Oscuro amanecer
IV
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A eso de las once empezaba la sensación de vacío y, poco más tarde, el cosquilleo en el estómago, seguido luego de esa angustia y desmadejamiento general que ya conocía desde mis tiempos de cautiverio. Eran el anuncio del hambre que finalmente se hacía sentir por medio de retortijones, calambres, náuseas y vértigos. Las piernas se me doblaban bajo el quimérico peso del estómago que gravitaba sobre todo mi organismo como si estuviera lleno de piedras. Me veía obligado, por ello, a sentarme, hasta que pasara la crisis, pues temía caer desvanecido en plena calle. Buscaba un banco público y me dejaba caer en él como un fardo y, poco a poco, comenzaba a desvanecerse el malestar difundido por todo mi cuerpo y a envolverme una somnolencia pegajosa que, sin hundirme del todo en el sueño y la inconsciencia, me mantenía en un plácido sopor bajo el cual iban acallándose lentamente las convulsiones de mis vísceras. Pese a la modorra, percibía los ruidos de la calle y si alguien se sentaba a mi lado, y era capaz de revivir algunas escenas de mí vida cotidiana. Unas veces veía el rostro esquivo de mi cuñado, de perfil, preguntándome, mientras engullía apresuradamente su ración de cena, qué tal se me daba como vendedor de gaseosas, cuál era el monto de mis comisiones y si no pensaba mejorar de posición, o quejándose de la carestía de la vida, de su agotamiento físico, de sus extenuadoras jornadas de trabajo, de la desastrosa marcha de la economía nacional. (Esto no hay quien lo aguante. No puedo más. Cualquier día reviento. Y tú, ¿qué piensas? ¿A dónde iremos a parar? Ya ves lo que está ocurriendo en la Bolsa… Cada día valen menos las acciones que parecían más seguras).
Otras veces eran la mirada insultante y la grosera negativa del mozo con mandil a rayas. (Ni hablar de gaseosas. Aquí, lo que se vende es cerveza). Y se repetía, sobre todos, el fenómeno intimidante que se prodigaba tanto por toda la ciudad: el de los nutridos grupos de oficiales del ejército, muy jóvenes, que marchaban casi a paso de desfile, correctamente uniformados, con la visera de la gorra tan baja que debían levantar la cabeza para poder ver. Emergían de las bocas del «metro», compactos, arrolladores, silenciosos, unánimes, o se congregaban, de igual forma, en las paradas de los tranvías. Yo me los encontraba por todas partes. Me habían dicho que procedían de las milicias universitarias o de las escuelas especiales de transformación para la oficialidad y las clases improvisadas en la guerra. Miles de nuevos oficiales. La flor de la juventud encuadrada en las filas del ejército. Un ejército todopoderoso y omnipresente, a punto y en alerta. (¡Estamos prevenidos! ¡Atención, rojillos! Os aplastaremos otra vez. ¡Plon, plon, plon! ¡Derecha! ¡Izquierda! ¡De frente!) La fuerza… Cuando recobraba la lucidez, ya no sentía ningún dolor y recobraba el dominio de mi cuerpo, pero, sincrónicamente, se me embravecía la sed, una sed implacable, como si fuera arena mi carne y me pidiese agua insaciablemente. Para mitigarla un tanto, encendía un cigarrillo y lo fumaba con mucha parsimonia, aunque la sequedad de la boca me impidiera gozarlo. Luego, tiraba de mí y me ponía en pie y, venciendo mi enorme cansancio, echaba a andar, a peregrinar de nuevo. Porque no quería darme por vencido. No, no desfallecería. Nada ni nadie serían capaces de quebrantar mi decisión de seguir adelante. Llegaría, si preciso fuera, a quedarme agarrado a un mostrador ofreciendo mis gaseosas.
En el primer bar donde entregaba solía ingerir dos o tres vasos de agua y entonces sentía perfectamente cómo me esponjaba y cómo mis miembros se distendían, recobrando la perdida elasticidad.
Aquella tarde, como de costumbre, traté de hablar con el encargado del establecimiento después de satisfacer la sed.
—¿El dueño, por favor?
—Yo mismo. ¿Qué desea?
Me sorprendió agradablemente el tono amistoso de su voz. Tenía ante mí una cara vulgar, pero en ella brillaban unos ojos humanos, yo diría fraternos, que me miraban con esa impalpable simpatía espontánea que acerca los espíritus y establece entre ellos una corriente sutil de mutua atracción, como si se conocieran y se estimaran desde siempre.
