no? A veces ayuda. En ellas vi que ibas a salir del pozo cuando ni tú misma lo creías, y lo has hecho, ¿no?

Pongo los ojos en blanco y miro a Nico, buscando algún apoyo en él. Pero el chaval solo levanta las manos en el aire en actitud neutral y suelta una risita.

—A mí ni me mires. Yo ni siquiera creo en estas chorradas, pero ya sabes cómo es…

—¿Que no crees? —se sulfura María fulminándolo con los ojos—. ¿Entonces por qué diablos quieres que te las eche de vez en cuando?

—Por ti, cariño. Te encanta, y ya sabes que yo hago todo lo que está en mis manos para hacerte un poquito más feliz.

—Serás capullo. Pero si incluso…

—¡Hasta luego, chicos! ¡Nos vemos por la noche! —grito ya desde la puerta del salón, interrumpiendo su absurda discusión.

—¿Te animas a salir con nosotros cuando regreses? —me pregunta Nico ignorando a su novia, que sigue rumiando en voz baja—. Marcos creo que esta noche tiene un compromiso con sus padres, pero mi hermano también se apunta.

—Sí, con Marcos no contéis, que me dijo que tiene cena familiar. Y conmigo, en principio, tampoco. Pero hablamos a la vuelta si aún andáis por aquí.

—OK. Como quieras.

—Hasta luego, Laura. Y, tranquila, las compras te van a ir bien —me dice una sonriente María.

La miro un segundo, tratando de descubrir si su frase es una forma de darme ánimos o si lo sabe con certeza, como cada vez que abre la boca. La sacudo al darme cuenta de mis estúpidos pensamientos y levanto la mano para dar por terminadas las despedidas.

Esperando el ascensor, me entretengo poniéndome la chaqueta de cuero y luego me cercioro de haber metido todo lo necesario en el bolso. Sobre todo las llaves, que, si cuando llegue ya no están, no me apetece demasiado esperarlos en el rellano. Y es probable que no estén. El polígono industrial al que Marcos me va a llevar está en la otra punta de la ciudad y sé que voy a tardar lo mío en decidirme entre tanto artículo. Además, hoy es jueves y Nico es de esos a los que les gusta empezar su noche de marcha bien temprano, con unas cañitas acompañadas de un ligero picoteo en algún local más tranquilo que en el que, seguramente, acaben la noche. Y lo sé porque ya he salido con ellos en un par de ocasiones y vaya tela, lo que le gusta la fiesta a ese chico. Nunca creí que María pudiese llevarle el ritmo a alguien así. Ella, de una época para acá, era más de cena y cine. Quizá alguna copa en un pub no demasiado ruidoso. Pero, en fin, va a ser verdad eso de que los polos opuestos se atraen porque, como pareja, se les ve genial, lo que me alegra una barbaridad y también me demuestra que el amor puede ser bonito, y no ese sentimiento cruel que te anula en cuanto te despistas.

Aunque también es cierto que no necesito verlos a ellos para saber que eso es así. Solo tengo que hablar con Nela en una de nuestras larguísimas conversaciones telefónicas para darme por enterada. O recordar la complicidad entre mi padre y Lidia. O a Julián y Teresa. Y aquella relación maravillosa que mi hermana tenía con su marido. Con Chema, sí.

Joder. ¿Por qué coño he dejado que se vuelva a colar en mi cabeza?, me pregunto, mientras pulso el botón de la planta baja con rabia. Porque siempre es así, cuando menos me lo espero, ahí está, empujando un poco más el puñal que todavía tengo clavado en el pecho. Solo que ya lo siento como algo tan mío que la mayor parte del tiempo ese dolor sordo con el que cargo pasa desapercibido. Cada día un poquito más, un poco más de tiempo. Esperando con ansia el momento en que consiga curar esa herida o, en el peor de los casos, cubrirla de hielo, pero que deje de sangrar.

—Ey, ¿qué pasa? —me pregunta Marcos en cuanto llego junto a él, que ya me espera apoyado en el coche.

Parpadeo sorprendida, pero al instante caigo en que mi cara debe de reflejar lo que mi tortuosa mente se empeña en recordar. Así que compongo mi mejor sonrisa y me alzo sobre las puntas de mis pies para besarlo en la mejilla.

—Nada. Todo bien. ¿Nos vamos?

Él me observa un segundo más, pero debe de darse por satisfecho con mi actuación, porque sube al coche y enciende el motor en cuanto yo me acomodo a su lado.

