Por nosotros

Por nosotros


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Madrid, en ese futuro ya escrito

Navidades del 2040

 

 

El centro comercial está abarrotado de gente. Los pasillos repletos, las escaleras colmadas y los carros cargados, sobre todo de regalos, esos últimos que casi todos nosotros dejamos para el final, aunque nos prometamos todos los años comenzar con las compras en noviembre.

Atravesando los escasos metros desde la puerta de entrada hasta donde tienen preparada mi mesa, observo con timidez como varios rostros se vuelven hacia mí, supongo que reconociéndome. Y estoy convencida de que no todos son lectores míos. Hoy no es muy difícil hacerlo. El póster a tamaño real en la puerta, en el que aparezco con mi última novela, es un buen reclamo para que mi cara no pase desapercibida.

—Cariño, estás temblando —susurra mi marido en mi oído, cercando mi cintura con su brazo.

—Es que esto… No esperaba tanta gente. Ni esa cosa horrorosa como publicidad.

Él se echa a reír.

—Pues estás preciosa, que lo sepas.

—Si tú lo dices… —mascullo por lo bajo, componiendo al mismo tiempo una temblorosa sonrisa para mi público, que ya hace cola ante la mesa donde me sentaré en breve.

—Lo estás. Y con respecto a la gente, no toda está aquí por ti. Estas son fechas de compras masivas, ya sabes.

—Ya. Y me alegro. No de lo de las compras… O sí. Quiero decir, de que no estén aquí todos por mí. Aunque no debería, supongo, pero…

La carcajada de David interrumpe mi incoherente monólogo.

—Respira, Diana. A tus lectores ya los tienes ganados, cariño. Míralos, todos los que te esperan ya tienen tu libro en sus manos. Y estoy por apostar que la mitad de ellos ya lo han leído y solo se han acercado para verte y que se lo firmes.

—Tienes razón. Ya pasó lo peor, que era vender, ¿no?

—Ajá. Venga, siéntate, sonríe y pásalo bien, preciosa. Tú solo disfruta del día, ¿vale?

—Vale. Vamos allá —digo cogiendo mucho aire y soltándolo en un suspiro, mientras me quito el abrigo y lo coloco sobre el respaldo de mi silla. Me acomodo en ella, al tiempo que David lo hace a mi lado, y levanto la vista hacia la azafata que espera mi consentimiento para dar paso a la primera persona.

—Realmente, lo que sí me sorprende es la cantidad de hombres que hay —comenta David mirando hacia delante.

—Vaya —susurro—. ¿Por qué? Tú eres un hombre y a ti también te gustó mi libro.

—Sí, eso es verdad. —Sonríe él—. Pero a lo mejor yo no soy objetivo.

—Uy, pues mal vamos. —Hago un mohín y él vuelve a reírse. Aunque yo lo he dicho en serio.

Y tan en serio. David no solo es mi marido y mi gran apoyo. Es mi editor, mi corrector y mi agente literario. Si él no es objetivo… no sé yo si es bueno que trabajemos juntos.

—No te rayes —dice, porque me conoce—. Todos ellos demuestran que, sea yo objetivo o no, es realmente bueno.

—Ay… —suspiro, pero al instante miro el reloj, compongo mi mejor sonrisa y le hago una seña a la azafata para comenzar con las firmas. Es algo pronto, pero no creo que a nadie le importe. Ni a los que esperan, ni a mí, que estoy atacada de los nervios y necesito dejar de pensar y ponerme a hacer algo.

 

***

 

—Hola, Diana. Es un placer conocerte. Me he leído todo, todo, todo lo tuyo. Eres maravillosa y tus personajes son… casi de la familia —me dice una entusiasmada jovencita una hora después, con varias de mis novelas en sus manos—. ¿Me los firmarías todos? ¿Te importa? No sé si me he pasado al traerlos, pero me dije… ¿por qué no?

—Claro que te los firmo. Faltaría más. —Sonrío sincera, mientras ella me los tiende abriendo uno al azar por la primera página—. ¿Cómo te llamas?

—Micaela.

—¡Qué nombre más bonito, Micaela! Creo que te lo voy a coger prestado para mi nueva protagonista.

—Oh, sería un honor. Gracias, gracias por todo —susurra ella, llevándose las manos al pecho, mientras yo, después de sonreírle de nuevo, bajo mi cabeza e improviso una dedicatoria.

—Gracias a ti, Micaela. Por leerme y por estar aquí.

 

***

 

—Diana… Aquí tienes. —Una tímida chica de más o menos mi edad coloca sobre la mesa el libro que hoy ocupa parte de las mesas de la sección de libros—. No sé ni qué decirte. Es fabuloso. Lo devoré en un día. ¡Me encantó!

—Gracias, muchas gracias.

—Gracias a ti, por escribir como lo haces. Por hacer que los personajes parezcan de carne y hueso. Aunque, si me permites, te diré que mi preferido es uno de tu primera novela.

—¿Ah, sí? —pregunto con auténtica curiosidad. Porque, sin duda, esa también es mi favorita—. ¿El protagonista, quizá?

—No… El poli.

Me echo a reír, mientras David también acompaña mis risas.

—El poli es un buen personaje, sí —mete baza él.

—Se hace querer —aseguro yo, guiñándole un ojo a la chica y abriendo el libro ya con el bolígrafo en la mano—. Por cierto, ¿cómo te llamas?

