Partes de guerra
Rafael García Serrano: Cristo nace hacia las nueve
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Rafael García Serrano: Cristo nace hacia las nueve
RAFAEL GARCÍA SERRANO
CRISTO NACE HACIA LAS NUEVE
Estaban pasándolo bien porque tenían ya unos tragos en el cuerpo y porque aquella Nochebuena era distinta a las demás. Aniceto opinaba que la Nochebuena en casa es muy triste, aunque siempre hay alguien que se pone gracioso y luego vomita y nadie se lo tiene en cuenta, y que lo mejor de la Nochebuena en casa era añorarla desde lejos, pero también estaba seguro de que tal pensamiento no podía clasificarse entre los de curso legal y de que su simple exposición provocaría la ira de su entera familia y también la de los hombres que con él esperaban el rancho.
Circuló la bota una vez más. La bota hacía honor a la fecha porque la sangre de sus venas no era, como casi siempre, de la Intendencia, sino de Cariñena, y eso varía. Entró el «Chato» con un caldero de sopa para la escuadra. Anunciaba a voces:
—Es sopa de verdad y viene echando lumbre.
El «Chato» era refranero y valiente, feo como un demonio y vagamente cantador de jotas. Mientras todos le acercaban sus platos para que se los llenase, él iba explicando:
—Siete virtudes tiene la sopa: quita el hambre y la sed apoca, ayuda a dormir, no cuesta digerir, es barata, nunca enfada y pone la cara colorada.
La sopaza de carnero estaba realmente buena, y su grasa caliente era como un pequeño verano en las decembrinas posiciones del Alto Aragón. Aniceto miraba a los once de su escuadra, escuchaba sus comentarios y no podía menos que deducir de su contento una contradicción con la reiterada melancolía de que hicieron gala por la mañana, ya que por la tarde no tuvieron tiempo ni de tristear. Quizá tal actitud fuese sincera en los casados, pero la nostalgia que al parecer inundaba los corazones del resto de los compadres, más era debida a la simple tradición que atribuye tristeza obligatoria a las Navidades pasadas lejos del hogar, que a un riguroso examen de sus conciencias planteado en torno al tema a través de la conversación. Aniceto le tiró un viaje a la bota para quitarse de los malos pensamientos. El «Chato» debía de haber hecho alguna de las suyas porque se justificaba de acuerdo con el ritual:
—Entre frailes y soldaos, cumplimientos excusaos.
Aniceto se ahogaba en la chabola. Miró el reloj. Todavía no eran las ocho de la noche. Se levantó.
—¿Adónde vas ahora? —interrogó el jefe de escuadra.
—Iré por la carne, si te parece.
—Pues, hale, generoso; coge el perol y arrea.
Cuando Aniceto levantó la pringosa arpillera que cubría la puerta de la chabola, el «Chato» ofreció al concurso una sutil explicación de aquel afán de trabajo que animaba al más indolente de la escuadra:
—Ni a tu mesa ni a la ajena te sientes con la vejiga llena.
