Mujeres y sequía: empoderamiento para la resiliencia

Entre los grupos poblacionales más afectados por el cambio climático se encuentran las mujeres. Cuando se celebra a nivel internacional el Día de la sequía y la desertificación, las Naciones Unidas llaman la atención sobre los impactos de estos fenómenos sobre la vida cotidiana de las mujeres, pues tanto la disponibilidad de agua como el acceso a los alimentos, inciden directamente sobre actividades cotidianas (la preparación de la comida, la limpieza del hogar y la ropa, así como el cuidado de la salud del resto de las personas en el hogar), de las que tradicionalmente se les responsabiliza.
Investigaciones dan cuenta de cómo esa degradación de los suelos y la escasez de agua hacen más extrema la situación de falta de acceso a recursos y pobreza de las mujeres, sobre todo en espacios rurales marcados por la migración masculina, donde ellas deben caminar largas horas para proveer de sostén a la familia. Y ello se refuerza con la baja o nula participación en los procesos de toma de decisiones en materia de la gestión del agua y los alimentos.
Estas vulnerabilidades y condiciones de vida extrema reducen también sus oportunidades de acceder a la educación, a otro tipo de trabajos, su participación en la política, con lo cual se extiende el ciclo de transferencia generacional de la pobreza y la falta de empoderamiento. Datos suministrados por ONU Mujeres y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) hablan de que para el 2021, por cada 100 hombres de 25 a 34 años que vivan en pobreza extrema habrá 118 mujeres, una brecha que podría aumentar a 121 mujeres por cada 100 hombres para 2030.
Reconocer a las mujeres como administradoras del recurso hídrico, como esenciales para garantizar una producción y consumo sostenibles de alimentos, a través de leyes, políticas y programas de sensibilización en las comunidades, sería una contribución concreta para recuperar la sustentabilidad y capacidades adaptativas locales frente a la desertificación y la sequía.
Pero ese cambio no es solo cuestión de proyectos de ayuda, superación o intervención humanitaria, que pueden ser un paliativo, mas no la solución. Es cada vez más urgente una trasformación radical de los modelos de producción y consumo capitalistas, responsables esenciales del sistema de exclusión que sostiene el estado actual de marginación en que continúan viviendo muchas mujeres de este mundo.