Número dos
Tercera parte
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¿Y si el amor fuese la solución? Sentirse deseado, valorado, amado, tal vez ese fuera el antídoto para la obsesión de su fracaso. Pero para ello tenía que conocer a una mujer que pudiera vendarle el corazón. Se puso a buscarla. Como es natural, primero intentó restablecer el contacto con Mathilde, pero esta no quería ni oír hablar de él. Martin acechó entonces a las visitantes del museo, se dio de alta en webs de contactos y empezó a caminar más despacio por la calle.
Pero no había nada que hacer; ni el más mínimo encuentro en el horizonte. Sencillamente, Martin había pasado por alto un elemento: es de sobra sabido que para hallar el amor hay que dejar de buscarlo. Cuando se topó con un anuncio de una vidente, decidió consultarle. La mujer respiró muy hondo, como si hubiera que practicar la apnea para entrever el porvenir en lo más hondo de una misma, y al final dijo: «La conocerá usted en una cocina…». Martin quiso saber más, pero era lo único que la pitonisa veía. Aun así, aquel dato enigmático y lapidario le costó cien euros.
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Como si fuese director de casting del Louvre, su nueva función consistía en escoger a los vigilantes de sala. Qué ironía para aquel que tanto sufría por haber sido descartado. Desde luego, los desafíos tenían menos importancia; muy lejos quedaba el papel protagonista de una película de fama internacional. Muchos candidatos, estudiantes universitarios en su mayoría, solo pretendían sacarse un dinerillo. Pero a Martin le impactó enseguida una particularidad que no había sospechado: él no era el único que se presentaba en el museo en busca de refugio. Al igual que él, allí recalaban hombres y mujeres con la esperanza de huir del doloroso contexto de lo contemporáneo. Es más, se vio frente a un auténtico ejército de segundones.
Entre los aspirantes conoció a un escritor que había sido finalista del premio Goncourt en 1978. Aquel año ganó un Patrick Modiano de treinta y tres años, por su sexta novela, Calle de las Tiendas Oscuras. Desde entonces, el laureado novelista no paraba de acumular éxitos y fascinaba a las masas en sus intervenciones televisadas en el programa de Bernard Pivot. Para el perdedor, la gloria del Otro se convirtió en la prolongación permanente de su fracaso[4]. Agotado de ver por todas partes al que fugazmente había sido su rival, al final dejó de escribir. Y hete aquí que ahora pretendía hallar cobijo en un museo. A Martin lo trastornó la trayectoria de aquel hombre, tan similar a la suya. Lo contrató ipso facto.
Todos los perdedores de concursos mediáticos habían vivido ese mismo sufrimiento: un fracaso acentuado por la imagen permanente del júbilo del ganador. Siempre se les podía decir: «¡Es magnífico que hayas llegado a la final!». Pero no, nadie podía regocijarse de un recorrido que terminaba tan cerca de la meta. Era preferible mantenerse en la sombra a rozar la luz. La amargura se multiplicaba. El rechazado regresaba a las profundidades del desinterés general mientras las atenciones de todos cegaban al afortunado. Aunque un Goncourt no valía lo mismo que un Potter en materia de intensidad, las adversidades sí que eran comparables.
Varias semanas más tarde, fichó a una antigua dama de honor de Miss Francia. En 1987, se había quedado a las puertas del título frente a Nathalie Marquay, que más tarde se casaría con un famoso presentador de informativos. Lo habitual es que la elegida solo capte la atención de los focos durante un año. De este modo, los tormentos de la perdedora se alivian con el término de la fase de mediatización; solo que en este caso no hubo punto final. Nathalie Marquay participaría incluso en un programa de telerrealidad. Por ello, igual que el escritor no premiado, la primera dama de honor de Miss Francia 1987 deseaba esconderse a la sombra de los cuadros.
Martin no daba crédito; estaba contratando a sus hermanos y hermanas de sufrimiento. No había acritud en su comportamiento, solo un deseo de protegerse de los ataques de la actualidad durante unas horas cada día. El aspirante que entraba en ese mismo instante en su despacho encarnaría un nuevo ejemplo. Inquieto, Karim barrió la estancia con la mirada antes de sentarse. Se lo notaba en un permanente estado de alerta. Tras repasar su currículum, Martin preguntó:
—¿Es usted actor?
—¿Cómo lo sabe?
—Porque lo pone aquí…
—Ah, jolín, debí de mandar un currículum antiguo. Decidí dejarlo.
—Pese a todo, ha participado en varias películas. Su carrera parecía prometedora…
—Sí, pero todo eso se acabó.