La noche estaba clara, fría y pura. Aniceto se asomó al parapeto para mirar hacia el pueblo en ruinas. El pueblo había quedado entre dos posiciones dominantes como un pobre muerto tendido en la tierra de nadie. Al comienzo de la guerra el nombre del pueblo sonó mucho en los titulares de la prensa provincial y según las noticias que se tenían, también en los titulares de la prensa provincial de la provincia de enfrente; incluso llegó a adquirir cierta efímera celebridad en los órganos periodísticos de Zaragoza y Barcelona. El pueblo estaba situado en la boca de un vallecito, sobre un riachuelo, insignificante miembro de la gran tribu del Ebro, a quien nuestro padre Pirineo le hinchaba las narices de vez en cuando para que se diese tono. Durante los últimos días de julio y en la primera quincena de agosto de 1936, el pueblo fue duramente disputado por unos y otros, y en una semana cambió de manos varias veces. Sin duda que no existían razones importantes que aconsejasen batirse allí, quitada la de que fue allí precisamente donde chocaron, aunque no casualmente, algunos de los que venían desde Barcelona con la intención general de tomar café en Zaragoza, y los que, aunque ya tenían asegurado ese modesto objetivo siempre que les quedase tiempo para ello, no mostraban el menor interés en verse desplazados de sus bares habituales por gente venida de tan lejos, con tantísimo rodeo y sin buenas intenciones, según ellos creían. En aquellas semanas un duelo a pistola entre dos borrachos daba lugar a una batalla de prestigio, porque nadie quería ceder un palmo de terreno ni siquiera en obligada sumisión a los principios estratégicos, así es que en el pueblo y en su alrededor se combatió con sañuda terquedad. La partida quedó en tablas, el pueblo vacío y bastante deteriorado —aunque el estropicio producido por la polilla de los siglos de la siesta conseguía disimular, a fuerza de previa miseria, los efectos de la catástrofe bélica—, y los de Barcelona establecidos en torno a la llamada ermita de San Martín, mientras que los de Zaragoza se asentaron en derredor de la ermita de la Virgen Negra. Era aquel un frente tremendo y desolado, que producía escalofríos verlo, y ni la bravura alegre del Pirineo próximo servía de consuelo a las solitarias unidades que guarnecían aquel sector. En muchos kilómetros a la redonda, aquellos hombres eran los únicos representantes de los dos ejércitos que se atacaban enconadamente por la vasta España. Cinco meses de mirarse cara a cara habían dado margen a todo, y unos y otros se conocían aproximadamente bien y habían vivido jornadas de curiosa familiaridad. Al principio se insultaron como héroes homéricos, aunque con más riqueza de lenguaje y de matices, aprovechando las grandes y propicias calmas nocturnas. Pasaron después a intercambiar noticias a grito pelado; luego a discutirlas; más tarde a extenderse en diálogos polémicos sobre la situación y sus cotidianas incidencias en las distintas zonas del hule. Después los charlatanes tuvieron que morderse la lengua porque los dos bandos recibieron la orden de callar la boca, sin duda porque en ambos Estados Mayores se sabía bien que ni unos ni otros luchaban en pro del parlamentarismo y que, por tanto, era estéril desgastarse en la formación de oradores. El diálogo, aunque más espaciado, se restableció por razones particulares y hasta sentimentales. Un día los de Barcelona preguntaron: «Eh, facciosos, ¿no hay por ahí alguno de Mallén?», y resultó que sí que lo había, y los de Mallén hablaron de su pueblo y de sus gentes de línea a línea, y dieron y recibieron encargos y saludos. Cierta noche, desde las posiciones de los de Zaragoza, se alzó una voz catalana para preguntar: «¿Cómo está la Rambla de les Flors?», y algo supo el hombre de lo que le interesaba. Todo este discreteo no impedía que se zurrasen la badana —y de lo lindo— cuando fuera menester, y que resultase muy arriesgado asomar la gaita por determinados lugares, incluso en los días de buena uva; en cambio, se respetaban otros de mutuo y tácito acuerdo, sin que ninguna lógica aparente justificase el porqué de atizar candela aquí quiero y allí no me da la gana, ni tampoco el que cualquier eventual infracción de la regla se disculpase con aquello de «será algún quintorro». Caprichos. Cuando Beorlegui fue a sostener Huesca, en las dos ermitas se reflejó el barullo. Unos días antes de las Navidades les dio por empujar a los de Barcelona, y la situación llegó a ser tan embarazosa para los de la Virgen Negra que los bomberos de la Brigada Móvil —una bandera del Tercio, otra de la Falange, una Mehala tetuaní y buenas gentes de Seguridad y Asalto— trabajaron por allí cuarenta y ocho horas. Al restablecerse la situación y quedarse solos los de casa, los nervios del combate buscaron desahogo en un fugaz retorno al improperio puro, de donde se recayó en el insulto dialogado, y así sin saber casi ni cómo, se encontraron unos y otros emplazados para una entrevista en la tarde de Nochebuena. El plan acordado era que dos combatientes nacionales bajasen hasta el pueblo desde las posiciones de la Virgen Negra, al tiempo que dos rojos harían lo mismo desde las de San Martín. Las dos parejas quedaron citadas en la plaza, sin armamento, con periódicos y aguinaldo. Siempre que se referían a la cita, los de Zaragoza decían: «la Nochebuena»; y a los de Barcelona, que comenzaron hablando del «día veinticuatro», no se les caía de la boca, poco después, una expresión de nuevo cuño: la «noche popular», lo cual no dejó de dar origen a un discreto candongueo por parte nacional.
