Origen

Origen


Capítulo 57

Página 62 de 113

57

—No soy ningún monstruo —declaró Ávila, dejando escapar un suspiro, mientras orinaba en un mugriento excusado, en un área de descanso desierta de la N-240.

A su lado, el conductor de Uber estaba tiritando, tal vez demasiado nervioso para orinar.

—Ha amenazado… a mi familia.

—Y si haces lo que te pido —contestó Ávila—, te garantizo que no les pasará nada. Llévame a Barcelona, déjame allí y nos despediremos como amigos. Te devolveré la cartera, olvidaré tu dirección y nunca más tendrás que preocuparte por mí.

El conductor levantó la vista. Le temblaban los labios.

—Eres un hombre devoto —dijo Ávila—. He visto la cruz papal en el parabrisas del coche. Y sea cual sea la opinión que tengas de mí, te sentirás en paz contigo mismo si piensas que esta noche estás siendo un instrumento de Dios. —Terminó de orinar—. Los caminos del Señor son inescrutables.

Retrocedió un paso y acercó la mano a la pistola impresa en 3D que llevaba metida en el cinturón y que estaba cargada con la única bala que le quedaba. No sabía si tendría que usarla esa noche.

Se dirigió a la fila de lavabos y dejó correr el agua sobre las palmas de las manos, donde lucía el tatuaje que el Regente le había aconsejado que se hiciera, por si lo capturaban. «Una precaución innecesaria», pensó Ávila, sintiéndose como el fantasma de un vagabundo, imposible de detectar en medio de la noche.

Se miró en el espejo manchado y le sorprendió su apariencia. La última vez que se había visto, llevaba el uniforme blanco de gala, con el cuello de tirilla almidonado y la gorra naval. Ahora que se había quitado la guerrera y la camisa del uniforme, parecía más un camionero, con su camiseta de cuello de pico y una gorra de visera que le había prestado el conductor.

Irónicamente, el hombre desgreñado del espejo le recordaba el aspecto que había tenido en su época de borracho autodestructivo, después del atentado que le había arrebatado a su familia.

«Estaba en un pozo sin fondo».

Sabía que el punto de inflexión había llegado el día en que Marco, su fisioterapeuta, lo había convencido para ir a ver al «papa».

Nunca olvidaría la sensación que tuvo al divisar los espectrales campanarios de la Iglesia palmariana, ni el momento en que atravesó los imponentes portones de seguridad, ni su ingreso en la catedral en plena misa de la mañana, mientras una multitud de fieles rezaba de rodillas.

La única iluminación del enigmático templo era la luz natural que se filtraba por las vidrieras de colores, y en el aire flotaba un denso aroma de incienso. Cuando Ávila vio los altares dorados y los bancos de madera lustrosos, se dijo que los rumores acerca de la enorme fortuna de los palmarianos debían de ser ciertos. La iglesia era tan hermosa como cualquiera de las catedrales que conocía el almirante, pero era diferente de todas las demás.

«Los palmarianos son enemigos acérrimos del Vaticano».

Al fondo de la catedral, de pie junto a Marco, Ávila contempló la congregación y se preguntó cómo habría hecho esa rama escindida de la Iglesia católica para prosperar, después de pregonar a los cuatro vientos su abierta oposición a Roma. Quizá su denuncia de un Vaticano cada vez más liberal encontrara eco en los creyentes que ansiaban una interpretación más conservadora de la fe.

Mientras avanzaba cojeando con sus muletas entre las filas de bancos, Ávila se sintió como un pobre tullido de peregrinaje a Lourdes en busca de una cura milagrosa. Un sacristán salió al encuentro de Marco y condujo a los dos hombres hasta los asientos que les habían reservado en la primera fila. Los fieles a su alrededor los miraron con curiosidad, preguntándose quiénes serían los beneficiarios de ese tratamiento especial. Ávila se arrepintió de haberse dejado convencer por Marco para vestir el uniforme de gala con todas sus condecoraciones.

«Pensaba que iba a conocer al papa».

Se sentó y levantó la vista hacia el altar mayor, donde un joven feligrés de traje y corbata leía un pasaje de la Biblia que Ávila reconoció enseguida. Era del Evangelio según san Marcos.

—«Si tenéis algo contra alguien, perdonad, para que también vuestro Padre que está en los cielos perdone vuestras ofensas».

«¿Más perdón?», pensó Ávila, con una mueca de disgusto. Sentía como si hubiera oído ese pasaje miles de veces en boca de los psicólogos, los terapeutas de duelo y las monjas que lo habían atendido en los meses siguientes al atentado terrorista.

Finalizó la lectura y los acordes de un órgano resonaron en el interior del templo. Los fieles se levantaron al unísono y Ávila los imitó a su pesar, con un gesto de dolor. Se abrió una puerta oculta detrás del altar y apareció una figura que hizo vibrar de emoción a todos los asistentes.

