Número dos
Cuarta parte
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Cuarta parte
1
A Martin no le falló la intuición: solo el amor permitía poner fin al sufrimiento. Sophie le devolvió la plena posesión de su confianza en sí mismo. Se sentía capaz de asumir su fracaso en vez de padecerlo. Siendo amado dejaba de ser vulnerable. Era un acontecimiento dulce y casi milagroso. Cuando surgía Harry Potter, bastaba con mirar para otro lado. Aquella trágica historia parecía definitivamente zanjada.
2
Martin seguía trabajando en el Louvre y Sophie había abierto una consulta. Cuando a uno le dolía la tripa, iba a ver a la otra; cuando la otra quería curarse el alma, iba a ver al primero. Y los domingos daban largos paseos por los jardines de las Tullerías con su perro, Jack. Conviene contar una escena en particular, una que tuvo lugar en los primeros tiempos de su historia. Una escena que enriqueció la mitología de su evidencia. Mientras hacían la compra para la cena, Sophie le dirigió a Martin esta recomendación: «No te olvides de los yogures que te gustan». Era la misma frase que su padre había pronunciado antes de desmayarse; la última frase de la vida normal. Martin se quedó paralizado un instante y miró a Sophie como si fuera una fractura de la realidad. Llegó incluso a considerar aquella increíble coincidencia como una señal enviada por su padre; una especie de bendición procedente del más allá.
Jeanne acababa de casarse con Nicolas, un inspector de policía que había conocido tres años atrás en circunstancias cuando menos peculiares. Por aquel entonces, Marc intentó retomar el contacto con ella. Leyendo Le Point se había dado cuenta de que ella había vuelto a Francia. Y se puso a esperarla cada tarde a la salida del trabajo. Ella accedió a hablar con él; Marc le juraba que había cambiado, aseguraba que quería pedirle perdón a Martin. Se presentaba como un hombre nuevo, sincero, y desarmado frente a su actitud del pasado. Pero Jeanne no bajó la guardia, temiendo por encima de todo volver a caer en los artificios de su manipulación. Como reacción a la distancia que ella mantenía entre ambos, Marc la atosigaba cada vez más. A Jeanne no le quedó más remedio que ponerle una denuncia por acoso. Y fue entonces, durante la visita a la comisaría, mientras intentaba en vano sacar un café de una máquina recalcitrante, cuando Nicolas acudió en su ayuda. Extraño encadenamiento de las cosas de la vida.
Karim, por su parte, seguía tan presente como de costumbre en la vida de Martin. Su destino había sido muy instructivo. Pocas semanas después de la velada en la que Martin conoció a Sophie, Jacques Audiard volvió a llamarlo. En un primer momento, Karim dudó mucho (el miedo a la recaída), pero se impuso la curiosidad y de nuevo se vio ante el gran director, que parecía francamente contento de volver a ver al que había estado a punto de ser su Profeta. Audiard le explicó enseguida a Karim que veía en él a uno de los compañeros de trabajo de Marion Cotillard en su nuevo proyecto: De óxido y hueso. La película estaba ambientada en un parque acuático con delfines y leones marinos. Para preparar el papel, tendría que incorporarse a un equipo de domadores auténticos. Difícilmente podía ofrecérsele semejante perita en dulce a un joven actor. Sin embargo, Karim dijo de entrada que necesitaba pensárselo. Audiard esbozó un amago de cara de estupefacción. Llevaba años sin ver a un intérprete dudar ante una propuesta suya. Para justificarse, Karim explicó que había dejado el oficio después del casting de Un profeta. Audiard trató de hacerlo entrar en razón. Con su talento, era absurdo renunciar. Pronunció esa frase que suele oírse en estos casos: «Cuando uno se cae del caballo, tiene que volver a montar enseguida». Tiró incluso de humor, añadiendo: «Cuando uno se cae del caballo, tiene que montarse en un delfín». Karim sonrió, pero tenía la cabeza en otra parte. Pensó en la felicidad que le habría proporcionado aquella conversación unos años antes. Pero ya no podía ser. Había sufrido mucho, había sufrido demasiado. Así que se levantó, insistió en pagar los cafés y anunció con parsimonia: «Señor Audiard, le agradezco de todo corazón la propuesta, pero mi respuesta es no». Y se marchó.
