Oscuro amanecer
VIII
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Todos aquellos seres depauperados eran los despojos que arrojaba al remanso del hospital la resaca del hambre y de la miseria. Eran pobres enfermos pobres, con los pulmones destrozados y con la sangre envenenada. El hospital hacía, pues, las veces de gran cloaca por donde desaparecían definitivamente, sin ruido, como en un escamoteo de prestidigitador, los desperdicios humanos que la sociedad tritura y exprime. (Ellos son el orujo de la gran molienda). Llegaban, en su mayoría, condenados ya irremisiblemente, marcados con el hierro de la muerte, igual que reses de matadero, y eran muy pocos los que lograban salir de allí con vida, sólo aquellos a quienes el bacilo siniestro no había atacado aún, en espera de que la propia debilidad del organismo abriese una brecha en sus defensas.
Era un espectáculo sombrío que me inspiraba pensamientos aterradores.
Nos habíamos apartado a un rincón, pero ya casi no hablamos. Una monja que circulaba por entre los grupos, saludando aquí y allá, se acercó a nosotros.
—Hermana —le dijo Celia—, le presento a un amigo.
La monja, ni guapa ni fea, y más joven que vieja, me miró atentamente, de arriba abajo, y luego sonrió.
—¿Amigo o novio? —preguntó en voz baja.
—Que lo diga él —respondió Celia.
Entonces, la monja clavó sus ojos descaradamente en los míos.
—Y usted, ¿qué dice?
—Que sí, hermana, que Celia es mi novia —respondí.
—Vaya, pues tiene suerte, joven. Celia es muy buena chica y no tiene nada grave. Sólo necesita muchos cuidados; vamos, llevar una vida tranquila, ¿me comprende?
La monja sonrió de nuevo y nos dejó solos. Entonces, Celia me apretó el brazo y oí que me decía, muy contenta:
—Gracias por haber dicho que eres mi novio. Así, la monja se ha quedado más tranquila y yo, más feliz.
¿Qué otra cosa podía haber dicho en el aprieto en que me colocaron las dos mujeres? Ciertamente, no era más que un juego de palabras y, sin embargo, promovía otra vez dentro de mí la perplejidad y el desasosiego. Y el disgusto conmigo mismo. Allí estaba la trampa, la trampa. Yo no caería en ella, no. ¿Y si no volviese más a ver a Celia? Lo intentaría. Debía intentarlo. Pero acudí todos los domingos a su cita en el hospital.
* * *
El invierno se adelantó en el calendario. El invierno, con sus largas noches serenas y frías y sus breves días ateridos. Mañanas, a veces, con sol reverberante en la escarcha, y atardeceres lívidos con remolinos de viento helado en las esquinas o con chubascos de agua-nieve azotando los cristales. A mí me cogió desprovisto de ropa y tuve que comprar una gabardina a plazos, prenda que, en realidad, no abrigaba mucho, pero cubría, al menos, las apariencias. Fue un consejo de mi hermana:
—Es lo que usa Fernando también. Te evitará mojarte cuando llueva y, si hace mucho frío, pues te abrigas bien por dentro y en paz.
En definitiva, no valía para nada y constituía la prenda comodín para los que no podíamos comprarnos un gabán y un impermeable por separado. Ambas cosas a medias y sin ser ninguna de ellas enteramente, servía para «ir tirando» con decoro. Era el símbolo de una época en que vivir era «ir tirando». (¿Qué, cómo te va? ¡Psché!, tirando, chico).
Yo seguía en la obra de Ventas, redactando los partes de trabajo, componiendo el fichero dos veces al día, preparando las nóminas y ganando un jornal de dieciocho pesetas con setenta y cinco céntimos. Los obreros, por su parte, trajinaban liados en trapos: bufandas, chalecos, chaquetones y gabanes, viejos y desgarrados. En la altura de los andamios corría siempre un fino viento guadarrameño que acuchillaba las carnes. Las manos de aquellos hombres, constantemente mojadas en las manipulaciones del yeso y del cemento, se entumecían y se cubrían de llagas purulentas. Para defenderse del frío, encendían fogatas, junto a las que se calentaban intermitentemente, provocando de esa manera la afluencia de sangre a las extremidades congeladas. Sólo los cavadores, sometidos a ejercicio tan violento, seguían sudando, pese a las escarchas y a las gélidas nieblas matutinas. El aire les secaba el sudor de las frentes mientras que los organismos, oxigenados por el fuelle de los pulmones, continuaban quemándose como braseros. Detenerse era congelarse. Por eso, los cavadores de zanjas hacían pocos altos en su tarea.
