Muertos prescindibles
Más o menos una hora después
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Más o menos una hora después de que Billy recibiera las fotografías del matrimonio Bakker, se reunieron todos en la sala. Torkel había llamado a Vanja y a Sebastian. A Vanja le había dejado un mensaje, porque no había contestado al teléfono, pero a Sebastian prácticamente le había ordenado que asistiera a la reunión. Estaban de vuelta en Estocolmo y, si pretendía formar parte de la Unidad de Homicidios, tenía que hacer acto de presencia. Así pues, de las seis sillas que rodeaban la mesa ovalada de la sala de reuniones, cuatro estaban ocupadas por Torkel, Ursula, Jennifer y Sebastian. En la enorme pizarra que ocupaba toda una pared, Billy había pegado la foto de Jan Bakker bebiendo agua del torrente, junto a una ampliación de la cabaña que se distinguía al fondo. De pie delante de la pizarra, les estaba señalando las imágenes borrosas de la ampliación. Sebastian tendió la mano para coger una botella de agua mineral de la mesa.
—Aquí veis una ampliación de la cabaña que se divisa al fondo —indicó Billy, señalando la foto de Jan a orillas del torrente—. Para que os hagáis una idea de dónde estamos…
Se volvió hacia el mapa y siguió con su explicación:
—La foto se tomó aquí —dijo, señalando un punto a unos diez centímetros de la cruz que marcaba el lugar del hallazgo—. Aquí se hallaron los cuerpos —añadió, indicando la cruz sobre el mapa—, y la casa debió de encontrarse más o menos aquí —añadió finalmente, apoyando el dedo un centímetro más lejos.
Se abrió la puerta y Billy se interrumpió al ver que entraba Vanja. Torkel se volvió hacia la puerta. Lo primero que pensó fue que parecía terriblemente cansada.
—¡Hola! ¿Has decidido venir? —dijo en cambio, en tono de alegre sorpresa.
Vanja asintió, separó de la mesa una de las sillas libres y se dejó caer pesadamente.
—Te dejé un mensaje —indicó Torkel mientras ella se quitaba la chaqueta.
¿Había adelgazado o eran sólo imaginaciones suyas?
—Ya lo sé, por eso he venido —respondió Vanja.
—¿Cómo ha ido todo? —preguntó Torkel con sincero interés.
Vanja no le respondió de inmediato. Miró a Sebastian, que le hizo un gesto de asentimiento para animarla.
—No me han admitido en el curso del FBI —precisó ella en tono neutro, sin la menor emoción en la voz.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
Torkel parecía totalmente desconcertado. Era evidente que nadie lo había informado.
—Lo que ha pasado se llama Håkan Persson Riddarstolpe —contestó Vanja, encogiéndose de hombros—. Ha dicho que no soy apta.
Se hizo un silencio en torno a la mesa, el tipo de silencio que se produce cuando todos los presentes piensan que sería preciso decir unas palabras de consuelo, pero nadie se atreve a decir nada.
A Torkel le costaba encontrar sentido a lo que acababa de oír. Håkan Persson Riddarstolpe era un psicólogo competente. Puede que no figurara entre los mejores del país, pero Torkel no recordaba que hubiera cometido nunca un error semejante. De hecho, no recordaba ningún desliz suyo, aparte de aquel incidente en Sala, muchos años atrás. ¿Qué habría pasado? Nadie podía ser más idóneo que Vanja para la formación del FBI. Tenían que hacer algo antes de que fuera tarde.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó, quebrando el silencio.
Vanja negó con la cabeza.
—La decisión no se puede recurrir.
—Ese tipo es un imbécil —intervino Sebastian—. Siempre lo he dicho.
—Tiene que ser un error. Veré qué puedo hacer —dijo Torkel.
Vanja lo miró con una débil sonrisa de agradecimiento. Sebastian se preguntaba hasta dónde llegaría la influencia de Torkel en la organización. ¿Y si al final resultaba que su costosa visita a Riddarstolpe había sido en vano? Jennifer levantó tímidamente la mano.
—Quizá no sea el momento adecuado, pero si a mí me habíais llamado para sustituir a Vanja…
—Hablaremos de eso más adelante —la interrumpió Torkel.
—Lo mejor será que te quedes —terció Vanja—. Yo tendré que faltar bastante. Mi padre está en la cárcel y…
Notó que Ursula, Billy y Jennifer, los tres que aún no sabían nada, se sorprendían al conocer la noticia.
—Quiero seguir de cerca la instrucción de su causa y estaré un poco… ocupada.
