Patas lebrunas

Patas lebrunas


A la casa del veterinario de nuestro pueblo llegó Vania Maliavin desde el lago Urzhenskoye y trajo consigo a una pequeña liebre febril envuelta en un chaquetón acolchado. La liebre estaba llorando y parpadeando mucho con los ojos rojos de lágrimas.

- ¿Has perdido la chaveta? – gritó el veterinario, - ¡De un día a otro me vas a arrastrar ratones, galopín!

- Que no chille, que es una liebre especial, - susurró roncamente Vania, - Fue el abuelo quien lo mandó, dijo que lo trataran.

- Tratarlo, ¿de qué tratarlo?

- Las patas, las tiene quemadas.

El veterinario lo giró de cara a la puerta, le pegó un empujón en la espalda le rugió mientras se alejaba:

- Venga, ¡lárgate! No sé tratarlas. Fríela con cebolla, ya verás qué buen entrante será para el abuelo. 


Nada le respondió Vania. Salió al zaguán, se puso a parpadear, a inhalar el moco y se apoyó la cabeza en la pared de troncos, sobre la cual dibujaron líneas sus lágrimas. La liebre trepidaba silenciosamente dentro del pringoso chaquetón.

- ¿Qué te pasa, pequeñín? – le preguntó a Vania la compasiva vieja Anisia, que llevó al veterinario su única cabra, - ¿Por qué, almas mías, estáis hechos un mar de lágrimas? ¿U ha venido algo sobre vosotros dos?

- Abrasada está, la liebre del abuelo, - dijo Vania en voz baja, - En un incendio forestal se quemó las patas y no le sale correr. Está para palmar.

- No va a palmar, hijo, - masculló Anisia, - Dile al abuelo tuyo que si tiene muchas ganas de curarla, que la lleve a la ciudad, a Karl Petrovich.

Vania se secó las lágrimas y echó a andar por los bosques a casa, hacia el lago Urzhenskoye. En lugar de ir, corría descalzo por un caliente camino arenoso. El reciente fuego forestal flanqueó hacia el norte hacia el mismo lago. Olía a quemado y a clavel. Sus islas grandes crecían allí en los prados.


La liebre estaba gimiendo. Camino de casa, Vania dio con algunas hojas cubiertas de pelos suaves y plateados, las arrancó y las puso bajo un pinito, y descubrió al animal. La liebre las miró se topó la cabeza en ellas, y se quedó de piedra.

- ¿Qué te pasa, gris? – preguntó a media voz Vania, - Come un poco.


La liebre seguía quieta.

- Que comas un poco, - repitió Vania y su voz empezó a temblar, - ¿O es que tienes sed?


La liebre movió la oreja rota y cerró los ojos.

Vania la cogió y se puso a correr justo a través del bosque: debería darle de beber del lago cuanto antes.

Un calor sin parangón reinaba en aquel verano los bosques. Por las mañanas sobre ellos se amontonaba una fila de nubes blancas. Al mediodía, éstas se disparaban arriba, hacia el cenit y en un santiamén se marchaban y desaparecían más allá del cielo. Un huracán caluroso llevaba más de dos semanas sin cesar. La pez, corriendo por las tallas pináceas, se convirtió en una piedra de ámbar.


Por la mañana, el abuelo se puso unos peales limpios y unos zapatos de corteza nuevos, cogió el bastón y un trozo de pan y fue poco a poco a la ciudad. Detrás de él, Vania llevaba a la liebre, que se había calmado completamente, solo de vez en cuando se agitaba y suspiraba convulsivamente.

Un viento seco y caliente levantó sobre la ciudad una nube de polvo tan blando como si fuera harina. En medio de ella flotaban el pulmón de gallinas, hojas secas y paja. Desde lejos parecía que la ciudad está ardiendo y humando poco a poco.

La plaza del mercado estaba muy vacía, hacía bochorno; los caballos de los cocheros estaban adormilados cerca de una fuente, y llevaban unos sombreros de paja. El abuelo se santiguó.

