Origen
Capítulo 102
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En el mundo hay treinta y tres «jardines de Shakespeare», parques donde solo crecen especies botánicas mencionadas en las obras de William Shakespeare, incluida la rosa de Julieta, que con cualquier otro nombre esparciría el mismo aroma, o el ramillete de romero, pensamientos, hinojo, aguileñas, ruda, margarita y violetas de Ofelia. Además de los jardines shakespearianos que florecen en Stratford-upon-Avon, Viena, San Francisco y el Central Park de Nueva York, hay uno en Barcelona, cerca del Centro Nacional de Supercomputación.
Bajo la tenue luz de las farolas distantes, sentada en un banco entre bordillos de aguileñas, Ambra Vidal finalizó su emotiva conversación con el príncipe Julián justo cuando Robert Langdon salía de la capilla de piedra. La mujer devolvió el teléfono a los dos agentes de la Guardia Real y con un grito llamó a Langdon, que la distinguió entre las sombras y fue hacia ella.
Viendo al profesor, que se internaba en el jardín, Ambra no pudo reprimir una sonrisa al notar que llevaba la chaqueta del frac echada por encima del hombro y la camisa remangada hasta los codos, dejando a la vista el reloj de Mickey Mouse.
—Hola otra vez —dijo Langdon, con aspecto de estar exhausto, esbozando una débil sonrisa.
Los agentes de la Guardia Real mantuvieron la distancia, mientras ellos dos caminaban por el pequeño parque y Ambra le contaba a Langdon la conversación que había tenido con el príncipe: las disculpas de Julián, su afirmación de inocencia y su oferta de romper el compromiso y empezar otra vez la relación desde cero.
—¡Es un auténtico príncipe azul! —exclamó Langdon en broma, aunque por su voz se notaba que estaba sinceramente impresionado.
—Estaba preocupado por mí —señaló Ambra—. Ha sido una noche muy difícil. Quiere que vuelva enseguida a Madrid. Su padre se está muriendo, y él…
—Ambra —la interrumpió Langdon con suavidad—, no tienes nada que explicar. Ve con él.
La mujer creyó percibir cierta decepción en la voz del profesor. Y, en el fondo, ella también estaba un poco decepcionada.
—Robert —dijo—, ¿puedo hacerte una pregunta personal?
—Por supuesto.
Dudó un momento.
—Para ti, en tu fuero interno…, ¿son suficientes las leyes de la física?
Langdon la miró sorprendido, como si esperara una pregunta completamente distinta.
—¿Suficientes en qué sentido?
—Suficientes en el plano espiritual —contestó ella—. ¿Para ti basta con vivir en un universo cuyas leyes crean vida de la nada? ¿O prefieres… a Dios? —Hizo una pausa y pareció un poco avergonzada—. Lo siento. Ya sé que es una pregunta un poco extraña, después de todo lo que hemos pasado esta noche.
—Bueno —respondió Langdon con una carcajada—, creo que podría responderte mejor después de una noche de sueño reparador; pero no, no creo que sea una pregunta extraña. La gente me pregunta a menudo si creo en Dios.
—¿Y qué respondes?
—La verdad —dijo el profesor—. Les digo que, para mí, la cuestión de Dios reside en comprender la diferencia entre códigos y pautas.
Ambra lo miró asombrada.
—No estoy segura de entenderte.
—Los códigos y las pautas son dos cosas muy diferentes —le explicó Langdon—, aunque muchos los confunden. En mi ámbito de trabajo, es muy importante entender el aspecto fundamental que los distingue.
—¿Y cuál es ese aspecto?
Langdon dejó de caminar y se volvió hacia ella.
—Una pauta es cualquier secuencia que presente una organización definida. En la naturaleza vemos pautas por todas partes: la espiral de semillas del girasol, las celdas hexagonales de las colmenas, los círculos concéntricos que se forman en la superficie de una laguna cuando salta un pez, y muchos ejemplos más.
—Muy bien. ¿Y los códigos?
—Los códigos son especiales —prosiguió Langdon, levantando la voz—. Los códigos, por definición, deben contener información. Deben hacer algo más que marcar una simple pauta: deben transmitir datos y expresar un significado. La escritura es un código, igual que la notación musical, las ecuaciones matemáticas, los lenguajes de programación e incluso ciertos símbolos sencillos, como el crucifijo. Todos estos ejemplos pueden transmitir significado o información, mientras que la espiral de los girasoles no transmite nada.
Ambra comprendía el concepto, pero no veía en qué se relacionaba con la idea de Dios.
—La otra diferencia entre códigos y pautas —prosiguió Langdon— es que los primeros no aparecen espontáneamente. La notación musical no crece en los árboles y los símbolos no se dibujan solos en la arena. Los códigos son creaciones deliberadas de una inteligencia consciente.
Ambra asintió.
—Entonces, los códigos tienen detrás una intención, una conciencia…
—Exacto. Los códigos no aparecen de un modo orgánico. Hay que crearlos.
Ambra se lo quedó mirando un buen rato.
—¿Y qué me dices del ADN?
Langdon sonrió, con expresión de profesor satisfecho.
—¡Exacto! —exclamó—. El código genético. ¡Ahí está la paradoja!
De repente, la mujer se sintió entusiasmada. Obviamente, el código genético transmitía información: instrucciones específicas para construir organismos. Y, siguiendo la lógica de Langdon, solo podía sacar una conclusión:
—¡Tú crees que el ADN fue creado por una inteligencia!
El profesor levantó una mano, fingiendo que se defendía.
