Oscuro amanecer

Oscuro amanecer


II

Página 5 de 23

Yo era, en verdad, un visitante inoportuno, y me sentía definitivamente solo, con las raíces al aire. Y se me reveló de pronto algo en lo que no me había detenido a pensar hasta entonces: que el reloj de mi vida estaba parado en el momento de mi detención. Desde entonces no contó más horas, y yo no llegué a comprender el fenómeno y creía que el tránsito de una situación a otra podría realizarse con la misma sencillez con que se reanudan los hábitos de vida después de un viaje o de unas vacaciones. Claro, si hubiese estado allí mi madre… Yo siempre había imaginado la situación con mi madre llorando de alegría a mi lado. Si las cosas hubiesen sucedido así, tal vez mi reloj se habría puesto en marcha automáticamente, soldando sin violencia ni dolor las dos orillas del tiempo. Pero mi madre no estaba conmigo y ya no podría verla ni proseguir con ella el diálogo interrumpido entonces. Estaba conmigo mi hermana a quien dejé siendo todavía una niña y que ahora era ya toda una mujer casada, con una hija, viviendo una historia dispar de la mía y desconocida por mí. Eso era realmente mi hermana para mí: una desconocida. Por eso nos era imposible retrotraemos unívocamente al pasado común. Ese pasado apenas significaba para ella poco más que un recuerdo infantil, sin relación alguna con mi presente. Sólo las madres no cambian. Por lo tanto, sólo mi madre, su vida total e ininterrumpida, habría podido radicarme en la continuidad y absorberme en ella, como el cauce que recibe nuevamente en su seno al brazo de agua separado de él por un accidente del terreno. Así, en cambio, la continuidad había quedado interrumpida, rota, y yo me encontraba como retoñado, después de una larga invernada, en un campo desconocido.

—Comprendo tu emoción, Fede —dijo mi hermana, adivinando, sin duda, mis pensamientos—, pero estoy segura de que sabrás vencer la tristeza y de que pronto sentirás ganas de vivir.

Y has de hacerte a la idea de que estás de nuevo en tu casa.

Estas palabras: «tu casa», me sobresaltaron, aunque de su tono no se dedujera ninguna otra alusión intencionada, aunque yo estaba seguro de su espontaneidad, porque me recordaron que existía allí otro hombre, el jefe de la familia, absolutamente extraño para mí. Todavía ignoraba quién era y cómo era. Sólo había cruzado con él algunas frases de circunstancias en el locutorio de la prisión.

No podía eludir el tema y pregunté:

—¿Y Fernando? Tengo tantas ganas de conocerle mejor…

—Y él de conocerte a ti. Fernando es muy bueno, ¿sabes?, y muy trabajador. Con decirte que se echa a la calle a las ocho de la mañana y que no vuelve hasta las diez de la noche, para cenar y acostarse… Desempeña dos empleos y, para poder atenderlos, tiene que comer por ahí cualquier cosa a mediodía.

Me había repetido estos datos muchas veces, por carta y en el locutorio, pero yo fingí, lo mejor que pude, un gran asombro, como si los oyera por primera vez, y ella prosiguió, más animada:

—Es que la vida se ha puesto por las nubes, Fede. Esto, claro, tú no lo puedes saber, pero te aseguro que pronto lo comprobarás. Seguimos con la dichosa cartilla de racionamiento al cabo de tantos años, y que no sirve más que para justificar el escandaloso latrocinio del estraperlo, que es el único mercado libre que existe. Como ya te conté, aprovecharon mis últimos meses de embarazo para reorganizar la oficina y dejarme sin sitio en ella. Claro que pude intentar más tarde recuperar mi empleo, pero entonces Fernando se opuso, a fin de que pudiese cuidar mejor a la niña. Por este motivo lleva él solo todo el peso de la casa. Ocupa dos empleos, pero sería capaz de desempeñar tres si se le presentase la ocasión, aunque tuviera que comer de pie y dormir a ratos en el «metro» y en los tranvías. No sé cómo resiste. Apenas ve a Carlota. Yo comprendo que es demasiado, pero, en las actuales circunstancias, no nos queda otro camino para poder seguir adelante, hasta cuando Dios quiera. —Hizo una pausa para acariciar la cabeza de la niña y prosiguió—: Con nuestra madre se portó muy bien siempre, y contigo… ya lo sabes tú. Más de una vez me tiene dicho: Toma estos dos duros y envíaselos a tu hermano. Los he ahorrado a costa de algún café de menos y de andar más a pie. No son de la casa. Son el producto de un pequeño sacrificio mío. Él es así —puso su mano sobre la mía y terminó diciendo—: Espero que os entendáis y os llevéis bien.

—Claro que sí, mujer; no lo dudes.