- Sea un caballo, sea una novia… ¡el demonio que los entienda! – exclamó y escupió.


Mucho que preguntaron a los transeúntes por Karl Petrovich, pero no le sacaron partido a nadie. Así, entraron en una farmacia. Un hombre viejo y gordo en una bata corta y blanca encogió los hombros con enfado y dijo:

- ¡Vaya una pregunta! ¡Muy rara! Karl Petrovich Korsh, especialista de niños, hace tres años que dejó de atender a pacientes. ¿Por qué lo necesitáis?


El abuelo, tartamudo por el respeto hacia el farmacéutico y por su timidez, le contó lo de la liebre.

- ¡Vaya una historia! – comentó el farmacéutico, - ¡Qué pacientes tan curiosos están migrando a nuestra ciudad! ¡Vaya pacientes!


Se quitó detenidamente los quevedos, lo limpió, volvió a ponérselo y clavó los ojos en el abuelo. Éste guardaba silencio y estaba de plantón. El farmacéutico tampoco soltaba ni una sola palabra. Ese silencio se hacía penoso.

- ¡La calle Pochtovaya, tres! – de repente gritó el farmacéutico con el corazón y cerró de golpe un libro grueso y desencuadernado, - ¡Tres!


El abuelo y Vania caminaron lentamente hacia la calle Pochtovaya justo a tiempo: desde el río Oka se acercaba una fuerte tormenta. Detrás del horizonte se extendía un vago trueno, como si un hércules enderezaba los hombros y sin quererlo, hacía trepidar la tierra. Unas cabrillas grises aparecieron sobre el agua. Los silenciosos rayos dieron a hurto, pero impetuoso y fuerte, en los prados; allí lejos detrás de Poliani ya estaba ardiendo un pajar que encendieron. Unas gotas grandes de la lluvia caían sobre el camino polvoriento, y pronto parecía la superficie lunar, ya que cada una dejaba un pequeño cráter.


Karl Petrovich tocaba algo triste y melodioso con el piano de cola cuando en la ventana apareció la despeinada barba del abuelo.

Pasado un minuto, Karl Petrovich ya estaba enojado.

- Que no soy veterinario, - dijo él y cerró bruscamente la cubierta del teclado. No bien lo hubo hecho, en los prados tronó, - Llevo toda mi vida tratando a niños, no liebres.

- Ya sea un niño, ya sea una liebre, - balbuceó con terquedad el abuelo, - ¡Lo mismo! ¡Trátalo, ten la bondad! A nuestro veterinario, tales asuntos no le convienen. Es un albéitar. La liebre esta, se puede decir, es mi salvadora, que le debo mi vida, agradecerle, y tú diciendo déjalo.  

Pasado otro minuto, Karl Petrovich, anciano de cejas grises desgreñadas, ya escuchaba con impaciencia la entrecortada historia del abuelo.

Karl Petrovich, al fin y al cabo, asintió a tratar a la liebre. A la mañana siguiente, el abuelo se fue hacia el lago, y dejó a Vania en casa de Karl Petrovich a que cuidara al animal.

Un día después, toda la calle Pochtovaya, sumergida en argentina, ya sabía que Karl Petrovich estaba tratando a una liebre que se había quemado en un terrible incendio forestal y había salvado a algún anciano. Dos días más tarde, todo el pueblo ya estaba al tanto de lo ocurrido, y al tercer día llegó a la casa de Karl Petrovich un joven larguirucho llevando un sombrero de fieltro, se presentó como un empleado de un periódico moscovita y le pidió hablar de la liebre.

