Por nosotros
CAPITULO 27 » Laura
Página 87 de 113
Laura
Quizás hayan sido cuatro días muy intensos. Un no parar. Muchas risas. Charlas interrumpidas y un sinfín de preguntas que, a veces, no daba tiempo ni a contestar. Tal vez han sido demasiado especiales, divertidos, ocupando cada una de las horas para contentar a las niñas y pasándomelo de maravilla junto a ellas. No sé, quizá la culpable haya sido la despedida, llena de pesar, con ruegos para que volviera con ellas, para que lo hiciera pronto, con abrazos enormes, besos llenos de lágrimas y mocos sorbidos.
No sé en realidad lo que fue, pero sí que el martes, cuando abro los ojos en una cama vacía después de cuatro noches durmiendo las cuatro en ella, me siento extraña, triste, más sola que nunca. Hasta echo de menos haber descansado sin encontrarme piernas y codos clavándoseme en algún lugar, dadas sus posturas estrambóticas. Porque, claro, fue inevitable invitar a Sofi junto a mis sobrinas. Separarlas era casi cruel y así, de paso, Teresa y Julián disfrutaron de una pequeña luna de miel, interrumpida de día, eso sí, cuando se nos unían para visitar lo que fuese que programáramos. El Fuso de la Reina, en el que recorrimos la senda completa y agotamos a las criaturas. El Campo de San Francisco, en el que nos fotografiamos con Mafalda, sentados a su lado en el banco. Y, luego, claro, aquella noche me tocó buscar en YouTube a la susodicha y hasta vimos un par de capítulos. El Museo Arqueológico, que a Marta le hacía especial ilusión, pero que nos encantó a todos. Nos acercamos también al pequeño zoológico El bosque, sabiendo que, por descontado, los animales siempre triunfan entre los peques. Y cómo no, fue imposible hacerlas desistir de ir hasta el Palacio de los Niños, sitio que ya conocían de otra ocasión en la que me visitaron y al que se morían por volver.
Lo dicho, fueron días intensos, en los que María y Marcos nos acompañaron cuando les era posible y, a veces, incluso Nico se unía en sus horas libres.
—Tía, ¿es tu novio? —me preguntó Marta el domingo al mediodía, cuando, tras comer, Marcos se despidió de todos para coger un vuelo hacia Barcelona, donde el trabajo lo va a hacer estar unos cuantos días. Supongo que le extrañó el pequeño beso que nos dimos en los labios, un gesto cariñoso que nos sale de forma natural y que no es más que un pico amistoso, pero que no entendieron. Lo que también es normal.
—No, cariño. Solo es un amigo.
—Os besáis en la boca. —Llara soltó una risita tapándose la suya, mientras Teresa y Julián sonreían y ponían los ojos en blanco.
—No, en los labios. Mira, así, ¿ves? —Hice lo propio con ella para demostrarle que eso era solo un beso con cariño, sin mayores interpretaciones.
—Ah, vale. ¿Puedo besar así a todo el mundo?
—Esto… Mejor no. O a tu padre le va a dar algo —intervino Julián a carcajada limpia.
—Sí, cariño, mejor no. Solo a gente muy muy cercana, ¿vale?
—Vale. —Y, ni corta ni perezosa, le plantó un beso en los labios a Sofi, la que primero se quedó ojiplática y luego se los limpió con el reverso de la mano.
Todos los adultos nos partimos de la risa, pero lo cierto es que pensé que no había sido buena idea lo del besito de las narices. Y lo corroboré media hora después, cuando Teresa y yo nos quedamos un momento a solas.
—¿Qué? ¿Tienes algo con Marcos?
—No. Es un amigo, Teresa.
—Ya, ya, un amigo.
—Sí, en serio, un amigo —insistí, porque comenzaba a molestarme. Y entonces, comprendí—. Bueno, de verdad, ¿tú también? ¿Es por lo del beso?
—Hombre. Nunca te he visto besar a ningún amigo en la boca, guapa. Ni a Colás, ni a Pedro, ni a Julián…
Solté una carcajada. Imposible no hacerlo.
—Hombre —la imité con burla—, es que si beso así a Julián, a lo mejor no te gusta mucho, ¿no?
—Uy, no. Nadita —contestó con los ojos muy abiertos.
—Pues eso. Y a los demás, pues no sé, tampoco salió de ellos. Con Marcos es distinto, quizá porque ya tuvimos una relación más…
—¿Formal? ¿Romántica? ¿Sexual? —soltó ella como una metralleta, ante la pausa que hice para buscar la palabra adecuada.
—A ver… No. En realidad, no iba por ahí. Pero vale. Con él es diferente y punto. Pero no hay nada más, Teresa. Nada más. No tengo ningún motivo para mentirte.
Ella me miró pensativa un segundo y asintió con la cabeza.