No estaba yo muy seguro de ello, pero quería librar a mi hermana de esa preocupación. El retrato que de él acababa de hacerme, me hizo presentir que no podrían ser nunca muy cordiales las relaciones entre ambos. La melancolía y el desencanto que trascendían de las palabras de una mujer antaño alegre y decidida y la grisura y el aire triste de la casa eran síntomas inequívocos de fracaso. Pero, ¿por culpa de quién? ¿Por culpa de Fernando, de las circunstancias o de ella misma? Para el caso era igual. Mi hermana no era feliz y se sentía frustrada, vencida, más vencida quizá que yo mismo. Y su pena vino a engrosar la mía, haciéndola menos soportable aún. Sin embargo, no quise hurgar en la herida y le pregunté:

—En ese caso, no vendrá hasta la hora de cenar, ¿no es eso?

Alfonsina asintió con un movimiento de cabeza y dijo, suspirando:

—Y llegará reventado, para cenar y acostarse rápidamente, como todas las noches.

Carlota se me había ido acercando insensiblemente. Su carita sonrosada, tan fresca, y sus ojos, tan radiantes, eran los únicos destellos luminosos en aquel ambiente ennubarrado por los presentimientos y las evocaciones. La cogí en vilo y la monté sobre mis rodillas.

—Ésta sí que va a ser amiga mía de verdad, ¿eh? Tu tío Federico te va a querer mucho, ya verás —así quebré el curso nostálgico y triste de nuestra conversación, añadiendo—: Verdaderamente, los niños son las únicas criaturas humanas a quienes se puede querer sin miedo a que nos traicionen o defrauden.

—Y que lo digas, Fede, y que lo digas —convino Alfonsina haciendo un esfuerzo para levantarse, y agregó—: Bueno, ya hablaremos de todo. Tenemos mucho tiempo por delante. Ahora conviene que te asees, comas y te acuestes.

Me duché en la cocina, sobre un barreño de cinc y utilizando un tubo de goma enchufado al grifo del fregadero. El agua fría limpió mi cuerpo de las últimas escorias de la cárcel y sedó mis nervios. Mientras me enjabonaba y frotaba oía la charla entre madre e hija, entreverada de risas y exclamaciones de la pequeña. Supuse que estarían sacando mi ajuar de la maleta que yo mismo había abierto a ese fin: unas cuantas prendas viejas, deslucidas, remendadas, prácticamente unos harapos, y unos cuadernillos con notas y apuntes, escritos en clave, en que se resumían mis impresiones y mis pensamientos sobre el acontecer fuera y dentro de la prisión y mis cambiantes estados de ánimo. Todo eso constituía el patrimonio atesorado por mí en los años decisivos en que otros hombres consolidan su posición en el mundo. Materialmente, una miseria. Quizá ni eso. Una miseria es algo, aunque mínimamente, positivo, mientras que lo que yo poseía a mis treinta y cinco años no pasaba de ser un símbolo negativo. ¿Y espiritualmente? Ah, eso no podía yo estimarlo entonces. ¿Sería verdad que el sufrimiento enriquece el espíritu o era simplemente una frase, una expresión poética?, me preguntaba mirándome a los ojos en un espejo grande y a solas conmigo mismo por primera vez después de tanto tiempo. Si es verdad lo primero, me dije, debo ser un hombre inmensamente rico, un Creso del espíritu, porque el sufrimiento me ha penetrado desde la punta de las uñas de los pies hasta la punta de mis cabellos, porque he estado sumergido en un baño de aflicción más de tres mil quinientos días con sus noches, entre guerra y cárceles, las dos manifestaciones más extremosas de la crueldad humana. Me acordé de Cervantes, el más grande de los hombres. Pero no, yo no podía ser Cervantes, pobre de mí. ¿Y Don Quijote? Menos aún. Jamás llegaría a ser tan puro, tan generoso, tan idealista, tan imaginativo, tan crédulo y tan angelical como el Triste Caballero. Me vi como lo que era, un hombre más entre millones, con los brazos sin músculos, con la armazón de los huesos pugnando bajo la piel, con una cabeza demasiado grande para un cuello de gallo desplumado, con el sexo como una excrecencia mórbida, con la carne teñida por el palor lunar de los cadáveres. Físicamente estás hecho una birria, majo, resumí para mis adentros. Y de lo otro, ¿queda algo aquí?, y me acaricié la frente y la golpeé suavemente con los nudillos, como quien intenta averiguar si la caja contiene algo o sólo aire, pero no obtuve respuesta alguna. Eso ya lo veríamos más adelante. De momento, lo que más me urgía era prepararme para arrostrar una realidad que empezaba a dibujarse a mi alrededor con tonos tan desoladores. ¡Y yo que había previsto aquella situación como la de la vuelta del héroe! ¿Cuándo aprendería a no dejarme seducir por la imaginación? Claro que, de no haber sido por la magia de la fantasía, yo habría muerto espiritualmente, y puede que también físicamente, mucho tiempo atrás. ¿Un nuevo descalabro? Bien, ¿y qué? ¿Es que me iba a desmoronar cuando, a pesar de todo, las posibilidades que se me brindaban para rehacerme eran indiscutiblemente más y mejores que mientras estuve atrapado en las prisiones? ¡De ninguna manera! Cerré los ojos y me concentré en mí mismo. Tienes treinta y cinco años y ello quiere decir que estás en lo mejor de tu vida. Todavía puedes vencer si no desfalleces. Ante ti se despliega el camino de la lucha que emprendiste un día. No olvides a los que tuvieron peor suerte que tú y cayeron en las madrugadas fatales con la esperanza de que al fin alcanzarían la victoria los que quedaran con vida, me dije y sentí que un hondo escalofrío recorría todo mi cuerpo. Y permanecí quieto, mudo, contenidos la sangre y el aliento hasta que cedió el espasmo y volvió otra vez la luz a mi cerebro y la calma a mis nervios. Me sequé después vigorosamente con la toalla y me vestí el pijama nuevo de Fernando, según me dijo Alfonsina, cuyas perneras me quedaban muy por encima de los tobillos. Así que mi querido cuñado es más pequeño de lo que yo creía… Una última mirada al espejo y me reí de mí mismo. También se rió mi hermana al verme. Entonces me asaltó la preocupación del traje. No tenía más traje que el que había traído puesto, en plena ruina, con las solapas arrugadas, con brillos y cercos por todas partes y con los bajos del pantalón deshilachados. Si no me era posible usar provisionalmente uno de mi cuñado, tal como había previsto, ¿cómo me las iba a arreglar para presentarme decorosamente ante nadie en solicitud de trabajo sin levantar sospechas?

