“Pobre Martí”
Malcolm Eupierre Oquendo
Gracias a la extraordinaria generosidad del diputado a Cortes por Laredo, Ladislao Setién, José Martí pudo salir de prisión y disfrutar nuevamente de las calles madrileñas. En una ocasión, en el Ateneo de Madrid, Martí conoce a Julio Burrel, quien en aquel entonces era estudiante de periodismo y que, años más tarde, fue parlamentario y ministro español.
Al conocer que el Apóstol era cubano entablaron una conversación sobre Cuba y la guerra, la situación del país, entre otros aspectos. Martí no escondió las razones por las que había sido desterrado de la Isla y le afirmó con total convicción: «Soy separatista».
Pasaron los años después de aquella noche, pero el joven español jamás pudo olvidar aquel nombre y aquel brillo en los ojos cuando hablaba de su patria. Al preguntar por Martí a los diputados cubanos Eduardo Dolz, Montoro y Fernández de Castro, le comentaron: «Ese se marchó de Cuba; no tenía fuerza. No le hicieron caso... Pero eso es una extravagancia; ese pobre Martí es un hombre muerto».
¡Cuán grande debe haber sido el asombro de esos autonomistas cubanos al observar como José Martí se convertía en el pensador político más trascendental del siglo XIX en América y en la figura cimera de la historia de Cuba!
Así lo reconocería Julio Burrel al expresar:
«Transcurrieron los años y “el pobre Martí”, “el hombre muerto” fundó clubes separatistas en toda la Unión Americana; organizó las cajas de la revolución, envió las primeras expediciones, desembarcó en la Isla y murió heroicamente en Dos Ríos. ¡Qué de cosas van a ser enterradas con su cadáver!
Aquel muchacho, endeble y oscuro, que hablando en voz baja, con la mirada intensa y brillante, exclamaba en los pasillos del Ateneo: “¡Soy separatista!”, representó para España un ejército de doscientos mil hombres destrozados, dos escuadras destruidas, dos mil millones arrojados a los cuatro vientos, la pérdida de un imperio colonial, el cruento calvario del Tratado de París, todo lo que hoy nos llega al alma; todo lo que lloramos como catástrofe; todo lo que gemimos como vergüenzas...»¹.
¹ Carlos Marchante Castellanos. Entre espinas flores. Anecdotario. p. 111