—¿Has comido? —se interesa.

—Sí. Con ellos. Nico nos ha preparado una pasta a la carbonara que estaba de vicio.

—Te creo. Mmm… ¡Qué envidia!

—Sí, puedes tenerla, sí. —Me río. Pero, acto seguido, lo miro pensativa—. ¿Tú no has comido? Te entendí que lo hacías con el cliente ese con el que tenías una reunión.

—Sí, sí. Y, además, lo hemos hecho en Trespalacios —responde y me guiña un ojo, haciéndome reír, porque ese es el mismo restaurante donde trabaja Nico.

El propietario es su tío, el hermano de su padre, de quien él heredó esa pasión por los fogones. Y el mismo apellido que da nombre al local. Sí, el chico tiene nombre y apellidos de príncipe, ¿verdad? Aunque lo más importante es que también es el motivo por el que su horario no es tan esclavo como el de la mayoría de los cocineros, librando los miércoles y los jueves, mientras el dueño del local lo hace los lunes y los martes. Los fines de semana buena falta hacen los dos, por lo visto. Pero, contra todo pronóstico, a Nico eso no le supone ningún problema. Él prefiere sin duda los jueves, el día por excelencia de la marcha en Oviedo, cuando los universitarios llenan las calles de ambiente joven y festivo. Otra cosa será verlo luego dar el callo los viernes en su cocina, porque me consta que no es de los que se acuestan precisamente temprano y sereno.

—Ah… Entonces no sé qué envidias. Ahí se come genial.

—Ya, pero no es gratis. De hecho, es carísimo, leches.

Lo ha dicho tan serio y con esa palabrota tan cursi al final que no puedo hacer otra cosa que soltar una carcajada de esas que nacen de dentro, mientras le doy un manotazo cariñoso en el brazo que más a mano me queda.

—Ay, leches —me burlo.

Marcos vuelve a guiñarme un ojo y me sonríe con cariño. Y entonces no me queda ninguna duda de que haberme hecho reír era su único propósito. Dios, me conoce demasiado y parece ser que mis dotes de actriz no funcionan siempre con él. Sin poder ni querer evitarlo, estiro el cinturón de seguridad para acercarme mucho a su cara y plantarle un sonoro beso en la mejilla.

Joder, es que este chico es una maravilla. Le debo tanto… Prácticamente mi recuperación.

No quiero quitarles méritos a los cuidados y la comprensión de María, pero fue él el que trajo de vuelta a la Laura de antes. O a esta que se le parece bastante.

Todo comenzó aquella noche en la que compartimos pizza y cervezas. La noche en que me reí con sinceridad por primera vez desde lo sucedido con Chema. Sí, ese fue el principio, pero él fue mucho más allá, despertando una ilusión en mí que creía perdida. O dormida.

Unos días después, se plantó en el piso con una carpeta bajo el brazo. Yo, aquella mañana, había hecho alguna modificación en mi actitud por cuenta propia, cambiando el pijama por un chándal, limpiando un poco el piso mientras María estaba en el trabajo y hasta bajando al súper para hacer la compra. Pero todo aquello no me hizo sentir ni la milésima parte de útil que cuando él tiró la mencionada carpeta a mi lado, en el sofá.

—Aquí tienes. Un trabajito para ti. Se trata de un piso de ciento treinta metros cuadrados. Salón, cocina, terraza, tres dormitorios y dos cuartos de baño. Se casan en tres meses y no tienen niños. A él le gusta el color negro y lo minimalista. A ella le encanta el rojo y la luminosidad. Uno de los cuartos lo quieren como despacho para dos. Ambos son abogados. Me gustaría presentarles un par de ideas en dos semanas, ¿cómo lo ves?

Yo ni siquiera supe qué contestarle. Pero lo que él sí pudo ver fue mi inmensa sonrisa. Y tampoco escondí la emoción y las ansias tremendas que sentía por comenzar a trabajar en ello.

Sí, ese día me sentí útil de nuevo. Valiosa, en realidad. Aquel proyecto no solo me sacó de aquel sopor al que permanecía atada, sino que me permitió evadirme durante esos ratos en los que disfrutaba de mi profesión. Esa gran abandonada, que había alimentado con migajas durante los últimos años. Y no es una falta de respeto a mis trabajillos en El Pilar, pues cada uno de ellos lo hice con el corazón, pero nada que ver con aquello. Ni por asomo.

