Origen
Capítulo 55
Página 60 de 113
55
Con una creciente sensación de urgencia, Langdon recorrió con la vista la colección de libros que tapizaba las paredes del corredor de Edmond.
«Poesía… Tiene que haber algo de poesía por aquí, en alguna parte».
La inesperada llegada a Barcelona de los efectivos de la Guardia Real había puesto en marcha un inquietante cronómetro cuyo tictac casi se podía oír, pero Langdon aún confiaba en que no se les agotara el tiempo. Después de todo, en cuanto Ambra y él localizaran el verso que buscaban, necesitarían solo unos segundos para teclear la contraseña y emitir la presentación de Edmond a todo el mundo. «Como él quería».
Echó un vistazo al otro extremo del pasillo, donde Ambra proseguía la búsqueda por el lado izquierdo, mientras él registraba las estanterías de la derecha.
—¿Ves alguna cosa por ahí?
Ambra hizo un gesto negativo.
—De momento, todo es ciencia y filosofía. No hay nada de poesía, ni de Nietzsche.
—Sigue mirando —le dijo Langdon, volviendo a su búsqueda.
En ese momento, estaba recorriendo una sección de gruesos volúmenes de historia:
Privilegio, persecución y profecía: La Iglesia católica en España
Por la espada y la cruz: Evolución histórica de la monarquía católica mundial en España y el Nuevo Mundo
Los títulos le recordaron la triste historia que le había contado Edmond años atrás, cuando Langdon le había comentado que su obsesión por España y el catolicismo le parecía un poco excesiva para un estadounidense ateo.
—Mi madre era española de nacimiento —le había respondido Edmond sin rodeos—. Era católica y vivió abrumada por la culpa.
Mientras su amigo le contaba la trágica historia de su infancia y de su madre, Langdon solo había podido escuchar, sorprendido y en silencio. La madre de Edmond, Paloma Calvo, había nacido en el seno de una familia humilde y trabajadora de Cádiz. A los diecinueve años se había enamorado de un profesor universitario de Chicago, Michael Kirsch, que estaba de año sabático en España, y se había quedado embarazada. Como conocía el trato denigrante que su comunidad estrictamente católica reservaba a las madres solteras, no había visto más alternativa que aceptar la poco entusiasta proposición de casarse e irse a vivir a Chicago que le había hecho su amante. Poco después del nacimiento de Edmond, el marido de Paloma había sido arrollado mortalmente por un coche, mientras volvía a casa en bicicleta de una de sus clases.
—¡Castigo divino! —proclamó el padre de Paloma al enterarse.
Los padres de la joven se negaron a acogerla en su casa de Cádiz, para no avergonzar a la familia, y le dijeron que sus desdichas eran una señal inequívoca de la ira de Dios y una clara advertencia de que el reino de los cielos jamás le abriría sus puertas, a menos que se consagrara en cuerpo y alma a Jesucristo por el resto de sus días.
Tras la tragedia, Paloma consiguió trabajo de camarera en un hotel de carretera e intentó criar a su hijo lo mejor que pudo. Por la noche, leía las Sagradas Escrituras e imploraba el perdón divino en su miserable apartamento, pero su pobreza no hacía más que aumentar y, con ella, la creencia de que el Señor no aceptaba su arrepentimiento.
Al cabo de cinco años, desventurada y temerosa, Paloma se convenció de que el gesto más generoso de amor materno que podía ofrecer a su hijo era brindarle una nueva vida, a salvo del castigo divino por sus pecados. Dejó al pequeño en un orfanato y regresó a España, donde ingresó en un convento. Edmond no volvió a verla nunca más.
A los diez años, el niño se enteró de que su madre había muerto en el convento, pero no supo que había perecido durante un ayuno autoimpuesto, ahorcándose al final, abrumada por el dolor físico.
—No es una historia agradable —le había dicho Edmond a Langdon—. Me enteré de los detalles cuando estaba cursando el bachillerato. Como podrás imaginar, la inquebrantable exaltación religiosa de mi madre ha tenido mucho que ver con el odio que siento por la religión. Lo llamo «la tercera ley de Newton de la educación infantil»: por cada locura de los padres, los hijos cometen otra de igual magnitud, pero en el sentido opuesto.
Tras oír la historia, Langdon había podido comprender la amargura y la ira que había notado en Edmond durante su primer año en Harvard. También le había parecido sorprendente que su amigo nunca se quejara de los rigores de su infancia. Al contrario, solía decir que se consideraba afortunado por las adversidades padecidas, pues le habían servido de poderosa motivación para alcanzar las dos metas que se había fijado de niño: la primera, salir de la pobreza, y la segunda, contribuir a desvelar la hipocresía de la fe, que en su opinión había destruido a su madre.
«Triunfó en ambos frentes», pensó con tristeza Langdon, mientras seguía registrando la biblioteca.
Al pasar a una nueva sección de estanterías, vio muchos títulos que reconoció enseguida, la mayoría relacionados con la perenne preocupación de Edmond por los peligros de la religión:
El espejismo de Dios
Dios no es bueno
Dios no existe. Lecturas esenciales para el no creyente
Carta a una nación cristiana
El fin de la fe
El virus de Dios. Cómo infecta la religión nuestras vidas y nuestra cultura
A lo largo de la última década, muchas obras que defendían la razón por encima de la fe habían escalado a los primeros puestos de las listas de los libros más vendidos. Langdon tenía que admitir que el alejamiento de la religión era un cambio cultural cada vez más visible, incluso en el campus de Harvard. Recientemente, The Washington Post había publicado un artículo sobre «la falta de religiosidad de Harvard», en el que señalaba que, por primera vez en los trescientos ochenta años de historia de la institución, había más agnósticos y ateos entre los estudiantes de primer curso que protestantes y católicos.