Esa misma noche se lo contó todo a Martin. Lo que había hecho su amigo no cambiaba nada de su propia historia, y sin embargo la anécdota lo apaciguó. Lo violento del fracaso es perder el dominio del propio destino. Es la sumisión a las decisiones de otro. Al actuar de ese modo, Karim no reparaba nada, pero experimentaba una sensación parecida a la de recuperar el control. Era él quien había decidido sobre su propia suerte, y ese acto de valentía conmovió a Martin. Con su actitud, Karim había vengado el honor de todos los segundones.
3
Ciertos dolores parecen no tener solución. Después de los años de tregua, Martin sintió que volvía a sumirse en la agonía de su fracaso. La melancolía siempre llega anunciada por la lentitud. Se puso a hacerlo todo más despacio: levantarse, asearse, comer, pensar. Sophie no sabía qué hacer, nunca se había enfrentado a los períodos más negros de su pareja. Martin se revolcaba de nuevo en el rencor y cada vez limitaba más sus salidas. No paraba de preguntarse: «Pero ¿por qué vuelve todo? ¿Por qué?». Le resultaba incomprensible. De nuevo, evitaba poner la tele por miedo a dar con una película de Harry Potter. Las dificultades de su pasado habían regresado sin previo aviso.
Sophie pidió ayuda a Jeanne, a quien el anuncio de la recaída de su hijo dejó descompuesta. Recordaba sus años de intentarlo todo, de probarlo todo. Pero en realidad nada había funcionado hasta el día en que Martin conoció el amor. Por eso mismo, Jeanne se permitió preguntar:
—¿Vosotros dos estáis bien, como siempre?
—¿Por qué me preguntas eso? Claro que sí. Lo quiero más que a nadie. Y me mortifica verlo así…
—…
—Me muero de ganas de ayudarlo. De encontrar una solución…
Efectivamente, Sophie no paraba de pensar en Martin. Fiel a su condición de médica, intentó racionalizar la situación:
—Amor mío, ha tenido que haber un elemento desencadenante, por fuerza.
—No sé.
—¿Estás estresado en el trabajo? El miedo a un nuevo fracaso…
No, no era eso. Todo lo contrario, pensaban confiarle más responsabilidades en el Louvre. Por más que rebuscara en sus recuerdos recientes, no daba con la tecla. Acechaba cada detalle; pero no le venía nada; ni siquiera se había cruzado con ningún lector de J. K. Rowling en el metro. Martin estaba desesperado. Todo se le venía encima de nuevo. Los intentos de esquivar la vida del Otro, el deseo de apartarse del mundo, los empeños sobrehumanos para algo tan sencillo como comprar un libro o ir al cine, sí, todo había vuelto. ¿Por qué? Sophie y él formaban una pareja maravillosa, ¿entonces? ¿Estaba condenado a la desdicha pasara lo que pasara?
4
Unas semanas antes, la pareja había hablado de la posibilidad de tener un hijo. Incluso le habían puesto nombre: Sacha si era niño y Sasha si era niña. Esta conversación fue el origen de la recaída. Al proyectarse a su futuro como padre, se sumió de nuevo en el mundo de la infancia. Y se representó a su hijo o a su hija viendo o leyendo Harry Potter. Los años pasaban y la fiebre no se extinguía. Incluso se habían inaugurado sendos parques de atracciones con la efigie del mago en Orlando (Florida) y en Osaka (Japón). Tener un hijo implicaba necesariamente enfrentarse una vez más a ese universo. Era como decirle a un exdrogadicto: «Mire, ahora va a llenar usted de cocaína una ensaladera grande y la va a colocar en un sitio bien visible de su casa». La comparación puede parecer excesiva, pero ser padre cuando tienes problemas con Harry Potter implica claramente catapultarte a una situación incómoda.
La peor consecuencia de un fracaso es que transforma el resto de tu vida en un fracaso perpetuo. Martin comprendió que no escaparía jamás. Una cosa sí la tenía clara: no estaba dispuesto a obligar a sus futuros vástagos a sufrir su fragilidad abismal. Y, a la mujer que amaba, menos todavía. Planteó entonces la posibilidad de terminar con Sophie, que se rebeló:
—Vida mía, sé que estás muy mal. Pero déjate de chaladuras, hazme el favor. No vamos a cortar, vamos a luchar juntos…
—No quiero ser un lastre para ti.