El mostrador estaba cercado por los clientes y la cafetera funcionaba sin descanso y, no obstante, aquel hombre, requerido desde varios puntos a la vez, había concentrado en mí toda su atención desentendiéndose de cuanto le rodeaba. Animado por su actitud, le expuse confiadamente el motivo de mi presencia.
—Venía a ofrecerle gaseosas y sifones… —y no me sentí hundido en el ridículo, como otras veces, y tuve la certeza, por anticipado, de que me compraría algunas cajas de gaseosas al ver que iba subrayando mis palabras con movimientos afirmativos de cabeza.
—Bien. Espere un momento, porque voy a ver lo que se necesita —y se fue al otro extremo del mostrador, donde estaba instalada la cafetera.
Yo creí que habría ido allí para comprobar las existencias. Pero no. Tomó una de las tazas, vertió su contenido en otra más grande, le añadió leche y azúcar y vino con ella en la mano hacia mí, con gran extrañeza por mi parte y pensando que su destinatario sería alguno de aquellos parroquianos que ocupaban un lugar próximo al mío. Pero el dueño del bar colocó la taza ante mí, acercó un platito con un bollo y me dijo amablemente:
—Aquí tiene usted su café-café con suizo, ¿vale?
Yo me alarmé.
—Pero sí no he pedido nada…
—No importa, hombre. Convida la casa.
Yo hubiera querido entonces tener la presencia de ánimo suficiente para formular alguna débil protesta convencional por lo menos, pero el aroma del café me trastornó y no supe qué decir.
—Y mándeme lo que quiera —añadió el hombre—. Aquí se consumen muchas gaseosas —y se alejó gritando a otro cliente que empezaba a impacientarse—: ¡Va en seguida! ¡Va!
No pude contener por más tiempo las exigencias del instinto y dejé que mi cuerpo, convertido todo él en lengua y paladar, participase en el festín. No obstante, procuré comer con decoro, sin mirar a nadie, aunque creo que ninguno de los allí presentes se había dado cuenta de la maniobra llevada a cabo por el dueño del bar. Era éste únicamente quien, desde lejos, me miraba con disimulo, por el rabillo del ojo, de vez en vez, a fin de comprobar, supongo, que no se había equivocado. Cuando di fin a la pitanza, le busqué con los ojos para darle las gracias, pero él se me anticipó con una sonrisa cordial, una leve inclinación de cabeza y un gesto de despedida con la mano que impidieron toda otra manifestación de agradecimiento por mi parte.
Volví a la calle contradictoriamente impresionado. El hecho de haber descubierto un hombre comprensivo y generoso entre los temibles dogos que solían enseñarme sus dientes agresivos tras el mostrador, me reconciliaron con el gremio y con la humanidad entera, confirmándome en mi utopía de que es posible encontrar un espíritu noble aun en los ambientes y circunstancias más desagradables y de que no toda la semilla de los buenos sentimientos se la llave el aire o se esteriliza en las callosas rugosidades del egoísmo y de la estolidez. Pero, por otra parte, me sentía insatisfecho. No me engañaba, no. Aquella victoria de la solidaridad humana venía a confirmar mi fracaso como vendedor de gaseosas. Había vencido la compasión y yo era el derrotado, contrariamente a lo que sucediera la primera vez que visité el bar GEMA.
Crucé la calle de Alcalá, frente al Retiro, aprovechando un claro en la circulación, pero, con tal mala suerte, que dejé prendido entre el doble raíl del tranvía uno de los tacones de mis zapatos. Una vez alcanzada la acera opuesta, me senté en un banco público para comprobar el alcance del incidente. El destrozo era irremediable, porque, además de haberse desprendido el tacón, éste había arrastrado consigo la parte correspondiente de la plantilla y dejado al descubierto el talón. En adelante tendría que pisar directamente sobre el suelo.
Llevaba ya varios días observando el alarmante deterioro de mis zapatos (Cualquier día me quedo descalzo y entonces, ¿qué?), pero acababa siempre aplazando la cuestión por falta de ideas y de recursos para resolverla anticipadamente. (Aún pueden tirar algunos días, y quién sabe lo que puede ocurrir entre tanto. Si la cosa no tiene remedio, ¿por qué preocuparse?, y, si no lo tiene, ¿por qué preocuparse?) Y así fueron pasando los días. Pero ya estaba el toro en la plaza y no había escapatoria ni dilaciones que valieran. Tenía que liquidarlo sin más, pero, ¿cómo, de qué manera? Descartados mi hermana y Valladares, no se me ocurría ningún otro nombre a quien recurrir, pero yo no podía continuar varado en un banco público cuando, precisamente, necesitaba mayor movilidad que nunca para resolver el agudo y apremiante problema de mi trabajo. ¿Cómo encerrarme en casa ahora? Pero no podía ir andando descalzo por la calle… ¡Vaya situación!