—Te creo. Lo cierto es que es al revés. Tendrías muchos más motivos para marcar territorio si tuvieseis algo, porque el tío está tremendo, leches. ¡Tremendo! Si yo estuviese en tu lugar, no me conformaría con un besito de esos, te lo juro.
Y entonces nos reímos las dos con ganas.
Sí, fue un buen fin de semana. Y ahora me siento como desubicada. Rara.
Camino hasta la cocina pensando en ellas, en que tengo que mandarles las fotos que nos hicimos. Mejor será que se las mande a Teresa y que ella se las pase. Comunicarme con Chema para ello está fuera de toda cuestión. Ya en la cocina, abro la nevera y saco el zumo, sonriendo ante la cantidad de táperes que hay en los estantes. Esto de que el novio de María sea cocinero mola mogollón.
—Buenos días, Laura.
—¡Joder! —Me llevo el zumo al pecho en un acto reflejo. Solo que, con el susto, he olvidado que ya lo había abierto y, joder, cómo me he puesto.
Nico se acerca a mí con un paño en las manos, partiéndose de risa.
—Toma, anda —dice, tendiéndomelo—. Te has mojado un pelín.
—¿Un pelín? —Me froto la camiseta y luego me la aparto del cuerpo, para que el tejido empapado no marque mis pechos, desnudos debajo de ella.
Dios, es que ahora que lo pienso… ¡Vaya pinta! Con esta camiseta mojada y solo las bragas. Claro que yo no imaginaba encontrarme con Nico a estas horas en la cocina.
—Por cierto, ¿qué haces aquí? —pregunto en cuanto lo pienso, cerciorándome con una mano de que la dichosa camiseta me tape el culo. Bien, sí, lo hace.
—Dormí aquí.
—Ah… No oí el timbre. Y eso que tardé en dormirme.
—Será porque entré con mis propias llaves. —Se ríe él.
—Ah… —¡Vaya, ese dato no me lo sabía!
—Salí temprano de currar y me vine. Estoy cogiéndole el gusto a esto de dormir con María. —Me guiña un ojo y comienza a prepararse un café—. ¿Quieres uno?
—Pues sí, pero será mejor que me cambie.
—Por mí no te preocupes, eh. Te juro que, aunque estuvieses en pelota picada, a mí no puede ni levantárseme. Menuda nochecita.
Abro los ojos sorprendida y exagero la cosa, queriendo aparentar que estoy escandalizada, pero, en realidad, no puedo evitar que me dé la risa. Así es Nico. Más directo y bruto que nadie. Y eso que pensé que yo lo hacía bien.
—Vale —digo conteniendo una carcajada que acabo soltando a lo bestia—. Ay, Dios, deberías cortarte un poco, ¿sabes?
—Lo hago, créeme. Ya lo hago.
—¿En serio? ¿Cuándo? —pregunto, divertida.
—Pues muchas veces. Por ejemplo —se me acerca en plan confidencial y sonríe con picardía—, no viniendo todas las noches. Joder, no hay nada que me apetezca más que venirme a vivir con ella.
—Oh… —Me tapo la boca emocionada—. ¡Pues díselo! Ella está loca por ti, Nico. ¿Cuál es el problema?
—No sé. —Él niega con la cabeza y me pasa el café ya hecho. Luego parece hacer tiempo escogiendo otra cápsula antes de meterla en la máquina. Y entonces caigo.
—Oh, joder. Es por mí. Me voy, te juro que me voy ya.
—Eh, eh, eh. Tranquila. No es por ti. —Ante mi arqueo de cejas, continúa con una dulce sonrisa—. No es solo por ti, ¿vale? Tampoco sé a ciencia cierta si ella quiere.
—Ella quiere, Nico. ¿Cómo no va a querer? Si ya pasas más tiempo aquí que en tu piso.
—Sí, eso es cierto. —Se rasca la coronilla con una sonrisa torcida y luego vuelve a mirarme—. Pero tú no hagas ninguna tontería, ¿eh? Vete cuando te sientas preparada, ni un minuto antes. En realidad, tú lo has dicho. Estoy aquí muy a menudo y no eres ninguna molestia. Tampoco es como si fuera a dormir en tu cuarto —bromea guiñándome un ojo.
Pero esta vez soy incapaz de verle la gracia a su comentario, porque solo puedo pensar en una cosa.
—¿Y si nunca me siento así? Preparada, digo. —Bajo la vista y, de repente, algo parecido al pánico me recorre entera. Pero lo disimulo, enfrentando su mirada con decisión—. Tengo que irme, Nico. Y ahora no solo por las niñas.
—Sí, ya sé. A veces creo que te embarcaste en ese proyecto únicamente para tener un motivo inexcusable que te obligara a volver.
—No, eso no es cierto, aunque ayude a la causa. La verdad es que estoy ilusionadísima, es un sueño hecho realidad.
