Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


El vuelo SK071

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El vuelo SK071 aterrizó a las 20.35, con diez minutos de retraso. Un cuarto de hora después, Torkel, Ursula, Billy y Jennifer esperaban junto a la cinta sin fin, en el área de recuperación de equipajes. Guardaban silencio. Tampoco habían hablado mucho durante el viaje desde Östersund. Aunque nadie decía nada, había una sensación general de decepción, por culpa de lo poco que habían conseguido durante los días que habían pasado en el albergue de montaña. Habían identificado a los dos holandeses y habían relacionado la muerte de Patricia Wellton, alias Liz McGordon, con los cadáveres hallados en la montaña, pero eso era todo. Seguían sin saber quiénes eran los cuatro miembros de una familia hallados en la fosa común y aún ignoraban la identidad real de Patricia Wellton o Liz McGordon.

La cámara de fotos que Ursula encontró en una de las mochilas de los holandeses les había ofrecido cierta esperanza, pero todavía no habían sido capaces de extraerle ninguna información útil. Cuando Ursula se la había llevado, Billy había constatado rápidamente que no tenía ningún cable compatible y que por lo tanto no podía recargarle la batería. La siguiente decepción llegó cuando abrieron el compartimento de la tarjeta de memoria. Aunque la cámara se encontraba en un doble envoltorio de plástico, el aire y la humedad habían penetrado en su interior. El metal de la tarjeta de memoria se había oxidado y se había adherido a la carcasa de la cámara. Sin las herramientas necesarias, Billy no se atrevía a despegarla, por lo que la cámara estaba en ese momento en su equipaje de mano, en el mismo estado en que Ursula la había encontrado.

—¡Hola, bienvenido!

Billy se volvió y tuvo el tiempo justo de reconocer fugazmente a My, antes de que esta se pusiera de puntillas para darle un beso en los labios. Le apoyó una mano en cada mejilla, apretó su cuerpo contra él y lo besó apasionadamente, como si deseara que se congelara el tiempo. En cuanto pudo, aunque le pareció que había pasado más de un minuto, Billy dio un paso atrás para interrumpir el beso de bienvenida, ligeramente abochornado por el emotivo recibimiento.

—Creo que no conoces a mis colegas —indicó, volviéndose hacia los demás, que lo estaban mirando con el tipo de sonrisa que ya se esperaba.

Se los presentó uno a uno y ella los fue saludando, flexionando levemente las rodillas cada vez que estrechaba una mano, algo que Billy no había visto nunca en una persona adulta, aunque también era cierto que nunca la había visto saludar a nadie. Le resultaba bastante encantadora su actitud, aunque también era un poco extraño que una mujer hiciera una reverencia al saludar. Normalmente, sólo lo hacían las niñas. Por último, My se volvió hacia Jennifer, que le estrechó la mano y se presentó.

—¡Ah, pensaba que eras Vanja! —le dijo My con una sonrisa.

—No, Vanja ha tenido que regresar anticipadamente —le explicó Jennifer.

My asintió con un gesto, enganchó a Billy por un brazo y se puso a charlar con los demás con toda naturalidad, como si formara parte de él y de su vida. Era agradable la sensación. Se había alegrado de verla y de pronto se daba cuenta de que la había echado de menos. Si la añoraba después de pocos días de ausencia, ¿significaba eso que él quería que se vieran más a menudo? ¿Todo el tiempo? ¿Quería decir que irse a vivir juntos no era tan mala idea, después de todo?

Llegaron las maletas; todos cogieron la suya y se dirigieron a la salida.

—¿Dónde vives? —le preguntó My a Jennifer cuando estaban llegando a la salida.

—En Sollentuna.

—Nos queda de paso. ¿Te acercamos?

—Sí, gracias.

Billy y Jennifer se volvieron para saludar por última vez a Torkel y a Ursula, y se marcharon con My.

—¿Quieres compartir un taxi? —ofreció Ursula mientras arrancaba de la maleta los adhesivos de los aeropuertos.