—Nunca lo serás.
—No puedo más. Veinte años atormentándome con lo mismo…
—Ya lo sé. Pero estos últimos años has estado estupendamente. No hay motivo para que no recuperes ese bienestar.
—Me encantaría acabar con esto de una vez por todas. Y mira que trato de razonar: no me dieron el papel, ¿y qué? Pero no lo consigo.
—Lo entiendo, vida mía. Pero tienes treinta años y todo a tu favor. No voy a dejar que mandes tu vida al garete por algo así. Nuestra vida.
—…
—Te prometo que encontraremos la solución.
5
Sophie se puso a hacer búsquedas. Encontró de casualidad varios artículos sobre las FailCon, unos ciclos de conferencias sobre el fracaso creados en Estados Unidos con réplicas por todo el mundo. Se organizaban grandes encuentros articulados en torno a charlas en las que los participantes contaban todo aquello en lo que habían fallado. En el transcurso de una cita multitudinaria en 2015, L’Express publicó un artículo titulado: «Todos los losers se reúnen en Toulouse». Si uno hablaba inglés, se daba cuenta de que hasta la elección de la sede formaba parte integrante del proyecto. Se oían eslóganes tipo «¡El fracaso forma parte del éxito!», pero la cosa consistía sobre todo en escuchar trayectorias de vida inspiradoras. En aquellos congresos te cruzabas con empresarios que habían quebrado, artistas que superaban un fiasco y hasta miembros del Partido Socialista. Sophie le enseñó los vídeos a Martin, que recordó su lejana sesión con el doctor Xenakis. Escuchar los fracasos de los demás para sentirse mejor era un truco muy trillado para él.
6
Sophie barajó toda clase de prácticas médicas y paramédicas, desde la osteopatía a la etiopatía, desde la sofrología a la acupuntura. Rápidamente comprendió que Martin no quería ver a nadie. No se sentía a gusto con la idea de compartir su malestar, ni siquiera en sesiones silenciosas. Al final, le dio por pensar en el poder de la escritura. Se ponderaba a menudo la capacidad sosegadora de las palabras sobre lo que hace daño. Lo mismo ocurría con la pintura o con cualquier otra expresión artística, con eso que englobamos bajo la denominación de «arteterapia». Sin embargo, era con lo escrito con lo que Martin sentía más afinidad.
Había garabateado algunas páginas en el pasado, una especie de diarios íntimos o cuadernos de reflexiones. Pero luego lo había tirado todo; no quería conservar indicios de sus confesiones. Sophie lo animaba a emprender la redacción de un nuevo relato autobiográfico. Contar por fin, de un modo pausado, lo que había vivido. ¿Por qué no? Escribiría para él, a la manera de un hombre que hace la maleta sin irse de vacaciones. Para darse algo de aire, decidió componer su relato en tercera persona. Los primeros días trajeron consigo una tregua. Nada más volver del Louvre, se sentaba a la mesa de trabajo. Para dejarlo tranquilo, Sophie se las ingeniaba para salir por las tardes y citarse con amigos. Cuando se quedaba en casa, se encerraba en el dormitorio. De vez en cuando se acercaba a Martin para comprobar si iba todo bien, y él la ahuyentaba al instante. Se lo veía profundamente concentrado. Como estaba evocando los recuerdos de su infancia, almorzó con su madre para hacerle preguntas. Había olvidado por completo que Jeanne y John se conocieron en un concierto de los Cure. A Jeanne todo eso se le antojaba como algo muy lejano; su juventud ya ni siquiera sonaba por la radio.
Un sábado por la tarde, más o menos un mes después del arranque de la empresa literaria, Sophie se acercó al manuscrito. Martin había impreso las primeras páginas; le parecía lo más práctico para releerse. Descubrió entonces el título: De cómo eché mi vida a perder. No solo le pareció poco atractivo, sino que no comprendió por qué formulaba semejante constatación. Era absurdo, a la luz de lo que había conseguido y, para colmo, nada alentador en lo que a su historia de amor se refería. Cuando Martin entró de nuevo en la estancia, Sophie comentó con una pizca de frialdad:
—He visto el título.