Era un hombre de unos cincuenta años, de buena planta, actitud altiva y mirada penetrante. Vestía alba, estola dorada, casulla bordada y una imponente mitra papal decorada con piedras preciosas. Avanzó hacia la congregación con los brazos extendidos, como si flotara a escasos centímetros del suelo mientras se desplazaba hasta el centro del altar.

—Ahí está —susurró Marco emocionado—: el papa Inocencio XIV.

«¿Se hace llamar “papa Inocencio XIV”?». Ávila sabía que los palmarianos reconocían la legitimidad de todos los papas hasta Pablo VI, que había muerto en 1978.

—Hemos llegado justo a tiempo para oír su homilía —dijo Marco.

El papa se alejó del altar y del púlpito, y bajó los peldaños que lo separaban de los feligreses. Se ajustó el micrófono de pinza, tendió las manos y compuso una cálida sonrisa.

—Buenos días —saludó en un susurro.

La congregación le respondió con un clamoroso «¡Buenos días!».

El papa siguió alejándose del altar, cada vez más cerca de su congregación.

—Acabamos de oír una lectura del Evangelio según san Marcos —comenzó—, un pasaje que escogí personalmente, porque esta mañana quiero hablar del perdón.

Avanzó en dirección a Ávila y se detuvo a su lado en el pasillo, casi rozándolo. No bajó la vista ni una sola vez. Incómodo, el almirante miró a Marco, que le respondió con un entusiasmado gesto de asentimiento.

—A todos nos cuesta perdonar —dijo el papa a su congregación—. Y eso se debe a que algunas ofensas nos parecen imperdonables. Cuando alguien mata a personas inocentes en un acto de odio en estado puro, ¿debemos poner la otra mejilla, como nos enseñan algunas iglesias?

Todo el templo se sumió en un silencio sepulcral y el papa bajó aún más la voz.

—Cuando unos extremistas anticristianos hacen estallar una bomba en plena misa matutina en la catedral de Sevilla, y esa bomba mata a madres y a niños inocentes, ¿debemos perdonar? La detonación de una bomba es un acto de guerra, un ataque que no va dirigido solo contra los católicos o los cristianos, sino también contra todas las fuerzas del bien… ¡contra el mismo Dios!

Ávila cerró los ojos e hizo un esfuerzo para no ver de nuevo las horrendas imágenes de aquella mañana, al tiempo que reprimía la rabia y el desconsuelo que aún le atenazaban el corazón. Mientras la ira crecía en su interior, sintió que el papa le apoyaba suavemente una mano sobre el hombro. Abrió los ojos, pero el hombre seguía sin mirarlo. Aun así, el tacto de su mano era firme y reconfortante.

—No olvidemos el Terror Rojo —prosiguió el papa—. Durante nuestra guerra civil, los enemigos de Dios quemaron iglesias y conventos, asesinaron a más de seis mil sacerdotes y torturaron a cientos de monjas, a las que obligaban a tragarse las cuentas del rosario, antes de violarlas y arrojarlas a un pozo para que allí murieran. —Hizo una pausa y aguardó a que sus palabras calaran—. Esa clase de odio no desaparece con el tiempo; al contrario, fermenta y cobra fuerza, a la espera de manifestarse de nuevo como un cáncer. Hijos míos, os advierto que el mal acabará con nosotros si no le plantamos cara. Nunca lo derrotaremos si llevamos el perdón por bandera.

«¡Cuánta razón tiene!», pensó Ávila, cuya experiencia en la Armada le había hecho ver que abordar la mala conducta con mano blanda solo servía para multiplicar el caos.

—Creo que en algunos casos —prosiguió el papa— el perdón puede ser peligroso. Cuando perdonamos al mal que hay en el mundo, le estamos dando permiso para que crezca y se multiplique. Cuando respondemos a un acto de guerra con un acto de clemencia, estamos animando a nuestros enemigos a perseverar en el camino de la violencia. Llega un momento en que debemos ser como Jesucristo, cuando derribó por la fuerza las mesas de los mercaderes en el Templo, y gritar: «¡no lo permitiremos!».

«¡Estoy de acuerdo!», habría querido gritar Ávila, mientras la congregación asentía entusiasmada.

—Pero ¿qué estamos haciendo? —preguntó el papa—. ¿Tiene la Iglesia de Roma una postura firme, como la de Jesucristo? ¡No! Hoy nos enfrentamos a los peores males del mundo sin más arma que nuestra capacidad de perdonar, amar y compadecernos del prójimo. Y así permitimos que el mal avance. ¡Incluso lo animamos a avanzar! Como respuesta a los repetidos ataques de que somos objeto, expresamos nuestra preocupación en términos políticamente correctos e insistimos en que una persona es mala solo porque ha tenido una infancia difícil o una vida miserable, o tal vez porque los crímenes cometidos contra sus seres queridos han alimentado su odio y, por lo tanto, es culpa nuestra. Pero yo digo: «¡basta ya! ¡El mal es el mal! ¡Todos hemos conocido la adversidad en la vida!».

