Pasos de piedra
Capítulo 17
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Krystina
A las cinco en punto subí al Tesla de Alexander. Después de abrocharme el cinturón, recliné la cabeza contra el asiento y lo miré mientras se sentaba en el asiento del conductor.
—No puedo creer lo relativamente fácil que cambiaste ese trato para mí —le dije.
—Puedo ser razonable, Krystina. Deberías haberme dado una oportunidad antes de decidir ignorarme por un día y medio. No lo vuelvas a hacer —advirtió.
Levanté las manos en fingida rendición.
—Lo siento, pero pensé que iba a tener que pelear para que lo aceptaras. La investigación tomó algo de tiempo y quería asegurarme primero de tener todos mis patos en fila.
—Honestamente, hubiera preferido que simplemente te quedaras con la empresa directamente. Pero en retrospectiva, debería haber sabido que nunca lo habrías aceptado. Puedo entender tu razonamiento, así como apreciarlo. Además, tu forma de pensar encajó mucho mejor con Stephen y Bryan.
Pensé en la reunión de dos horas antes con el contador y el abogado de Alexander. Inicialmente, parecían más que un poco vacilantes. Era como si estuvieran evaluando a la mujer a la que Alexander quería ceder una parte de su empresa. Si estuviera en su lugar, tampoco confiaría en mí. Terminamos nuestra reunión con una nota más positiva, pero todavía tenía algunas reservas.
—¿Crees que lo aprobaron?
—No importa si lo aprueban o no. No es por eso por lo que les pago. Este es un acuerdo comercial entre nosotros dos. Solo estaban allí para calcular las cifras y las legalidades.
Alexander asumió que estaba hablando del trato, pero me preocupaba más si me habían aprobado o no. Después de ver a los tres hombres juntos, era evidente que eran más que simples socios comerciales. Sus bromas casuales eran a veces demasiado amistosas. Si eran realmente sus amigos, su aprobación significaba mucho más para mí por alguna extraña razón.
¿Por qué me importa si me aprueban o no?
Me quedé callada, eligiendo no aclarar lo que quería decir o expresar mis preocupaciones.
Alexander encendió el estéreo del auto y salió del estacionamiento. El último lanzamiento de Green Day sonó a través de los altavoces mientras nos dirigíamos a la tienda de disfraces en Chelsea. Empecé a preguntarme qué tipo de ropa debería comprar. Como nunca había estado en un baile de disfraces de lujo, no sabía qué tan elaboradamente vestida estaría la gente.
—Un centavo por tus pensamientos —dijo Alexander después de un rato.
—Estaba pensando en lo bien vestida que puede estar o no la gente. No quiero parecer tonta.
Alexander se rió.
—Ángel, nunca podrías parecer tonta.
—Eso es discutible —dije secamente.
La aprensión se deslizó por mis venas. Todavía no sabía si estaba lista para esta extravagancia.
Cuando llegamos al frente de la tienda, miré por la ventana. Un toldo rojo colgaba sobre la entrada con el nombre escrito de 25th Street Vintage. Había maniquíes en los escaparates de la tienda, cada uno vestido con ropajes largos y sueltos al estilo de la década de 1920 en un caleidoscopio de colores. Las tonalidades de las joyas eran simplemente impresionantes.
Alexander se acercó a mi lado del coche y me abrió la puerta del pasajero. Tomó mi mano mientras salía.
—¿Preparada para divertirte? —preguntó con los ojos llenos de picardía. Yo seguía mirando los vestidos en los aparadores. Cada uno parecía pesar veinticinco kilos.
—Lista como puedo estarlo, supongo. Vamos.
Entramos en la boutique y las campanas sonaron en la puerta. Casi al instante, nos encontramos cara a cara con una joven de rostro alegre. No parecía tener más de diecisiete años.
—¡Hola y bienvenidos! Me llamo Brielle. ¿En que puedo ayudarlos?
—Gracias. Estamos buscando... —comenzó Alexander. Fue interrumpido por una mujer que salió de una habitación con cortinas.
—Debes ser Alexander Stone —anunció. Miré a Alexander. La mujer pareció desconcertarlo.
—Bueno, sí lo soy. ¿Y tú eres...?
—Soy Dejah —dijo con un acento que no pude identificar. Cuando se acercó a nosotros, comenzó a reír—. No te sorprendas, querido. No soy una psíquica. Tu hermana me llamó por teléfono para decirme que vendrías esta noche.
—Ah, Justine. Ya puedo imaginar lo que te dijo. A veces puede ser un poco exagerada —dijo Alexander a la ligera.