Del mismo modo, en todo el mundo occidental estaban surgiendo organizaciones antirreligiosas que reaccionaban contra lo que consideraban el peligro de los dogmas de fe: los Ateos de América, la Fundación por la Liberación de la Religión, la Asociación de Humanistas de Estados Unidos o la Alianza Atea Internacional.
Langdon nunca había prestado mucha atención a ninguno de esos grupos, hasta que Edmond le había hablado de los Brights («Brillantes»), una organización internacional que, pese a tener un nombre que se prestaba a malentendidos, defendía una visión naturalista del mundo, sin elementos místicos ni sobrenaturales. Entre los miembros de los Brights destacaban intelectuales de gran prestigio como Richard Dawkins, Margaret Downey o Daniel Dennett. Por lo visto, el creciente ejército de los ateos contaba ahora con armas muy poderosas.
Langdon había visto libros de Dawkins y de Dennett unos minutos antes, mientras buscaba en la sección de la biblioteca dedicada a la evolución.
El relojero ciego, uno de los clásicos de Dawkins, presentaba unos argumentos contundentes contra la idea teleológica de que el ser humano —lo mismo que una compleja obra de relojería— no podía existir sin un diseñador inteligente. Igualmente, en uno de sus libros, La peligrosa idea de Darwin, Dennett sostenía que la selección natural por sí sola era suficiente para explicar la evolución de la vida y que era posible la existencia de complejos mecanismos biológicos sin la intervención de un diseñador divino.
«Dios no es necesario para la vida», reflexionó Langdon, recordando de pronto la presentación de Edmond. La pregunta «¿De dónde venimos?» comenzó a resonar con más fuerza en su mente. «¿Tendrá eso que ver con el descubrimiento de Edmond? —se preguntó—. ¿La idea de que la vida existe por sí sola, sin la necesidad de un creador?».
Obviamente, esa idea entraba en clara contradicción con los principales relatos de la Creación, lo que hizo que aumentara aún más la curiosidad de Langdon, ansioso por saber si había dado con una buena pista. Por otro lado, la hipótesis le parecía completamente imposible de demostrar.
—¿Robert? —lo llamó Ambra, a su espalda.
Cuando se volvió, Langdon vio que la mujer había terminado de revisar su parte de la biblioteca y le estaba haciendo un gesto negativo.
—Aquí no hay nada —anunció ella—. Solo ensayos. Te ayudaré a buscar en las estanterías que faltan.
—Yo tampoco he encontrado nada, de momento.
Mientras Ambra se reunía con él en su lado de la biblioteca, la voz metálica de Winston resonó en el móvil.
—¿Señorita Vidal?
Ambra levantó el teléfono de Edmond.
—¿Sí?
—El profesor Langdon y usted tienen que ver una cosa ahora mismo —dijo Winston—. El Palacio acaba de hacer una declaración pública.
Langdon se aproximó rápidamente a Ambra y se situó muy cerca de ella para ver el vídeo que acababa de aparecer en la pantalla.
Enseguida reconoció la plaza de delante del Palacio Real de Madrid, y vio aparecer a cuatro agentes de la Guardia Real, que conducían de malos modos a un hombre uniformado y esposado. Los agentes obligaron al prisionero a volverse y a mirar a la cámara, como para humillarlo ante los ojos del mundo.
—¡¿Garza?! —exclamó Ambra, sin dar crédito a lo que veía—. ¿Han arrestado al comandante de la Guardia Real?
A continuación, la cámara se movió y enfocó a una mujer de gafas gruesas, que se sacó un papel del bolsillo de la chaqueta y se dispuso a leer una declaración.
—Es Mónica Martín —explicó Ambra—, coordinadora de relaciones públicas. ¿Qué demonios está pasando?
La mujer empezó a leer, articulando cada palabra con minuciosa claridad.
—El Palacio Real ha dispuesto el arresto del comandante Diego Garza por su participación en el asesinato de Edmond Kirsch y su intento de implicar a monseñor Valdespino en el atentado.
Langdon percibió que Ambra se tambaleaba ligeramente a su lado, mientras Mónica Martín proseguía la lectura.
—En lo referente a nuestra futura reina, Ambra Vidal, y al profesor Robert Langdon, de nacionalidad estadounidense, debo decir que por desgracia las noticias son sumamente inquietantes.
Langdon y Ambra intercambiaron una mirada de preocupación.
—El personal de seguridad acaba de confirmarnos —prosiguió Martín— que Robert Langdon se llevó por la fuerza a la señorita Vidal del museo Guggenheim. La Guardia Real se encuentra en estado de alerta máxima, en coordinación con la policía local de Barcelona, donde al parecer el profesor estadounidense tendría retenida a la señorita Vidal.
Langdon se había quedado sin habla.
—A partir de ahora, estamos oficialmente ante un caso de secuestro. Se ruega la colaboración de la ciudadanía para informar al instante a las autoridades de cualquier dato que pudiera conducir a la localización de la señorita Vidal o del señor Langdon. Esto es todo. El Palacio no hará más declaraciones al respecto.
Los periodistas empezaron a gritar preguntas a Martín, que se volvió de repente y se marchó por donde había llegado.
—Esto es… una lo-locura —tartamudeó Ambra—. ¡Mis escoltas me han visto salir del museo por mi propia voluntad!
Sin apartar la vista de la pantalla del móvil, Langdon intentaba buscar un sentido a lo que acababa de ver. Pese al torbellino de preguntas que se arremolinaban en su mente, había algo que no le merecía ninguna duda.
«Estoy en grave peligro».