—No te preocupes —me aseguró Alfonsina—. El mismo sastre de Fernando podrá hacerte a plazos un terno flamante.

En la mesa del comedor me esperaba un glorioso plato de habichuelas coloradas. Entonces me di cuenta de la pavorosa hambre que tenía y me puse a comer con tan incontenible apetito que ni el rumor que me corría por la cabeza son las judías coloradas de Fernando lograba frenarme. La verdad es que llevaba más de cuarenta y ocho horas sin echar al estómago más que agua. Mientras yo trituraba y engullía como una máquina, Alfonsina fue desgranando para mí la crónica familiar. Me habló primero del éxito del tío Federico, hermano de nuestra madre. Al término de la guerra se trasladó a Madrid desde Segovia, donde ejerciera siempre la abogacía con escaso provecho, y ya era gerente de varias empresas importantes. Yo sabía que, años atrás, había tenido un altercado con mi madre, que le echó de casa por haberse permitido expresar algunas opiniones no muy favorables para mí. A consecuencia de este incidente, ya no volvieron a verse los dos hermanos hasta que, avisado en el último momento por Alfonsina, vino él a despedirse de mi madre para siempre.

—Por aquel entonces, por cierto, fue cuando reorganizaron mi oficina y me dejaron fuera. Pensaba recurrir al tío Federico en busca de apoyo, pero no lo hice. Nunca lo hice.

—Mejor que así fuera —dije yo—. Más vale no deber nada a tipos como nuestro tío.

Pero Alfonsina no estaba, en el fondo, de acuerdo conmigo. Pensaba, con ese sexto sentido práctico de las mujeres, que el orgullo es, en esos casos, el peor consejero y que es preferible guardárselo en el bolsillo, pues añadió:

—Pero, más tarde, Fernando fue a pedirle un empleo y se lo consiguió en seguida.

En ese momento bebía yo un largo sorbo de agua y, cuando dejé el vaso vacío sobre la mesa, me limité a encogerme de hombros en señal de indiferencia.

Luego le tocó el turno a nuestro primo Emilio, el primogénito de tío Federico, que también había logrado alcanzar una envidiable posición.

—¿Cómo? ¿Que ese cabezota ha triunfado? Pero, ¿es que pudo terminar la carrera?

—No, no la pudo terminar. Hubo de desistir, pero su padre le ha colocado en una de las empresas que dirige.

—Claro, teniendo el padre que tiene… —y me eché a reír con la boca llena.

Alfonsina prosiguió:

—La única de la familia que viene por casa alguna vez y pregunta por ti es Susana.