Sebastian bebió un sorbo de agua mineral. Lo que acababa de decir Vanja era una novedad para él y no auguraba nada bueno. Pensaba ayudar a Valdemar. Sebastian tenía que atraerla otra vez hacia él y presentarle nuevamente a su padre como un criminal, como el hombre que la había decepcionado. No había querido imponerle su presencia, después de sus éxitos con el FBI y con Ellinor. Se había apartado, esperando que fuera ella quien buscara su compañía, pero ahora había llegado el momento de recuperar la iniciativa.
—¿Has vuelto a visitarlo? —le preguntó, en un tono de voz que esperaba que fuera neutro.
Vanja negó con la cabeza.
Al menos era algo.
—Nos ocuparemos de todo eso más tarde —aseguró Torkel con autoridad—. Tenemos novedades sobre la familia de la montaña.
Miró a Billy, para cederle la palabra.
—Como estaba diciendo, en 2003 había una cabaña en este punto —dijo Billy mientras volvía a señalar el plano—. Era una vieja cabaña de caza de los años treinta. Se incendió en enero de 2004.
Volvió a su silla, se sentó y echó un vistazo a la pantalla del ordenador portátil que tenía delante.
—Hasta 1969, perteneció a un particular, que ese año la donó a las Fuerzas Armadas. A partir de 1970, quedó a disposición del personal militar y de sus familias, que la podían alquilar por temporadas.
Todos escuchaban con interés. Era un buen dato, que podía ofrecerles lo que realmente necesitaban: un punto de partida para seguir trabajando. Un nombre.
—¿Sabemos quién estaba alquilando la cabaña aquella semana en concreto de 2003? —preguntó Vanja, interesada a su pesar en los nuevos acontecimientos.
—No fue fácil. Tuvimos que encontrar a la persona adecuada dentro del Ministerio de Defensa, y después fue preciso convencerla para que se pusiera a buscar en unos archivos de hace diez años… —empezó a explicar Jennifer.
—Ya sabemos que tuvisteis que trabajar mucho para conseguir el dato —la interrumpió Torkel con impaciencia—. Ahora dinos el nombre.
—Adam Cederkvist alquiló la casa la semana 44 del año 2003 —explicó Jennifer—. Pasó unos días allí con su familia.
—Lena, Ella y Simon Cederkvist —añadió Billy.
Todos los presentes dejaron escapar un suspiro de decepción. Una sensación de anticlímax se apoderó de la sala.
—Pero no pueden ser suyos los cadáveres hallados en la fosa.
Vanja expresó lo que todos estaban pensando. En noviembre, los cuatro miembros de la familia se habían embarcado en un velero para dar la vuelta al mundo y, en febrero, habían enviado una postal desde Zanzíbar.
Ursula se puso a buscar en sus papeles, aunque ya sabía con absoluta certeza lo que iba a encontrar. Fue exactamente lo que encontró.
—El análisis de la muestra de ADN del hermano de Adam, Charles Cederkvist, no indica ningún parentesco con el hombre ni con los niños encontrados en la montaña.
—Pero, por favor… ¡Tienen que ser ellos!
Una vez más, alguien había expresado en palabras lo que todos estaban pensando. Esta vez había sido Sebastian. Se puso de pie y empezó a ir y venir por la sala.
—Adam alquiló una cabaña con su mujer y sus hijos la misma semana en que una familia fue asesinada a unos cientos de metros de distancia. Unos meses después, la cabaña se incendia y Adam desaparece con toda su familia cerca de las costas de África. ¿No os parece curioso?
Sebastian se detuvo. Todos los presentes también lo pensaban, desde luego. La vida está llena de casualidades y coincidencias, y todos lo sabían, pero en ese caso se acumulaban demasiadas.
—¿Adam era militar? —preguntó Vanja.
—No, pero su hermano Charles, sí —respondió Jennifer—. Todavía lo es. Pertenece al MUST, el servicio de inteligencia y seguridad militar. Vive en Oskarshamn.
—¿Qué hacía Adam? —quiso saber Torkel.
—En cierto modo, era colega nuestro. Trabajaba en la SÄPO.
Los servicios de inteligencia del ejército y de la policía. Las probabilidades de que todo fuera fruto del azar eran cada vez más remotas.
—Supongamos que se trata de Adam. ¿Cómo lo demostramos? —inquirió Billy.
—Podemos buscar a la familia de su mujer —propuso Vanja.
—Tardará unos días —comentó Ursula.
—Hacedlo —dijo Torkel con un gesto afirmativo y enseguida se puso de pie—. Hay demasiados interrogantes. Vosotros, Billy y Jennifer, tratad de localizar a alguien que haya visto a la familia después de aquella semana. Compañeros de trabajo, vecinos, cualquiera…
Billy y Jennifer asintieron y se levantaron al mismo tiempo. Torkel se volvió hacia Vanja.