A ésa la curaron. Vania la envolvió en trapos de algodón y la tomó para llevarla a su casa. Pronto la historia sobre esa liebre se olvidó, y solo un catedrático capitalino llevaba mucho tiempo insistiendo en que el abuelo le vendiera la liebre. Incluso enviaba cartas dentro de las cuales había sellos, para que no gastara dinero respondiéndole. Pero el abuelo siempre se negaba a hacerlo. Vania escribió a su dictado una carta al catedrático: La liebre no se vende, es un ser vivo, y que viva en libertad. Con la presente, se despide de usted Larion Maliavin.

… Este otoño pernocté en casa del abuelo a la orilla del lago Urzhenskoye. Las constelaciones, frías como trocitos de hielo, flotaban sobre el agua. Se oía susurrar el carrizo en el viento. Los patos en las malezas, al tener mucho frío, se quejaban parpando.

El abuelo no llegaba a dormirse. Frente a la estufa, arreglaba una red rota. Luego, puso el samovar, que en un instante empañó de vapor las ventanas de la isba, y las estrellas de afuera se convirtieron de unos puntos ardientes en unos globos borrosos. Allí en el patio ladraba Murzik. Se lanzaba a la oscuridad, castañeteaba los dientes y volvía de un salto, peleando con una turbia noche de octubre. La liebre estaba durmiendo en el zaguán y de raro en raro golpeaba con su pata trasera la tabla de piso podrida.

Por la noche tomábamos té, esperando el amanecer tan distante e indeciso, y el abuelo por fin me comentó lo de la liebre.

En agosto había ido a cazar a la orilla norte del lago. El bosque estaba seco como pólvora. El abuelo dio con un lebroncillo con una oreja izquierda rota. Lo disparó con una escopeta vieja y sujetada con un alambre, pero falló. La liebre las lió. 

El abuelo echó a andar adelante. Pero de repente se alarmó: desde el sur, donde se ubica Lopuji, se olió mucho a quemado. Se levantó un viento. El humo se volvía más espeso, y ya viajaba por el bosque como un velo blanco, nublando los arbustos. Costaba respirar.

El abuelo se dio cuenta de que había empezado un incendio forestal y el fuego se movía directamente a donde estaba. El viento creció en un huracán. El fuego navegaba por la tierra con una velocidad vertiginosa. Según el abuelo, hasta un tren no podría escapar tales llamas. Tenía razón, durante el huracán el fuego se desplazaba a unos treinta kilómetros por hora.

El abuelo corría por terrones, tropezaba y se caía, el humo le picaba los ojos, mientras detrás ya se oía un terrible zumbido y el chasquido del fuego.

La muerte estaba a punto de alcanzar al abuelo, casi lo agarraba por los hombros, cuando de repente a sus pies apareció una liebre. Estaba corriendo lento y arrastraba las patas traseras. Solo después el abuelo notaría que se le habían quemado.

El abuelo se puso alegre de ver a la liebre como si fuera alguien de su familia. Siendo un tipo forestal, sabía que los animales perciben desde dónde se acerca el fuego mucho mejor que los humanos, y siempre se salvan. Solo se mueren en unas ocasiones muy raras cuando el incendio los rodea.

El abuelo echó a correr detrás de la liebre. Corría llorando de terror y gritando: “¡Espérame, cariño, no corras tan escopetado!”

La liebre le guio a la seguridad. Cuando salieron del bosque y alcanzaron el lago, tanto el abuelo como la liebre cayeron de cansancio. El abuelo la levantó del suelo y se fue con ella camino de casa. La liebre tenía las patas posteriores y el vientre abrasados. Después, el abuelo lo curó y le dio albergue en su casa.

- Bueno, - dijo mirando al samovar tan severo como si éste fuera culpable de lo que había pasado, - bueno, que le llevo mucha culpa a esta liebre, mijo.

- ¿Qué culpa?

- Pues sal y mírala, mira a mi salvadora, y ya verás. Venga, toma la linterna.

Cogí la linterna de la mesa y me dirigí al pequeño zaguán. La liebre estaba durmiendo. Me agaché con la linterna y me di cuenta de que tenía la oreja izquierda rota. Entonces lo entendí todo.

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