—Y quiere ser vigilante de sala.
—Sí. Me apetece estar en un sitio… que…, cómo decirlo… No sé, aquí uno se olvida de todo.
—Lo entiendo. Pero no es tan sencillo como parece. Hay gente, hay que mantener la concentración…
—Imagino…
—¿Le puedo hacer una pregunta?
—No ha hecho otra cosa desde que he entrado.
—Sí, cierto… Me refería a una pregunta más personal…
—Adelante.
—¿Quién ocupó su lugar?
—¿Cómo? —dijo Karim, desconcertado.
—Que quién ocupó su lugar.
—Pero… Pero… ¿Por qué me pregunta eso?
—El papel…, ¿a quién se lo dieron?
—Pero…
—¿Qué película era?
—…
—Puede contármelo todo.
—No sé por qué me suelta eso… de buenas a primeras… —balbució Karim.
Hubo un tiempo muerto durante el cual el joven no supo qué pensar. Por espacio de un segundo, se preguntó si aquello no sería una especie de cámara oculta. Pero no, no podía ser. Él había acudido allí por propia iniciativa; nadie podría haber premeditado semejante jugarreta. En un tono muy cordial, Martin repitió que podía contárselo todo, que quedaría entre ellos dos. Al final, Karim confesó:
—Un profeta. Fue Un profeta… la película de Jacques Audiard.
—Y supongo que ya solo quedaban el otro y usted.
—Pues… sí… ¿Cómo…?
—Lo sé.
—A decir verdad, no me gusta mucho hablar de eso.
—Lo entiendo.
—…
—¿Podemos tutearnos? —propuso Martin—. Tenemos más o menos la misma edad.
—Sí.
—¿Cómo se llamaba el otro actor?
—Ta… har… No me apetece pronunciar su nombre…
—Sí, eso también lo comprendo.
—Para colmo, el tío hizo doblete en los premios César. Qué asco me da…
Mucho más tarde, Martin le contaría su aventura a Karim. Este último no saldría de su asombro. Quedarse a un tris de ser Harry Potter le pareció muchísimo más violento que su propio fracaso. De pronto se sentiría como ante el paciente cero de su enfermedad. Por lo pronto, Martin seguía invitando a hablar a Karim. Al igual que él, el joven actor no había pedido nada en un primer momento. Jacques Audiard lo vio en una de sus interpretaciones en otra película y solicitó conocerlo. Durante el primer encuentro simplemente charlaron; la corriente fluyó entre ellos y Karim se marchó tratando de dominar su entusiasmo. Audiard tenía una reputación espectacular. Ya había dirigido grandes películas, como Un héroe muy discreto o De latir, mi corazón se ha parado. Trabajar con él no solo era el sueño de cualquier actor, sino que podía cambiar el curso de una carrera, acaso de una vida.
Dar con el intérprete de su nuevo proyecto representaba para Jacques Audiard un auténtico reto. Era evidente que necesitaba a un desconocido. Unas semanas después se vio frente a dos opciones. Vaciló, hizo varias pruebas a un actor, luego al otro. Karim hablaba de un período euforizante y a la vez angustioso. Se documentó a fondo acerca del universo carcelario, trabajó los andares, el vocabulario; estaba dispuesto a todo para conseguir el papel. Audiard parecía impresionado por la voluntad del joven, que empezaba a creer seriamente en sus posibilidades. Era la oportunidad de su vida; estaba escrito para él, no le cabía la menor duda. Sin embargo, al final Jacques Audiard se quedó con Tahar Rahim. ¿Quién era ese tío? Nadie había oído hablar de él jamás. Un desconocido acababa de robarle su sueño. Karim cayó en lo que finalmente reconoció como una depresión. Pasó semanas sin salir de la cama, dándole vueltas al desafortunado giro que había dado su destino. Sus allegados intentaron subirle la moral. A fin de cuentas, no había sido ninguna fruslería: Audiard le había echado el ojo. Seguro que lo escogería para la siguiente película. Las atenciones, los empeños de su entorno eran gestos amables, pero nada de lo que le dijeran podía ayudarlo. Karim remontó el bache sin ayuda y empezó a sentirse mejor. Volvió a la senda de los castings, logró animarse. Pero, al igual que Martin, sufrió lo que podríamos denominar como la segunda ola. Una resaca del fracaso que sería aún más violenta.