Se me ocurrió, primero, entrar en una zapatería, pedir un par de zapatos de mi número y… salir corriendo. Pero deseché inmediatamente la idea por demasiado arriesgada. Me detendrían por ladrón y, dados mis antecedentes… ¿Y ofrecerme al dueño de la zapatería para trabajar en lo que me ordenase hasta satisfacer el importe de mis zapatos? ¿Me aceptaría el trueque?
No se me había ocurrido hasta entonces ni imaginar siquiera la importancia que tiene un par de zapatos. Todo el mundo los necesita y todo el mundo los usa. Y todo el mundo los tiene, mejores o peores. Yo mismo poseía, antes de la guerra, dos o tres pares en uso, y no recordaba dónde ni cuándo los compré, ni su precio, ni su forma, ni su calidad, ni cuando los licencié por inservibles. A lo largo de mi vida, ¿cuántas veces me los habría calzado y descalzado sin reparar en ello? Sólo en caso de que me apretaran o me incomodasen hubiera podido apreciar si estaba o no calzado. Por otra parte, en el transcurso de mis años más sombríos, yo había oído a mi lado quejarse a los hombres de miedo, de horror y de hambre. Había sufrido y visto sufrir a mi alrededor la soledad, el desamparo, el vacío de amor y la pérdida de la dicha e, incluso, de bienes materiales como el primer reloj de bolsillo, la bicicleta, aquella cartera de piel, aquel sombrero o aquella pluma estilográfica. Pero ni yo ni nadie exteriorizó ningún dolor por unos zapatos ni a ninguno se le oyó recordar aquellos zapatos de charol que me regaló mi padre, ni que el día en que conocí a mi novia yo había estrenado unos estupendos zapatos de tafilete… No. Se recordaban las camisas, las corbatas, los trajes, o cualquier otra prenda, pero no los zapatos. Y mira por dónde cobraban de repente, para mí, más importancia que ninguna otra cosa, incluso que el hambre. Me sentí por unos momentos completamente anonadado. Y las gentes desfilaban junto a mí sin sospechar mi tragedia. Era la hora del paseo, de la vuelta del trabajo, la más deseada del día, cuando se juntan los amantes, se reúnen los amigos, y el solitario busca compañía y el hombre rendido de trabajar corre hacia el descanso, la evasión o el placer. El Retiro soplaba brisas henchidas de olores verdes y de trinos dorados. Era mayor la circulación de coches y crecía el tintineo machacón de los tranvías. Los hormigueros humanos se vaciaban en la calle. Pero yo no veía a la gente. Ni siquiera los grupos de muchachas recién salidas de las manos de la primavera atrapaban mi atención. Yo no miraba más que los pies, y con especial atención los de los hombres, en busca de los zapatos más fuertes. Los de doble suela se me antojaban verdaderas maravillas, porque con ellos se podría estar andando meses y meses sin la menor preocupación. Yo hubiera dado entonces cualquier cosa por poseer unos zapatos como aquéllos. ¡Ah, cómo los deseé y cuánto envidié a sus privilegiados dueños!
Tan absorto estaba que fue necesario que asomasen a mi campo visual dos alpargatas manchadas de barro para que su aspecto repelente, al quebrar la hermosa visión de zapatos acorazados que me enajenaba, me volviera a la realidad. Al tiempo de apartar mi vista de ellas, oí una voz de barítono que pronunciaba mi nombre.
—¡Federico!
Alcé los ojos y descubrí un hombre de alta estatura, vestido con «mono», que me contemplaba sonriente y con los brazos extendidos.
—¡Pero, hombre!
No cabía duda. Era el comandante Jaime Ríos. Me levanté y nos abrazamos.
—¿Qué diablos haces aquí? ¿Qué ha sido de tu vida, muchacho? —me preguntó con su vozarrón de mando.
Yo hubiera preferido que habláramos sentados, pero Jaime se opuso. Guiñándome un ojo, me dijo:
—Hablaremos mejor mientras paseamos. Así se joderán los escuchas.