—…
—Un poco deprimente, ¿no te parece? A mí por lo menos un título así no me da ninguna gana de leer el libro.
—…
—Sinceramente, creía que escribir te sentaría bien. Pero vas… y escoges un título superlúgubre… Bueno, y gracias por la parte que me toca…
—…
—¿Qué quieres que te diga? Si has echado tu vida a perder…
Sophie salió del salón y se refugió en el dormitorio. Martin no había previsto aquello en absoluto. Con ese título había querido recalcar su sentimiento principal: el de un fracaso que da impulso, independientemente de lo que uno haga luego, a una vida marcada por la energía del chasco. Pues claro que no se refería a ella. De hecho, tenía la intención de contar hasta qué punto el amor le había hecho bien. Es más: el amor lo había salvado.
Se sintió ridículo y se encaminó a la habitación. De rodillas junto a la cama, balbució:
—Perdóname. No iba para nada contra ti. Todo lo contrario, eres lo más bonito que me ha pasado. Y lo sabes…
—…
—Amor mío, te lo suplico…
En ese momento, Sophie se volvió y agarró la mano de Martin. Este hilvanó aún algunas palabras de disculpa antes de añadir:
—Voy a dejar el libro. Tú tenías razón: al principio, me vino muy bien. Tenía la sensación de estar poniendo orden en mi cabeza. Pero ahora estoy llegando al casting… Y no me apetece infligirme ese castigo. Contar de nuevo todo lo que me hace daño.
—Lo comprendo.
—Me da pavor que me encuentres excesivo. Hay momentos en que debes de pensar que exagero…
—No. Percibo tu sufrimiento. Y me parece legítimo. Pero es que me saca de quicio no ser capaz de ayudarte.
—…
—No paro de buscar palabras que puedan darte paz. No pretendo compararlo con lo que tú has vivido, ¿eh?, pero es algo verdaderamente sintomático de nuestro tiempo.
—¿El qué?
—Cuando me meto en Instagram y veo la maravillosa vida de la gente, yo a veces también tengo la sensación de que la mía es una porquería o un fracaso.
—…
—Hoy en día vivimos sometidos a la dictadura de la felicidad de los demás. O más bien de la presunta felicidad…
Martin se detuvo en aquella fórmula: «La dictadura de la felicidad de los demás». Podría haber sido un buen título. Pero la decisión estaba tomada: abandonaba el proyecto de escritura. Comprendía que a través de las palabras se pudiera liberar lo que uno tenía guardado en lo más hondo, incluso había empezado a sentirlo; una especie de terapia mediante comas. Pero, en última instancia, aquello no era para él. Al ir a buscar los vestigios de su sufrimiento, tenía la sensación de que este se encarnaba de nuevo. Y hete aquí que Martin empezaba de cero una vez más, en la incertidumbre más absoluta.
7
Hubo peleas y reconciliaciones; hubo miedos al futuro y refugios en las bellezas del pasado. Aquella pareja que tenía todos los mimbres para ser suiza estaba volviéndose rusa. Martin estaba malogrando su vida, porque prefería sufrir solo. Lo intentaron todo, nada funcionaba.
Y entonces.
Y entonces, una tarde, Sophie se acercó a Martin. Mucho, sí, en exceso. Su expresión parecía distinta; incluso la manera en que giró la llave en la cerradura se antojaba inédita. Martin levantó la cabeza en su dirección, hizo amago de sonreír, pero las manifestaciones de afecto le exigían un esfuerzo desmesurado. Su amor por ella ya no vencía sobre el autodesprecio. Y entonces, con la boca pegada a su oreja, Sophie susurró: «Creo que he encontrado la solución…».
8
Martin la interrogó, pero ella no quiso soltar prenda. Al día siguiente, por la tarde, sencillamente le pidió que se vistiera para salir. Nada extravagante, una camisa y una americana. Iba a llevarlo… a un sitio; él odiaba las sorpresas, él, que planificaba hasta las acciones y gestos más insignificantes por miedo a enfrentarse a imprevistos. Sophie le prometió que no irían muy lejos; tardarían diez minutos a lo sumo en llegar a pie a su destino.