En mayo de 2009, Un profeta causó sensación en el Festival de Cannes. La revelación fulminante de su joven intérprete estaba en boca de todos. Unos meses después salió doblemente premiado de la ceremonia de los César: mejor actor y mejor revelación. Un prodigio. Raras veces había despegado así una carrera, con tal unanimidad. Cada parcela del éxito de Tahar Rahim derrotaba un poco más a Karim, que se sentía movido por la rabia y el asco. Y lo que es peor, su madre olvidó en el salón una revista de cotilleo donde aparecía una imagen del actor, todo sonrisas, en compañía de una joven. El pie de foto rezaba: «Además del éxito, Tahar Rahim encontró el amor en el rodaje. Leila y él son ahora inseparables…». Karim escudriñó la foto largo rato, en particular la cara de aquella chica. Le pareció tan guapa que aquello terminó de rematarlo.
El monólogo duró casi veinte minutos. Martin tenía lágrimas en los ojos; había sentido en sus carnes cada palabra. Se levantó para abrazar a su compañero de desdicha. Y al final balbució un «Muy bien, estás contratado…». Karim retrocedió un metro, como si de pronto acabara de recobrar el sentido de la realidad. Nunca había hecho una entrevista tan incongruente.
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Martin ya no se sentía solo, y eso cambiaba muchas cosas. Karim y él se ayudaban mutuamente en la estrategia de evitación, de Daniel Radcliffe en el caso de uno y de Tahar Rahim en el caso del otro. Pero seguía siendo igual de complicado. Ahora que la saga Harry Potter había acabado, la prensa no paraba de examinar hasta los hechos y gestos más insignificantes de su actor principal. Centenares de artículos versaban sobre el siguiente capítulo de su carrera. «¿Qué hará ahora?». La pregunta obsesionaba al planeta mediático. Total, que aquello no se acabaría nunca. A priori, estaba rodando una película de terror, La mujer de negro. Lo único que podía hacer Martin era esperar que los siguientes proyectos cinematográficos fuesen un chasco y que Radcliffe cayera paulatinamente en el olvido. Le deseaba una carrera al más puro estilo Macaulay Culkin, al que tanto le costó recuperarse del bombazo de Solo en casa. Por lo demás, se rumoreaba que Radcliffe había caído en el alcoholismo, de modo que tal vez hubiera una esperanza… que se atenuó enseguida. En las entrevistas que el actor concedía con regularidad no paraba de alardear de la increíble aventura que era su vida.
Martin podía estar orgulloso de sí mismo: había sobrevivido a siete novelas y ocho películas. Sin embargo, el final de la saga no había sofocado en absoluto la histeria; todo lo contrario. Se lanzaban peticiones constantemente para que J. K. Rowling retomara los personajes en un libro. Se especulaba, se protestaba, se fantaseaba. Había conmemoraciones y celebraciones miraras donde miraras. Y la guinda: acababa de anunciarse una nueva serie de películas, Animales fantásticos y dónde encontrarlos, que sería una especie de derivado narrativo de Harry Potter. Martin estaba agotado de antemano.
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Transcurrieron varios meses en este ambiente bicéfalo. Martin alternaba los momentos de realización profesional con aquellos en los que dudaba de poder llevar una vida normal en un futuro. Hasta el día que Jeanne decidió darle una sorpresa. Echaba muchísimo de menos a su hijo; no soportaba más verlo solamente por pantalla interpuesta. Sin avisarlo, cogió un vuelo a París, se presentó en el Louvre directamente desde el aeropuerto, le hizo una foto a una obra y se la envió. Martin podría haberse preguntado por qué su madre compartía aquel cuadro con él, pero lo supo instintivamente: «Está aquí». Salió del despacho a todo correr, atravesó incontables salas zigzagueando entre los visitantes y por fin llegó hasta la Mujer ante el espejo de Tiziano. Sí, allí estaba Jeanne. Qué bonito gesto había tenido. Ella también lo vio y se acercaron el uno al otro muy despacio. Se abrazaron con tan poca compostura que varios japoneses inmortalizaron el instante.
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No se trataba de una mera visita. Jeanne había decidido volver a Francia para ver a su hijo, pero también por hartazgo de la vida en Estados Unidos. Había entablado muy pocas relaciones. Tanto en el amor como en la amistad, aquel país era una tierra de mero coqueteo. Por otra parte, la situación ya no era tan interesante. Se cumplía la primera mitad del mandato de Barack Obama y la reelección parecía ya ganada. En cambio, Jeanne había visto varias veces en Washington a Dominique Strauss-Kahn y estaba convencida de que sería el siguiente inquilino del Elíseo. Por ello, se había propuesto escribir un ensayo sobre él: D. S.-K., un presidente francés made in USA. Meses más tarde, se vería obligada a abandonar el proyecto.