Camino de la chabola, con el perol rebosante de un guisote de carnero con patatas, que olía arrebatadoramente bien, Aniceto recordaba cómo bajaron el «Chato» y él hacia el pueblo. Llevaban una garrafita de Cariñena, dos botellas de «Tres cepas», el último número de Amanecer y unas latas de sardinas. Iban haciendo el inventario de aquellos días iniciales de la guerra, que ya les parecían tan lejanos, y reconocían las piedras que les sirvieron para guarecerse entre salto y salto, y la cerca donde palmó Fulano, y las bardas donde cascaron a Mengano, y el sitio preciso donde cerdeó Zutano. Hasta que se metieron en el pueblo veían a la gente asomada en las posiciones, y hasta un poco antes podían medir su marcha con la de los dos hombres que descendían por la ladera de enfrente.
El pueblo aparecía podrido de silencio y espanto. Seguramente que bajo la más atroz solana se sentiría en aquellas callejas el mismo frío que ellos sentían ahora. Llegaron a la plaza casi a la par de los milicianos. En el primer momento se quedaron los cuatro mirándose, quizá como si se estudiasen mutuamente, y sin soltar prenda ni para darse las buenas tardes. Uno de los milicianos tosió bronco, agarrado, y esto permitió al «Chato» quebrantar la muda expectación con uno de sus imparables refranes: «Al catarro, con el jarro», dijo, y alargó la bota, preñada de Cariñena, y después del primer trago lo demás fue coser y cantar. Cambiaron Amanecer por la Soli, la garrafita de Cariñena por tres botellas de champán leridano, el «Tres cepas» por aguardiente de Valls, y las sardinas fueron entregadas sin contrapartida. Encendieron cigarros. En la plaza se alzaba la iglesia y también la taberna. La taberna, sin embargo, se llamaba Café, lo cual, en tiempos de don Antonio Maura y don Pablo Iglesias, hizo que el pueblo fuese considerado como uno de los más progresivos de aquella región. Era curioso comprobar que los cuatro se sentían violentos, y que muchas de las preguntas que se les ocurrían eran rechazadas antes de formularse, simplemente por no crear situaciones comprometidas ni rozar susceptibilidades. Se regalaban silenciosas delicadezas con tanto encarnizamiento como se habían combatido y como pensaban seguir combatiéndose. Hablaron de los primeros días de la lucha, discutieron alguna fecha sin demasiada convicción, señalaron las casas donde se alojaron mientras estuvieron en el pueblo, y allí hubiera terminado el diálogo de no sacarse el «Chato» una baraja del bolsillo. De los dos rojos, sólo uno sabía jugar al mus, y de los dos nacionales, sólo uno conocía el subastado; pero afortunadamente coincidieron los cuatro en el julepe, así es que pasaron al Café, que era de lo menos aplastado, sin duda porque unos y otros polemizaban sobre la utilidad de la iglesia, pero acataban unánimemente la del café. Se sentaron en el suelo y se entretuvieron un buen rato con el ir y venir del naipe. La bota del «Chato» engalanaba la extraña tarde. Luego, como despedida, se pasearon por la plaza fumando unos cigarros. Era como pasearse en un osario, como charlar tranquilamente en medio de un salón dispuesto para la danza de la muerte, y resultaba disparatado oír al «Chato» interesarse por saber cómo había pintado la vid por el Priorato, y cosas así. Aniceto pensaba en asomarse a la iglesia. Quizás en medio de las ruinas, como otra vez en medio de la miseria, fuese a nacer el Cristo. Quizás hubiese entre los cascotes un rollizo Niño Jesús, de Olot, desnudo, aterido, y entonces sería hermoso que él lo encontrara y lo sacase a la plaza, y a lo mejor iban los milicianos y lo adoraban, y la paz comenzaba a los pies de un recién nacido, de uno que iba a nacer aquella misma noche, o bien aquel miliciano, que parecía hombre de lecturas, le decía con cierto desdén caritativo: «A mí me trae sin cuidado lo que hagas, pero yo en tu caso me lo llevaría conmigo. Él va desnudo, está helado, y los anarquistas no queremos que se hielen los críos, ni siquiera que se hiele Dios, si es que este crío es Dios, como decís vosotros». Y pensando en todo esto tan milagroso, Aniceto tiró el pitillo al suelo, y dijo: «Esperadme un momento», y, sin más, entró a la iglesia, que por dentro era como una naranja sin jugo y sin semilla. En la iglesia no había ningún niño, ni siquiera de Olot, de modo que Aniceto salió más bien desilusionado. Al reunirse con los otros tres, les dijo: «De verdad que sería bonito ahora bandear las campanas», y los otros no contestaron nada, comprendiendo y disculpando que Aniceto se hubiera ido del seguro. Después se dieron la mano para despedirse, cosa que no habían hecho en el momento de su encuentro, y era divertido que cuando se encontraron para convivir no se diesen la mano y cuando se separaron para combatirse se la estrecharan y dijeran «Suerte», todos; «Salud», unos, y «Adiós», los otros.