Casi no me acordaba de ella. Cuando acabé mis estudios de pedagogía y me gradué de maestro nacional según el plan de la República, fui a Segovia para conocer aquella rama de la familia por parte materna. Tío Federico me pareció un hombre mediocre que se creía frustrado por falta de ambiente para el desarrollo y aplicación de sus facultades superiores, un águila encerrada en una jaula, poco más o menos, y un fanático de ideas góticas y tridentinas, en lo político y en lo religioso, respectivamente. En aquel tiempo pertenecía a la CEDA, a las órdenes de su jefe supremo, Gil Robles, a quien consideraba genial, infalible, muy superior incluso a sus modelos, Mussolini y Hitler. Alguna vez discutimos de política, sin posible avenencia nunca, él desde sus posiciones del fascista gilrroblista rabioso y yo, desde mis preferencias democráticas sindicalistas, pero ya me anunció entonces, verano del año 35, la alianza de todos los elementos patrióticos sanos contra la República, con el fin de imponer en España una férrea dictadura militar como Dios manda. Yo pensaba que mi tío me repetía, no más, los rumores que circulaban por las peñas del casino entre los típicos representantes de la resentida clase media provinciana, inmovilizada en sus irrealizables sueños de dominio y reconquista de privilegios. Un año más tarde hube de reconocer, sin embargo, que tío Federico no fantaseaba tanto al decir y repetir :Acabaremos con esa chusma de ateos, liberales, socialistas, comunistas y anarquistas. No dejaremos ni uno sólo de ellos para muestra. Ése era el recuerdo que guardaba de él. En cuanto a mi primo Emilio, su imagen en mi memoria se reducía a su mirada bovina y a su gran cabeza de cabellos híspidos cortados en forma de cepillo. Su haraganería y torpeza se manifestaban en todos sus actos para desesperación de su padre. Había logrado terminar el bachillerato con abundantes calabazas, a fuerza de palizas y arrestos a cargo de la autoridad paterna, pero aquel año no pudo aprobar ni una sola de las asignaturas del primer curso de Derecho y se pasaba los días enteros encerrado, a solas con sus libros, en un cuarto interior de la casa, a fin de que no se distrajese mirando a la calle. Susana era muy diferente: vivaz, inquieta, de mirada descaradamente inquisitiva. Tendría doce o trece años y ya mediaba el bachillerato.

—¿Quién? ¿Susanita? —pregunté maquinalmente a mi hermana—. ¿Se come aún las uñas?

Yo sólo podía recordarla vagamente como una chiquilla de nariz respingona, moviéndose en la silla o de bruces sobre la mesa, preguntándome algo y mirándome con una mezcla de curiosidad, interés y malicia.

—Si ella te oyera… Está guapísima. Es licenciada en Filosofía y da clases en una academia. Si la vieras, no la reconocerías.

¿Cómo podría recordarla después de tantos años y sin haberla conocido de verdad nunca? Pero me alegraba mucho saber que era guapa y que se hubiera abierto camino por sus propios méritos.

—Creo que es la única persona estimable de esa familia —dije.

—Y no sabes cuánto te admira —añadió mi hermana.

He de confesar que me sentí doblemente halagado, por vanidad y porque era la primera noticia halagüeña que recibía.

—Es natural, porque ella vio en mí al profesor y porque, comparándome con el besugo de su hermano, debí parecerle un portento.

Alfonsina prosiguió su relato en que oí nombres de amigos y allegados perdidos en la gran resaca de la posguerra, absorbidos por la abrumadora lucha para sobrevivir o desterrados por efecto de las sentencias, y también voluntariamente con el fin de pasar inadvertidos y sustraerse a las posibles represalias de algún espontáneo vengador. Algunos de mis compañeros, excarcelados antes que yo, se dejaron ver por mi casa un día para hablar de mí, pero raramente repitieron la visita. En suma, la dispersión y, con ella, la ruptura de aquellas relaciones de afecto y amistad, contraídas en la desgracia común, y que siempre nos parecieron inquebrantables. Pero entre aquellos nombres faltaba uno, el de más profundas resonancias sentimentales en mí. Esta omisión, ¿era casual o deliberada? Entre tanto, yo había terminado de comer y mi hermana puso fin al anecdotario, diciéndome:

—Y, ahora, a la cama, a descansar, que buena falta te hace. Puedes pasarte toda la tarde durmiendo.

Y se levantó. La seguí y, ya en la puerta de mi dormitorio, no pude contener por más tiempo la pregunta cuya respuesta tanto me interesaba:

—¿Y Matilde? ¿Qué sabes de ella?

Alfonsina pareció asombrarse.

—Bueno, ya te dije en alguna de mis cartas que se había ido e vivir a Tetuán con su marido, porque, según me dio a entender, él estaba destinado al servicio de información en aquella zona.

—Sí, pero, ¿y después?

—Nada, no he vuelto a verla ni a saber nada de ella.

Me eché sobre la cama y me dispuse a ordenar mentalmente aquella confusa relación de datos, nombres y recuerdos. ¡A ver, a ver! De manera que Matilde… Pero se desplomó sobre mí la oscuridad y fui arrebatado por un sueño mineral, sin memoria.

Ir a la siguiente página

Report Page