Partes de guerra

Partes de guerra


Juan Eduardo Zúñiga: Ruinas, el trayecto: Guerda Taro

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Avanzó por la calle de Peligros, cruzó Alcalá y dudó si tomar la calle de Sevilla, mientras ella iba brotando poco a poco de su olvido, y llegó a reconocer que la había rechazado y apartado de sus ideas en aquellos meses de intranquilidades y tensiones. Y esta certidumbre aumentó su malestar y se apoyó en la pared, como vencido por el peso del macuto, y esperó unos minutos para recuperar fuerzas, pero el temor a atraer las miradas le puso en marcha con la sensación de un ligero ahogo.

Más adelante, ya en las Cuatro Calles, decidió desviarse e ir al hotel Inglés, y si tenía la suerte de encontrar a Iriarte, con su ayuda sabría lo que el olvido le ocultó de la fotógrafa y recuperaría los sucesos de hacía dos años.

Ante él se puso un hombrecillo y le dijo que podía venderle algo que le iba a interesar y que se lo daba por lo que quisiera. Le mostró una navaja grande y, aunque a la luz del mechero que encendió no la veía bien, le pareció antigua cuando hizo salir la hoja. Dijo que la quería vender para no llevarla más en el bolsillo interior del chaleco y no empuñarla con ira.

—Yo no quiero matar a nadie —murmuró Miguel, y le volvió la espalda.

Encontró la puerta del hotel abierta aunque protegida por tablas de madera, y al entrar vio detrás del mostrador de recepción, bajo una tenue bombilla, a un hombre que se alarmó y le preguntó qué deseaba. Al oír que buscaba a Iriarte llamó a este a voces, que resonaron en el vacío hall, y una cabeza asomó por la puerta entreabierta de gerencia, unos ojos contraídos que miraron a quien le llamaba y a continuación de la mirada temerosa salió y avanzó hacia Miguel y medio le abrazó, sorprendido de su llegada.

Vestía una especie de uniforme, envejecido como era su rostro de hombre maduro que sin hablar inquiría para qué le buscaba. Escuchó muy atento lo que Miguel le preguntaba sobre la documentación de Eloy, si la guardaría aún Casariego, pero Iriarte no sabía nada: sólo le preocupaba dónde esconderse, y bajó la voz, como si temiera que le oyesen, aunque en el hall no había nadie, para decirle que muchos compañeros habían sido detenidos y estaban en el edificio de Marina, sin saber lo que sería de ellos.

Miguel hizo el ademán evasivo de entregarse a la fatalidad y la siguiente pregunta fue sobre la fotógrafa alemana Guerda Taro a la que Iriarte conoció y de la que deseaba saber algo; la había olvidado completamente aunque él la acompañó algunas veces.

Hubo un silencio de unos segundos, Iriarte dio un paso atrás y le preguntó en razón de qué se interesaba por aquella alemana, precisamente en unas horas llenas de amenazas.

Dijo que últimamente le venía al pensamiento, acaso porque le dijeron que había muerto; cuando quemó la documentación encontró una foto de ella y la conservaba.

Iriarte le puso una mano en un brazo y le pidió que se la mostrase, le gustaría verla, porque no había fotos de Guerda, y él la consideraba una persona interesante. Por el hotel pasaron muchos extranjeros, pero esta se diferenció de otras mujeres periodistas.

Era una foto pequeña, no se la distinguía bien, estaba con otras personas. Pero la insistencia de Iriarte siguió, le rogaba que se la dejara ver para saber dónde fue hecha.

Por fin, consintió en sacarla de donde la guardaba y se la entregó, pero lo hizo con movimientos lentos y se fijó en un gesto contenido del otro al tenerla en la mano y contemplar detenidamente lo que aparecía en la desgastada cartulina.

Sí, era ella, tal como en la realidad, con el peinado y el vestido que llevaba aquel verano, con su gesto serio, los ojos claros, inteligentes. Por primera vez veía una foto suya y le parecía igual que viva; era doloroso recordarla, con un final tan absurdo.