No tuve, pues, más remedio que resignarme y seguir, disimulando todo lo posible mi cojera, a mi amigo Jaime, surgido de pronto en medio de la calle como un fantasma del pasado. Le conté con breves palabras lo poco que podía decir de mí desde el día de mi excarcelación y, cuando terminé la retahíla, comentó, lacónicamente:
—Poco más o menos, lo que me ocurrió a mí, lo que nos ocurre a todos al principio, con la única diferencia que a mí me soltaron dos años antes. Pero, ¿y ahora?
—De momento, buscar trabajo.
—Lo de todos también —pero, deteniéndose y mirándome a los ojos, añadió—: ¿Y lo has conseguido? ¿En qué trabajas?
—Pues no, no lo consigo, a pesar de todos los esfuerzos que he hecho hasta ahora. He tenido la representación de una fábrica de gaseosas, pero, chico, parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para no beber más que cerveza.
Jaime se detuvo otra vez.
—Es natural —dijo—. Todos hemos empezado por cosas del mismo estilo. A mí, en primer lugar, me timaron. Sí, me timaron. No sé todavía quién les dijo a aquellos tipos que yo era ingeniero agrónomo. Lo cierto es que un día recibí una carta citándome a determinada hora en una oficina, para tratar de un asunto, propio de mi carrera, que podría interesarme. Yo piqué como un incauto. Verás. La oficina estaba muy bien puesta y los dos fulanos no tenían mal aspecto, así, al pronto. El asunto era sencillo y claro. Aquellos tipos estaban en tratos para la compra de un pinar en la sierra y necesitaban que un experto como yo les cubicase a ojo la madera que pudiera obtenerse de la tala. Sufragarían por su cuenta mis gastos de desplazamiento y estancia en el pueblo inmediato al pinar y luego me abonarían un tanto por ciento sobre el valor aproximado de la madera. Coño, la cosa se presentaba de rechupete. La comisión era muy baja, desde luego, pero yo no estaba en condiciones de exigir y acepté el encargo. En menos de una semana fui al pueblo, recorrí el pinar, hice mis cálculos y volví a Madrid con mi informe. Como es natural, me faltó el tiempo para ir a ver a los dos negociantes, quienes se mostraron muy contentos por la rapidez y facilidad con que había resuelto mi papeleta, pero cuando, ya al final de la entrevista, les pedí un adelanto sobre mi comisión, se enfurecieron súbitamente y empezaron a gritar como dos energúmenos. (¿Cómo se atreve usted a pedirnos una comisión? ¿De qué, de qué? ¡Usted, un rojo! ¿No ha vivido toda una semana a costa nuestra? ¿Y aún quiere más? Ande, váyase y no aparezca más por aquí si no quiere volver a la cárcel. Con dar un telefonazo nos bastaría. ¡Usted no sabe con quién se juega los cuartos!) —Hizo una breve pausa y siguió diciendo—: Después acudí a un anuncio y me propusieron hacer seguros de vida. ¡Imagínate! A la primera grosería que me soltó el individuo a quien, según la compañía, debía yo hacerle un seguro, me pegué con él y mandé al diablo todo aquello —y, sin apenas transición, añadió—: Afortunadamente para ti, creo que voy a poder arreglar tu asunto en poco tiempo. Calla, a lo mejor ahora mismo. Vamos a coger el «metro» a ver si está todavía en el bar el señor Julio.
No me dejó tiempo para preguntarle nada, pero ya mi amigo se dirigía, a grandes zancadas, a la próxima estación del ferrocarril subterráneo. Yo tuve que correr para ponerme a su altura y entonces fue cuando advirtió mis dificultades para andar.
—Antes no eras cojo. ¿Qué coño te ha pasado?
—Es que he perdido el talón de un zapato —le contesté, un poco avergonzado por lo cómico de mi situación.
—¡Bah! Eso se arregla pronto. Cómprate unas alpargatas. Es el mejor calzado para este tiempo. Luego, cuando lleguen la lluvia y el frío, te agencias una de esas botas que venden los soldados en el Rastro y asunto concluido. Yo me arreglo así.
Y se adelantó para adquirir los billetes, circunstancia que aproveché para examinarle más detenidamente y entonces quedé asombrado al comprobar la gran transformación externa que había sufrido. Parecía un albañil auténtico. ¿Se trataba sólo de un disfraz? Y si era así, ¿con qué objeto? En cuanto estuvo nuevamente a mi lado se lo pregunté:
—Y tú, ¿a qué te dedicas? Tienes el aspecto de un verdadero proletario.
Aguardábamos el paso del tren. Jaime se encogió de hombros.