Recuperaron sus viejas costumbres, alternando paseos y restaurantes. Aunque Jeanne seguía evitando el tema tabú, tenía una idea que quería compartir con su hijo. Una idea que giraba en torno a la expresión «vencer al mal con el mal». A decir verdad, aquel pensamiento no surgía de la nada. Jeanne acababa de descubrir que en un castillo de Polonia se había hecho una réplica exacta de Hogwarts. Y que se organizaban estancias para los fans. A Jeanne le parecía evidente que, igual que existían prácticas en las cabinas de mando de los aviones para quienes tenían fobia a volar, su hijo debía participar en uno de aquellos viajes organizados.
—¿Estás hablando en serio?
—Completamente.
—No veo de qué manera podría tranquilizarme.
—Me has dicho que te sentó bien poder comprar un libro o ir al cine. Esto sería la etapa suprema. Estoy segura de que, si pasas esa prueba, todo se solucionará.
—No tiene ni pies ni cabeza.
—Cariño mío, nada tiene ni pies ni cabeza desde el principio.
Había que reconocer que a su madre no le faltaba razón. Su vida no se parecía a ninguna otra. Estaba paralizado por la obra más famosa del mundo. Tal vez Jeanne estuviera en lo cierto. Se obraría el milagro y él saldría del trance feliz, por fin. A Martin no le convencía la idea, pero valía la pena probar. En el peor de los casos, si se sentía demasiado mal, siempre podría dar media vuelta.
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Mientras atravesaba pueblos polacos, pensó fugazmente que podría establecerse en alguno de ellos. «Cambiar de vida» es el eslogan contemporáneo por excelencia. Nunca antes las existencias se habían alimentado tanto de la necesidad de transformarse a sí mismas. Hasta ahora, los destinos eran lineales en su gran mayoría; hoy en día en cambio hay electricistas que se meten a profesores de yoga y docentes que abren queserías. En la pequeña localidad de Jędrzychowice, Martin podría permitirse un nuevo destino. Muy lejos de Harry Potter, se encontraría perdido entre La montaña mágica de Thomas Mann y El mago de Lublin de Isaac Bashevis Singer.
Para entretenerse durante los últimos kilómetros que faltaban para llegar a Czocha, repasó minuciosamente una vez más los elementos de su programa. El folleto indicaba, entre otras cosas, que era obligatorio hablar inglés para participar en la experiencia. Al llegar habría una copa de bienvenida durante la cual se indicaría a los participantes la casa donde se alojarían. La Ceremonia de Selección, como en el libro. Además del hospedaje, en el precio iba incluido el alquiler de una vestimenta de mago. Era un modelo básico y cada cual tenía libertad para añadir accesorios más sofisticados. Para ello, podían dirigirse a Gringotts (el banco de Harry Potter) y cambiar euros por galeones de oro, sickles de plata y knuts de bronce. Antes del inicio de las festividades, estaba prevista una pequeña sesión de shopping en el callejón Diagon. Bajo un aspecto lúdico, la empresa monetizaba cada parcela del sueño.
Martin, que tan cerca había estado de tocar el original, se disponía a penetrar en la guarida de la réplica. Se adueñaba de él el perfume ácido de la pérdida de categoría. Al bajar del autobús, le indicaron la dirección del castillo. Debía caminar un kilómetro, más o menos. Aunque la mayoría de participantes llegaba en coche, Martin compartió el camino con otros peatones. Se fijó en una chica pelirroja, en un chico con un abrigo entallado muy raído y en otro que daba saltitos y parecía hablar con los insectos del arcén de la carretera; en definitiva, todo aquello aparentaba ser una procesión con vistas a ingresar en una secta. Por lo demás, los vecinos del pueblo se apostaban delante de sus casas para verlos pasar. Debía de resultarles divertida la visión de aquellos eternos adolescentes disfrazados de aprendices de mago. Pronto, Martin se quedaría más tranquilo: los que llegaban andando eran los más raritos. La mayoría de los participantes iba allí a pasar un buen rato, a rozar aquello que los había reconfortado durante la infancia.