—Ya. —Nico echa azúcar en el café y se apoya en la encimera revolviéndolo con calma—. ¿Puedo decirte una cosa, Laura?
—Claro. Qué raro que tú preguntes. —Sonrío—. Dime.
—Si ese tío no ve lo que ha perdido, es que es tonto del culo. Así que deja de darle tantas vueltas y plántate delante con tus dos tetas bien arriba. Y si no intenta recuperarte, grita bien fuerte: «De menudo gilipollas me he librado».
Reírme hablando de Chema creí que era algo que nunca me pasaría. Y aquí estoy, con semejante ataque de risa que tengo que apoyarme en la mesa para no tirar el café.
—Ay, por Dios, Nico. Lo haces tan fácil…
—Es que es fácil, joder. O será que los tíos no somos tan complicados.
—¿Ah, no? ¿Quieres decir que, si ahora María te deja, a ti no te afectaría?
—Joder, claro que me afectaría. Me dolería y me cabrearía más que nada en el mundo. Pero mi remedio contra ello sería tirarme a todas las que pudiera, eso también es así. Y oye, sería igual de jodido, pero más divertido que lo tuyo, ¿no?
Meneo la cabeza, divertida muy a mi pesar. Y sí, con una enorme sonrisa en mi boca. Nico y sus salidas. Nico y sus remedios. Aunque quizá tenga su parte de razón. En realidad, está visto que llorar no sirve de nada. Lamentarse tampoco. Y esperar… Esperar es agotador.
Así que, sin ser casi consciente, una idea se instala en mi mente, ahí, al fondo, escondiéndose de mí porque sé que me avergüenza. Pero, con el paso de las horas, va saliendo a la superficie, llamando mi atención. Obligándome a considerarla, a replanteármela. A no juzgarla, sino a valorarla.
El miércoles por la noche se hace tan fuerte que parece abarcarlo todo. Se ha convertido en mi Pepillo Grillo particular, aunque una parte dude de que sea lo correcto. Sea como sea, me quedo dormida pensando en ello y me despierto con la sensación de que tengo que hacerlo. Que así me sentiré más libre. Mejor. Como si soltase lastre.
No me planteo en ningún momento que esté equivocándome. De pronto, estoy tan lanzada que hasta me asusto. No pienso en las posibilidades de que salga mal, de que me sienta peor, en las consecuencias que ese simple acto pueda acarrearme. No. Es como una de esas cosas que se te meten en la cabeza y no hay Dios que pueda hacerte desistir o cambiar de opinión. Con catorce años me dio por hacerme un piercing en el ombligo. Mi padre me lo prohibió; Clara me dijo que lo pensase bien, que no era una buena idea, ni lo del piercing, ni mucho menos desobedecer a papá; mis amigas también intentaron hacerme cambiar de opinión, que esperase un poco, que intentase convencerlo, que no me cegara… Pero nada. Que me lo hice. O mejor dicho, me lo hizo un chico de último curso que decía saber. Dolió horrores y se me infectó. Pero tanto como para tener que ir al médico a por antibióticos. Y, claro, mi padre se enteró, lo que trajo consigo el castigo correspondiente. Un mes sin salir, en pleno verano. Joder, eso sí que dolió, más que la herida de la que guardo un pequeño recuerdo.
Pero creo que es más que evidente que no aprendí la lección.
Pues ahora me siento igual. Quizá me pese, por eso ni contemplo la posibilidad. Ciega, decidida y sin sentir el mínimo bochorno, escojo la hora de comer para pedir la colaboración de la pareja que, sin aún saberlo, va a ser cómplice de mi aventura.
—Bueno, chicos, ¿hoy salimos? —les pregunto con una sonrisa. Calculadora, pero ni cuenta se dan.
—Nosotros fijo —contesta resuelto Nico—. ¿Te animas? ¡Carajo! ¿Sin tener que insistirte?
—Sí, me animo. Con una condición.
—La que quieras, cariño —asegura María, llevándose una cucharada de sopa a la boca.
—Tenéis que llevarme a un sitio donde haya mucho soltero, ¿vale?
—¿Cómo? —María se queda con otra cucharada al alcance de sus labios y me mira asombrada—. ¿Y eso?
—¿Quieres provocar, Laura? —Se ríe Nico. Pero, al aguantarle la mirada, se pone serio de repente—. ¿Laura?
—Quiero follar. Esta noche. Con quien sea.
La cuchara de María cae en el plato de golpe y salpica sopa por toda la mesa. Nico solo carraspea y se rasca la coronilla.
—A ver, cielito… —masculla, medio en guasa, medio en serio—. Quizá no debes tomarte todo al pie de la letra, ¿sabes? Tú no eres yo.
—¿Eh? ¿De qué habláis? —pregunta una perpleja María.