Iriarte contrajo la boca y dirigió su mirada hacia la puerta de la calle, como si esperase la llegada de alguien o presintiera la fría noche en el exterior.

Había venido con aquel fotógrafo extranjero, Robert Capa, que hizo también reportajes en los frentes; pararon en el hotel, una pareja muy simpática, muy activa; nada hacía prever para ellos la muerte. Pero aquello ocurrió cuando ya estaba terminando la ofensiva en Brunete, cuando la gente se retiraba después de sufrir muchas bajas, y un tanque la atropelló. El error fue quedarse donde había tanto riesgo; sin duda quiso seguir haciendo fotografías, sin importarle el peligro. Guerda era alemana y huyó del régimen nazi y en París se relacionó con el grupo de alemanes allí también refugiados; algunos se ocupaban de fotografía y ella aprendió a manejar una cámara. Llegó con Robert a Barcelona en los primeros días de la sublevación y luego estuvieron por muchos sitios; su compañero se fue a Francia y Guerda no quiso faltar en Brunete. Fue atropellada en la carretera a Villanueva de la Cañada, precisamente donde tenía sus posiciones la Quince Brigada de los Internacionales, en la que había muchos alemanes antifascistas. Parece que Guerda iba subida en el estribo de un camión, sosteniendo el trípode de la cámara y con la otra mano se sujetaba a la ventanilla abierta. Un tanque venía en dirección contraria, se ladeó y la golpeó y la hizo caer al suelo, y el mismo vehículo en el que iba, o el tanque, le aplastó una pierna y parte del vientre. Quedó muy destrozada, perdió el conocimiento, la llevaron en un coche al hospital de sangre que tenían los ingleses en el monasterio de El Escorial pero los médicos no pudieron salvarla. Fue terrible que terminara así su vida, siendo tan joven, con tantas posibilidades, porque las fotos que hizo eran espléndidas: sabía coger los momentos más emocionantes allí donde iba y era de admirar que tuviera el valor de aguantar aquellos días en una zona bombardeada constantemente y en medio del desorden de una retirada.

Ya no cabía duda, había muerto; atropellado y roto su cuerpo, en el frente, en un campo de malezas y piedras, entre los surtidores de tierra que levantaban los obuses al explotar, bajo el sol abrasador del verano. Su muerte debió de pasar desapercibida porque nadie lo comentó ni lo leyó en ningún periódico; y él mismo, que fue su guía e intérprete, en tanto tiempo no pensó en ella.

Iriarte seguía con la foto en la mano, la miraba, sus ojos no se volvieron a Miguel cuando insistió en preguntarle el motivo de venir a hablarle ahora de aquel asunto, que le extrañaba.

Le respondió que no le interesaba especialmente pero recurría a él por curiosidad, y se enteraba de un final desastroso. Iriarte añadió que su muerte debió de ser, al terminar la ofensiva, entre el 20 y el 25 de julio, cuando toda esperanza de triunfo se había perdido.

Parpadeó la luz mortecina del vestíbulo y Miguel pensó en una cámara de fotos aplastada, y quizás el lápiz que le dio, manchado de sangre. Debían terminar la conversación. Iriarte le pidió la fotografía, que se la diese, sería como un recuerdo de aquel tiempo, del trabajo con los extranjeros en el hotel; para él era importante tenerla.

Miguel negó con la cabeza y por unos segundos sostuvo la negativa en silencio, pero la cara de Iriarte comenzó a reflejar tal aflicción que Miguel se encogió de hombros e hizo un movimiento entreabriendo los brazos: era la señal de que accedía a dársela.

Pensó que en los tiempos que iban a venir quizá sería conveniente no recordar a aquella extranjera como tampoco a otros que acudieron a ponerse al lado de la República, a todos los cuales habría que olvidar.

Iriarte se guardó cuidadosamente la foto en el bolsillo alto de la especie de chaquetón que llevaba, tendió la mano a Miguel y la sacudió para expresarle las gracias, pero ambos, como concentrados en un único pensamiento, sin cambiar más palabras, se separaron.