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Por fin divisó el castillo. Por el largo camino que desembocaba en la entrada principal se oía el tema mítico de la película, compuesto por John Williams. Una de esas melodías que tienen el poder de grabarse a fuego en la mente y no desaparecer jamás. En la escalinata, un coloso que debía de ser el Hagrid polaco recibía a los recién llegados con una sonrisa de oreja a oreja y les entregaba la carta de convocatoria. Habían transformado el vestíbulo en comedor; a pesar de que saltaba a la vista que estaba hecho a menor escala que el de Hogwarts, la réplica era impresionante. Todo el mundo parecía maravillado; claramente, estaban en el reino de los fans. Algunos se expresaban con palabras raras, otros probaban ya fórmulas mágicas. Martin fue uno de los primeros en sentarse. Esperaba que lo embargaran sensaciones mucho más desestabilizadoras, pero resultó que dominaba bastante bien la situación. Al final comprendió por qué. Por lo general, se mantenía en un estado de alerta constante. Aquí, en el núcleo del reactor, no había que temer ninguna intrusión repentina. La circunstancia de hostilidad estaba tan claramente establecida que se volvía aceptable.
Después del Hagrid polaco apareció el Dumbledore polaco. Su larga barba blanca olía a postizo barato. Por entusiastas que fueran, aquellos trabajadores intermitentes del mundo del espectáculo no disponían del presupuesto de la Warner. A la mesa, Martin coincidió con un joven con pinta de tímido y una chica tan parlanchina que era capaz de hablar consigo misma. Comentaba todo lo que se le pasaba por la cabeza, hasta que en un momento dado exclamó: «¡Espero estar en Gryffindor, es la mejor casa!». No había atisbo de sarcasmo en sus palabras, parecía estar interpretando su propia vida. Aquella estadounidense, que se llamaba Jessica, era una pura réplica de Hermione. Su deseo fue atendido; una muestra del poder del pensamiento positivo. Minutos más tarde, el Dumbledore polaco anunció, tras consultar el sombrero seleccionador: «Martin Hill… ¡Gryffindor!». Todo el mundo le aplaudió, sin que él acabara de entender qué estaba pasando. Jessica le susurró: «Genial, estamos juntos». Al dúo se sumó el chico que se encontraba en la misma mesa que ellos, un checo pelirrojo llamado Pavel. Él también fue a dar al mismo sector. Se constituyó una especie de tríada y Martin no pudo evitar ver en ellos una similitud con los personajes de la novela. Si sus dos acólitos eran Hermione y Ron, eso significaba que Harry Potter era él.
Mientras dejaban sus cosas en el dormitorio, Jessica le dijo a Martin:
—Te pareces un montón a Potter. Qué inquietante.
—¿Ah, sí?
—No te hagas el sorprendido. Seguro que te lo han dicho más veces.
—…
—¿Tú qué opinas? —le preguntó a Pavel.
—Sí, es verdad… —contestó el checo con un acento muy marcado, aunque se notaba que no quería llevarle la contraria a Jessica.
Minutos más tarde, todo el dormitorio escudriñaba el rostro de Martin exclamando: «El parecido es asombroso…». Hasta el punto de que uno de los participantes acabó por decir:
—¡Ah, ya lo entiendo! ¡Tú eres de la organización!
—En absoluto —contestó sin entusiasmo Martin.
—Ya, ya, claro…
Martin no dijo nada más y dejó que los más emocionados se entusiasmaran ante aquella descabellada hipótesis.
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La mañana del día siguiente estaba dedicada a los duelos de magos. De entrada, el juego consistía en memorizar las fórmulas sagradas. La mayoría de los participantes las conocía todas. Se oían gritos de «¡Furnunculus!»[5], «¡Riddikulus!»[6] e incluso «¡Levicorpus!»[7]. Cada cual se afanaba con su varita mágica, pero no ocurría nada. Que un turista se encontrara en el decorado de Hogwarts no implicaba que fuera a hacer aparecer sapos, así por las buenas. Ante la insistencia general, Martin tuvo que prestarse al jueguecito. Y eso que estaba agotado. Como no estaba acostumbrado a los dormitorios colectivos, solo había dormido dos o tres horas. Y hete aquí que ahora lo exhortaban a obrar un milagro. Los participantes daban palmas para animarlo y entonaban unos «¡Harry! ¡Harry!» cada vez más sobreexcitados. Habían decidido que ya no era Martin. Él, perdiendo paulatinamente la lucidez, levantó entonces la varita y buscó su objetivo. Localizó a una chica muy alta y muy delgada, como dibujada por Giacometti. Se acercó a ella muy despacio. Todo el mundo contuvo el aliento. Su objetivo se echó a temblar; unas gotitas de sudor le perlaban las sienes. Como auténtica fan que era, tenía la sensación de estar realmente frente al genuino Harry Potter. Tal vez tuviera razón. Martin parecía poseído. En una especie de trance, trató de hacer memoria para recordar un encantamiento. Hasta que por fin llegó la iluminación. De pronto gritó «¡Obscuro!»[8] mirando fijamente a su víctima. Al instante, la ancha felpa negra de la chica se le escurrió sobre los ojos. El efecto fue sobrecogedor. El alboroto se transformó en silencio; la música de la estupefacción. Acababa de suceder algo mágico, por no decir sobrenatural.