Quizá ese fue el punto determinante para ponerme en pie, pero a este siguieron otros que lograron hacerme sentir, por fin, persona. Comencé a dejarme convencer para ir a cenar, o al cine, o a dar un simple paseo. Hace poco hasta me atreví a salir a bailar, aunque encontrarme de repente entre tanta gente, apretujada y en penumbra, me agobió más de lo esperado. De todas formas, lo disimulé. Bailé, reí y bebí como la que más. Y si no quise repetir más veces que aquellas dos, a nadie pareció extrañarle ni buscaron motivos ocultos. Porque ya todos veían que yo era la primera interesada en salir de ese pozo en el que había caído, de escalar esas paredes que al principio me parecían lisas e imposibles, pero a las que, con el paso del tiempo, iba viendo grietas donde colocar manos y pies. Saldría magullada, pero saldría. Incluso más fortalecida, después de descubrir en propias carnes que, a las adversidades que la vida te planta delante, solo puedes hacerles frente con coraje.

Dicen que, cuando tocas fondo, solo puedes subir, ¿no? Estoy totalmente de acuerdo. Tanto que yo ahora pretendo llegar a lo más alto, alcanzando metas que no me atrevía ni a soñar. También dicen que las penas te matan o te hacen más fuerte y, joder, estoy bien viva. Hasta ese dolorcillo dentro de mí me lo recuerda a cada momento. Y que no hay mal que por bien no venga. Bueno… Esa frase es una mierda. Después de algo horrible lo natural es que todo lo demás te parezca bueno, o no tan malo. Lo ideal es que eso malo nunca hubiese ocurrido, ¿no? Pero también sé que eso es una utopía. Al que más y al que menos, la vida se la juega en algún momento, así que tenemos que confiar en que todo lo que nos sucede es por algo. Es el camino, a veces con cuestas inmensas, que nos conduce sin remedio a lo que sea que el destino tiene preparado para nosotros. Y María dice que el mío es bueno. Muy bueno. Cosa que quiero creer. Porque es el mismo que hoy me lleva hasta este polígono, donde va a dar comienzo otra faceta de esa nueva vida que me merezco.

—¿En qué piensas? Estás muy callada —dice Marcos, mirándome de reojo, cuando dejamos atrás la autopista y cogemos un desvío en el que enormes naves industriales custodian ambos lados de la carretera.

—En nada. En todo. No sé —suspiro—. Aún me parece increíble que vaya a hacerlo.

—Pues créetelo, porque ahora es cuando comienzan las decisiones difíciles, nena. Y tú lo vas a hacer genial —asegura él, bajando la velocidad para observar con atención cada uno de los letreros que cuelgan de las fachadas.

—Uff… ¡Qué emoción! —exclamo casi saltando en el asiento. Y la carcajada con la que Marcos celebra mi entusiasmo, la acompaño de corazón.

 

***

 

—Madre mía, estoy muerta —exclamo cuatro horas después, saliendo del tercer almacén con un batiburrillo de ideas, precios, fechas y productos en mi cabeza. Incluso me la sacudo, a ver si así los datos dejan de mezclarse en ella y se aposentan cada uno en su lugar. Pero, por otra parte, ya estoy sonriendo como una tonta, porque esto es lo que quiero. Lo que necesito. La mente ocupada y una ilusión bullendo en ella con frenesí.

—¿Lo tienes todo más o menos claro? —pregunta Marcos, pasándome un brazo por los hombros y acercándome a él.

—Sí, bueno… Supongo. —Me echo a reír, pero acabo soltando un suspiro de esos largos y profundos—. Tengo un ligero problemilla con las fechas, como has podido ver.

Él me da un beso en la sien y me apretuja un instante contra su cuerpo.

—Nadie te mete apuro, Laura. Tiempo al tiempo, ¿recuerdas?

Asiento despistada, intentando llevar la cuenta de las veces que he oído esa frase desde que llegué. María, Nico y él parecen haberla convertido en una especie de mantra que me repiten en cuanto me ven un pelín agobiada o triste. Y sé que tienen razón, pero ya han pasado cinco meses. ¡Cinco puñeteros meses! Y no puedo seguir retrasando mi regreso.

Aunque es pensar en ello y ese peso ya tan conocido se asienta en mi estómago, un cúmulo de nervios y expectación contra el que no puedo luchar.

Me llevo la mano a él y lo froto, mientras mi boca se tuerce en esa sonrisa que ya se finge sola cuando mi cuerpo me dicta justo lo contrario.

