Paradojas estridentes

Paradojas estridentes

N+1

Informe de la tele-reunión del equipo de N+1, realizada el 3 de septiembre de 2019

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La tele-reunión del martes por la noche, a la que se unieron 13 compañeros, partió analizando algunas noticias provenientes de Hong Kong.

Según el New York Times, el verdadero detonador de las protestas en curso ha sido el problema de la vivienda: en una ciudad de 7,4 millones de habitantes, varios cientos de miles de personas con bajos salarios viven en apartamentos minúsculos. De modo tal que la fuerza motriz de las protestas sería la creciente miseria: por un lado, la élite financiera que posee toda la riqueza, y en el polo opuesto, millones de personas sin reservas que con su trabajo permiten el funcionamiento de la metrópoli. La revista Wired es de la misma opinión: la narrativa que los Estados Unidos quieren difundir en contra del totalitarismo chino acerca de la heroica juventud pro-democrática, debe ser contrastada con la condición en la que viven millones de trabajadores temporales, desempleados y empobrecidos. Hong Kong ostenta entre los países de la metrópoli el record de la semana laboral más larga del mundo.

Aunque las consignas agitadas por los manifestantes se refieren a democracia y libertad, cuando millones de personas se movilizan eso significa que están ejerciendo su acción causas materiales muy poderosas. En este momento la protesta, que ha desembocado en una huelga general de dos días capaz de unir a trabajadores y estudiantes, se está convirtiendo en otra cosa: empiezan a apuntar hacia el sistema en su conjunto, y no sólo hacia los gobernantes locales. El Estado capitalista puede admitir cualquier reforma, aceptar mesas de negociación con partidos y sindicatos, pero jamás admitirá la antiforma. De hecho, el gobierno chino ya desplegó tropas y vehículos blindados en la vecina Shenzhen, mientras el portavoz chino de la Oficina de Asuntos de Hong Kong y Macao se apresuraba a declarar que "si hay disturbios incontrolables que amenacen la soberanía y la seguridad nacional en Hong Kong, el gobierno central no se quedará pasivo".

El movimiento de Hong Kong funciona en red, es móvil, evita las trampas puestas por la policía, llevando a cabo acciones de cierta envergadura tales como la ocupación del Parlamento, el bloqueo de las estaciones subterráneas y del aeropuerto internacional, hasta el punto de obligar a los sindicatos oficiales a expresar su apoyo. Los manifestantes más jóvenes usan aplicaciones de mensajería instantánea que el gobierno no puede monitorear o bloquear, así como aplicaciones que conectan a las personas a través de Bluetooth. Los smartphones se convierten así en centros de una red de transmisiones punto a punto que no utiliza Internet. Los egipcios en la plaza Tahrir fueron los primeros en establecer una red Mesh (1) para neutralizar el bloqueo gubernamental de las comunicaciones; más tarde los estadounidenses de Occupy Wall Street probaron el sistema al construir la Torre de la Libertad en el Parque Zuccotti.

China tiene un trasfondo histórico singular: es un país laico, sin una religión en particular, y esto le permite tener una perspectiva materialista de los problemas sociales. Un síntoma claro de este enfoque fue el comportamiento de la policía durante la ocupación del parlamento de Hong Kong: los gobernantes chinos procuran desplegar el menor esfuerzo para obtener el máximo resultado. Para Sun Tzu, un general chino del siglo IV a. C., el arte supremo de la guerra consiste en subyugar al enemigo sin combatirlo.

Lo que está sucediendo en Hong Kong plantea una paradoja estridente: según los "antiimperialistas", Estados Unidos fomenta las revueltas en China para poner en dificultades a su enemigo, por lo tanto el actual levantamiento en la zona especial China sería otra revolución de color. (2) No obstante, si la intervención estadounidense llegase a tener lugar, adoptaría más bien la forma de ayudas a Beijing, porque China es uno de los socios estratégicos de Washington.

De paso, recordemos el caso argentino: el país está a un paso del fracaso. Argentina nunca se recuperó de la crisis de 2001, que hizo estallar un poderoso movimiento de lucha: los piqueteros bloquearon las rutas de comunicación y transporte de todo el país, y en respuesta, la policía y los militares dispararon contra los manifestantes causando docenas de muertos y heridos.