Entre los cavadores descollaba, como siempre, Juan el Jaro, más alto y musculoso que los demás, insensible a los rigores del clima como campesino habituado a las inclemencias del tiempo. Él había nacido en un campo de la Mancha, sin árboles y sin ríos, y su cuerpo se había forjado, como los buenos aceros, en el contraste extremado del frío y del calor, que así son de excesivos en su tierra los veranos calcinantes y los inviernos heladores.
Yo pasaba casi todo el tiempo de la jornada en la oficinilla, donde daba calor una pequeña estufa alimentada con tarugos de madera. Los largos ratos en que no tenía nada que hacer me entretenía contemplando el ir y venir de los trabajadores, a través de los vidrios de la puerta. Me retenía dentro la atmósfera tibia de la chabola, pero no fue precisamente la intemperancia del tiempo lo que me hizo suspender mis habituales paseos por los tajos en que enhebraba breves paliques con albañiles y peones, sino un voluntario retraimiento por mi parte. Yo ya no veía a aquellos hombres con la fraterna y despreocupada alegría de los primeros tiempos. Entre ellos y yo se había interpuesto un velo de suspicacias y temores que me inhibía. Primeramente, fueron las advertencias y recomendaciones del Jaro: Tendría que estar usted cavando como ellos para merecer su confianza. Después, la amonestación del señor Julio a los pocos días del incidente con el Jaro. El señor Julio me llamó la atención discreta y respetuosamente por no haber desquitado del jornal de aquel obrero el importe de las horas no trabajadas.
—Yo sé que usted obró así porque el Jaro se lo merece. Había faltado unas horas, es verdad, pero se puede decir que, en las que trabajó, su rendimiento fue casi el doble que en las trabajadas por otros muchos. De acuerdo. Así lo dije en la oficina principal y que si no se le descontó nada al Jaro fue por orden mía. Como ve, me eché la culpa y por eso no pasó nada. Pero no lo repita. Aquí hay gente que no es de fiar y que es capaz de saltarse un ojo por ver ciego a un compañero. Ya le digo que a mí, personalmente, me parece muy bien lo que usted hizo por su cuenta, pero si, ocurriera otra vez, estaríamos expuestos a tener un disgusto y me sabría muy mal que usted fuera el pagano.
Por último, al salir un día de la obra me encontré con un grupo de trabajadores que se hallaba a la puerta de una taberna próxima. Les saludé amigablemente, pero, entonces, uno de ellos me convidó a echar un trago. Yo no tolero las bebidas alcohólicas, ni siquiera el vino, si no es durante o inmediatamente después de las comidas, y rehusé la invitación con las mejores palabras. El otro insistió pegajosamente y hube de cortar el forcejeo dándole unas cordiales palmadas en el hombro y despidiéndome del grupo antes de seguir mi camino. Y, apenas anduve unos pasos, oí que decían a mi espalda:
—Ya te dije que darías en hueso. ¿No ves que es el escribiente, coño?
—¿Y qué? Una mierda como nosotros, eso es lo que es.
Estuve tentado de volverme, pero preví que réplicas y contrarréplicas sólo servirían para agriar más la cuestión y opté por proseguir mi marcha como si no hubiera oído nada. Pero, en adelante, reduje al mínimo mis relaciones con el personal, a sabiendas, no obstante, de que tenía una gran parte de él a mi favor.
Solamente con el Jaro hice una excepción, pero fuera de la obra. Muchas tardes, como aquella primera, las pasé en su casa, contando a Fuensanta fantásticas historias y aventuras de amor y de guerra mientras Juan hacía las labores de la casa, con mi colaboración, a veces. Entonces, junto al lecho de la enferma y sentado en cuclillas sobre un taburete, yo descortezaba y partía las patatas al tiempo de ir relatando famosos hechos, verídicos o imaginarios, que ella escuchaba absorta. Fuensanta tenía una sensibilidad y una imaginación infantiles. Le gustaban las luchas de buenos y malos si, al fin, vencían aquellos, y los relatos de amor siempre que terminaran en boda.