En la calle reinaba un ambiente extrañamente tranquilo. La ciudad parecía detenida, como si ella también aguardara lo que estaba a punto de ocurrir. Llegaron a la puerta del Ritz, el palacio de la place Vendôme. De forma instintiva, Martin imaginó que Sophie había organizado una de esas veladas románticas que presuntamente consolidan la pareja. Una cena a la luz de las velas en un entorno sublime. La belleza como recurso infalible frente a las incertidumbres. Pero, por lo visto, no. Sophie anunció:
—Aquí es donde nuestros caminos se separan…
—…
Imprimió un tono lúdico a sus palabras. Martin tenía que entrar solo en el hotel, sin saber lo que pasaría. El corazón le latía desbocado, como si quisiera escapársele del cuerpo. Todo estaba adquiriendo un cariz incómodo. Solo le apetecía una cosa: dar media vuelta y volver a casa. Sin embargo, no tenía elección. La mirada de Sophie no era una proposición, sino una orden.
Antes de dejarlo solo, añadió un sencillo: «Ve al bar Hemingway». Martin entró en el hotel. Un cartel indicaba el bar; había que atravesar un largo pasillo de moqueta roja. Tras un París casi desierto, Martin tampoco se cruzó con nadie allí, lo que acentuaba la sensación de vivir un momento desgajado de la realidad. El bar estaba ahí, ante él. Se permitió leer el letrerito que explicaba que el gran escritor estadounidense se bebió en aquel lugar cincuenta y un dry martinis para celebrar la liberación de París. Aquella posteridad líquida era sin duda agradable, pero él no estaba de humor para demorarse en el tema; quería saber; quería comprender.
Martin entró muy despacito en el bar, como para no despertar al decorado. El camarero levantó la cabeza, pero no esbozó ninguna señal concreta; siguió ordenando las botellas con minuciosidad. La sala estaba extrañamente vacía; ni hombres de negocios ni parejas ilegítimas. Solo había una persona, sentada en la barra, junto a un cóctel imposible de identificar. Martin se acercó por instinto a uno de los asientos cuando el único cliente se giró hacia él.
Era Daniel Radcliffe.
9
La víspera, Sophie se había enterado de que el actor estaba rodando en París la nueva película de Claire Denis. Al igual que Robert Pattinson, Daniel Radcliffe había contado en una entrevista que soñaba con trabajar con la directora. Esta última escribió entonces, mano a mano con Christine Angot, un guion para él. Milk City narraba el deambular de un joven inglés por un París hostil. Radcliffe se sentía feliz en aquel ambiente a años luz de Harry Potter.
Sophie adoraba hacer hablar a sus pacientes. Una psicóloga frustrada dormitaba en su interior. Por eso le preguntó a la joven que se estaba vistiendo después de un chequeo rutinario: «¿A qué se dedica actualmente?». La chica, que trabajaba esporádicamente en el mundillo del espectáculo, contestó: «A poca cosa… Solo me salen figuraciones de vez en cuando… Ayer estuve en una peli de Claire Denis… Con Daniel Radcliffe…». Sophie soltó la pluma que tenía en la mano. Canceló las citas posteriores y literalmente echó a correr hacia la dirección que le había indicado la paciente. De pura casualidad, todavía estaban rodando allí. Tras filmar los exteriores, el equipo se metió en un pequeño edificio del distrito II para las secuencias ambientadas en el piso del protagonista. Dos guardaespaldas, presencia rara en un rodaje de pequeño presupuesto, protegían el acceso al decorado: los fans de Daniel Radcliffe se pasaban el día allí acampados para divisar a su ídolo. Sophie comprendió que establecer contacto con la estrella sería complicado. A ella también la tomarían por una grupi. Al cabo de un rato, se fijó en una chica del equipo cuya labor consistía en cortar el paso a los coches, sin duda para evitar un exceso de ruido durante las tomas. Aprovechando un momento tranquilo, Sophie se acercó a ella: «Si le doy una carta para Daniel Radcliffe, ¿cree usted que podrá entregársela?». La muchacha, encantadora, contestó: «Entregársela sí, pero no le puedo prometer que vaya a leerla…».
Sophie se metió entonces en un café cercano y se puso a redactar la carta en inglés. Un puñado de palabras sencillas: había que ser breve. Era consciente de que el actor estaba asediado de solicitudes. En el sobre, para llamar su atención, escribió en mayúsculas: «FROM MARTIN HILL. THE OTHER POTTER». La chica no faltó a su promesa y dejó la carta en el camerino de Radcliffe. Dos horas después, Sophie creyó que se desmayaba al recibir un SMS del actor.