Durante el almuerzo no se habló de otro tema en todas las mesas. El responsable de la estancia, el falso Dumbledore, se acercó a Martin:
—Parece que tenemos a Harry Potter entre nosotros.
—…
—El parecido es asombroso… —musitó, repentinamente enfebrecido.
Él mismo vivía obsesionado por el universo de J. K. Rowling; había creado aquel espacio en calidad de fan. Intentó darle palique, hacerle preguntas, pero Martin escurrió el bulto mediante respuestas escuetas o inaudibles. Cada hora que pasaba allí era más rara que la anterior. No obstante, todo el mundo se mostraba encantador con él. Martin descubría el sentimiento de ser apreciado, incluso el de ser popular.
Habría podido congratularse, pero sucedió lo contrario. El entusiasmo que suscitaba en el Hogwarts de pacotilla le permitía imaginar cómo podrían haber sido las cosas en la versión real. Aquel viaje le brindaba fragmentos de un cuento de hadas que no era el suyo.
Jessica le dio unos toquecitos en el hombro: «Date prisa, que va a empezar el partido de quidditch…». Minutos después, todos estaban reunidos en el inmenso parque del castillo. El Hagrid polaco anunció que el ganador se llevaría la famosa copa de quidditch de las cuatro casas. Martin juzgaba bastante atrevido organizar semejante evento: los participantes no tardarían en darse cuenta de que sus escobas no volaban. Dado que Martin era Harry Potter, se dio por hecho que sería bueno en aquel deporte y lo animaron para que capitaneara a su equipo, algo a lo que él se mostró contrario. Jessica y Pavel estaban emocionadísimos, seguros de que con su campeón ganarían. Martin los examinó un instante, pasmado por el poderío de su convicción. Había que ser retorcido para creer en él.
Arrancó el partido, que parecía más una especie de juego de balón prisionero. La principal diferencia era que se desplazaban con una escoba entre los muslos. Sin saber muy bien por qué, Martin se movía con una facilidad desconcertante. Era el que mejor lograba colocarse detrás de un adversario para ponerlo en fuera de juego. Cada vez que marcaba, se intensificaba la histeria a su alrededor. Las palabras de ánimo eran incesantes: «¡Harry! ¡Harry! ¡Harry!». Martin corría en todas direcciones, no sabía ya ni quién era, no sabía tampoco cuál era el objetivo de aquel juego estúpido. Estaba perdido en la Polonia profunda, sudoroso y embrutecido por el cansancio, nadando en pleno delirio. Se esperaba que marcara el punto de la victoria (por fin había comprendido las reglas del juego). Fue entonces cuando, de buenas a primeras, tiró su escoba al suelo. Una actitud que desencadenó la estupefacción general. ¿Por qué había hecho eso? Puede que, en plena jugada decisiva, estuviera intentando lograr algo insólito. Algunos murmuraron que había que confiar en él; detrás del gesto tenía que haber necesariamente una estrategia. No en vano se trataba de Harry Potter en persona. Martin giró sobre sí mismo, observando a la multitud que rodeaba el terreno de juego, pendiente de todos y cada uno de sus gestos. Prolongó aún un instante aquella imagen congelada antes de estallar en una súbita carcajada. Nadie entendía nada. ¿Cómo podía reírse en medio de una acción tan seria?
Abandonó el terreno de juego bajo las miradas atónitas. Al no validar el último punto, hacía que su equipo perdiera. «Puede que sea otra estrategia», quisieron creer algunos optimistas irreductibles. Pero no, había que reconocer la verdad: se estaba quitando de en medio. Dos o tres fans se precipitaron para retenerlo. Martin amenazó con lanzar un encantamiento a quien le cerrara el paso. Aterrorizados, los iluminados se apartaron al instante. Continuó solo el camino hasta el dormitorio, agarró su mochila y se marchó del castillo. Durante el trayecto de regreso, se dijo que aquella extraña aventura había tenido el mérito de confirmar algo que ya sabía desde siempre, a saber, que Harry Potter debería haber sido él.