Salió a la calle y las sombras en torno suyo aumentaron su desconcierto por la conversación que acababa de tener y por la escena que se imaginó: ella muriéndose sola, en el sitio más frío e inhóspito como era el monasterio. Y a la vez, se asombraba de que un suceso tan distante le hubiese atraído desde que dejó el cuartel y ahora tenía un final sin continuidad posible, arañándole el remordimiento de su olvido total. Por alguna razón había querido retirar de su mente la figura de Guerda, su aspecto físico, la entonación de la voz, y también lo que podía deducir de su venida a la guerra, su audacia en tarea tan peligrosa.

Sin embargo, se le planteaba igualmente entregarse al nuevo olvido de toda su experiencia de tres años de lucha, de lo que él fue entonces; habría de inventar falsedades cual un traidor cualquiera y renegar, ya en su nueva personalidad como Eloy, de los mil hechos importantes que vivió; todo se esfumaría en la voluntad de no ser responsable de nada.

Era noche cerrada; cruzó las calles vacías de un barrio que creía conocer de años atrás, le pareció más lóbrego aunque en algunas tiendas se vislumbraban luces. En la glorieta de Matute notó en la cara las primeras gotas de lluvia que de nuevo caía del frío y de la noche, y como, al cruzar Atocha, aumentase, se guareció en un portal abierto donde había varios hombres. Pasados unos minutos se dio cuenta de que, cerca, dos de ellos discutían en voz baja y sin esfuerzo oyó a uno afirmando que él no había matado a nadie aunque hubiese disparado de día y de noche en el Jarama, en Teruel, en el paso del Ebro.

El otro murmuraba que sólo en los meses en los que estuvo en el frente se sintió un hombre de verdad porque nadie antes tuvo confianza en él, ni le trató como un igual, ni le respetó en sus opiniones.

Su compañero insistía en que no se le podía acusar de nada por haber estado en el frente: a él le pusieron un arma en la mano, vio a su alrededor cómo se mataban pero él no era un asesino, no había provocado la guerra ni sacado provecho de ella.

Escuchando lo que decían aquellos dos, comprendió cómo la maldita guerra civil había alterado la conciencia a miles de hombres, y a él mismo en su propósito de cambio.

El cansancio y la inquietud, por lo que debía hacer, le detuvieron al llegar a Antón Martín, cerca ya de la casa en la que se desprendería de la ropa militar y cambiaría por la que seguramente le proporcionaría Casariego, aunque le quedara estrecha o ancha; lo fundamental era hablar con él y coger la documentación que guardaba, se aprendería de memoria sus datos personales, se adaptaría al previsible comportamiento de Eloy. Cubierto tras la máscara de un hombre que debió de ser muy parecido a él, lograría salvarse en la catástrofe guardando silencio de lo pasado y así nadie le descubriría, aunque siguiera siendo él mismo, y no precisaría la falsedad de nuevas palabras sino que en secreto conservaría la memoria de cuanto le fortaleció y le hizo madurar. No debía hundir en otro olvido, ahora se lo dijo muy claramente, lo que denunciaban las fotografías que se hicieron, lo que se leería, tiempo después, en un periódico de envejecido papel, lo que reaparecía en obsesivos sueños de madrugada.

En la esquina de la calle de Santa Isabel había una casa bombardeada: en la oscuridad se imaginó la fachada, abierta de arriba abajo al derrumbarse, y por un instante vio allí el cuerpo de Guerda y enseguida una mancha roja desgarró el vientre, y las entrañas quedaron derramadas a la luz del potente sol de julio.

Así terminó Guerda Taro, al no querer abandonar el frente cuando no había esperanza alguna, y quedó herida de muerte como tantos otros, en una carretera polvorienta. Junto a David Seymour, Robert Capa, Román Karmen, Georg Reisner, Hans Namuth, fotógrafos que también vinieron a España, ella dejó en sus fotos, tomadas en ciudades y campos de batalla, un testimonio del gran delito que había sido la guerra. Pero esta joven fotógrafa alemana pronto fue olvidada aunque hizo más que ninguno: entregó su hermosa vida a una digna tarea, a una justa causa perdida.

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