Oscuro amanecer
IX
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—Guárdala en prueba de que no ha sido un sueño.
Me ofrecía su sortija, la de la esmeralda rodeada de brillantes.
La rechacé suavemente y le dije:
—No la necesito para recordar.
Nos miramos derechamente a los ojos hasta que los de ella empezaron a parpadear.
—Pero vale algún dinero, Fede, y podría serte útil para remediar alguna necesidad de tus amigos.
Pero yo insistí en mi negativa.
—Es poco. Yo quiero más.
La insinuación, tan clara, le hizo dar instintivamente un paso atrás. Tal vez la esperaba o la temía, pero quizá no tan bruscamente. Siguió una pausa tensa y quedamos en un silencio sólo interrumpido por el ronco resoplar de Toni, quien de esta manera se hacía presente y contaba los segundos de la indecisión de su mujer. Piluca, al fin, abatió la mirada y balbució:
—No sé. No podría. No lo he hecho nunca, aunque tú tal vez no lo creas.
Y yo dije:
—Te creo.
Y ella añadió:
—Gracias. Si nos encontramos otra vez…
Le interrumpí:
—Será difícil.
Piluca volvió a mirarme fijamente a los ojos.
—¿Te acordarás de mí?
Yo me encontraba sereno, completamente dueño de mí, y contesté:
—¡Siempre!
Entonces la vi retroceder, buscar en los bolsillos de Toni y acercarse luego a mí con una tarjeta de visita en la mano.
—Aquí tienes mi dirección y mi teléfono. Si alguna vez me necesitas, no dudes en llamarme o en venir a verme.
Tomé la tarjeta que me ofrecía y la guardé pausadamente en el bolsillo interior de mi chaqueta, dando tiempo al tiempo para no sabía qué. Algo inexplicable me retenía aún allí, indeciso, hasta que Piluca me abrazó, diciéndome:
—Y ahora bésame, bésame y vete, por Dios.
Y estampé un beso impetuoso en los labios de aquella mujer que olía como una cortesana de lujo, a alcohol y a perfumes insólitos. Era una burguesita, sin embargo, una criatura a veces despreciable y, a veces, tentadora, impúdica y ruborosa, osada y tímida. ¿A dónde iba? ¿Qué buscaba? ¿Qué quería? Cuando nos separamos, llamó a Jacinto y siguieron unos breves segundos de espera que aprovechamos para reponernos de nuestra turbación.
—Acompaña al señor hasta la puerta de la calle —dijo al criado, cuando éste apareció envuelto en sueño.
Seguí a Jacinto sin volver la vista atrás y oí el chasquido de la puerta al cerrarse a mis espaldas. Jacinto parecía mi propia sombra. La gruesa moqueta apagaba el ruido de nuestros pasos. Yo no volví en mí hasta que me encontré en el ascensor y empezó a hablarme Jacinto.
—He escuchado algo de lo que les decías. Yo los controlo, ¿sabes? No son aristócratas. Es gente normal, con mucho dinero, eso sí, pero no mala. Ya me comprendes, ¿no? Lo que yo no comprendía era que Jacinto los controlara.
—¿Por qué?
—Hombre, por si se arma otro follón.
—¿Qué quieres decir?
—Muy sencillo. Que el hecho de que tengan mucho dinero no le da derecho a nadie, y menos a los grupos incontrolados, a meterse con ellos, como pasó la otra vez.
Era asombroso. Era desconcertante. Era inverosímil.
—De manera que tú los controlas, como dices, para evitar que nadie pueda hacerles daño, ¿eh? Vamos, que tú saldrías en su defensa si estallase otra revolución, ¿no es eso?
—Eso es.
A pesar de su aspecto de personaje atrabiliario de espía o de traidor de película, Jacinto tenía alma de ángel custodio y velaba por sus amos con la complacencia y la solicitud de un fantasma familiar. Y, sin embargo, Toni le tenía miedo.
Al despedirme de él, le pregunté:
—¿No nos decías siempre en la cárcel que no volverías a servir a ningún amo de esta especie, aristócrata o no? Jacinto se encogió de hombros.
—Se piensan y se dicen tantas cosas en la cárcel…
El aire frío de la noche barrió pronto de mi mente las nieblas acumuladas en ella durante aquella noche de sorprendentes acontecimientos. En primer lugar, la conspiración novelesca del garaje. En segundo lugar, mi extraño encuentro con Toni y Piluca. Finalmente, la reaparición de Jacinto como ayuda de cámara en una fantástica escena de espionaje doméstico. Mis amigos, proponiéndose derribar la dictadura con una soflama mientras el ejército y la policía se mostraban presentes en todas partes y hasta los chiquillos de las escuelas patrullaban la ciudad vestidos de uniforme. Y Toni, lamentando no ser más que rico. Y Piluca, tan pronto dispuesta a sucumbir como a defenderse a ultranza, a provocar como a humillarse, a reír como a llorar. Y Jacinto… Pero, ¿eran recuerdos reales o sólo jirones de una alucinación? Ni con la mente serena pude discernir, mientras me dirigía a mi casa por las calles desiertas, qué había de cierto o imaginario en todo aquello.