—Oye…

Lo que fuese a decirme Marcos es interrumpido por mi teléfono, sonando a ritmo de salsa en mi bolso. Sí, otra de las cosas que mi nueva yo se permite. Disfrutar de la música.

—Es Nela —le explico con una sonrisa, esta vez del todo sincera. Levanto el dedo índice como aviso de que voy a estar ocupada en los próximos minutos y me llevo el móvil a la oreja tras descolgar—. Hola, cariño. ¿Cómo os va a ti y a ese bollito que guardas en tu interior?

Mi amiga se echa a reír y luego bufa.

—Calla, calla. Que este bollito debe de tener mucho cacao en su interior. O merengue, que es incluso más dulce. Tengo más acidez que un dragón, por Dios. A veces, cuando beso a Colás, tengo miedo de prenderle fuego.

—Mira que eres bruta. —Me río—. A ver, pero aparte de eso, ¿cómo sigues?

—Aparte de eso, dice… —masculla ella al otro lado, y me la puedo imaginar poniendo los ojos en blanco o meneando la cabeza, lo que me hace reír otra vez—. Pues estoy bien, supongo. Teresa dice que soy de las afortunadas. Sigo sin saber lo que es una simple náusea y todas las pruebas salen genial. Pero estoy como una vaca, tía, y…

—Estás embarazada, Nela. ¿Qué esperabas? ¿Llevarlo en una mochila? —me cachondeo, sacando un cigarrillo del bolso que me apresuro a encender.

—Uy, pero qué graciosa. Claro que sabía que iba a engordar, lista, lo que no sabía era lo otro, coño.

—¿Lo otro? —pregunto entre calada y calada, curiosa y divertida.

—Sí, lo otro. ¿Sabes? Estoy mutando, tía. Me ha salido una raya oscura que nace en mi ombligo y acaba ahí abajo. Y mis pezones… Dios, son negros. Negros y enormes. Igualitos a los de Mammy, la de Lo que el viento se llevó, estoy segura.

Ni siquiera puedo contestarle con el ataque de risa que me ha dado. Incluso me atraganto con el humo que bajaba por mi tráquea y comienzo a toser.

—Estás como una cabra —le suelto en cuanto consigo hablar—. ¿Y tú qué narices sabes cómo tiene ella los pezones, Nela?

—Joder, me lo imagino. Tiene un buen par de tetas y es negra. ¿Cómo crees tú que los tiene?

Todavía carcajeándome, me giro y me encuentro a Marcos a menos de un metro de mí, observándome con diversión y con las cejas arqueadas, en una pregunta muda que respondo con un ligero movimiento de hombros, resignada a las burradas de mi amiga.

—Vale, vale, acabas de poner una imagen perfectamente clara en mi cabeza. Ahora solo quiero olvidarla, gracias.

Ahora la que se parte es ella, tanto que hasta puedo oír uno de esos ronquidos que no puede evitar cuando le da un ataque de risa.

—Bueno, venga, ya —prosigue cuando recupera el aliento—. ¿Tú cómo vas, cariño? A tu ahijado ya le queda menos, eh. No te despistes. Te quiero aquí cuando dé a luz o te juro que no lo hago.

—Esa amenaza va a ser la repera verte llevarla a cabo —le digo con guasa, aunque ya me la imagino apretando las piernas como se le meta entre ceja y ceja cumplirla. Aunque lo cierto es que esa estampa no me causa la gracia que debiera, porque solo me recuerda una vez más que tengo que volver. Y mucho antes del parto. Me he puesto como fecha máxima el cumpleaños de Llara, para el que voy a estar aunque tenga que pagarme mi propio secuestro.

—Laura… Tienes que volver, cariño. Te extrañamos y…

—¿Cómo están mis niñas? —pregunto, sabiendo que sus palabras tienen ese mensaje escondido. Que no digo que ellos no lo hagan, pero a Nela y a mí se nos da muy bien lo de la comunicación subliminal.

—Bien, están muy bien. Pero te echan de menos. Ya sabemos que hablas con ellas muy a menudo y que ya te han visitado en dos ocasiones, pero te necesitan aquí, Laura. Hay cosas que solo tú puedes darles.

Sé a qué se refiere. Otro de esos mensajes de los que hablaba. A eso mismo que a Chema le pareció tan mal. A ese papel de madre que representé para ellas durante tanto tiempo. Son demasiado pequeñas, no se les puede explicar que tengo una vida en la que, en realidad, no lo soy, o que mi marcha no les afecte después de haber perdido ya a una madre, a la de verdad.