—¡Eh, alto ahí! —exclamó riendo—. Te estás internando en un terreno peligroso. Déjame decirte solo una cosa. Desde que era niño, siempre he tenido la intuición de que hay una conciencia detrás del universo. Cuando considero la precisión de las matemáticas, la fiabilidad de la física y la simetría del cosmos, no siento que esté observando la frialdad de la ciencia, sino la huella de un ser viviente…, la sombra de una fuerza muy grande, que está fuera de nuestro alcance.
Ambra sentía el poder que animaba las palabras de Langdon.
—Ojalá todos pensaran como tú —dijo—. Nos peleamos demasiado por Dios… Cada uno tiene una versión diferente de la verdad.
—Así es. Por eso Edmond tenía la esperanza de que algún día la ciencia pudiera unirnos —contestó Langdon—. Como él mismo decía: «Si todos adoráramos la gravedad, no discutiríamos sobre el sentido de la atracción».
Con el talón del zapato, procedió a trazar ante ella varias líneas en el suelo de grava.
—¿Verdadero o falso? —preguntó.
Intrigada, Ambra miró los trazos, que componían una sencilla igualdad expresada en números romanos.
I + XI = X
«¿Uno más once es igual a diez?».
—Falso —respondió de inmediato.
—¿Ves alguna manera de que pueda ser verdadero?
La mujer negó con la cabeza.
—No, tu afirmación es falsa. No me cabe ninguna duda.
Con delicadeza, Langdon le tendió un brazo, la cogió de la mano e intercambiaron las posiciones. Entonces, al bajar la vista, la mujer vio los trazos desde la perspectiva que tenía antes el profesor.
La igualdad se había vuelto del revés.
X = IX + I
Sorprendida, levantó la mirada.
—Diez es igual a nueve más uno —dijo Langdon con una sonrisa—. A veces, basta con cambiar de perspectiva para ver la verdad del otro.
Ambra asintió, recordando que había visto infinidad de veces el autorretrato de Winston sin comprender su verdadero significado.
—Y hablando de descubrir verdades ocultas —prosiguió el profesor, con cara de estar divirtiéndose bastante—, estás de suerte. Hay otro símbolo secreto allí mismo, detrás de ti. —Señaló con un dedo—. Ahí, en aquella furgoneta.
Ambra miró y vio un vehículo de FedEx detenido delante de un semáforo en rojo, en la avenida de Pedralbes.
«¿Símbolo secreto?».
Lo único que Ambra veía era el conocido logo de la empresa.

—Es un nombre con un código incorporado —le explicó Langdon—. Hay un segundo nivel de significado, un símbolo oculto que refleja la intención de la empresa de ir siempre hacia adelante.
Ambra se lo quedó mirando.
—¡Si solo hay letras!
—Créeme. Hay un símbolo muy corriente en el logo de FedEx y está apuntando en la dirección que acabo de indicarte.
—¿Apuntando? ¿Quieres decir…? ¿Una flecha?
—Exacto. Trabajas en un museo de arte. Piensa en el espacio negativo.
Ambra observó atentamente el logo, pero no vio nada. Cuando la furgoneta arrancó, se volvió hacia Langdon.
—¡Dime dónde estaba!
El profesor se echó a reír.
—No. Algún día lo descubrirás y, cuando lo hayas hecho…, ¡ya no podrás dejar de verlo!
Ambra estaba a punto de protestar, pero en ese momento se acercaron los agentes de la Guardia Real.
—Señorita Vidal, el avión aguarda.
La mujer hizo un gesto afirmativo y se volvió hacia el profesor.
—¿Por qué no vienes conmigo? —le susurró—. Estoy segura de que al príncipe le encantaría agradecerte en persona todo el…
—Eres muy amable —la interrumpió él—, pero creo que los dos sabemos que mi presencia os resultaría incómoda. Además, acabo de reservar una habitación aquí al lado. —Langdon señaló la torre del Gran Hotel Princesa Sofía—. Todavía conservo la tarjeta de crédito y he cogido prestado un teléfono del laboratorio de Edmond. No me hace falta nada más.
De pronto, la perspectiva de la despedida entristeció a Ambra y también notó que el profesor, pese a su expresión de estoicismo, sentía lo mismo. Sin preocuparse ya por lo que pudieran pensar sus escoltas, dio un paso al frente y rodeó con los brazos a Robert Langdon.
Él le devolvió el abrazo, apoyándole en la espalda sus fuertes manos para atraerla hacia sí. La mantuvo varios segundos entre los brazos, es probable que un poco más de lo que habría sido apropiado, y al final se apartó.
En ese momento, Ambra Vidal sintió que algo se agitaba en su interior. De repente comprendió lo que había dicho Edmond acerca de la energía del amor y la luz… que florecían infinitamente y se expandían, hasta llenar el universo.
«El amor no es un sentimiento finito.
»No tenemos una cantidad limitada de amor que ofrecer.
»Nuestros corazones crean amor a medida que lo necesitamos».
Del mismo modo que un padre y una madre podían amar al instante a su hijo recién nacido, sin que disminuyera el amor entre ellos, Ambra podía sentir afecto por dos hombres diferentes.
«Es verdad. El amor no es un sentimiento finito —se dijo—. Se puede generar de manera espontánea, a partir de la nada».
Después, mientras el coche que la llevaba de vuelta con su príncipe se alejaba despacio, se volvió para mirar a Langdon, que se había quedado solo en el parque y la observaba. El profesor le sonrió con dulzura, le hizo un gesto de despedida con la mano… y pareció necesitar un momento, antes de echarse otra vez la chaqueta del frac por encima del hombro y emprender el solitario camino hacia el hotel.