10
Era, pues, la primera vez que se veían. Martin, paralizado, pidió una copa de vino para relajarse. Y eso que Daniel lo había recibido con una sonrisa de oreja a oreja; saltaba a la vista que procuraba que se sintiera a gusto. Desde hacía dos décadas, nadie lo había tratado de una manera totalmente normal. Pero hoy, él también estaba febril. Frente a él se encontraba la vida que podría haber tenido.
Martin llevaba mucho tiempo sin hablar inglés. Tras la sucesión de tragedias, la convirtió en lengua muerta. Además del estrés y de la conmoción del encuentro, tenía que rebuscar el vocabulario en su infancia. Por suerte, Daniel asumió el mando de la conversación.
—He pensado en ti a menudo, ¿sabes? Cuando me dieron el papel estaba eufórico, pero sabía perfectamente que al final solo habíamos quedado dos. Quise incluso llamarte por teléfono, pero no lo hice. Me daba miedo no decir más que tópicos o que me guardaras rencor…
—…
—Y, sin embargo, nadie podía entenderte mejor que yo. Me acuerdo de la terrible espera de la respuesta. Cuántas veces me dije que no me elegirían a mí. Imaginé que la cosa acabaría ahí…
—Pero no fue eso lo que pasó…
—Ya. Recuerdo que le pregunté al productor si podía ver tus pruebas.
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
—No lo sé. Quizá para comprender por qué me había escogido a mí. Sabía que habían dudado entre tú y yo, así que quería ver lo que había marcado la diferencia.
—Yo nunca he visto esas imágenes.
—Yo al final tampoco.
—Cuando hice las pruebas, se los veía a todos entusiasmadísimos —explicó Martin, con la confianza que le daba la sinceridad de Daniel—. Eso fue lo más duro.
Habría preferido que me dijeran directamente que yo no servía, en vez de vivir todo aquello…
—Ya lo sé. Ya lo sé… Pero creo que durante mucho tiempo te quisieron a ti, hasta que cambiaron de opinión.
La conversación fluía cristalina. Eran las dos vertientes de una misma situación; aquello los unía. Al final, pidieron una botella de vino tinto y se acomodaron en el fondo del bar, casi en penumbra. Una pareja se sentó un poco más lejos, sin identificar a Daniel. De lo contrario, le habrían pedido inmediatamente una foto.
—Hasta la gente que pasa totalmente de mí o de Potter quiere un selfi, solo para enseñarlo por ahí. Un día me dio por intentar contar la cantidad de fotografías en las que aparezco; calculo que habrá más de un millón. En veinte años, debo de haber batido el récord de tiempo sonriendo… —añadió Daniel antes de seguir con los recuerdos del casting—: Al principio, cuando pensaba en ti, me daba pena. Tal vez incluso lástima. Ya ves… Me imaginaba lo duro que tenía que ser para ti.
—…
—Era todo superraro. Pensaba mucho, pero mucho, en aquella injusticia. Hasta que entendí por qué…
—¿Por qué?
—Me había embarcado en un ritmo… extravagante, loco, agotador. Cuando pensaba en ti era para preguntarme cómo habría sido mi vida sin Harry Potter. Enseguida me di cuenta de que para mí se había terminado, que ya nunca más podría tener una vida normal.
—…
—Y…
—¿Qué?
—Igual te parece raro, pero a veces era todo tan duro que… creo que te envidiaba. Sí, de verdad, me decía que mi vida habría sido mejor sin todo eso. Me pasaba en los momentos de más estrés o de cansancio, claro. En cualquier caso, me acordaba de ti. Se convirtió casi en una obsesión…
Martin se quedó estupefacto; él, que tanto había sufrido por haberse perdido una existencia extraordinaria, oía ahora a Daniel Radcliffe expresar un pesar similar. Aunque todavía no se daba cuenta, esa sencilla idea iba a permitirle equilibrar un poco el destino. Ya no habría un vencedor y un vencido. Naturalmente, Daniel solo experimentaba esa sensación en los momentos más difíciles, pero aun así: él la conocía.