—Te prometo que no tardaré. Yo también las necesito. Mucho. Además, sabes que ahora hay algo más que me obliga a regresar. Es solo que todavía… Todavía no estoy preparada, Nela —me sincero, cerrando los ojos para evitar recordar sus caritas de pena cada vez que damos por finalizada nuestra charla a través de Skype. O sus súplicas para que vuelva con ellas al pueblo cada una de las veces que mi padre y Lidia me las han acercado un fin de semana. Solo que, al cerrarlos, todavía lo veo todo con más claridad, y el puñal ahora se retuerce en mi interior, causándome una punzada dolorosa.

—Lo sé, cariño. Y no pretendo presionarte. Sé que sigues ahí por algo, no por capricho. Pero estás mejor, ¿verdad? Oírte reír como hace un rato es un alivio enorme. Es…

—Estoy bien. Muy bien, Nela —la interrumpo—. Es solo cuestión de un poco más de tiempo. Un poco, nada más.

—Vale. ¿Alguna novedad?

—No. En realidad, ya lo sabes todo. —Y eso es bien cierto, pienso, apagando la colilla en el suelo y echándola después a un contenedor cercano.

—Bueno, entonces te dejo, que Colás tiene que estar al llegar y todavía no he pensado ni en qué preparar para cenar. Pero acéptame un consejo, cariño. Antes de volver, date un homenaje, anda. Aquí a los chicos ya los tienes muy vistos y sabes que no hay gran cosa, quitando a Pedro, claro, pero ese ya sabemos que no es para ti. Aprovéchate de ese carbayón macizo que no se despega de ti y dale un gusto al cuerpo.

—¡Nela! ¡Por favor! —exclamo fijando la vista en Marcos, que camina delante de mí hacia el coche—. Tú estás salida, joder.

—Bueno… Sí. Un poco. Serán las hormonas —me suelta, la muy burra—. Pero no me dirás que no está bueno.

Muy a mi pesar, me encuentro asintiendo con la cabeza, mirándole el trasero con todo el descaro. Ay, por Dios, lo que me obliga a hacer esta chica. Pero, siendo objetivos y sinceros, Marcos es un chico guapo, sí. Y, joder, tiene un culazo.

—Te dejo, ¿eh? Que esta conversación comienza a degenerar.

—Vale. —Se ríe ella—. Hablamos. Ah, una última cosa. ¿Ya les has buscado hotel a Julián y Teresa?

—No, todavía no. Pero me pondré a ello mañana mismo, que, al ser Semana Santa, quizá luego no consiga lo que quiero.

—Vale, pues, cuando lo hagas, hazme un favor. Encarga en recepción que les suban una botella de champán la primera noche, ¿de acuerdo? De parte de Colás y mía. Están de aniversario de bodas ese mismo día.

—Oh, vaya, no había ni caído. No te preocupes, que lo haré.

—Vale, gracias. Porque, claro, doy por supuesto que las niñas se quedan contigo, ¿no? Si no, mucha noche romántica no van a tener.

—Desde luego que se quedan conmigo. Las tres. —Me río.

—Perfecto, entonces. Y ahora, ciao. Cuídate, cariño.

Me despido con rapidez, transmitiéndole la misma petición, e imito a Marcos, que se mete en el coche en ese instante.

—Veo que ha sido una conversación muy entretenida —observa él unos segundos después, con una sonrisa torcida y ya saliendo del aparcamiento.

—Esta Nela… está medio loca —respondo soltando una risita—. Y le pareces muy guapo.

Él enarca una ceja y luego se echa a reír.

—Es que lo soy —afirma con rotundidad, cambiando de carril.

—Oh, sí. Y supermodesto.

—Soy hijo único, ¿qué quieres? —replica guiñándome un ojo.

—Ah, será eso, entonces. Dos abuelas y una madre para un solo niño pueden producir mucho daño.

—Bah, no les eches toda la culpa. Es que tengo varios espejos en casa, ¿sabes?

Ahora la que se ríe soy yo. Y con ganas.

—Y un hambre que no veas —continúa cuando se calman mis carcajadas—. Vamos, te invito a merendar.

Miro mi reloj y abro mucho los ojos.

—Son las ocho de la tarde. En todo caso, será casi una cena. ¿Tú no habías quedado para cenar con tus padres?

—Ah, sí, pero sobre las once y en uno de esos sitios donde la comida ocupa lo mismo que la uña del dedo gordo. Venga, vamos, tengo que meter algo antes en el estómago para no actuar allí como un muerto de hambre.