—Nada. Después te cuento —le dice él—. Laura, escucha…
Pero yo no escucho. No quiero hacerlo, joder. Me levanto de la mesa y clavo los ojos en los dos, con la resolución brillando en ellos.
—Quiero follar. Soy mayor de edad, libre y sana. ¡Quiero follar, joder! Si me acompañáis a un local donde haya alguien con quien hacerlo, bien. Si no, iré yo sola —les suelto, cruzándome de brazos al acabar para dar por finalizada la cuestión.
—Está bien. —Nico se echa atrás en el respaldo y niega con la cabeza, contradiciendo su primera frase—. Aunque creo que te equivocas.
María pestañea muchas veces y lleva su mirada de mí a su novio y viceversa. Entonces traga saliva y asiente con la cabeza, echándome un fugaz vistazo. Y yo me doy por satisfecha, vuelvo a sentarme y saco otros temas de conversación con naturalidad, como si acabase de hablar del tiempo.
***
El local está bastante oscuro, con pequeñas bombillas en las esquinas que alumbran el techo y una bola gigante de colores en medio que no abarca con sus luces todo el lugar. La barra, al lado de la entrada, es atendida por chicas y chicos jóvenes y guapos, vestidos de forma seductora, que atraen a la clientela masculina y femenina por igual. Alrededor de la pista, sofás bajos en rojo y negro con mesas a su altura, y en el centro, la pista de baile, un poco más alta que el resto y llena hasta los topes de gente.
Ahí estoy yo. Dándolo todo. Enfundada en un vestido que no deja mucho a la imaginación, intentando que él lo diga todo y yo solo tenga que usar la boca para otros menesteres. Supongo que los tres chupitos que he bebido, junto con el cubata que tengo en la mano y que casi he acabado, me ayudan a sentirme bien. Relajada, contenta, con ganas de marcha… Vamos, de toda clase de marcha. Puedo ver a María y Nico bailando cerca de mí, pegados, sobándose un poco y, joder, no puedo evitar calentarme ante el espectáculo. Las gogós subidas en sitios estratégicos también son un estímulo para caldear el local y, aunque a mí nunca me han excitado las mujeres, reconozco que tiene su puntito morboso verlas bailar de esa manera tan sexual. Porque, a ver, eso ya pasa de sensual, todo hay que decirlo.
Muevo las caderas y miro con fijeza a un chico que se me pone enfrente. En realidad, hace diez minutos que estoy aquí solita meneándome a conciencia, pero es el primero que intenta acercárseme. Pensé que sería más fácil. A lo mejor es que no me encuentran atractiva. No sé. ¿Diez minutos es mucho? Joder, quizá estoy un poco desesperada y se me nota, ¿no?
—¿Estás sola? —pregunta el muchacho con sus manos ya en mi cintura. Menos mal que lo estoy, pienso, o mi novio celosísimo lo habría estampado contra una pared.
—Ahora no —respondo, melosa.
Él sonríe travieso y se acerca a mi oído.
—Marcos —susurra.
Pestañeo con los ojos muy abiertos. ¿Marcos? ¿Qué me dice de Marcos? Pero, un par de segundos después, en los que él se ha pegado más a mí y me mira como esperando algo, caigo en la cuenta de que es su nombre. ¡Hostias! ¡Qué puntería, joder! Lo único peor sería que se llamara Chema. Ahí creo que le pegaría.
Fuerzo una sonrisa y me fijo bien en él. Pelo castaño, ojos oscuros, no demasiado alto, muy delgado. Ni guapo ni feo. Normalito. Vale, no se le parece, a ninguno, lo que es un consuelo.
—¿Tu nombre?
—¿Eh? ¿Qué?
—Que cómo te llamas, preciosa.
—¿Importa?
—Pues… supongo —dice él, sorprendido.
Me acabo el cubata en varios sorbos y clavo mis ojos en él.
—A ver… ¿Quieres follar? Eso es lo único que me importa a mí.
—¿Eh? —Ahora el que pestañea es él. Tanto y tan rápido que se le van a caer las pestañas en el proceso. Da un pequeño paso atrás, me mira de arriba abajo y luego comienza a mirar a su alrededor con los ojos como platos—. Oye, ¿esto es una broma o algo así? ¿Hay una cámara oculta o llevas un micrófono?
—¿Cómo?
—Mira, tía, no me gusta que me vacilen, ¿vale? —grita.
—Yo no… —me quedo hablando sola. Demasiado directa, tal vez.