—¡Oh, en absoluto, monsieur! Ella dijo que debería estar atenta a un hombre alto, de cabello oscuro, probablemente vestido con un traje. Sin embargo, no me dijo lo guapo que eras —añadió Dejah con un guiño.
Alexander le dedicó una pequeña sonrisa a su cumplido. Puede que estuviera celosa, pero los gruesos mechones grises que fluían a través de su largo cabello negro me indicaban que era fácilmente veinte o treinta años mayor que él. Entre eso y sus joyas de gran tamaño, me recordó a una gitana de carnaval.
—Dejah, esta es Krystina Cole. Tanto ella como yo necesitamos un atuendo específico para una función a la que asistiremos juntos. ¿Justine te explicó para qué estamos aquí? —preguntó Alexander.
—Sí, por supuesto. Me contó todo sobre el evento. Parece que va a ser una ocasión maravillosa.
—Sí, lo será —respondió él.
—Si puedo agregar, me da envidia perdérmelo. Puedo imaginármelo: el vestuario, el escenario, el aire de un cabaret francés cobrando vida —dijo Dejah con nostalgia.
Alexander se aclaró la garganta, aunque con cierta impaciencia.
—Sobre los disfraces —comenzó.
—Sí, sí. Hablo demasiado. Tu hermana dijo que tu tiempo es valioso. Ven conmigo y comenzaremos a repasar todo lo que necesites. ¡Has venido al lugar correcto!
Giró sobre sus talones y comenzó a alejarse de nosotros. Miré a Alexander, pero él se limitó a sacudir la cabeza y me indicó que siguiera a la excéntrica mujer.
Nos llevó más allá de largas filas de ropa de épocas pasadas. Todo parecía estar organizado según la década, comenzando con las tendencias de Gucci de los años 90 hasta los tesoros de principios de siglo. Esperaba que nuestras compras se llevaran a cabo en esta área de la tienda, pero la mujer nos indicó que la siguiéramos por unas escaleras de madera.
—Por aquí, por favor. En el segundo piso está lo que necesitan.
Cuando llegamos a lo alto de las escaleras, me quedé sin aliento ante la colección de archivo que tenía ante mí. Literalmente, era un museo viviente de la moda burlesca. Desde los volantes y adornos del vestido del 'can-can', hasta los corsés de pedrería de alguna antigua cortesana; la colección de Dejah era asombrosamente auténtica.
—Esta pieza de aquí —dijo mientras pasaba la mano por las líneas de encaje de un vestido color marfil—. Se rumora que fue usado por Mistinguett en el Moulin Rouge. Sin embargo, no he podido verificar esa historia, ya que muchas fotografías y registros se perdieron después de la Segunda Guerra Mundial. —[Nota de la T.: La autora se refiere a Jeanne Bourgeois, popular vedette francesa del siglo XIX, primera artista en asegurar sus piernas y amante de Maurice Chevalier].
Mis ojos se abrieron con sorpresa.
—¿Estás diciendo que esta ropa es real? ¿No son solo réplicas de disfraces? —pregunté con incredulidad.
—Por supuesto, mi amor. Mi tienda no se llama 25th Street Vintage por nada —afirmó con orgullo—. Ahora, los dejo a ustedes dos para que miren un poco a su alrededor. Cuando estén listos para probarse algo, denme un grito y los ayudaré. —[Nota de la T.: Vintage significa: de época, antiguo, clásico]
Miré las exhibiciones que nos rodeaban. Caminé lentamente hacia un vestido de seda color rosa. Era un vestido hermoso, pero no tan adornado como los demás en la habitación. Eché un vistazo a la etiqueta del precio. No era sorprendente que tuviera una cantidad en dólares de cuatro cifras.
Me moví hacia otro vestido diferente, uno que era de un impresionante verde esmeralda con encaje negro. Los botones de imitación diamantes aseguraban la parte delantera del corpiño, mientras que los lazos entrecruzados ataban la espalda. Toqué el material satinado mientras mis ojos viajaban por la larga cola y sobre el detalle de las cuentas. El vestido era exquisito y me imaginaba usándolo. Sin embargo, tenía una etiqueta con un precio de cinco cifras.
Sí, no hay forma de que pueda comprar nada aquí.
Me volví hacia Alexander.
—Ese vestido verde te quedaría deslumbrante —comentó.
—Alex, esto está un poco fuera de mi rango de precios.
—¿Quién dijo que tú ibas a pagar?
—Estos vestidos tienen precios exorbitantes. Serías un tonto si pagaras tanto por algo que probablemente usaré solo una vez. Estoy segura de que podríamos encontrar un lugar más barato.