—Vanja, busca la escuela o la guardería de los niños y comprueba si volvieron después de las vacaciones en la montaña.
Vanja también asintió. Estaba un poco cansada de toda la situación, de pasar horas enteras en diferentes salas de reuniones, mirando pizarras y elaborando teorías, pero cuando pasaba algo nuevo, cuando de pronto la investigación parecía avanzar y la búsqueda se convertía en persecución, entonces tenía que reconocer que la sensación era insuperable.
—Ursula, llama a tus colegas del SKL y pídeles que vuelvan a comprobar los resultados del ADN de Charles —dijo Torkel para terminar—. Yo me pondré en contacto con la policía de Oskarshamn.
—¿Y yo qué hago? —preguntó Sebastian.
—De momento, nada. Pero si las personas asesinadas resultan ser quienes creemos que son, me gustaría muchísimo que tuvieras una conversación con el hermano de Adam.
Torkel fue a su despacho, se sentó detrás del escritorio y cogió el teléfono. Buscó el número de la policía de Oskarshamn en el ordenador y marcó el de la centralita. Enseguida lo pusieron en contacto con un oficial que aseguró conocer a la persona que se había encargado de tomar las muestras de ADN de Charles Cederkvist. El policía en cuestión había salido, pero era posible localizarlo a través del móvil. Torkel llamó al número que le había indicado el oficial y esperó. Le contestó un hombre que dijo llamarse Jörgen. Torkel se presentó y le explicó la razón de su llamada. De ese modo pudo averiguar que, efectivamente, Jörgen se había desplazado a casa de Charles Cederkvist al final de la semana anterior, había entrado y había aceptado tomar un café. En ese momento, Ursula entró en la habitación. Torkel le indicó con un gesto que se sentara y activó el altavoz del teléfono. Después de todo, estaban hablando de su especialidad.
—¿Fuiste tú el encargado de tomar la muestra? —preguntó Torkel, aunque daba casi por descontada la respuesta. De hecho, era lo único que tenía que hacer Jörgen.
—Sí. O, mejor dicho, la tomó él.
Torkel se volvió hacia Ursula, que le echó una mirada llena de desconfianza.
—Pero… ¿viste cómo la tomaba?
—Bueno, no del todo. Salió un momento.
Torkel sintió que lo invadía un profundo cansancio. Empezaba a sospechar lo que había pasado, pero quería asegurarse.
—¿Dónde estabas tú mientras él se tomaba la muestra?
—Sentado en la cocina, bebiendo café.
Ursula suspiró audiblemente y se apoyó en el respaldo, convencida una vez más de que el grado de competencia de los cuerpos policiales disminuía rápidamente en relación inversamente proporcional a la distancia con la sede central de Kungsholmen. Oskarshamn se encontraba lo bastante lejos para que el nivel fuera de puro vodevil.
—¿Había alguien más en la casa?
—La mujer con la que convive, pero estaba durmiendo. Había trabajado por la noche.
—¿Existe la posibilidad de que se fuera al dormitorio cuando se ausentó para recoger la muestra?
—Sí, es muy posible. No sé adónde fue.
—¿Existe la posibilidad de que cogiera la saliva de su mujer, en lugar de la suya propia?
Se hizo un silencio al otro lado de la línea. Torkel agradeció la información y colgó.
—¿No comprueban los técnicos del SKL si las muestras que reciben son de hombre o de mujer? —le preguntó a Ursula mientras marcaba otro número.
—No, si solamente les pedimos que las comparen con otras muestras —contestó Ursula, encogiéndose de hombros, como para disculparse en nombre del laboratorio.
—¡Pero la muestra llevaba el nombre de Charles! —insistió Torkel—. ¿Por qué no reaccionaron?
—No creo que se fijaran en los nombres. Solamente comprobaron si había algún parentesco.
Mientras hablaba, Torkel había llamado otra vez a la policía de Oskarshamn. Preguntó por el mismo oficial de antes. Quería que fueran a buscar a Charles Cederkvist.
Mientras esperaban, Torkel notó la mirada de Ursula, pero guardó silencio.
No le gustaba nada el asunto.
Si realmente se trataba de Adam Cederkvist, entonces alguien realmente se había esforzado y había dedicado muchos recursos para escenificar una vuelta al mundo en velero. Además, tenían a un miembro de los servicios de inteligencia del ejército que había falseado una muestra de ADN, y a una mujer con dos identidades falsas, que con toda probabilidad había asesinado de manera sumamente profesional a cuatro personas, una de las cuales trabajaba para la SÄPO.
Era demasiado.
Mucho más que un simple asesinato múltiple.
A Torkel no le gustaba ni pizca.