Busco con la mirada a María y a Nico que, a su vez, me observan a mí. María se muerde el labio, aunque intuyo que divertida, y Nico me pregunta alzando las cejas qué coño ha pasado. Meneo la cabeza y levanto el vaso, indicándoles que voy a la barra. Nico se señala a sí mismo, se acerca a por mi copa vacía y, arrastrando de la mano a mi amiga, es él el que va a por la bebida. Sigo bailando, cogiendo el ritmo de la nueva canción que comienza. Es una de Pink que me encanta y conozco, lo que agradezco, así que me dejo llevar por ella un rato sin más pretensiones que la de disfrutar de la música. Además, tienen puesto el volumen justo. Incluso, como pude comprobar hace un rato, se puede oír al de enfrente si estamos muy cerca y hablamos alto. Uy, creo que era mejor no oírse. Tal vez la mímica funcione mejor en estos casos.
Entonces, una presencia a mi lado, una mano en la espalda, pero en la zona baja, me hace mirar hacia allí. Un morenazo muy resultón acerca nuestros costados y comienza a imitar mis pasos con una facilidad pasmosa. Perfecto. O he dado con un profesor de baile o con el alumno aplicado. Coge mi mano, me la cruza a la altura de su pecho y me pega a él, moviendo ahora su pelvis junto a la mía, en una sincronización tan increíble que ya me lo imagino con el mismo arte en otra tarea. Ay, Dios, sé que parece que estoy salida, pero no es eso, de verdad. Es solo que, como no lo haga hoy, mi subconsciente sabe con absoluta certeza que quizá me lo piense un poco más y… me eche atrás.
Así que, sin meditarlo más, me lanzo a sus labios, le como la boca y le meto mi lengua hasta el fondo sin darle opción a la retirada. Él no lo hace, por el contrario. Se arrima más, planta una manaza en mi nuca y me sale al encuentro con ganas. Pero, un rato después, también es él el que pone fin al beso.
—Uff… —suspira, todavía sobre mis labios—. ¿Vas rápido, eh?
—¿Por qué esperar? —respondo, coqueta. No quiero ser muy directa, para que no suceda lo de antes, pero tampoco dar a entender que espero demasiada conversación.
—No sé. ¿Para conocernos un poco? Ni siquiera sé cómo te llamas —dice, risueño—. Yo soy Carlos, por cierto.
—Hola, Carlos. ¿Quieres besarme otra vez?
Él se ríe, pero obedece. Genial.
Una cosa gélida en mi brazo desnudo me hace a mí pararlo esta vez. Miro hacia el objeto que me ha cortado el rollo y fulmino a Nico con la mirada. Es mi cubata, cargadito de hielo. Mi amigo sonríe divertido mientras se lo cojo y, después, se queda bailando con María, ahí, muy cerca de nosotros, poniéndome nerviosa.
Bebo un poco y trato de olvidarme de su presencia, volviendo a prestar atención a… Carlos, ¿no?
—¿Por qué no me sacas de aquí? —le pido, de pronto.
—Esto… Sí, claro. ¿Adónde quieres ir?
—A donde tú quieras.
—Bueno, me sé de otro pub en esta misma…
—No, no, no, nada de pubs.
—¿Discoteca, entonces? Pero…
—No, tampoco. Quiero… Joder, quiero estar contigo. A solas. —Dios, qué difícil es esto.
Carlos carraspea y frunce el ceño después de contemplarme un largo momento. Sin soltarme la mano que todavía tenía en su poder, me aleja de la pista y me mete en el pasillo que da a los baños, donde la música se oye, pero mucho más baja. No, no, chaval. Esto no era lo que te pedía. Aunque… ¿follar en el baño? Bueno, es toda una aventura. Es sórdido, impersonal, tendrá que ser rápido. De acuerdo, me vale.
Pero antes de que me dé tiempo a tirar de él hacia uno o a besarlo de nuevo, Carlos me apoya contra una pared y se agarra a mis brazos.
—¿Qué te pasa? —pregunta con los ojos clavados en los míos.
—¿A mí? Nada. Solo quiero… estar contigo. —«Así, muy bien, no lo asustes, como al otro».
—¿En un sitio más tranquilo? —prosigue, con cautela.
—Ajá. —Y mi dedo, poseído por este espíritu follador que se ha metido en mi interior, se desplaza lentamente desde su cuello hasta su ombligo.
Él vuelve a carraspear. Dos veces. Y traga saliva otras tantas.
—¿Para hablar?
—Bueno… ¿Tenemos que hablar primero?
—¡Dios! ¿De dónde sales? ¿Esto lo haces con todos? —Turbado, se pasa la mano por el pelo y sacude la cabeza.
—¿Qué?
—A ver, que me siento halagado y todo eso, pero mujer… ¿dónde queda la expectación? ¿El interesarte por la otra persona más allá de su cuerpo? ¿La seducción previa a un polvo? Joder, te estás saltando lo mejor, ¿sabes?
Mierda. No puedo creerme que haya dado con el romántico. ¿En serio? De todo el local, ¿tiene que ser él el que se fije en mí? ¿Hoy? ¿Y dónde ha estado el resto de mi vida, eh?