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Contó la aventura a su madre. Una vez más, para complacerla, reconoció que le había sentado bien. En realidad, no había cambiado gran cosa. Martin era capaz de acercarse al universo de J. K. Rowling, lo cual era en sí un gran paso, pero en su boca el sabor amargo del fracaso se mantenía inexorable. Nada parecía poder liberarlo. Todavía tendría que esperar un poco antes de hallar la solución.
Martin le contó también su viaje a Karim. A este último le hizo gracia imaginar la cara de los participantes plantados sobre el terreno de juego del subquidditch. Al final dijo:
—A lo mejor yo también puedo hacer eso.
—¿El qué?
—Vencer al mal con el mal.
—Ah, ya.
—Pero bueno… Para eso tendría que ir a la cárcel… —añadió con una sonrisa.
Siguieron imaginando estrategias para olvidar al Otro, en un tono de ligereza. Juntos lo desdramatizaban todo. A Martin lo sosegaba sentirse comprendido. En el fondo, Karim era mucho más que un amigo; era su profeta.
25
Aquella tarde, Karim invitó a Martin a que lo acompañara a una fiesta. Los organizadores habían colgado una invitación en el portal de su edificio. En un tono muy educado, y para paliar un poco las molestias que causaría la juerga, invitaban a los vecinos a pasarse a tomar algo. La clase de nota que se escribe pensando que nadie tendrá agallas de acoplarse. No conocían a Karim. Ir a sitios donde no se cruzaría con ninguna cara conocida, y donde nadie lo esperaba, se había convertido en el estribillo de su vida. Desde el casting fatal, no soportaba ver a sus amistades, ya que todos le recordaban su pasado sin ser conscientes de ello. De ahí que Martin acompañara a su amigo a la casa de aquella pareja desconocida, a la casa de aquellos dos especímenes de normalidad.
Karim llevó alcohol fuerte con tal de debilitarse cuanto antes. Y Martin, una simple botella de Schweppes. Al principio se mantuvieron al margen, arrinconados al fondo de la cocina. Cuando la borrachera se apoderó de Karim, este quiso ir a bailar al salón. Martin se puso a hilvanar conversaciones inconexas, lanzando fragmentos de frases aquí y allá, como si pudiera desmigar sus pensamientos. Es difícil determinar en qué punto exacto de la partitura nocturna se hablaron Sophie y él. Durante la noche llega un momento en que la hora deja de existir. Cada vez que Sophie iba a la nevera a coger una cerveza, lo veía allí plantado, como un faro en medio de la fiesta. Al final le dirigió la palabra, pero como Martin no era ningún hacha para las réplicas, la cosa quedó en monólogo. ¿Es más fácil desahogarse con un mudo? En el caso de Sophie, cabe pensar que sí. Le explicó que estaba terminando Medicina y se disponía a hacer las primeras sustituciones. De niña le encantaba jugar a los médicos con su hermano. Con cuatro o cinco años, lo auscultaba con instrumentos de plástico, firmaba recetas improbables y lo obligaba a ingerir brebajes supuestamente milagrosos. Sometido a aquella praxis ficticia, su hermano jamás enfermó. Sophie vio en ello una señal obvia de su don. Hay cierta belleza en la idea de que un juego de niños pueda convertirse en la ocupación de una adulta. Hete aquí lo que le contaba a Martin. Aunque, en el fondo, el cuerpo solo le pedía una cosa: saber más sobre su silencioso interlocutor. ¿Quién era?
A Martin le gustó recibir las palabras de aquella desconocida que con tanta naturalidad le había abierto su corazón. Concentrado en los detalles de su relato, dejó de prestar atención a los invitados de paso que lo apartaban para coger un vaso o tirar la ceniza por la ventana. Escuchar hablar a esa chica era salirse de la multitud. Se sentía bien con ella, era instintivo; y realmente excepcional para una criatura que se entusiasma con la misma frecuencia que llueve en Etiopía. Ahora le tocaba hablar a él. Sophie le había preguntado: «¿Y tú? ¿A qué te dedicas?». Tocaba definirse, tener algo que decir sobre uno mismo, brindar el pasado para recibir presente. Soñaba con un encuentro que no se basara en nada concreto. Se acordó de las palabras de Flaubert a Louise Colet: «Lo que me parece bello, lo que me gustaría hacer, es un libro sobre nada, que se sostuviera por sí mismo gracias a la fuerza interior de su estilo». Sí, ese era exactamente su deseo: vivir un encuentro sin tener que narrarse, un encuentro que se sostuviera gracias a la mera fuerza interior de su estilo.