—En la guerra —dijo— hay que aceptar cualquier puesto. Ahora soy el encargado de una hormigonera.
—¿Y tu carrera, Jaime?
—¡Al diablo la carrera en estas circunstancias! Eso se queda para cuando triunfemos.
El tren accedía a la estación y la gente se preparaba para tomarlo al asalto. Se formaron colas, verdaderos remolinos de público, junto a las puertas y Jaime me hizo una seña para que le siguiese y callase. Mi amigo, arrollador, alcanzó a empellones la boca del vagón y, cuando yo creía que iba a entrar, se detuvo secamente, produciéndose un choque entre los dos. Sonó el silbato y las puertas automáticas comenzaron su movimiento de cierre. Entonces, Jaime se lanzó dentro como un toro, arrastrándome consigo tan en el último segundo que sentí el roce de los filos de las puertas en mis espaldas. Solté el aliento y miré interrogativamente a mi amigo, pero un nuevo gesto por su parte me hizo permanecer callado. Ya no cruzamos palabra en todo el viaje y, al llegar a la estación de Manuel Becerra, Jaime me dio a entender que era allí donde debíamos apeamos, y otra vez obró de una manera extraña. Esperó a que bajasen todos los viajeros que allí abandonaban el tren y, luego, a que entrasen los que deseaban tomarlo y, cuando las puertas comenzaban a cerrarse, se echó fuera del vehículo, tirando de mí tan brusca y fuertemente que tuve que dar un brinco para no quedar aprisionado por ellas.
—Todo esto es por si nos siguen —dijo Jaime sobre la marcha como explicación de aquellas maniobras y, como advirtiera que yo sonreía escépticamente, añadió—: Por si acaso. De todas maneras, conviene adiestrarse en las técnicas del despiste.
¿Qué replicar ante un convencimiento inconmovible como el que dejaban entender sus respuestas? Por otra parte, me sentía un poco mareado por el ajetreo y la debilidad, y sin deseos de discutir. Salimos a la plaza y seguí en silencio a mi compañero, que se dirigió directamente a un bar, desde cuya puerta ojeó rápidamente el interior, diciéndome después:
—¡Adelante!
En un grupo, junto al mostrador, se destacaba por sus pantalones blancos un hombre con tipo de capataz o de maestro de obras. Estaban bebiendo unos vasos de vino y discutiendo sobre toros en amigable y sosegada compañía. Jaime se acercó al hombre de los pantalones blancos y le tocó en un hombro diciendo:
—Señor Julio, un momento —y a sus contertulios—: Con el permiso de ustedes.
Los aludidos asintieron con un leve movimiento de cabeza y el señor Julio se apartó de la reunión siguiendo a Juan, quien me hizo señas para que me acercase a ellos. El señor Julio debía estar muy acostumbrado a los procedimientos de Jaime porque no preguntó nada ni hizo el menor gesto de extrañeza. Mi amigo, como de costumbre, se fue derecho al asunto:
—Señor Julio, le presento a su nuevo listero que acaba de salir de la cárcel y necesita ponerse a trabajar inmediatamente. Es de los buenos.
El señor Julio, cuyos ojuelos brillaban de malicia, hizo un gesto de inteligencia.
—Está bien —dijo, cambiando el palillo de dientes de un extremo a otro de la boca—. Ya sabes que, diciéndolo tú, no hay más que hablar —y se volvió después a mí con la mano extendida.
—Me llamo Federico Olivares —dije yo, estrechando su mano.
—Mucho gusto. Ya le habrá contado nuestro amigo Jaime quién soy yo, ¿verdad?
Asentí con un movimiento de cabeza, mintiendo por no desairarle, porque mi compañero no me había confiado previamente nada, ni acerca de él ni sobre el asunto que nos llevara hasta allí.
—Yo no puedo hacer otra cosa —continuó— que ayudar en lo que pueda a los compañeros necesitados. En eso no me echo atrás, ya lo sabe Jaime, pero tengo demasiados años para liarme otra vez la manta a la cabeza y…
—Bueno —le interrumpió Jaime—, ¿y cuándo tiene que presentarse en la obra? ¿Mañana mismo?
—No, hombre, no corras tanto. Que se presente el lunes a las ocho menos cuarto de la mañana, porque a las ocho en punto empezamos a trabajar. ¿Estamos? —y me miró, sonriente.
—Estamos —contesté.
—Y ahora, vamos a tomar una copita para celebrarlo, ¿qué les parece? —propuso campechanamente el señor Julio.
—No, gracias —se adelantó a contestar Jaime—. Nosotros tenemos mucho que hacer todavía.