Aniceto entró en la chabola con el perol rebosante de carnero y de patatas, y sus camaradas de escuadra le recibieron cantando desaforadamente. El «Chato» se dispuso a repartir la gracia de Dios. Aniceto ni siquiera se sentó. Encendió un cigarro, se fue al rincón donde estaban las botellas del aguinaldo y pegó el morro a una de coñac.
—Temprano empiezas —le reprochó el jefe de escuadra.
—Es que no tengo ganas de cenar. Prefiero darme un garbeo por ahí fuera.
Lo miraron todos como a un bicho raro, pero sin alarmarse demasiado, porque ya conocían sus manías, y las disculpaban. El «Chato» le dio licencia:
—Anda para donde quieras, que yo te guardaré la ración.
Y cuando Aniceto salía de la chabola, le insultó cariñosamente:
—Cochino estudiante, que te mueves más que los machos en verano.
Aniceto se sentó sobre los sacos terreros, escondiendo la lumbre del cigarrillo en el hueco de la mano. Veía los centinelas próximos y también el rescoldo de los braseros que se habían puesto a los pies, y adivinaba el pozo de uno de los escuchas. Miró el reloj. Eran las ocho y doce. El pueblo estaba muerto en el cuenco del valle. El pueblo era el pesebre donde podía nacer Cristo, y se le antojaba que en aquel belén la Virgen Negra se inclinaba sobre el pueblo como una madre y que el monte frontero era como un oscuro San José que velase el sueño del recién nacido, y que también ahora sería bonito bandear las campanas de la iglesia, porque aquella noche, mientras en todas las posiciones se bebía, y en la que ellos ocupaban se comía carnero con patatas después de una sopa densa como el pecado, lo quisieran o no los hombres iba a nacer Cristo. Se escuchaban risas y también canciones, y los de la segunda falange desentonaban maravillosamente en el estribillo de «Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad», y probablemente María no iba a tener que sacar ni la bota ni nada, porque los objetivos estaban casi cumplidos en el peor de los casos, y rebasados en los demás. Y también enfrente debían de alborotar lo suyo, y algo llegaba hasta él del jaleo en San Martín. Era necesario que alguien explicase a unos y a otros que aquella noche nacía Cristo. Que se lo explicase a los que lo olvidaban a fuerza de saberlo y de sopa de cordero y de vino de Cariñena, y a los que lo olvidaban a fuerza de no querer saberlo, de latas de carne y de anís de Valls.
Entonces arrojó el cigarrillo al fondo de la trinchera y comenzó a descender hacia el pueblo, con cuidado de que no le viesen los centinelas, porque pensaba que sería muy bonito y muy hermoso ponerse a bandear las campanas y que ellas dijesen lo que tenían que decir a los vivos y a los muertos.
Y también pensó que Cristo iba a nacer un poco más temprano que otros años, a eso de las nueve, y en cambio, era probable que lo matasen antes que otras veces.