Noche XIII

Noche XIII

Canal Revista Alma Mater


Quizá sea por el cansancio acumulado durante casi dos semanas sin frenos o por el puntillazo mortal de que anoche, entre juegos, cuentos y chistes, por poco no dormimos… o tal vez por los más de veinte apartamentos —ya vacíos— que nos propusimos limpiar durante el mediodía. Lo evidente es que a las siete de la noche de este jueves 23 de abril, no hay entre nosotros voz que responda, ojo que abra o cuerpo que abandone la nunca bien ponderada posición horizontal.

Almorzamos tarde y uno a uno fuimos cayendo, esta vez sin la preocupación de que alguien dependiese de nosotros para recibir alimento y sin la letanía psicológica de sabernos amenazados por horarios establecidos. Esta vez, la llegada de la camioneta con la comida no representó una alarma de bomberos que nos hiciera correr escaleras abajo. 

Tengo que confesarlo: he aprovechado para dormir de manera tan profunda, que aún no me siento por completo el pellejo de la cara. Gloria.

Un centro de aislamiento sin pacientes continúa siendo un campo de batalla —cuanto menos— con alguna que otra mina antipersonal regada nadie sabe por dónde. Por ello, la desértica zona roja nos recibió forrados como en el peor de los días. No pensamos permitir que el león nos muerda cerrando la reja, mucho menos después de haber atravesado su jaula.

La desinfección de hoy —podríamos decir— fue un acercamiento antropológico. Particularmente, un estudio empírico sobre el terreno que nos permite conocer un tanto mejor al mono sapiens sapiens, por las condiciones en que abandona un hábitat de paso.

Conclusión… sin salirnos de lo coloquial: ¡qué manera de dejar rastros! No obstante, hemos de reconocer que ciertos grupos de la especie que nos ocupa se tomaron el trabajo de dejar todo tan pulcro, que los hemos identificado como referentes de la esperanza. Signo —quién lo niega— del tan anunciado “hombre nuevo”.

Mientras trapeaba, a riesgo del error, pensé en la bitácora. En cuánto le queda a ella o, lo que es casi lo mismo, cuánto me queda a mí haciendo esto: limpiar pisos, recoger basuras, alcanzar platos, disfrazarme de duende para, entre otras cosas, poder escribir; evidente caso de egoísmo. 

Se agolparon en mi cabeza las constantes muestras de afecto que han ido llegando gracias a este improvisado diario de campaña, y creo salvarme al decir que, aunque muchas tuviesen mi nombre como destinatario, siempre las vi encaminadas a todos los que de alguna forma y en cualquier lugar, sin nombre ni pluma, “sirven” —explotemos la palabra.

Regresando al ambiente somnoliento que ahora mismo me envuelve, acabo de asomarme al balcón para ver, como un niño, un viejo camión cisterna del ejército que lanza agua clorada a presión contra la calle. Tiro fotos. El camuflaje me gusta.

Por otro lado, mientras rueda el noticiero, el doctor Daniel —médico jefe— nos ha anunciado que mañana partimos hacia un nuevo lugar para dar comienzo a la siguiente etapa de aislamiento, presuntamente más pausada. 

En cuanto a la bitácora, tal vez tenga unos cuántos días más que yo de vida útil, porque la falta de tiempo legada por el diarismo y los horarios de trabajo, me ha obligado a prescindir de historias que ahora voltearé a recoger. 

Aquí quedamos con la sensación de que todo ha ocurrido demasiado rápido y de que, quizás, no hicimos tanto. Nos venimos diciendo —días hace— que, de resultar necesario, querríamos volver. Si fuéramos los mismos y juntos… mejor.

Esta será noche de cine.

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