Podía ofrecerle un viaje en taxi juntos. Ella sería la primera en bajarse y sabía que Torkel no se sorprendería de que no lo invitara a subir. En el mundo de Torkel, ella era una mujer casada, con un marido que la estaba esperando en su apartamento. Se sorprendió pensando que le habría gustado mucho vivir en ese mundo.

—Tengo el coche en el aparcamiento de larga estancia —dijo Torkel, señalando una dirección indefinida a través del ventanal—. Lo siento, pero pensaba ir a casa de Yvonne a ver a las niñas. Si no fuera por eso, te llevaría.

—No te preocupes. Cogeré un taxi.

—Nos vemos mañana.

—Hasta mañana.

Torkel echó a andar hacia la parada del autobús lanzadera que lo llevaría hasta el aparcamiento del aeropuerto, y Ursula se lo quedó mirando mientras se alejaba. «Ahí va un hombre decepcionado», pensó. A pesar del tiempo que habían pasado juntos en Storulvån, no había sucedido nada entre ellos. No sólo no se habían acostado, sino que tampoco se habían sentado a charlar un rato, ni habían dado ningún paseo juntos. No habían coincidido ni una sola vez fuera del trabajo, con la única excepción del breve desayuno que habían compartido. Pensó que quizá no fuera necesario mantener tanta distancia y se prometió ser más amable con él cuando se encontraran en la oficina al día siguiente. Cogió la maleta y se dirigió hacia la cola de los taxis.

Tres cuartos de hora más tarde, se apeó del taxi, recuperó su maleta y marcó el código del portal. Abrió el buzón, donde una pequeña etiqueta indicaba aún que pertenecía a tres personas: «M. U. y B. Andersson». Supuso que tendría que ocuparse de cambiarla. Se le ocurrió que tal vez el nombre en la nueva etiqueta debería ser «U. Lindgren», pero decidió no pensar de momento al respecto. En cualquier caso, el asunto de la etiqueta no era urgente. El apartamento estaba más vacío de lo que recordaba. Dejó la maleta en el suelo del vestíbulo y entró. Todo estaba exactamente tal como lo había dejado. No era la primera vez que lo notaba. Había tenido la misma sensación cada vez que regresaba a casa desde que Micke la había dejado, pero después de pasar varios días fuera, resultaba mucho más evidente que vivía sola, que estaba sola. No se oía ningún ruido y el aire parecía cargado después de que el piso llevara un tiempo cerrado. Fue hasta la ventana del cuarto de estar y la abrió. Después, volvió al vestíbulo y se quitó los zapatos y el abrigo. Dejó los zapatos donde estaban y tiró la chaqueta sobre la banqueta con tapizado de pana roja, debajo del espejo. Fue a la cocina y abrió el frigorífico. En el avión le habían dado café y un bocadillo pequeño, pero todavía tenía hambre y no encontró nada en la nevera que pudiera ayudarla a calmarle el apetito. Había queso y un tubo de pasta de sucedáneo de caviar, pero cuando echó un vistazo a la encimera vio que no quedaba nada de pan. Cogió un yogur de la puerta del frigorífico y vio que había caducado tres días antes. Lo mismo pasaba con la leche. Los olió y no le parecieron tan malos, pero para entonces había perdido el apetito. Era una auténtica pena. Su nevera era todo un cliché de la vida de una mujer recién separada, aunque tenía que reconocer que su aspecto habría sido siempre el mismo de no haber sido porque Micke se ocupaba de llenarla. Era él quien hacía la compra y quien se aseguraba de que siempre hubiera algo en casa para Bella. Entre otras cosas.

Cerró el frigorífico, cogió la correspondencia y se sentó en el sofá. No había nada en las cartas que le interesara ni pudiera mejorarle el humor. ¿Y la televisión? Consultó la hora. Podía poner el informativo de TV4, pero no le apetecía. ¿Y si llamaba a Bella por teléfono? No habría sido ninguna rareza llamar a su hija para decirle que ya estaba en casa. Hasta ese momento no lo había hecho nunca, pero decidió convertirse a partir de entonces en el tipo de madre que hace esas cosas. Habían hablado dos veces desde su encuentro en Uppsala. Las dos veces se habían movido sobre terreno seguro, tratando temas cotidianos, como los estudios y el trabajo, y habían evitado mencionar lo sucedido en la estación de trenes. Pero el episodio seguía presente, convertido en una piedra más en la elevada muralla que a lo largo de los años se había ido levantando entre las dos. Ursula era consciente de que solamente ella podía derribar ese muro.