—Mira. Te agradezco los consejos…, Carlos —le espeto de no muy buen humor, aunque el pobre no tenga la culpa de nada. Bueno, sí, de no querer follarme y ya—. Ha sido un placer. Ahora, búscate a otra que todavía conserve su corazón, ¿vale?
Y sin más, lo dejo plantado y regreso a donde estaba, dándole un sorbo a mi copa por el camino. Que buena falta me hace, joder.
Sobre todo cuando me encuentro con las miradas de mis amigos sobre mí. Me encojo de hombros y Nico no esconde una sonrisa del todo canalla. Será capullo. Pero María es peor, madre mía, porque ¿es lástima lo que veo en sus ojos? Oh, no, por favor. Lo que me faltaba. Le hago un gesto del todo altivo y ella entierra la cara en el pecho de su novio. Bien, mejor no verla.
Me separo bastante de ellos y comienzo a bailar de nuevo. Por el amor de Dios, esto no puede ser tan difícil. Todo Dios folla. Y eso de hacerlo con un desconocido una noche de marcha hasta está de moda. ¿Qué coño pasa conmigo, entonces?
Me fijo en que, prácticamente pegados a mí, dos chicos bailan con una chica, haciendo más el tonto que otra cosa. Uno de ellos le da un codazo al otro señalándome y el segundo se gira hacia mí. Vaya, no está nada, nada mal. Le aguanto la mirada, dándole a entender que estoy interesada. Muy interesada, de hecho. Él me sonríe, se muerde el labio inferior y vuelve a sonreír. Con chulería, me llama con dos dedos para que sea yo la que recorra la cortísima distancia que nos separa. Un paso, vamos. Y como me hace gracia su actitud prepotente, lo hago esbozando la primera sonrisa de verdad de la noche. Si el engreído este supiera que el utilizado va a ser él… O bueno, quizás nos usemos el uno al otro. Por mí, bien.
Lo primero que noto al casi tocar su pecho es su olor. Huele a colonia cara. Y lo sé porque nada barato puede oler así, como el mismísimo demonio reencarnado en ángel para hacerte pecar. Oh, Dios, y yo voy a caer en la tentación. Le doy un buen repaso, ya que estamos. Y él tampoco se corta, así que mi examen llega hasta sus pies. Polo de marca, vaqueros Levi’s —en eso ya me había fijado cuando estaba de espaldas— y unas deportivas Lacoste en sus pies. Pijo, pijo, pijo. Si tiene pasta, al menos pagará un hotel, ¿no?
Esta vez no hay nombres de por medio. Como si nos hubiésemos comunicado con la mente, empezamos a bailar juntos y, ya por la tercera canción, las manos no se están precisamente quietas. Y eso que aún no nos hemos besado. Pero estoy a gusto. Que en algún momento me haya acabado el cubata favorecerá la causa. Ha sido él el que me ha quitado el vaso vacío de las manos, pasándolo hacia atrás, donde su amigo lo ha cogido y ha desaparecido con él. No sé si han ido a buscarme otro, aunque me extraña, pues no me ha preguntado qué bebía. Tampoco me importa. Y dejo de pensar en ello cuando, por fin, su boca se junta con la mía.
Mamá… Besa bonito. No, miento. Besa sucio pero divino. Por increíble que parezca, mi cuerpo hasta reacciona como tiene que hacerlo. Me excito, no sé si por él, o por la situación en sí. Pero lo hago.
—Víctor —dice al apartarse—. Di mi nombre.
—Víctor —repito como una tonta.
—Bien. —Y de nuevo me da uno de esos besos gloriosos. Y baja por mi cuello, abriendo la boca para abarcar más carne. Y vuelve a subir hasta llegar a mi oreja—. ¡Qué bien sabes, joder!
Me tenso, me tenso enterita. Esa frase… Joder, esa frase. La he oído en otra ocasión, en otra boca. Oh, Dios, ¿por qué eres tan cruel? Él nota que algo ha pasado, porque se aleja unos centímetros y me mira curioso. Eleva las cejas y luego las deja caer, entrecerrando los ojos. Unos ojos clarísimos, ahora que me fijo. No sé si azules o verdes pero muy claros. Y es moreno. De piel y pelo. Muy moreno.
«No, no es él, Laura. No es Chema».
Dejo salir un suspiro y soy yo ahora la que lo besa, porque quiero. Porque para eso estoy aquí, joder. Él me sigue sin dudas, dándome incluso más de lo que le pido. Sus manos se aposentan en mis nalgas, encajando nuestras pelvis, mientras su boca me asola y bebe de mí. Tengo que reconocer que mi excitación ha caído en picado después de la desafortunada frasecita de las narices, pero hago lo posible por recuperarla. Vacío la mente, aflojo el instinto. Solo quiero sentir, llenarme de estas sensaciones, saberme deseada. Solo eso.