—Qué exagerado. ¿Qué te apetece?

No sé ni para qué pregunto, me digo un cuarto de hora después, cuando lo veo desviarse hacia un McDonalds que ya he visto a la ida. Lo que a este chico le gusta la comida de ese sitio no es normal.

Sin hacer ningún comentario al respecto, me acomodo en una de las pocas mesas libres que hay mientras él se encarga de pedir la comida. Saco el móvil del bolso antes de colocar este en la silla de al lado. Sonrío al ver un de par de wasaps recientes de Pedro y los contesto deprisa, prometiéndole que más tarde lo llamaré. Las conversaciones con él tampoco suelen ser demasiado cortas y, aunque últimamente, no sé, está como raro, eso solo es un motivo más de peso para que sigamos charlando. Eso sí, él, como todos salvo Nela, no sabe la verdadera razón de mi estancia en Oviedo. Ni la sabrán, si yo puedo evitarlo.

Me entretengo un poco más ojeando las fotos, riéndome con la nueva que ha puesto Richi. Él y su novio haciendo el tonto encima de la cama. Están como cabras, pero se ven tan felices…

Esa es otra cosa que le debo a mi estancia aquí. Haber recuperado el contacto con él. Durante mi estancia en El Pilar abandoné a tanta gente… Amigos que se cansaron de ser siempre los que llamaban o mandaban mensajes, amigos que dejé a un lado por motivos que ahora no comprendo. Pero supongo que, si pude abandonarme a mí misma de la manera que lo hice, el resto cae por su propio peso.

Dejo de reprocharme todo eso en cuanto veo a Marcos acercarse con nuestra comida, componiendo mi mejor sonrisa y dejando el teléfono a un lado.

—Bien —dice él justo al llegar, mientras deposita la bandeja sobre la mesa—, esto para ti, esto también, y esto… Y esto todo para mí.

Pone delante de mí una hamburguesa, un cartón de esos con patatas y una Coca-Cola. De grifo. De esas que no saben ni a Coca-Cola, vamos. Me fijo en todo lo que ha pedido para él y no puedo más que sonreír. Dos hamburguesas, dos de patatas y otro de esos refrescos aguados. Llenarse un poco el estómago, decía. Joder, vaya saque.

—En serio, no sé cómo puede gustarte tanto este sitio. Ni siquiera te pega —acabo diciéndole, sin poder callármelo, mientras pongo los ojos en blanco y me peleo con el sobre de la mayonesa, que no hay Dios que lo abra.

—¿Que no me pega? —Se ríe él, arqueando las cejas y tapándose la boca que tiene llena después de un buen mordisco a ese pan blando lleno de… de casi todo.

—Pues no, no te pega —reitero, muy resuelta, observando el traje que lleva puesto, aunque sea sin corbata, y recorriendo luego el local, donde abundan los adolescentes o las familias con niños pequeños.

—Estarás de coña, ¿no? El McDonalds debe de ser el único restaurante en el que nadie parece fuera de lugar. Y sus hamburguesas son…

—Oh, por favor… Donde esté un bocadillo del bar de Paco… —lo interrumpo, haciendo un ademán con la mano.

—No sé, nunca los he probado. Pero cuando quieras, ya sabes, me llevas y luego debatimos sobre gustos. Aunque sinceramente, preciosa, no creo que nadie me haga cambiar de opinión sobre que esto está exquisito. —Me guiña un ojo y abre un montón la boca para volver a meterse un buen bocado en ella.

Y yo asiento por inercia. Porque lo de llevarlo al bar de Paco, pues… De nuevo esa pesadez en el estómago. ¿Dejaré de sentirla en algún momento? Porque es pensar en regresar y, joder, ahí está la condenada. Y eso es algo para lo que todavía no estoy preparada. Y mucho me temo que no lo estaré en breve. Lo que, por otra parte, no va a anular el plazo marcado.

Y no lo digo por decir, eh, que bien sabe Dios que lo he intentado. Tres veces. Tres veces he hecho las maletas en los dos últimos meses, convencida de que sería capaz de hacerlo. Una de ellas, incluso las metí en el coche. Pero las tres veces he acabado llorando de rabia, de impotencia, cuando el miedo y la turbación al imaginarme cara a cara con Chema eran superiores a las ganas de volver y abrazar a mis niñas.