* * *
Y, sin embargo, llegué a Alcázar de San Juan, un sábado por la noche, nada menos que para enlazar con un ferroviario desconocido que debería encargarse de distribuir nuestros panfletos por las rutas de Levante y de Andalucía.
No me fue muy difícil dar con su paradero porque vivía en una casita próxima a la estación. El hombre, acabada la faena del día, se encontraba cenando junto con su mujer y sus hijos.
Me recibió con visible recelo, pero con campechana cortesía, y me introdujo hasta el sancta sanctorum de la casa, la cocina, donde me invitó a que les acompañase en la mesa. Como es natural, yo rechacé con la fórmula del caso la rutinaria invitación y hube de contemplar cómo comían, hasta que terminasen, para poder conversar luego a solas con mi hombre. El fuego del hogar, alimentado por unas briquetas en brasas, mantenía una agradable temperatura que, al llegar de la calle, resultaba muy consoladora. Para no mirar tan insistentemente a los comensales, me dediqué a inventariar el mobiliario y los enseres de la estancia, repasándolos una y otra vez: el pequeño armario de pino con pátina de años y de fregoteos, en cuyos estantes se alineaban algunos vasos y lozas; la panoplia de sartenes y cazos; el fregadero de cemento; las cortinas de arpillera; la bombilla sin pantalla, pendiente de un desnudo cordón eléctrico anudado a una escarpia hincada en la techumbre; el suelo de losetas rotas…
Desde el primer momento advertí que la mujer me miraba con ojos descaradamente hostiles, encerrada en un mutismo huraño que duró todo el tiempo de la cena. Los hijos también callaban y comían de prisa. Sólo Lucilo, que tal era el nombre del ferroviario, me dirigía alguna pregunta entre bocado y bocado, con objeto, sin duda, de relajar un tanto la tensión que provocaba mi presencia.
—¿Ibáñez decía usted?
—Sí, Alfonso Ibáñez.
—Me suena, me suena… —y Lucilo, con la vista sobre el plato, hacía lentos signos afirmativos con la cabeza.
—Según tengo entendido —aventuré—, fue también ferroviario. Él me dijo que era amigo de usted.
—¿Era de M.Z.A.?
Yo me encogí de hombros y la mujer y los chicos clavaron sus ojos en mí. Ciertamente, yo ignoraba ese detalle y eso me hizo sentirme copado. Gracias a que Lucilo, viendo mi apuro, me tendió un puente.
—Sí —dijo—, creo que hemos trabajado juntos algún tiempo. Es muy despabilado y tiene un pico de oro, vamos, que se explica muy bien.
El cuchareo trasegando el guiso de patatas continuó y yo me acogí a las palabras de Lucilo para intentar que la charla se afianzase y levantara el vuelo, haciendo un efusivo elogio del ausente. Atribuí a Ibáñez las más brillantes dotes de inteligencia y de bondad y, por último, insinué que estaba muy bien relacionado con las personas más significativas en la política internacional, como, por ejemplo, Truman y Atlee. Y terminé con una sonora exclamación.
—¡Ibáñez es un gran hombre!
Pero toda aquella pirotecnia verbal, pese a mi empeño en hacerla convincente, no despertó el entusiasmo en ningún miembro de la familia.
—Pero, ¿no ha reingresado en el ferrocarril? —preguntó Lucilo por todo comentario.
—No lo sé, pero me parece que no.
Había terminado la cena. La mujer empezó a recoger los cacharros e hizo señas a sus hijos para que se retiraran. El mayor, un mozalbete ya, se despidió de mí en nombre de sus hermanos y los tres desaparecieron tras una de aquellas cortinas de arpillera.
—Bueno, ¿y qué es lo que quiere el amigo Ibáñez?
Se me hizo un nudo en la garganta. ¿Cómo explicarle así, en frío, el objeto de mi visita a quien se parapetaba cautamente al otro lado de un foso de vacío y de desconfianza? Recurrí al truco de siempre: sacar mi cajetilla y ofrecerle tabaco. Lo aceptó y, mientras liábamos cachazudamente nuestros respectivos cigarros, y sin mirarle a los ojos, dije:
—Sin duda tendrá usted buenas relaciones con los maquinistas y los fogoneros de la Compañía, ¿no?