—Estaba viviendo experiencias increíbles, lo sé muy bien. Pero en detrimento de todo lo demás —continuó.
—…
—Desde el principio ya nada era igual. En mi barrio, todo el mundo quería ser mi mejor amigo. Hubo incluso peleas entre mis antiguos compañeros de colegio. Se volvió insoportable. Nada era real. Yo ya no era Daniel, sino Harry…
—…
—Y eso que había cosas peores. A Tom, el que hace de Draco Malfoy, el malo…, los niños le escupían. No diferenciaban entre la película y la realidad. Hace unos meses leí en una entrevista que se planteó el suicidio… Me dejó tocado… Pero cómo lo entiendo…
—…
—Total, que nos íbamos aislando cada vez más. Teníamos un colegio para nosotros, con los horarios adaptados. El resto del tiempo lo dedicábamos a rodar. Estábamos condenados a vivir juntos.
—En algunos reportajes que he visto, pintaba todo maravilloso.
—Pues claro, éramos una auténtica pandilla de amigos. Pero ya no podía hacer nada más. Imposible ir al cine, pasearme por la calle. No me quejo, solo te digo que esa vida a veces era muy complicada.
—…
—Nadie actuaba conmigo con naturalidad. Una vez leí una anécdota que contaba Ringo Starr y que describía exactamente eso.
—¿Qué decía?
—Que estaba en casa de su tía y se le cayó la taza de té.
—¿Y?
—Todo el mundo se precipitó para recoger los pedazos, cuando antes Ringo se habría llevado un buen sopapo… Es aterrador, en el fondo.
—Entiendo adónde quieres llegar, Daniel, y de verdad que me parece muy amable por tu parte. Estás intentando mitigar mi amargura. Y es cierto que me sienta bien oír lo que me estás diciendo…
—No estoy intentando redimirme por haber conseguido el papel. Sé muy bien que eso no dependió de mí. Y está claro que mi vida también ha sido genial. Además, me flipa ser actor. En el fondo, ni siquiera estoy seguro de estar contándote todo esto por ti. Son cosas que para mí también han sido una lata y me alegro de poder hablar de ello. ¿Te crees que no sé que Harry Potter no tiene derecho a quejarse? Sí, mi vida es una pasada. Sí, todo el mundo sueña con estar en mi pellejo. Pero yo a veces habría dado cualquier cosa con tal de no ser yo, aunque solo fuera durante un día…
—…
—La cotidianidad era infernal en muchos momentos. Horas y horas de maquillaje. Aparte, no me permitían esquiar ni tomar el sol. Sí, dicho así, qué más da eso, ¿no? Pero si te quitan libertades ya verás como se vuelven obsesivas.
—…
—Llegó un punto en que no podía más. Estuve a un tris de mandarlo todo al cuerno. Es vox populi: tuve problemas de alcoholismo. De todos modos, en cuanto me encontraba mal se enteraba todo el mundo. Si meaba torcido, al día siguiente aparecía en la portada del Daily Mail. Vivo perseguido, no me dan ni una mínima tregua, ¿tú crees que eso puede gustarle a alguien?
—No, me parece que más bien no.
—Hasta mis perros tienen guardaespaldas, ¿en qué cabeza cabe?
—Ya.
—Fíjate que hasta tienen sus propios fans… Reciben un montón de regalos. ¿Te puedes creer este mundo de locos?
—…
—Cuando Potter terminó, me dije que por fin podría respirar. Tener un poco de oxígeno. Me comprometí con una obra de teatro. Y fue espantoso. Cada noche había hordas de fotógrafos. ¡Yo solo quería actuar! Al cabo de un tiempo, se me ocurrió una idea. Todos los días me vestía igual. Eso desvaloriza las imágenes de los paparazzi, imagínatelo, porque no se pueden datar… Y todos no pueden vender siempre la misma foto.