Estamos ante una encrucijada histórica en lo tocante a la ley del valor. Marx subrayó insistentemente que, a pesar del aumento histórico del trabajo excedente que cada trabajador le da al Capital, la cantidad de plusvalía que se puede extraer de unos pocos trabajadores nunca podrá igualar a la que puede extraerse de una gran masa de trabajadores menos explotados. Hay un límite, dado por la duración necesariamente restringida de la jornada laboral, que no puede ser traspasado. Ahora, el ciclo automático de la producción está expulsando para siempre de los lugares de trabajo a millones de trabajadores sin reservas, y lo único que el capitalismo puede hacer es tomar medidas que niegan aún más su propio proceso, intentando planificar la existencia de millones de seres humanos desocupados. Esta deriva podría asemejarse al funcionamiento de un banco que presta dinero sin tenerlo: el ciudadano que recibe un ingreso de ciudadanía lo toma del Estado en lugar del banco, y lo usa para permitir que el sistema de producción siga funcionando. Esto ya no es simple keynesianismo.

Al disminuir el valor (trabajo) incorporado en cada unidad de producto y aumentar la competencia entre empresas que introducen maquinaria para optimizar la producción, el capitalismo produce contradicciones definitivas e irresolubles. Las empresas de vanguardia son aquellas en las que los trabajadores se limitan a controlar un proceso de producción que se despliega por sí solo. La automatización máxima niega la producción de plusvalía porque ésta no puede ser producida por las máquinas, pero dado que no se podrá alcanzar la automatización total sin dolor, antes tendrá que suceder algo a nivel social: una sociedad basada en el trabajo asalariado no puede seguir en pie cuando ese elemento fundamental se vuelve cada vez más escaso.

En el campo de los automóviles el capitalismo ha tratado de remediar el hecho de que no todos pueden permitirse uno inventando la figura del car sharing (auto compartido). Hoy lo esencial es tener acceso a las redes, no poseer cosas. Este es el tema que Rifkin aborda en su ensayo La era del acceso: automóviles, oficinas, casas, incluso aviones, todo se puede alquilar. Mientras tanto, los medios de producción han empezado a reducirse y del capitalismo pesado basado en el acero, hemos pasado en el espacio de unas pocas décadas a un capitalismo ligero y desmaterializado, como el descrito por Italo Calvino en Lecciones americanas ("Levedad"):

"Es cierto que el software no podría ejercitar los poderes de su levedad sin la pesadez del hardware; pero el software es el que manda, el que actúa sobre el mundo exterior y sobre las máquinas, que existen sólo en función del software, se desarrollan para elaborar programas cada vez más complejos. La segunda revolución industrial no se presenta como la primera, con imágenes aplastantes como laminadoras o coladas de acero, sino como los bits de un flujo de información que corre por circuitos en forma de impulsos electrónicos. Las máquinas de hierro siguen existiendo, pero obedecen a los bits sin peso."

Ahora hemos llegado al Internet de las cosas, una red global que mueve objetos mediante impulsos electrónicos. Los smartphones, conectados entre sí, dan vida a un sistema cibernético que da la vuelta al mundo. Y aunque las herramientas tecnológicas que ofrece el capitalismo son utilizadas de manera inteligente por los jóvenes de Hong Kong para coordinar y escapar del control policial, en Italia se usan de la peor manera posible, por ejemplo para votar en la plataforma Rousseau la aprobación del aguachento gobierno amarillo-rojizo. ¡Temporada de cretinismo parlamentario!

Notas

(1) https://www.xataka.com/especiales/redes-wifi-mesh-que-son-como-funcionan-y-por-que-pueden-mejorar-tu-red-wifi-en-casa (NdT)

(2) “Revoluciones de colores” es el nombre dado a una serie de movilizaciones sociales en los ex países soviéticos, contra líderes acusados de prácticas dictatoriales o de amañar las elecciones u otras formas de corrupción. En ellas, los manifestantes suelen adoptar como símbolo un color específico que da nombre a su movilización. Este fenómeno surgido en Europa Oriental ha repercutido luego en Medio Oriente. (NdT)