—¡Psché! —murmuró, encogiéndose de hombros.
Rasqué la cerilla. Surgió la pequeña llama. Prendimos lumbre a nuestros tabacos, momento que aproveché para seguir tanteando el terreno.
—¿Buena gente?
—Hay de todo —contestó.
Entonces decidí avanzar más al descubierto. No me quedaba otra alternativa.
—Le será fácil de todas maneras entenderse con ellos, ¿eh? La mujer dejó de fregar para mirarnos de reojo. Lucilo se sonrió bonachonamente y me hizo un guiño.
—Depende de qué se trate.
—Es un asunto que…
—¿Estraperlo? —me interrumpió.
—Pues sí, Lucilo. Estraperlo es. De eso se trata.
El ferroviario avanzó su busto hacia mí, con la expresión ya completamente limpia de recelos.
—Me lo barruntaba —dijo, y rió quedamente. Luego, con ademán francamente amigable, añadió—: Vaya, vaya con Ibáñez. Está en todo. No, si ya le dije que es muy despabilado. Ibáñez es de los que no se pierde ripio.
—¡Y tanto! —exclamé yo.
Yo me reía por dentro ante lo cómico de la situación y sonreí también por fuera sin que mi interlocutor pudiese sospechar la causa de mi aparente regocijo. Me reía de mí mismo, del despabilado Ibáñez, de la retranca del bueno de Lucilo y de la maligna desconfianza de su mujer, quien, atraída por el sesgo que tomaba la conversación entre los dos hombres, se había vuelto a mirarnos, suspensa, abiertos y abrillantados los ojos, con un chispazo de codicia centelleando en sus pupilas oscuras. Me reía, en fin, de la nueva y disparatada aventura en que me veía atrapado pese a mis pretensiones de hombre realista y analítico. La siguiente pregunta del ferroviario, expuesta en su estilo peculiar, fue ya definitiva.
—¿Y qué clase de mercancías vamos a negociar? No me importa el riesgo si la ganancia merece la pena. Ya lo sabe. Se me cortó la risa. La mujer, enjugándose las manos en el mandil, se adelantó hacia nosotros, con la evidente intención de intervenir en el trato.
—Periódicos —dije, de sopetón, pensando que había llegado el momento de quitarse la careta y poner las cosas en claro.
La mujer se quedó quieta de pronto, como pasmada, y Lucilo abrió desmesuradamente la boca.
—¿Ha dicho periódicos? —preguntó el hombre, como si no hubiera oído bien.
La bomba iba a estallar, lo presentía, y yo hubiera querido entonces desaparecer de allí antes de que me alcanzase su metralla.
—Verá —dije, tratando, no obstante, de atenuar en lo posible el efecto de mis palabras—: un grupo de compañeros, que preside y dirige el amigo Ibáñez, tiene el propósito de lanzar un periódico, bueno, una hoja semanal, para hablar de nuestras cosas.
—Una hoja clandestina, ¿eh?
—Pues sí, eso es. Y, claro, necesitamos un compañero de confianza que se encargue de establecer desde aquí su distribución sirviéndose de los fogoneros y maquinistas de los trenes que van a Levante y a Andalucía. Y nadie mejor que usted para eso, según el compañero Ibáñez —dije, poniendo de una vez todas las cartas boca arriba.
—Ya… Y, claro, Ibáñez pensó en mí, ¿no es eso? —y la voz de Lucilo era ronca y trémula.
—Sí —corté.
Siguió un breve silencio. La mujer parecía crispada y Lucilo hizo un movimiento como si se recogiera en sí mismo. Entonces le vi tal como era: tosco, opaco, temeroso. Un hombre sin empuje. Antaño, seguramente un luchador de casta, de esos que acuden al peligro con los ojos cerrados, pero definitivamente fuera de combate ya, quebrado.
—¡Eso sí que no!
Fue un grito sobrecogedor de la mujer, que sonó en la cocina como un escopetazo. Más que un grito, un alarido saliendo del fondo de horrores pretéritos. Se había interpuesto, pálida y desencajada, entre Lucilo y yo.
—¡Tú, no; tú no intervendrás en eso, Lucilo! Y, si lo haces, tendrás primero que renunciar a tu mujer y a tus hijos. ¿Me oyes bien?
Lucilo estaba anonadado. Solamente fue capaz de levantar los brazos, como si así quisiera defenderse de la catarata de improperios que comenzaría a caer de los labios de su esposa. Y me miró con ojos suplicantes.