—¡Pero qué malo es ese hombre! —solía interrumpirme, sin poder contenerse, o exclamaba, cuando los protagonistas vivían un mal momento—: ¡Pobrecitos míos!
Y, a veces, lloraba enternecida.
Me aguardaba siempre con verdadera ansiedad.
—La pobre no me dice nada, pero yo veo que sufre mucho. Como pasa todo el día sola, sin poder moverse, quieta en la cama, está deseando ver a alguien, hablar con alguien. Antes era ella la que me contaba a mí las fábulas que urdía, pero desde que se ha acostumbrado a que sea usted quien se las cuente a ella, y tan bonitas y entretenidas por cierto, Fuensanta no encuentra consuelo cuando usted no va. Yo bien quisiera darle gusto, pero no tengo pico ni sabiduría para ello. Si al menos pudiera comprarle una radio…
Así, cuando Juan le gritaba desde el rellano de la escalera: ¡Voy, paloma! Te traigo a don Federico, ella palmoteaba de alegría.
Y no pude convencerla de que me apeara el tratamiento.
—Huy, ni hablar. Eso sí que no —protestaba ella—. Un hombre que sabe lo que usted sabe, tiene bien merecido el don.
—¿Y si me enfado? —amenazaba yo.
—¡Quite allá, don Federico! Usted no es capaz de enfadarse conmigo por tan poca cosa.
Me contó que en su pueblo había un veterinario, antiguo herrador, que había logrado el título por no se sabe qué extraños procedimientos. El hombre no sabía más que herrar, pero estaba tan orgulloso de su carrera que exigía el tratamiento de don a cada paso.
—Fíjese que cuando le llevaban un animal para que lo herrara su dueño tenía que gritarle: Quieta, Tunera, que te va a poner herraduras nuevas don Narciso, porque si no, don Narciso decía que era una falta de respeto y se negaba a hacer su trabajo. Pues si el herrador de mi pueblo tenía derecho al don, usted se merece el de excelencia.
En ocasiones, como yo me enardeciera y narrara accionando y dando a mi voz el tono propio de cada escena y aun el de los diversos personajes, el propio Juan se asomaba al dormitorio, intrigado por aquellas voces que parecían de verdad, con la escoba o con una sartén en las manos. Y se quedaba después embebido en el relato hasta su final y ajeno a cuanto de rodeaba.
—Parece talmente, ¿eh? —decía luego a su mujer—, como si lo estuviera viendo y viviendo.
Se me ocurrió preguntarles entonces si habían estado en un teatro alguna vez.
—Yo, nunca —contestó rápidamente Fuensanta—. Lo único que he visto han sido las funciones que daban las farándulas que pasaban por el pueblo. Y eso, antes de ser novia de Juan, porque, después, ni eso.
—¿Y por qué no después de ser novios?
—Juan lo sabrá.
—Cosas de la poca experiencia —dijo el Jaro—. Uno pensaba entonces que las mujeres se encalabrinan con las palabras melosas de los faranduleros y que luego no gustan de las que pueda decir el novio o el marido.
—Qué atraso, ¿verdad, don Federico? Pero diga usted que era por celos. ¡Como si una fuera a enamorarse así, de golpe, de un trotamundos como aquellos! De sobra sabe una que todo lo que llevan es postizo: las barbas, los ropajes, las espadas y todo eso. Si hasta lo que dicen no es de su caletre, sino aprendido, hombre —y movía la cabeza compasivamente por la testarudez y la ceguera de los hombres como su Juan.
Pero no todos los días me encontraba yo con la dosis de humor suficiente como para ir a contarle historias a Fuensanta. Por otro lado, las tardes, después del trabajo, me resultaban insufriblemente aburridas. Eran horas vanas. No podía ir a un cine ni entrar en un café por falta de dinero y carecía de lecturas por la misma razón. Tampoco me era posible reunirme con algunos amigos para hablar de cosas interesantes y evadirme de la rutina oficinesca, porque el que más y el que menos andaba aperreado hasta última hora en sus múltiples empleos, y en mi casa me encontraría con las escenas y conversaciones familiares de siempre. Tan sólo los lunes acudía a la tertulia del bar «Casa Felipe» para cambiar impresiones con el grupo de Jaime, y siempre a instancias de él, que se presentaba a recogerme puntualmente a la salida del trabajo, aunque yo sintiera cada día menos entusiasmo por las inacabables e inútiles discusiones, siempre sobre los mismos temas, con que allí matábamos el tiempo.