Sus visitas han logrado apaciguar esas ansias, aunque eso no quita que no sea suficiente. Las quiero cerca a diario. Es cierto que las necesito. Y no sabía cuánto hasta que me he visto obligada a separarme de ellas. Me consuelo pensando que a la cuarta será la vencida. María me repite que un día, el que menos espere, sabré que ha llegado el momento. Y que cada vez estoy más cerca. Porque yo estoy bien. Bien, de verdad. Hace semanas que ya ni lloro, me siento más fuerte, mental y físicamente, pero todavía… Todavía hay algo que me frena. Es miedo. Lo reconozco. A volver a perderme ahora que me he encontrado de nuevo.

—Come, Laura.

Alzo las cejas y entorno los ojos.

—Será si quiero, ¿no? Joder con tus dotes de mando —le espeto, sulfurada por mis pensamientos anteriores.

Marcos responde a mi ataque con una carcajada que le hace soltar el resto de su segunda hamburguesa sobre el plato.

—¡Dios! ¡Cómo me pone ese carácter tuyo, nena!

Le tiro una patata y me echo a reír, porque sé que solo se está quedando conmigo. Él y yo ya aclaramos lo nuestro en una de las muchas conversaciones que hemos tenido a lo largo de estos meses. Ambos reconocimos que aquella atracción que nos hizo llevar la amistad un paso más allá fue verdadera. Que existió. Pero que, ante todo, éramos amigos y eso es algo que no queríamos perder por nada del mundo. Ni siquiera por muy buenos que pudiesen ser los polvos entre los dos, palabras de Marcos que me hicieron reír aquel día y que consiguieron quitarle un poco de hierro al asunto. Volver a caer en lo mismo, intentarlo de nuevo, sobre todo en estos momentos, no solo es un suicidio para lo que hemos recuperado, sino incluso para mí misma. Ahora es cuando más preciso esta amistad. Y él me la ofrece con los brazos cargados de paciencia y… bueno, y de órdenes, que no sabía yo esa faceta suya tan mandona.

—Me alegro de que vuelvas a ser tú, Laura. Si soy sincero, me cabreaba mucho al principio, cuando me obedecías apenas sin rechistar. Pero alguien tenía que obligarte a comer. Y a ducharte. Y a salir. —Sonríe guasón, restándole importancia, como siempre, a lo mucho que ha hecho por mí.

—Solo me obligaste a ducharme una vez. Podría estar hecha una mierda, pero, en realidad, limpia estaba. —Soy yo ahora la que le hace un guiño mientras me meto en la boca dos patatas—. Y eso de que te obedecía sin rechistar…

—Casi, he dicho casi. —Se ríe él. Entonces se lleva un dedo a la nariz y le da dos pequeños toques—. Y bueno… alguna vez… desprendías un tufillo…

—Serás… —Me echo a reír, pero no tardo nada en ponerme seria. Le he contado casi todo lo sucedido, pero nunca he oído su opinión al respecto porque él siempre se ha mostrado muy prudente, escuchándome cuando me daba por hablar y abrazándome justo cuando lo necesitaba. Sin embargo, sin saber por qué, ahora mismo, en este instante en concreto, preciso oírla—. Aunque ahora que lo dices… sería el tufillo a estúpida. A ingenua. Seguro que algo de olor tiene que…

—Eh, odio oírte hablar así. No eres ninguna estúpida, ni…

—¿Entonces cómo llamas a lo que hice, Marcos? ¿A tratar de convertirme en casi otra persona para…? ¡Para nada, joder! Tú me lo dijiste aquel día, al poco de estar allí, ¿recuerdas?

Él deja sobre su plato la patata que tenía en la mano y se la limpia mirándome con fijeza. Tuerce la boca en una sonrisa extraña y menea la cabeza.

—Aquel día estaba cabreado y preocupado. En el fondo, yo te vi como la misma Laura que conocía, cariño. Si te dije eso… No sé… Solo trataba de hacerte volver, supongo. Fue prepotente, injusto y totalmente falso. Y te pido disculpas por ello.

Abro la boca para contestarle que no hace falta, que tenía razón, que… Pero él me interrumpe levantando el índice.

—Y lo que tú hiciste no es de estúpidos, aunque muchas veces uno se acabe sintiendo justo así. Eso es estar enamorado.