Bella respondió al tercer tono de llamada.

—Hola, soy yo —dijo Ursula, notando que involuntariamente colocaba la espalda un poco más recta en el sofá—. ¿Puedes hablar?

—Más o menos. Estoy con unos amigos.

Ursula reconoció el inconfundible ruido de fondo de un bar o algún local semejante: música, risas, vida…

—Solamente quería decirte que ya estoy de vuelta en casa.

—¿Te habías ido?

Ursula se dijo que no debía sentirse decepcionada. ¿Cómo iba a saber Bella que había estado fuera? Si hubiera querido que su hija supiera dónde estaba, la habría llamado para contárselo. Decidió hacerlo de ahora en adelante.

—Sí, estaba en Jämtland.

—¿Por el caso de la fosa común?

—Sí.

—¿Cómo ha ido?

—Todavía no hemos terminado. Pero se ha trasladado la investigación a Estocolmo.

Se hizo un silencio.

—¿Me llamabas por algo? —le preguntó Bella al cabo de unos segundos.

Ursula no respondió de inmediato. ¿Por qué la había llamado? Para decirle que había encontrado la casa desierta y preguntarle si podía ir a verla a Uppsala. Para proponerle que se fuera con ella de vacaciones dentro de un mes, a algún lugar cálido y soleado. Y huir así del odioso mes de noviembre. Las dos solas. Por eso la había llamado.

—No, por nada. ¿Todo bien? —Fue sin embargo lo único que le dijo.

—Sí. Tengo mucho que estudiar, pero, aparte de eso, estoy muy bien.

¿Había sido una sutil insinuación de que no tenía tiempo para recibir visitas, ni para ir a Estocolmo a visitar a su madre recién divorciada? ¿O la había interpretado mal y en realidad era una simple descripción de cómo lo estaba pasando?

—Me alegro. Solamente quería saber cómo estabas.

—¿Qué te parece si nos llamamos durante el fin de semana?

—Sí, claro. Ahora vuelve con tus amigos.

—De acuerdo. Hasta pronto.

—Hasta pronto.

Bella ya había colgado. Ursula se quedó inmóvil, con el teléfono en la mano. No iba a encontrar la manera de estar tranquila esa noche en su apartamento solitario. Se levantó, fue hacia el vestíbulo y volvió a ponerse los zapatos y el abrigo. No era ni remotamente la situación que había soñado, pero él estaba ahí y ella necesitaba a alguien.

Se arregló el pelo con la mano y se alisó la chaqueta con gesto nervioso antes de llamar al timbre.

—¿Quién es? —lo oyó preguntar desde detrás de la puerta cerrada, al cabo de unos segundos.

—Yo. Ursula.

Oyó el ruido de la cerradura al abrirse.

—Hola. No te esperaba.

—¿Quieres cenar conmigo?

—Son las diez y media —respondió él, consultando el reloj que llevaba en la muñeca.

—Será una cena tardía.

La miró. No entendía muy bien qué podía querer Ursula y ella lo notó. Era demasiado tarde para cenar. ¿Querría solamente un poco de compañía? Antes le había dejado bastante claro que no estaba interesada. Ursula dedujo que estaba sorprendido por su visita, pero se alegraba de verla ahora que estaba ahí.

—Solamente me sorprende un poco que hayas venido —dijo él, confirmando sus suposiciones.

—Te entiendo. Yo también estoy un poco sorprendida de estar aquí —respondió ella con franqueza.

—¿Quieres salir o prefieres que prepare algo?

—Prepara algo tú —respondió ella mientras entraba en el apartamento.

Echándole una última mirada casi divertida, Sebastian la dejó pasar y cerró la puerta.

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