La cosa se calienta hasta el extremo. Ya noto su erección a lo bestia sobre mi vientre, ya se frota sin vergüenza. Ay, la Virgen, como sigamos así vamos a hacerlo en medio de la pista. Y tampoco se trata de eso, eh. Que mi vida sigue después de esta noche, que mañana voy a ser la Laura de siempre y tengo dos niñas en mi vida a las que no abochornar. Pongo fin al beso como puedo y le sonrío provocadora, haciéndole señas hacia la puerta para continuar en otro lado.
Él enarca las cejas de esa manera tan exagerada, con una sonrisa casi pervertida en su boca.
—¿Nos vamos? —vocaliza, más que habla.
—Sí.
—Vale. —Y entonces, se echa las manos al bolsillo y frunce el ceño—. Oh, joder. Espera, espera aquí, ¿vale? No tardo nada. Un minuto.
Asiento, pero creo que ya ni me ve, mientras se aleja en dirección a no sé dónde. Y estoy ahí de pie, en medio de la pista, esperando por fin lo que busqué durante toda la noche, cuando María y Nico se me plantan delante. No me pasa desapercibido el hecho de que han estado vigilándome toda la noche como unos padres devotos en la primera salida de su hija adolescente, y se lo agradezco, de veras, pero ahora los quiero lejos. Antes de que Víctor vuelva.
—Ven un momento —me dice María, empujándome hacia un lateral.
—No puedo. Estoy esperando a…
—Sí, mujer, lo sabemos. Pero ven, es aquí al lado. Lo verás desde allí, te lo juro.
A regañadientes, me dejo conducir hasta una mesa que se han agenciado y desde la que, es verdad, puedo ver el trozo de pista en el que estaba. Nico se me acerca muchísimo por un lado y ella por el otro. Como esto sea una encerrona para que desista, me los cargo. Sobre todo después de la noche que llevo.
—¿Qué pasa?— pregunto.
—¿Estás segura de que te quieres ir con él? —cuestiona Nico mirando hacia la barra, donde descubro que está Víctor hablando con sus amigos.
—Sí, ¿qué pasa? ¿Me vas a decir que lo conoces? —grito para que me oiga bien—. ¿Que es un psicópata, un violador, un asesino en serie?
Nico se ríe y niega con la cabeza.
—No, nada de eso. Solo se mete un poco de coca de vez en cuando y no ha dado un palo al agua en su vida, pero, en el fondo, es un buen tío.
—¿Lo conoces? —pregunto, pasmada.
—Ajá. Pero no es por él por lo que te lo pregunto, Laura. ¿Estás segura de que quieres acabar esto?
Asiento con firmeza.
—Desde luego —confirmo con la vista en mi conquista, que también me ha localizado y me sonríe a lo lejos. Me hace señas con una mano, levantando un dedo y señalando los baños. Un minuto, va al baño. Vale, idioma universal. Asiento hacia él indicando el sofá en el que estoy. Aquí estaré. Supongo que lo entiende. Aunque no sé si lo hará al venir del baño, porque…
Mierda. ¿Ha dicho coca? ¿Y por eso ha ido en busca de sus amigos? ¿A pillar? ¿Y ahora va al baño? ¿A metérsela? Oh, joder. ¿Por qué no prefiere metérmela a mí y ya? ¡Hostias!
Bueno, no pasa nada, pienso un segundo después. Hay mucha gente que lo hace y ni se le nota. De hecho, Nico ha dicho que era un buen tipo, ¿no? Pues nada, me iré con él y, si mañana ni me recuerda, mejor.
—¿Laura? —María llama mi atención al leer en mi cara las dudas de hace un instante—. No tienes por qué hacerlo.
—Joder, ya lo sé. ¡No soy gilipollas! —chillo, mirándola. Y un movimiento tras ella me hace mirar hacia allí. Carlos está sentado en el reposabrazos de un sofá tras el nuestro, hablando con una pareja. Pero, como si me hubiese sentido de alguna forma, vuelve sus ojos hacia mí. Me pongo colorada sin poder evitarlo, avergonzada ahora por mi actitud. Pero, haciéndome la fuerte, levanto la cabeza y aparto mi vista de él.
—A ese lo asustaste —oigo a Nico casi juntando nuestras caras—. Y no me extraña, chica. Parecías una devoradora. Una mantis religiosa.
—¿Qué?
—Dabas miedo. Y excitabas. No sé. Pero era una pasada. La forma de mirarlo en el pasillo del baño, ese dedito juguetón… O ponías al personal como una moto o lo acojonabas vivo.
—¿Qué? —repito como una idiota.
—Dios, Laura, me pusiste cachondo incluso a mí, pero entiendo que…
—¡Nico! —María lo mira alucinada, también con la cara a escasos centímetros de nosotros.