—No sé si estoy de acuerdo contigo. Sí, puedo entender que el amor te obligue a hacer muchas tonterías, pero lo mío… Dios, Marcos, por poco desaparezco. Tratando de… de… —Me llevo las manos a la frente y apoyo los codos sobre la mesa. Joder, he llegado a preguntarme si lo que en realidad hacía era intentar parecerme a Clara para enamorar a Chema. Y sí, sé que es del todo grotesco, pero nadie me puede discutir que algo de eso había. Me volví tan sumisa y tan…

—¿Tratando de qué, Laura? ¿De estar con él? El amor es así… Creo que es lo único que nos puede hacer cambiar un poco. Ceder, ser más tolerante… ¿Y qué? Es normal querer gustarle a quien quieres, es…

—¿Normal? —cuestiono, clavando mis ojos en los suyos—. ¿Lo mío fue normal, Marcos? Lo mío no fue cambiar un poco, ¿sabes? Creo que nunca podré perdonarme a mí misma lo que me hice. No, no, déjame terminar —le pido cuando él abre la boca con toda la intención de interrumpirme—. No me arrepiento de lo que viví a su lado. Tenía que intentarlo. Y fue bonito… Joder, fue mágico, coño. Pero debí plantarme y dejar de soñar con imposibles en cuanto él acabó con lo que teníamos. Nos dijimos cosas horribles aquel último día, sí, pero yo no debí esperar a llegar a eso para aceptar que nunca podría quererme como yo deseaba. Y tú tienes que pensar igual que yo a narices, porque…

—No, Laura. No lo pienso. —Vuelve a sonreír de esa manera enigmática y me coge una de las manos que he dejado caer sobre la mesa en mi última frase—. Quizá sí se te fue un poco de las manos. Eso, si te sientes mejor oyéndolo, te lo concedo. Pero sigo sin ser nadie para juzgarte. Si yo te contara las cosas que he hecho por amor… Luchar por alguien es de personas tenaces y valientes, es lo que se debe hacer.

—Pues quizá yo no era tan valiente, porque mira cómo acabé —suelto sin estudiar demasiado lo que me ha dicho.

—Bueno… Nadie dijo que no conseguirlo fuese fácil. O que no doliese. Quizá cuanto más te empeñes en hacerlo funcionar, más horrible sea la caída. Pero… ¿y si funciona? Al menos tú y yo sabremos que por no intentarlo no fue que los perdimos.

Por primera vez caigo en que no solo hablamos de mí. Ese plural, asociado al de antes, junto con esa mirada ahora fija en las cristaleras, como si recordase algo de su pasado, me hacen apretar su mano, que aún mantiene sobre la mía.

—¿Cómo se llamaba? —pregunto en un susurro.

Él sonríe resignado, volviendo su vista hacia mí.

—Elisa. Eli para mí. Lisa para el resto del mundo —me dice del tirón, de nuevo perdido en un punto fijo, esta vez detrás de mí.

—¿Qué pasó?

—Pasó que lo di todo, Laura. Lo que tenía y lo que no. Yo también traté de convertirme en ese chico que ella quería, pero…

—Aun así te dejó —acabo yo por él cuando hace una pausa, suponiendo que decir esas palabras todavía le causa daño.

—No. Fui yo el que dijo basta. Pero duele igual y lo sabes. Porque la quería y apartarse, a veces, es más difícil que el hecho de que te dejen. Al menos, cuando lo hacen no tienes que luchar contigo mismo. Saber que el amor es recíproco, pero que no es suficiente es… es una mierda, en serio.

—Joder… Lo siento. Lo siento muchísimo, Marcos. Tú no te mereces que…

—No, no, no. No te preocupes. Nadie se lo merece. Y estoy bien. Está olvidado. Pasó hace mucho tiempo. Es solo que es imposible que algo así no te deje marca y cuando te vi… tan mal… Pues, créeme, yo sé a la perfección por lo que estabas pasando. —Me observa con atención durante unos segundos y rectifica—. Por lo que estás pasando.

—No. Yo también estoy bien. De verdad. —Para demostrárselo, lo suelto, me siento todo lo erguida que puedo y clavo los dientes en mi hamburguesa, quitándole un buen trozo que mastico y trago con rapidez. Después compongo mi mejor sonrisa y le guiño un ojo, pensando lo que ya he pensado en muchísimas ocasiones—. No sé por qué no seguimos adelante con lo nuestro, al menos eso sí era fácil y divertido. Sin tantos rollos románticos y corazones rotos.

—No me tientes, nena, no me tientes —me espeta él, haciéndome reír. Porque no hay nada de seducción o perversión en su frase, solo cachondeo. Y que me tire una patata, y luego otra, es una pista más de que entre los dos solo queda una bonita amistad.

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