—Laura.

Es inevitable que, al oírla, levante la vista de nuevo hacia ella, mientras se me encoge el estómago.

—¿Laura? —susurro, notando sobre mí la mirada de mi marido, que sabe perfectamente lo que ese nombre significa para mí. Bueno, eso, en realidad, no lo sabe, ni él ni nadie. Ni siquiera yo. En todo caso sabe que oírlo me afecta de una manera singular, extraña.

—Sí, Laura.

Ella debe de observar algo raro en mí, porque, dos segundos después, se rasca una mejilla, desconcertada, antes de volver a hablar.

—¿Sucede algo?

—No, no. Perdona. Es que… ese nombre… me gusta mucho. Me recuerda a alguien. —Creo. Aunque esto último no lo digo, por supuesto.

—Bueno, sí, tampoco me sorprende demasiado. Por algo se lo pondrías a una de tus protagonistas, ¿no?

—Sí, claro. —Me muerdo el labio inferior y la dedicatoria me sale sola, casi sin pensar.

 

***

 

—Bueno, cariño. Un descanso, ¿de acuerdo? ¿Te traigo un café?

—Sí, un café estaría bien. Pero, si no te importa, voy a seguir firmando. Me da cosa bebérmelo tranquilamente mientras la gente espera.

—Vamos, Diana… Que todo el mundo entiende que tienes derecho a tomarte un respiro.

—No, en serio… —insisto, paseando mi mirada por la cola que no parece haberse reducido nada en dos horas. Es como si, en cuanto me despido de cada uno de ellos después de estampar mi firma, otro más ocupara su lugar al final.

Entonces, mientras observo la larga fila, mis ojos se quedan clavados en una chica que, inclinada, lee la sinopsis de mi novela en una de las mesas a mi izquierda. Está de perfil, concentrada en el libro. Una persona más, como otras tantas de las que los observan a su lado, o en otros puestos del lugar. Sin embargo, no puedo apartar la vista de ella, solo de ella.

Va vestida bastante informal. Pantalón vaquero, jersey crudo y botas camperas. Se ha quitado el acolchado anorak verde, que ahora cuelga en uno de sus brazos, en el mismo que carga con un bolso marrón. Una larga trenza rubia oscura le llega a media espalda, mientras un par de mechones más cortos le caen sobre la frente y ella los aparta de vez en cuando con un movimiento de cabeza inconsciente.

—Diana… ¿qué sucede?

Oigo a David, pero no le contesto. El vello se me acaba de erizar entero y mi estómago ahora no está encogido, sino bailando dentro de mí. Ella se acaba de girar y ha quedado frente a mí. Le echa una mirada resignada a la cola, se encoge de hombros y luego mueve los ojos hacia donde estoy.

Estamos relativamente cerca, por lo que aprecio su color. Ámbar. Un castaño clarísimo, precioso. Siento la misma sensación que si una mano helada se posase sobre mi nuca, mientras trago saliva impulsivamente, a pesar de tener la boca seca.

Dios mío… ¿Qué me pasa? ¿Quién es? ¿Por qué me siento tan extraña? ¿Aturdida, incluso?

—Diana, cariño…

—¿Conoces a esa chica, David? ¿A la de la trenza? Esa, la del jersey crudo…

David sigue mi mirada y niega despacio con la cabeza.

—No. ¿Tú sí?

—No lo sé. Creo que sí, pero en realidad… no. No la conozco. Pero…

—Vale. Tranquila. ¿Quieres que me acerque a ella y…?

Aparto un momento mi vista de ella y la dirijo a mi marido. A este hombre maravilloso que nunca ha cuestionado mis rarezas, nunca. A pesar de que sé que para cualquier persona que no sea yo son difíciles de comprender. Hasta de creer.

—No. No, mejor no. —Respiro hondo y recojo el bolígrafo que he dejado caer sobre la mesa al verla—. Ve a por ese café, anda, que yo seguiré con lo mío.

—¿Segura?

—Sí, cariño. Segura.

Y, cuando giro de nuevo la cabeza hacia el sitio donde ella estaba, ya no la veo.

Entrecierro los ojos, decepcionada ante ese hecho, pero no le doy más vueltas. Ahora tampoco puedo, tengo que centrarme en toda esa gente que está aquí por mí.

—Hola —le digo a un chico de unos treinta años que se acerca a la mesa.

—Hola. Me llamo Julio. Encantado, Diana. Es un placer. —Sonríe, entregándome mi novela.

—El placer es mío, Julio. ¿El libro es para ti?

Él se ríe entre dientes.

—¿Por qué? ¿Te resulta raro? Ya sé que no somos muchos los chicos que estamos aquí hoy, pero sí, es para mí.

—No, no es raro. Perdona, no pretendía decir eso. Es solo que mi marido fue el primer sorprendido al veros, así que algo se me ha pegado, supongo.

—Bueno, dile que aún quedamos unos pocos románticos.

—Se lo diré. Pero lo sabe. Él es de esos —le digo sonriendo, relegando al fondo de mi cerebro a la chica misteriosa que me ha puesto el cuerpo del revés.

Hoy, me debo a mis lectores.

 

«Estás entre lo que quiero tener y lo que me da miedo tener».

Marilyn Monroe.

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