La congregación estalló en una salva de aplausos espontánea, algo que Ávila nunca había visto en una misa católica.

—Hoy he querido hablar del perdón —continuó el papa, sin apartar la mano del hombro de Ávila—, porque tenemos un invitado muy especial entre nosotros. Me gustaría agradecer al almirante Luis Ávila que haya querido honrarnos con su presencia. El almirante es un prestigioso oficial de nuestras Fuerzas Armadas, que ha sufrido en carne propia los zarpazos del mal. Como todos nosotros, ha intentado perdonar.

Antes de que Ávila pudiera protestar, el papa empezó a describir con penoso lujo de detalles las tragedias de su vida: la pérdida de su familia en un atentado terrorista, su caída en el alcoholismo y, finalmente, su fallido intento de suicidio. La reacción inicial del almirante fue sentir furia contra Marco por haber traicionado su confianza; sin embargo, al oír su propia experiencia contada de esa manera, fue extraño, pero se sintió reconfortado y más fuerte. Fue como reconocer públicamente que había tocado fondo y que de alguna manera, quizá milagrosa, había sobrevivido.

—Ahora que conozco su historia —dijo el papa—, diría que Dios intervino en la vida del almirante Ávila y lo salvó…, para destinarlo a un fin más elevado.

Tras esa afirmación, el papa palmariano Inocencio XIV bajó la vista y miró directamente a Ávila por primera vez. Sus ojos hundidos parecían capaces de penetrar el alma. Electrizado, el almirante se sintió dueño de una fuerza que no había experimentado en años.

—Hijo mío —el papa se dirigió a él—, creo que la trágica pérdida que has sufrido no admite perdón. Ni la ira que sientes ni tu justo deseo de venganza encontrarán alivio si pones la otra mejilla. ¡Y es bueno que así sea! Tu sufrimiento será el catalizador de tu salvación. ¡Estamos aquí para apoyarte! ¡Para amarte! ¡Para permanecer a tu lado y ayudarte a transformar tu furia en una fuerza poderosa en defensa del bien en el mundo! ¡Alabado sea Dios!

—¡Alabado sea Dios! —respondieron los fieles al unísono.

—Dime, hijo mío —continuó el papa, mirando a Ávila a los ojos con una expresión aún más intensa—, ¿cuál es el lema de la Armada española?

Pro Deo et patria —contestó Ávila de inmediato.

—Así es, pro Deo et patria. «Por Dios y por la patria». Hoy tenemos entre nosotros a un oficial condecorado de la Armada que ha servido con honores a la patria. Pero… ¿ha servido a Dios?

Ávila levantó la vista hacia aquellos ojos de mirada intensa y le invadió de pronto una profunda conmoción.

—Tu vida no ha terminado, hijo mío —susurró el papa—; tu obra está inconclusa. Por eso te ha salvado el Señor. Solo has cumplido a medias tu juramento. Has servido a la patria, sí…, pero ¡aún no has servido a Dios!

Ávila notó como si lo hubiera alcanzado una bala.

—¡La paz sea con vosotros! —exclamó el papa.

—¡Y con tu espíritu! —respondió a coro la congregación.

De repente, Ávila se sintió devorado por un mar humano de buenos deseos y apoyo incondicional diferente de cualquier sensación que hubiera experimentado hasta entonces. Escudriñó los ojos de los feligreses para ver si reconocía algún signo del fanatismo sectario que temía encontrar, pero solo vio optimismo, buena voluntad y una pasión sincera por cumplir los designios de Dios, exactamente lo que Ávila necesitaba y echaba de menos.

A partir de aquel día, con la ayuda de Marco y de sus nuevos amigos, Ávila inició la larga escalada para salir del pozo sin fondo de la desesperación. Recuperó su estricta rutina de ejercicios, volvió a cuidar la alimentación y, lo más importante de todo, redescubrió la fe.

Al cabo de unos meses, al término de las sesiones de fisioterapia, Marco le regaló una Biblia encuadernada en piel, con una docena de pasajes marcados.

Ávila leyó unos cuantos al azar:

ROMANOS 13:4

Porque es servidor de Dios…

el vengador que castiga al que practica el mal.

 

SALMOS 94:1

¡Oh, Señor, Dios de la venganza,

oh, Dios de la venganza, resplandece!

 

2 TIMOTEO 2:3

Sufre, pues, penalidades,

como buen soldado de Jesucristo.

—Recuerda —le había dicho Marco con una sonrisa—: cuando el mal asoma la cabeza al mundo, Dios trabaja a través de cada uno de nosotros de forma diferente para imponer su voluntad en la Tierra. El perdón no es el único camino a la salvación.

Ir a la siguiente página

Report Page