El regreso de un Karim borracho como una cuba salvó a Martin de la esperada confesión. «¿Dónde estabas? ¡Te he buscado por todas partes!». Frase del todo inverosímil en un piso de un dormitorio. Su aparición no fue sino una distracción brevísima. Se fue como había venido y Martin ya no lo vio más en toda la noche. Aprovechó, pese a todo, para explicar: «Somos colegas del Louvre…». Unas palabras que parecieron seducir a su interlocutora. Temible eficacia, la de la mención de un prestigioso museo en una entrevista de contratación sentimental. Martin se lanzó a explicar su trayectoria, pero a medida que iba hilando palabras el volumen de su voz se redujo. Al no estar de veras convencido de lo que contaba, el relato cobró aires de libro de desarrollo personal escrito por Schopenhauer. A Sophie le pareció realmente atípico, lo que acentuó su atracción. Sin embargo, cada vez que trataba de averiguar algo más, él escurría el bulto. Martin adoptaba la actitud de un hombre que pretendiera escapar a su biógrafa.
Martin se acordó entonces de Mathilde, de sus conversaciones nocturnas, de la belleza de los momentos en los que se descubrían. Y, luego, de la manera en que él había destrozado la relación. Era preciso extraer de su vergüenza la fuerza necesaria para ser un hombre diferente en esta ocasión. Y eso fue exactamente lo que hizo. Cambiando por completo de tono, se puso a hablar. Sophie tuvo la impresión de encontrarse frente a un chico que modificaba su trayectoria, como quien altera el rumbo de un avión. Acababa de cambiar de destino. Sus frases se hilvanaban ahora con cierta soltura, pasando de una teoría sobre las nubes a las primeras películas de David Lynch. Sophie nunca había conocido a nadie tan atípico ni tan divertido. Ni siquiera había visto pasar la noche cuando comenzó a amanecer. Se fueron juntos de la fiesta, pero ninguno de los dos parecía tener talento para ratificar la certeza de sus respectivos deseos. Sophie debía de estar esperando que Martin diera el primer paso sin figurarse que en materia amorosa él solo había conocido el estancamiento. En una época en que el amor se excita con la inmediatez, puede que tuviera cierto encanto dejar actuar a dos analfabetos del corazón. Se despidieron tras intercambiar los números de teléfono. Una vez a solas, cada uno en su casa, se tacharon de ridículos. Antes de quedarse dormida, Sophie repasó su actitud de las horas previas. No quería acudir a aquella fiesta. Una de sus amigas había insistido una barbaridad. ¿Acaso no es siempre así? Los grandes encuentros se producen a la sombra de nuestra voluntad. Sabiendo esto, deberíamos hacer siempre lo contrario de lo que teníamos previsto. En cuanto a Martin, solo cuando estuvo en la cama tuvo la iluminación: «¡La he conocido en una cocina!».
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Unos días más tarde, quedaron para comer. Martin no quiso contar su historia en esa primera cita. Sabía que se lo desvelaría todo, pero por lo pronto le agradaba la mirada virgen que Sophie posaba sobre él. Conocer a alguien es permitirse existir de nuevo sin el propio pasado. Uno se cuenta como le apetece, puede saltarse páginas y hasta empezar por el final. Esta libertad narrativa acabó en invitación a cenar por parte de Sophie. Martin se preguntó qué flores debía regalarle, antes de pedirle al florista que le pusiera «una de cada». Aquel ramo totalmente barroco resultó ser curiosamente homogéneo. Sophie dio las gracias a su invitado y colocó las flores en un jarrón. Martin accedió a un saloncito encantador; se fijó en el cartel de Noche de estreno de Cassavetes por encima del sofá. Sophie propuso que se pusieran cómodos para tomar un aperitivo, pero Martin le hizo un gesto para que esperara. Se dirigió hacia una pequeña librería que había en el otro extremo de la estancia. ¿Había metido en su casa a una especie de psicópata literario? Sí, Martin acababa de entrar en su casa y estaba examinando minuciosamente sus libros. Al final se decidió a preguntarle:
—¿Te ayudo? ¿Buscas algo concreto?
—Perdona, estoy mirando…
—¿En qué consiste tu vicio? ¿Solo te quedas a cenar si te gustan mis libros? —replicó ella para relajar el ambiente, apurada por aquella situación cuyo sentido se le escapaba.
Al cabo de un momento, Martin se volvió con una sonrisa de oreja a oreja.
Sophie no tenía nada de Harry Potter.