—Solo es dinero, Krystina. Y tengo mucho.
—Bueno, eso es arrogancia para ti —dije con sarcasmo. Él frunció el ceño.
—No se trata de dinero. Se trata de que seas mi cita. Y como mi cita, tendrás que vestirte apropiadamente para la ocasión.
—Esto es estúpido. Quiero decir, estos disfraces son hermosos, pero dudo mucho que las otras mujeres presentes estén vestidas de manera tan extravagante.
Ignoró mi comentario y se acercó a la escalera.
—Dejah —gritó—. A la señorita Cole le gustaría probarse el vestido verde que tienes aquí.
—¡Alex! ¡Yo no!. —Dije en voz baja.
—Sí, lo harás. Me di cuenta por la forma en que lo mirabas. Ahora, silencio. Dejah está volviendo a subir. No voy a tener una discusión contigo frente a ella.
Casi quería pisotear fuerte como una niña berrinchuda, pero me contuve cuando Dejah se asomó al final de las escaleras.
—Encantadora elección, querida —dijo mientras comenzaba a quitar el vestido del maniquí—. Hacemos modificaciones en el local, pero es posible que no las necesites. Esto parece ser de tu talla.
Ella sostuvo el vestido frente a mí.
—El color le sentará bien —comentó Alexander. Le fruncí el ceño.
—Sí, sí lo hará —reflexionó Dejah—. El probador está justo aquí. Una vez que lo tengas puesto, te ayudaré a atar la espalda.
A regañadientes fui detrás de la cortina que ella apartó para mí y tomé el vestido de sus manos. Esperaba que fuera pesado, pero no estaba tan mal considerando mi suposición sobre los vestidos en el aparador.
Mientras me quitaba la ropa, pude escuchar hablar a Dejah y Alexander. Ella estaba explicando las distintas prendas que podía usar, señalando cuál iría mejor con mi vestido.
Mi vestido.
Me burlé de mí misma mientras me ponía dicho vestido. Deslicé mis brazos en posición y arreglé las mangas hasta que se sintieron cómodas. No había un espejo en el probador, por lo que solo podía asumir que me lo había puesto correctamente.
—Dejah —la llamé—. Creo que estoy lista para que me ates la espalda.
Apareció detrás de la cortina, me hizo girar y comenzó a atar los cordones con brusquedad. Desde la base de mi columna hasta la mitad de mi espalda, cuanto más alto subía, más apretado tiraba. Todo lo que pude imaginar fue la escena de 'Lo que el viento se llevó', donde Scarlett O'Hara le gritaba a Mammy que se lo atara más fuerte.
Las mujeres de entonces tenían que estar locas. Si tiraba más fuerte, ¡no podría respirar!
Cuando Dejah terminó, me hizo girar.
—Ven afuera para que pueda mirarte bien, querida. —La seguí fuera del probador hasta donde Alexander estaba mirando una exhibición de abrigos de traje con frac. Dejah se paró frente a mí y me miró lentamente—. Oh, monsieur. Ella es impresionante. Absolutamente impresionante.
Alexander se dio la vuelta ante sus palabras y vio mi apariencia por primera vez. Sus ojos se iluminaron con aprecio.
—¿Está bien? —le pregunté—. No había un espejo en el probador, así que no pude verlo.
—¡Oh, qué insensato de mi parte! —Dejah exclamó y señaló a su izquierda—. El espejo está justo ahí.
Me acerqué al espejo de cuerpo entero y giré lentamente en círculo. La parte delantera del vestido era más corta que la trasera, dejando que la cola del vestido apenas rozara el suelo mientras giraba. Se habían tejido cuentas negras en el detalle de encaje, que brillaban al captar la luz. Se utilizaron ramitas de plumas brillantes para acentuar el busto y la cintura, dando al vestido un atractivo luminoso.
Realmente amé todo sobre él. No solo me pareció sorprendentemente elegante, sino que también me hizo sentir misteriosa, como si pudiera ser quien quisiera ser cuando lo usara. Sin embargo, todavía me preocupaba en silencio el extravagante precio que Alexander tendría que pagar por él.
—Queda bien. Perfecto en realidad —dije vacilante y pasé mis manos por el corpiño.
Alexander se paró detrás de mí y me colocó un simple tocado de pedrería con plumas verdes y negras sobre mi cabeza. Pasó sus manos por mis brazos mientras miraba nuestros reflejos.
—Krystina, es más que perfecto. Dejah, nos llevaremos el vestido.