—Uy… Quiero decir que me pondría… me pondría si tú no existieses, cariño. Vamos, que… Joder, María, tú también la viste. Pedía guerra a gritos.
—Sí, la pedía —responde ella sin mirarme.
Y la vergüenza crece dentro de mí de una manera alarmante. ¡Ay, mamá! ¿Qué estoy haciendo? Yo no soy así. Es cierto que soy una desvergonzada, pero no en este aspecto. Siempre he creído en que el sexo es algo más que un revolcón. Por algo llegué virgen a los veinticinco, joder. Siempre necesité algo más. Una pequeña complicidad, al menos. Y ahora… ¿Así es como me veo? ¿Como una mantis religiosa, ha dicho? ¡Dios!
No, no, no. No puedo echarme atrás. No después de haber llegado hasta aquí, pero… ¿es lo que quiero de verdad? ¿Me ayudará en algo?
Me anclé a la idea de que, si expulsaba de mi cuerpo el recuerdo de Chema, iba a ser todo más fácil. Cuando recordara el sexo, no pensaría solo en él. Cuando evocara mi último polvo, no sería él. Quería arrancarlo de mí, como fuera. Y hacer esto era lo único que estaba en mis manos. Sé que mi corazón y mi mente tardarán en curarse de su adicción, si alguna vez lo consiguen, pero mi cuerpo… ese es mío. Yo lo gobierno, por eso creí que de ahí, al menos, podría sacarlo. Odiaba pensar que mi boca aún guardaba su sabor, que sus besos eran los definitivos, que… Abro muchísimo los ojos. Ya no lo son. ¿Y ha cambiado algo? ¿Me siento diferente por ello? ¿He dejado de quererlo o de odiarlo a partes iguales, como hago de un tiempo a esta parte? ¿Lo he hecho?
¡No! ¡No, joder, no! Regalarme a otro, entregarme como si fuese una virgen en sacrificio no va a cambiar nada. Aunque disfrute. Mañana me arrepentiré, lo sé. No me reconoceré. Aunque tal vez… ¡Ay, Dios! Era justo eso lo que buscaba. Castigarme. Volver a las andadas. Martirizarme un poco por haber permitido rebajarme hasta el punto que lo hice. ¿Cómo no lo he visto? Hacía tanto tiempo que no recurría a esos castigos absurdos hacia mí misma que… Es que soy idiota.
—Sacadme de aquí, por favor.
Como si hubiesen esperado por esas palabras con ansia, compenetrados, se levantan a la vez, custodiándome uno a cada lado hasta llegar al coche. En silencio, sin reproches, algo que nunca podré pagarles. Nico arranca e incluso apaga la radio cuando esta se enciende con el coche, sabiendo, de alguna manera, lo mucho que agradezco el silencio.
Necesito oír mis pensamientos. Estos que me susurran que, aunque no lo haya hecho, que hubiese sido capaz de hacerlo ya es algo.
Joder, sigo engañándome como una mona.
Eso ya lo sabía. He vuelto a caer por segunda vez en la misma piedra. Lo mío es bastante penoso, la verdad. El año pasado con Pedro y hoy con un desconocido. Pero ¿qué demonios pasa conmigo?
«Vamos, Laura. No te vengas abajo por una estupidez. Por haber recurrido al único recurso a tu alcance con el que creíste poder extirpar a Chema de ti».
No, no voy a venirme abajo. Nunca más. Aprenderé de mis errores, de cada uno de ellos, y me haré sabia. Fuerte y sabia. Y tengo que creerme que cada vez estoy más cerca de ello.
Miro a María, sentada a mi lado en vez de ir delante, con su novio.
—María, ¿por qué no intentaste persuadirme de que no lo hiciera? ¿Por qué…?
—Porque te conozco, cariño. Y estabas en ese plan de «voy a hacerlo sí o sí». Discutir contigo solo habría servido para que te emperraras más. Para que ahora —toquetea el reloj con la yema de un dedo de una manera muy significativa— estuvieras en la cama, o en el coche, o contra un portal, jadeando con alguien entre tus piernas que no te importa un carajo. Y eso estaría bien si fuera lo que realmente te apeteciera, pero… las dos sabemos que no es así, ¿verdad?
Joder. Fuerte y sabia. Como ella. Con su apariencia dulce y serena, esta chica me está enseñando que es un ejemplo a seguir. Y ahora acabo de comprobar que también se le ha pegado la cruda franqueza de Nico. Uno que está riéndose entre dientes y por lo bajo. Pero yo solo puedo bajar la mirada, dándole la razón. ¡Dios, pero qué sabia es!
«A mi corazón… le vale con un susurro tuyo. Solo un susurro. A mí… A mí tendrás que gritármelo más fuerte».
Sonia R. Salvante.