De todos aquellos contertulios, el que más me interesaba era Ramón, el asturiano, tipo de hombre resuelto y nada proclive a las abstracciones ni a los vanos discursos. Los demás pertenecían a la clase de los discutidores empecinados, llenos de buenos propósitos, pero incapaces de realizar algo positivo. No eran aptos para dirigir, pero por nada del mundo se hubieran dejado llevar tampoco por nadie. Habían cristalizado ya en una postura y resultaba vano todo empeño de cambiar su manera de ser. Así como a Arquímedes le mataron los romanos mientras, ignorante de cuanto sucedía a su alrededor, trazaba figuras geométricas sobre la arena, los acontecimientos, fuesen cuales fuesen, sorprenderían a los amigos de Jaime discutiendo en torno a una mesa de café. Yo ya había llamado la atención de Jaime sobre la condición absolutamente inoperante de aquellos sujetos.
—No hay nada que hacer, Jaime. Con ellos no hay nada que hacer.
Jaime guardaba silencio, un silencio hosco y concentrado, y yo no comprendía cómo aquel militante, todo él energía y acción, podía acompasarse a la mentalidad discursiva y bizantina de los demás.
—¿Cómo es posible que te entiendas con ellos, Jaime? ¿Qué esperas sacar en limpio de todas esas reuniones? —le pregunté un día.
Entonces, con el ceño fruncido, contestó:
—¿Y qué quieres que haga? No hay más que eso: o lo tomas o lo dejas.
—Pues déjalos —me permití aconsejarle.
Acusó mis palabras como si hubiera recibido un golpe, y me miró como si quisiera atravesarme con sus ojos incandescentes igual que ascuas.
—Y mi vida, ¿qué, Federico?
—No creo que tú los necesites para vivir.
—Pero, ¿no ves que mi vida es la revolución? He quemado mis naves y ya no me queda más remedio que seguir sin mirar atrás ni a los lados, o morir.
No quise violentarle más, impresionado por la actitud y la expresión fanática de aquel hombre. Jaime era como una flecha lanzada al aire, en dirección a un punto del espacio ignorado por él e inexistente para mí. ¿Cómo hacerle entender, en su estado de ánimo, que la revolución no es cosa de un día ni tiene prisa, y que para cruzar sus revueltas aguas constituye un acto temerario embarcarse en cualquier falucho desarbolado, sin Piloto de altura y sin marineros duchos en la maniobra y que, por lo tanto, es mejor esperar al navío fuerte, al piloto seguro y a los marineros experimentados? Jaime era de los hombres que no saben esperar y que, en su impaciencia, sólo siguen el impulso de su voluntad frenética sin detenerse a adecuar los medios al fin.
Así las cosas, me decidí a alquilar un par de novelitas de quiosco, pero, cuando mostré a Fuensanta los libritos y yo esperaba oír en pago una de sus alegres exclamaciones, vi con asombro que se ensombrecía su expresión.
—Gracias, muchas gracias, pero yo no sé leer —me dijo, bajando la cabeza.
Estaba avergonzada. ¿Por qué no había previsto yo aquella eventualidad? Era mía toda la culpa y, por eso, traté de consolarla.
—¿No le gustaría aprender a leer, Fuensanta?
La mirada de la enferma pasó de la incredulidad al asombro y del asombro al entusiasmo.
—¿De veras? ¿Me lo dice de veras, don Federico?
—Pues claro que de veras.
—¡Pero si es lo que más he deseado en mi vida después de Juan! Conozco las letras y junto algunas, pero no me entero de nada.
Desde aquel día me obligué a enseñar a leer a Fuensanta, que aprendía con avidez, haciendo progresos sorprendentes, sólo posibles en un enfermo condenado a inmovilidad perpetua.
—Así, luego podré yo enseñarle a Juan.