—¿Por qué se habrá acordado Ibáñez de mí para esto cuando yo empezaba a arreglar mi vida? Con el trabajo que me ha costado volver a…
Pero su mujer no le dejó concluir.
—Tres años —dijo ella dirigiéndose a mí—, tres años ha estado mi marido en la cárcel sin que en tanto tiempo se acordara de él ningún amigo ni compañero. Con estas manos —y casi me las metía por los ojos— he espigado, cogido aceituna, desterronado y hasta segado, para sostenerle a él y a los dos hijos que entonces teníamos. Y las manos me sangraban muchas veces, y me dolían los riñones, y hubo día en que no pude más y me caí desmayada de hambre sobre los surcos. ¡Nadie se acercó a nosotros entonces para consolarnos ni para ofrecernos una miaja de ayuda! ¡Nadie! ¿Dónde estaban, digo yo, los amigos en aquellos tiempos?
—Seguramente, en la cárcel también, señora —le contesté en tono pacificador.
—¡Todos, no! Que yo he visto a muchos vivir tranquilos e, incluso, prosperar, hasta hacerse ricos, sin querer saber nada de los infelices que estaban purgando por todos en cárceles y penales. Hubo quien, y no se me olvidará mientras viva, que se atrevió a decirme que si Lucilo estaba donde estaba era porque se lo había buscado él mismo. ¿Qué le parece?
¿Quién hubiera sido capaz de explicar a aquella mujer, justamente dolorida y escarmentada, ciertas inevitables reacciones del egoísmo y de la cobardía, todo lo despreciables que se quiera, pero profundamente humanas al fin y al cabo?
Por aquella mujer hablaban otras muchas mujeres que habían penado lo indecible para que sus maridos, o sus padres, o sus hijos, o sus hermanos, salvasen la vida. Contra aquella lógica elemental y apasionada de poco servía la dialéctica ideológica. Me levanté y ofrecí calladamente mi mano a Lucilo.
El ferroviario me miraba inmóvil, entre avergonzado y atónito. Antes de que pudiera reaccionar, se adelantó a estrechar nerviosamente mi mano su mujer, diciéndome:
—Usted perdone. No he querido ofenderle. Pero ya ve: al fin hemos conseguido estar reunidos todos de nuevo, hemos traído al mundo otro hijo, tenemos una casa, comemos… Ya dio de sí Lucilo todo lo que tenía que dar. ¿No sería un crimen echarlo todo a rodar otra vez? ¿No lo cree usted así?
De pronto, suplicaba, me suplicaba a mí. Sus ojos, anteriormente duros y relampagueantes, brillaban húmedos, desbordados por las lágrimas. La mujer airada y áspera se había trocado en la hembra solícita y humilde que trataba de salvar su nido de la tormenta y exhibía para ello sus lágrimas y su alma llena de cicatrices, como si fueran sus alas protectoras. Aquella patética lucha por la felicidad recobrada me conmovió. Me imaginé súbitamente al pobre hogar desmantelado por la desgracia, la dispersión y el hambre. Vi a la mujer abatida sobre los duros terrones, ya sin ilusión y sin esperanza. Vi a los hijos merodeando por la estación, convertidos tal vez en ladronzuelos. Vi a Lucilo de rodillas, ensangrentado, pidiendo compasión…
—Comprendo, señora, comprendo.
Yo no podía decir otra cosa y la mujer, no obstante, agradeció mis palabras con una sonrisa que distendió la agria mueca de sus labios. Lucilo, por su parte, me propuso que me quedase con ellos, al amor de la lumbre, hasta la salida del tren, pero rechacé su hospitalidad, porque pensé que cuanto antes me marchara tanto más pronto renacerían la paz y la tranquilidad en la familia.
Salieron a despedirme hasta la calle y, tras los últimos saludos, me embutí en la oscuridad, camino de la estación, sintiendo muy pronto hasta en los huesos el frío relente de aquella noche de invierno manchego. Me volví para saludar todavía una vez más a Lucilo y a su mujer, pero ya no pude verlos. La puerta de su casa aparecía tapiada por las sombras y era ya una más de las que la noche y el miedo cierran para defender el calor y el secreto de las familias. Aquel hermetismo hostil despertó dentro de mí las nostalgias que seguramente sienten los caminantes sin hogar cuando, en medio de la noche tormentosa, divisan una ventana iluminada. ¡Bah! Tú no eres Lucilo. Tú no eres ningún pobre hombre. Tú eres un luchador. Otros muchos, innumerables, antes que tú, pasaron por este mismo trance y supieron sobreponerse a la flaqueza y a la fatiga y lograron al fin coronar su obra, me dije a mí mismo para enardecer mi espíritu y vencer la sensiblería que me amenazaba.