El maestro de obras hizo un gesto de resignación, nos dio la mano y volvió a reunirse con sus amigos. Jaime y yo, por el contrario, marchamos hacia la puerta como si fuéramos a apagar un incendio. Ya en la calle, y después de echar una ojeada a su alrededor, Jaime, más sosegado, compró dos cigarrillos de hebra a una estraperlista que andaba por allí. Me dio uno, encendimos los dos con la misma cerilla y, después de la primera bocanada de humo, me señaló unas obras que se divisaban no muy lejos de donde nos encontrábamos.
—Allí es donde tienes que presentarte el lunes a las ocho menos cuarto de la mañana, Federico.
Permanecimos unos momentos mirando calladamente en aquella dirección y luego tomamos el rumbo de la calle de Alcalá abajo, hacia Cibeles, sin prisas.
—Este señor Julio es un viejo luchador, ya retirado. En la guerra fue capitán de zapadores. Aunque en la depuración le buscaron las cosquillas, tuvo mucha suerte, y pudo ponerse a trabajar en lo suyo sin grandes inconvenientes, pero no fue capaz de quitarse el miedo que le quedó y sólo se atreve a solidarizarse en casos como el tuyo, proporcionando trabajo o pequeños auxilios en dinero a los que acuden a él. Yo tenía el encargo de buscarle un listero entre los amigos, y mira por dónde vine a tropezarme contigo en el momento oportuno. Creo que tu papeleta ha quedado solucionada por ahora. ¿Te parece bien?
Hombre, a mí me parecía, no sólo bien, sino admirable. ¿No era de admirar que con tan pocas palabras y tan rápidamente hubiera conseguido un puesto de trabajo seguro para mí? No intenté darle las gracias directamente, porque se hubiera ofendido, pero sí le hice saber mi contento al no tener que enfrentarme más con los mozos de las tabernas.
—Ese es un capítulo terminado, Federico. Ahora vamos a otra cosa: ¿estás controlado?
Seguía siendo tan enérgico como en la guerra y me asombraba que hubiese asimilado el espíritu castrense hasta el punto de constituir ya carácter en él. No toleraba distingos ni medias tintas; o blanco o negro, o sí o no, sin más matizaciones, y como yo sabía muy bien lo que aquellas palabras significaban, le dije la verdad: que no, que no estaba controlado.
—¿Es que no has tomado contacto con nadie?
—No he podido ver más que a Valladares —le contesté, omitiendo el nombre de Molina, a quien él no conocía personalmente.
—¡Puaff! Ya he oído decir que se ha acoplado y que, como otros muchos, piensa que la guerra se ha perdido definitivamente. Allá él y los que piensan como él.
Su tono frío y seco de ordinario, se había acalorado y vibraba.
—Pero se equivocan una vez más —siguió diciendo—. La guerra no ha terminado aún. El mismo enemigo lo proclama así a diario en la Prensa, en la radio, en discursos y arengas, en los desfiles… No importa que hayan callado las armas. Estamos en una fase de guerra sorda, en que los ejércitos beligerantes se mezclan, se confunden, y se combate a tientas y en silencio. Y en cuanto a nuestra bandera, no se ha arriado. ¡Está aquí! —y se golpeó el pecho violentamente.
Aquellas palabras y el acento que puso en ellas desataron todos mis antiguos sentimientos y entusiasmos reprimidos. Me sonaron como un redoble de tambores, como un alborear de clarines. Más allá de esa música, como al otro lado de una cortina de niebla, yo veía con la imaginación desplegarse los batallones en la llanura. ¡Otra vez la guerra!
—Así es —exclamé, entusiasmado—. La lucha continuará mientras nosotros no seamos abatidos. ¡Nosotros somos la guerra!
Jaime se detuvo, me cogió por un brazo y, mirándome fijamente a los ojos, me preguntó:
—Y si no fuera así, ¿tú crees que merecería la pena vivir?
—No. Más nos valiera haber muerto al principio o ante un piquete de ejecución —le respondí, enajenado.
Más tarde comprendí que estábamos embriagados, y no de alcohol, sino de tragedia. Éramos como esos jugadores de madrugada que doblan cada vez las apuestas para rescatar de un golpe todo lo perdido, y se obstinan en seguir hasta el último minuto, cuando amanece para los demás, y hasta la última moneda, la definitiva, contra toda lógica y contra toda idea de responsabilidad. Los dos temblábamos. Al pasar por en medio de la terraza de un café, Jaime paseó su altiva y encendida mirada sobre aquellos grupos de gentes tranquilas, que tomaban el aperitivo al aire libre, y les escupió:
—¡Imbéciles!