—…
—Y no te cuento todas las gilipolleces que leo sobre mí. ¡Acabo de enterarme de que encargué una estatua con mi efigie! No sé de dónde se habrán sacado eso. Sobre todo porque no puedo estar más harto de verme la cara; no tiene ningún sentido…
Era evidente que Daniel necesitaba hablar. Cualquiera que lo escuchara casi lo habría creído capaz de escribir él también De cómo eché mi vida a perder. Desde luego, su relato era excesivo, pero permitía a Martin reubicar los elementos bajo una perspectiva nueva. ¿Qué era el éxito, a fin de cuentas? ¿Y el fracaso? Su frustración había arraigado en la fantasía de otro destino que pintaba mejor. Pero ¿qué sabía él en realidad del día a día del Otro? Poca cosa, aparte de lo que contaban los medios de comunicación y la industria de los sueños.
Daniel reanudó su depresiva letanía, solo que esta vez con una pizca de humor y de autocrítica:
—¡Lo peor de todo es que nadie sabe cómo me llamo!
—…
—¡Todo el mundo me llama Harry por la calle! Que si Harry esto, que si Harry lo otro… Todo el santo día escuchando «¡ay, mira, es Harry!», «¡ven, vamos a pedirle una foto a Harry!». Y así va a ser toda mi vida. Ya ves, ahora estoy rodando una película, pero a nadie le importa un pito. O bien dirán: «Ah, mira, sale el tío que hacía de Harry Potter». Por más que trabaje, por más que me motive, siempre estaré encerrado en ese papel. Así que sí, es alucinante, pero también es una cárcel de oro.
—…
—Te parecerá que exagero, pero a veces tengo la sensación de haber vendido mi juventud al diablo.
Daniel se detuvo en esa frase antes de añadir hasta qué punto se alegraba de haber conocido a Martin. Ahora quería saber más sobre él. ¿Qué había hecho en todos estos años? «¿Yo?… Poca cosa…», respondió Martin sin más al principio. Pero enseguida rectificó. No, eso no era verdad. Tenía un oficio que lo apasionaba y una mujer maravillosa. Una mujer gracias a la cual estaba viviendo el momento que le cambiaría la vida. Aunque de un tiempo a esta parte había tenido una recaída, podía hablar de los últimos años con mucha alegría. Aludió, aun así, a los malos ratos, a la necesidad constante de esconderse o a la extraña sensación de tener una vida parecida a la de Harry Potter. Se extendió un buen rato en su relato, sin ocultar nada, desde la dificultad para comprar un libro hasta su viaje al Hogwarts polaco. Daniel estaba sobrecogido. Aquella historia podría haber sido la suya. Sentía una empatía inmensa hacia Martin. Es raro que uno tenga acceso a su destino opuesto; nuestro camino único no brinda el menor acceso a los senderos que no tomamos.
*
En cierto modo, los dos habían soñado con la vida del otro. Los dos habían deseado lo que no tenían. La luz en el caso de uno; la sombra para el otro. Al conocerse, se sosegaron mutuamente. Y llenaron, de alguna manera, la parte ausente de su destino. Pero la cosa no acabó ahí. No solo decidieron volver a verse, sino que finalmente compartirían la vida del otro. Daniel llevaría a Martin a una ceremonia de los Globos de Oro, mientras que Martin propondría a Daniel que pasara un día entero en una sala del Louvre. La gente no mira a los vigilantes. Con el uniforme, no lo reconocerían. Nadie podría imaginar que la persona que decía «No flash, please» era el mismísimo Harry Potter.
*
La noche de su primer encuentro, justo antes de despedirse, Daniel le preguntó a Martin: «¿Puedo hacer algo por ti?». Martin se tomó un tiempo para reflexionar y al final contestó: «Sí»[9].
11
Era muy tarde cuando Martin volvió a casa caminando por la noche parisina. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía ligero. Tenía la sensación de reencontrarse con el niño que fue; el niño de antes del casting. Pero, sobre todo, pensaba en Sophie. Había estado maravillosa. Él jamás habría pensado que conocer a Daniel pudiera apaciguarlo. Al contrario, se había pasado la vida esquivándolo, envidiándolo y odiándolo. Martin comprendía por fin el valor que tenía el hecho de no haber sido elegido.
Al abrir la puerta del piso, tuvo mucho cuidado de no hacer ruido. En el salón, el manuscrito abandonado atrajo su mirada; tal vez lo retomara. En el dormitorio, Sophie dormía plácidamente. Martin se quedó inmóvil un instante, observándola en la penumbra, maravillado por su hombro, que asomaba por encima de la sábana. Podía dar comienzo su vida.