El instinto me hizo cogerle de un brazo y obligarle a seguir, pero él aún continuó desahogándose:
—Son unos borregos, un hato de borregos. Pero también, también llegará para ellos el despertar. Claro que entonces no tendrán valor ni tiempo para correr. Esta gente cómoda y cobarde, me desquicia, compañero.
Y continuamos paseando en silencio, insensibles al mundo exterior, autosugestionados por nuestra propia utopía. Yo me hallaba poseído por el delirio de la predestinación. Esa conciencia de un extraordinario destino me aislaba por completo de la realidad circundante. No recuerdo de aquel estado más que una sensación de éxtasis, de estar fuera de mí y de todo. No veía nada concreto, sino una lontananza luminosa, como un amanecer en la llanura, desde la cúspide de una alta montaña. Nada, ni los coches de la calzada, ni los destellos de las luces, ni el clamor del aire desgarrado por mil ruidos diferentes, ni el pulso enfebrecido de la ciudad. Nada, nada, nada. Yo sólo veía y oía lo que se fraguaba dentro de mí: un tumulto fragoroso de imágenes, de colores, de sonidos y de palabras ininteligibles. Jaime, más dueño de sí o más habituado que yo a esas alucinaciones, se detuvo en seco, despertándome bruscamente, y me obligó a detenerme al filo de una esquina.
—Yo tomo aquí el «metro» —oí que me decía—. Tú puedes continuar a pie hasta tu casa. —Se me acercaba y se me hacía más inteligible su voz a medida que yo me recobraba—. Tengo que llegar a la pensión antes de un cuarto de hora si no quiero comerme las sobras de los demás huéspedes.
Aquellas palabras me devolvieron la conciencia, aunque al pronto me sonaran a desvarío y no acabase, por ello, de situarme lúcidamente en la realidad.
—¿Cómo? ¿Qué hablas de pensión? ¿Y tu mujer? ¿Y tu casa? ¿Qué estás diciendo, Jaime?
—Dejé todo eso: mujer y casa. Para nosotros, la mujer es una rémora, sobre todo si ve la vida a través de un prisma distinto del nuestro. Dejé a Luisa en libertad y le regalé la casa. Yo no me llevé de allí más que la ropa indispensable.
Yo no acababa de comprender, de ver claro. Seguía sin entender nada.
—Pero, ¿no era verdad que os queríais apasionadamente, como decías en la cárcel?
—Claro que era verdad. Precisamente porque nos queríamos tanto yo no podía arrastrar a Luisa por unos caminos que a ella no le gustaban. Así se lo dije. Ella, como es natural, lloró, lloró mucho, pero tenía miedo, mucho miedo, un miedo enfermizo. Te advierto que tomé esa decisión al día siguiente de volver a mi casa desde la prisión. No quise que la pereza y la sensualidad me ganasen por la mano. Lo que hice entonces, en caliente, no hubiera sido capaz de hacerlo después, en frío, o ganado por el gusto de la nueva vida. Así que corté por lo sano, sin contemplaciones. Sé que ella se defiende muy bien dando clases de idiomas y eso me tranquiliza.
¡Dios, qué carácter! Si Jaime había sido capaz de eliminar a Luisa de esa manera, arrancándose de un zarpazo algo más querido que los propios ojos, ¿quién o qué podra hacerle desistir de su propósito? Nadie ni nada, excepto la muerte, me contesté a mí mismo, estremeciéndome. Por primera vez me asustó mi amigo.
—¿Y no ves nunca a Luisa?
—No. ¿Para qué? Este es un asunto concluido. Desengáñate: nosotros no podemos perder tiempo y energías con la mujer. Debemos concentrarnos, no dispersarnos. Y te aseguro una cosa: en cuanto se hace uno a esa idea, la mujer deja de ser imprescindible.
No quise insistir. ¿Para qué, verdaderamente? Era, la de mi amigo Jaime, una voluntad de hierro, inexorable. No tenía más de cuarenta y cinco años y ya había clausurado definitivamente el capítulo de la mujer. Hundía las naves y quemaba los puentes para hacerse imposible cualquier ilusión de retorno. Sus palabras me desconcertaron, y lo más estremecedor era su tono: indiferente, frío, lejano, como si se tratara de una historia ajena o de un hecho acaecido en su prehistoria.
Nos citamos para el lunes siguiente, en el mismo sitio de nuestro encuentro y Jaime desapareció de pronto, tragado por la boca del «metro», y yo sentí un tirón hacia el vacío que dejaba en el aire, el mismo fenómeno que se siente físicamente cuando pasa rozándonos una gran masa sólida movida por una fuerza incontenible. La sensación de vértigo, en suma.
Sin embargo, mientras repasaba con la memoria lo sucedido aquella tarde, en mi camino de vuelta a casa, llegué a la conclusión de que podía considerar doblemente positivo mi casual encuentro con Jaime. Por una parte, me había librado de la pesadilla que significaba para mí la inútil búsqueda de un puesto de trabajo, y, por otra, serviría para ponerme en relación con grupos organizados en la lucha clandestina contra el régimen político de Franco. Claro que podía caer entre tipos testarudos e inoperantes o en una facción sectaria de gárrulos discutidores, que antepusieran sus bizantinismos a la realidad objetiva. Sin embargo, la presencia entre ellos de Jaime, tan expeditivo como contrario a la verborrea era para mí una garantía de todo lo contrario. De todas maneras, pronto saldría de dudas. (El lunes, después del trabajo, te presentaré al grupo para que empieces a colaborar). Esa era mi tarea y necesitaba entregarme a ella lo antes posible. Así podría realizar los proyectos de acción elaborados en la cárcel tras largas meditaciones y minuciosos análisis. Al diablo la retórica y mucha acción en movimientos escalonados, descartados, por supuesto, la violencia y los ataques frontales. Guerra política de guerrillas, sutil, bien concertada y bien dirigida. Pequeños núcleos aquí y allá, en todas partes, como una red de células nerviosas relacionadas entre sí por elementos móviles de enlace que no tuviesen más información que la imprescindible para llevar a cabo su labor, estrictamente limitada. Así, la interferencia policíaca produciría automáticamente un cortocircuito e impediría su penetración en el organismo y el desmantelamiento de sus posiciones dirigentes. Táctica muy vieja, desde luego, pero aplicada con una intencionalidad nueva: nada de maximalismos y corroer el sistema enemigo por su base, informando, desvelando sus corrupciones y sembrando la duda sobre su perdurabilidad, etcétera, etcétera. En suma, mi vieja manía; mi obsesión, mejor dicho.
Subiendo las escaleras de mi casa, el monótono golpeteo de un solo pie me recordó la inaplazable sustitución de mis zapatos, inservibles ya, por unas alpargatas, tal como me aconsejó Jaime en una de sus repentinas decisiones. Sí, unas alpargatas, pero…
Durante la cena informé a mis hermanos que, desde el lunes próximo, ya tendría un empleo fijo.
—¿Se puede saber en qué consiste? —me preguntó Fernando sin darme tiempo a terminar mi informe, temiendo, sin duda, alguna nueva fantasía por mi parte.
—Sólo tengo una vaga idea —dije—. Listero en una obra. Ya estoy admitido.
A Fernando no debió parecerle muy disparatado el programa, porque, entre bocado y bocado, se dedicó a explicarme las obligaciones propias de mi nuevo empleo. Nada importante. Como él llevaba la contabilidad de una empresa constructora, qué lástima, ya lo estás viendo, que estés pez en números, podía garantizarme de antemano que me sería muy fácil desempeñar aquellas funciones. Por supuesto, ganaría poco, pero tendría siempre a mano la posibilidad, nada desdeñable, de ascender hasta la oficina central. Era un buen principio que, si sabía aprovecharlo, podría llevarme a consolidar una posición modesta, pero segura.
La cena transcurrió plácidamente y, cuando Fernando se fue a dormir, Alfonsina me dijo:
—No es un empleo muy brillante para ti, pero siempre es mejor estar en una oficina, aunque sea la caseta de una obra, que andar por esos bares de Dios ofreciendo gaseosas. Había llegado el momento y alcé el pie del zapato roto:
—Y que lo digas. Ya ves el resultado de mis correrías, y menos mal que han resistido hasta el último momento. Alfonsina no se asombró ni se lamentó.
—Era de temer que sucediera cualquier día. Y el caso es que no tienen arreglo —dijo.
—Eso mismo creo yo, pero no hay que apurarse por tan poca cosa. Me compro unas alpargatas y en paz.
—¿Unas alpargatas? —exclamó Alfonsina, abriendo desmesuradamente los ojos.
—Pues claro. En este tiempo es el calzado ideal.
Alfonsina guardó silencio y comenzó a recoger la mesa.